La inteligencia artificial (IA) vive un momento de gloria. Para algunos, es una promesa de eficiencia, libertad y un futuro donde el trabajo será opcional.
Pero ¿qué pasa si miramos más allá del esplendor tecnológico? Este informe especial busca justamente eso: revelar su costo humano, ambiental y social.
La promesa… y la realidad
Los discursos positivistas nos dicen que la IA llegó para liberarnos. Argumentan que nos esperan jornadas laborales más cortas u opcionales, más tiempo de ocio e incluso una vida mejor. Sin embargo, detrás de esa promesa hay un sistema que reproduce desigualdades conocidas y genera nuevas formas de dependencia.
Mientras la automatización avanza, existen realidades paralelas menos visibles: personas trabajando en condiciones precarias para "entrenar" las inteligencias artificiales, y un impacto ambiental creciente, sostenido por centros de datos que consumen energía y agua a escalas descomunales. Un crecimiento que prioriza el beneficio económico sobre las consideraciones ecológicas.
A esto se suma, la concentración de poder. El feudalismo digital, un orden donde el conocimiento, los datos y el poder se concentran en muy pocas manos. Corporaciones que actúan como señores feudales del siglo XXI profundizando la desigualdad.
La IA no es solo eficiencia y progreso. También es personas, recursos y decisiones que moldean su impacto. Y en este artículo abriremos el tema.
¿Qué se esconde detrás?
Nos gusta pensar que la IA trabaja para nosotros: que los algoritmos están ahí para ayudarnos a decidir, a crear o a pensar más rápido. No sólo perdemos el pensamiento crítico, sino que poco a poco, esos mismos empezaron a decidir por nosotros.
El cine moldeó gran parte de nuestra idea sobre ella. Solemos imaginar escenarios a lo Terminator o Matrix, con máquinas superinteligentes que se rebelan contra la humanidad. Esa visión está muy lejos de nuestra realidad y ese mito nos distrae de los verdaderos riesgos: la precarización laboral, la vigilancia masiva, los sesgos que refuerzan desigualdades y la automatización que ya está impactando nuestras vidas.
El problema es un sistema actual que ya concentra un poder enorme en muy pocas manos. No es una rebelión robótica lo que debería preocuparnos, sino cómo los algoritmos actuales ya influyen en nuestras vidas sin necesidad de tener conciencia.
Aunque se nos presenta como una herramienta neutral, la IA responde principalmente a los intereses de quienes la desarrollan y financian: las grandes corporaciones tecnológicas. Son sus modelos, sus datos y sus reglas los que determinan cómo se comportan estos sistemas. Y ahí nos pregunto: ¿somos realmente usuarios… o somos materia prima?
Porque para funcionar, la IA necesita nuestros datos, nuestras interacciones, nuestros clics, nuestras conversaciones y nuestras preferencias. Cada acción alimenta un sistema que se vuelve más preciso, más rentable y más dependiente de nosotros.
Los trabajadores de datos: los humanos invisibles detrás de la IA
Cuando pensamos en estos sistemas inteligentes, imaginamos sistemas que aprenden solos. Pero no es así, paradójicamente la "inteligencia" depende de una masa de trabajadores invisibles. Detrás de ella hay miles de personas de todo el mundo realizando un trabajo manual, repetitivo y mal pago. Son los llamados trabajadores de datos.
Su labor es la que le permite a la IA "entender" el mundo. Se encargan de etiquetar millones de datos e imágenes para enseñarle cómo actuar. Identifican información, como textos, clasifican imágenes, transcriben audios, describen vídeos o corrigen resultados, en una tarea tan constante como tediosa. Así. le indican al programa qué es cada cosa y en qué contexto se usa. Sin ese trabajo, la máquina no podría distinguir un gato de un perro.
La mayoría está en países del Sur Global -Filipinas, Kenia, Venezuela, India o Uganda- donde las grandes compañías aprovechan la necesidad económica para ofrecer bajos costos laborales. Muchos trabajan desde cibercafés, con turnos irregulares y pagos fuera de término. Suelen no tener contratos, ni seguridad social, ni garantías.
El problema es económico, pero también ético: la industria tecnológica promete progreso, pero reproduce viejas desigualdades globales. El conocimiento y el poder se concentran en el Norte; el trabajo duro y peor remunerado, en el Sur.
La huella ambiental de la IA
Aunque la imaginemos como algo inmaterial, tiene un espacio físico. Es una red de servidores que laten como fábricas digitales. Depende de minerales, energía, agua y enormes infraestructuras.
Cada búsqueda, cada comando a un asistente de IA, requiere una cantidad significativa de electricidad y agua para mantener y enfriar los centros de datos. Tiene un costo ambiental que suele quedar oculto.
Su expansión implica cuestiones como: extracción de minerales, altos niveles de contaminación, emisiones de carbono, desechos electrónicos y presión sobre comunidades vulnerables donde se ubican los centros de datos.
En regiones del oeste de Estados Unidos o en países del Sur Global, surgen tensiones por el uso intensivo de agua y energía. Algunos ven oportunidades económicas, otros aumentos en las tarifas, degradación ambiental y falta de trasparencia. Todo esto forma parte de lo que muchos describen como colonialismo de la IA: los beneficios quedan en el Norte Global, mientras los costos recaen en el Sur.
Este colonialismo no es solo económico. También es cultural. Los algoritmos aprenden desde visiones occidentales del mundo y, a menudo, ignoran otras realidades. Lo que se entrena, lo que se valida y lo que se considera “correcto” proviene de una perspectiva muy particular. La IA no es neutral: es un reflejo de la sociedad que la crea. Con sus aspiraciones, pero también con sus desigualdades.
Conclusión
La inteligencia artificial avanza con una velocidad que deslumbra, pero también revela un trasfondo que no podemos ignorar. Detrás de cada promesa de progreso existen costos humanos, ambientales y sociales que nos obligan a mirar con más atención. No es un ente neutral: refleja y amplifica las desigualdades del mundo que la crea. Entender estas dinámicas es el primer paso para construir un futuro más justo y consciente.
Si este tema te interesa y querés profundizarlo, te invito a escuchar mi podcast, donde entrevisto a una IA y exploramos estas preguntas desde adentro. Escúchalo acá 🎧
Está claro que Internet y la Inteligencia Artificial llegaron con la promesa de facilitarnos la vida. Internet abrió la puerta a una conectividad sin precedentes, mayor participación social y la expansión de las redes sociales. La IA, por su parte, se presenta como una herramienta personal cada vez más poderosa, capaz incluso de superar ciertas habilidades humanas. Pero, te preguntaste ¿qué hay del otro lado de estas tecnologías?
La arquitectura que controla nuestra atención
Según un estudio de Electronics Hub, la población mundial pasa en promedio 6 horas y 43 minutos frente a una pantalla. Esto no es casualidad: responde al modelo de negocio que da forma a la arquitectura de las plataformas digitales.
Lo inquietante es que no estamos ante un efecto secundario, sino ante un verdadero capitalismo de la vigilancia. Shoshana Zuboff explica que es un nuevo tipo de mercado que comercia con la recolección de datos de los usuarios en línea. Las plataformas emplean esa información para crear modelos capaces de predecir nuestras conductas
Operan ante todo en función de los intereses económicos de las empresas que las diseñan. Estas plataformas compiten ferozmente por captar y retener nuestra atención, y lo que realmente ponen en el mercado es la alteración gradual, sutil e imperceptible de lo que hacemos, cómo pensamos y quiénes somos. Por ejemplo, alteran hábitos de consumo, las noticias que vemos, nuestras emociones e incluso nuestras opiniones y creencias.
Tecnología persuasiva
Lejos de ser algo inocente, este sistema que nos rodea opera de manera constante, día y noche, para mantenernos frente a pantallas el mayor tiempo posible, logrando que entreguemos parte de nuestra vida a cambio. Como explica el documental El dilema de las redes sociales, este diseño es intencionado y preocupante: busca instalar hábitos inconscientes en nuestra mente y la necesidad imperiosa de recibir una recompensa.
Una recompensa que aparece en forma de comentario, un "me gusta", un retuit o un feed que se actualiza cada segundo actúan como el anzuelo perfecto. Este mecanismo funciona casi como una "máquina tragamonedas", que ofrece retribuciones inesperadas que refuerzan nuestra atención y alimentan la dependencia. El usuario nunca sabe qué encontrará, y esa incertidumbre es precisamente lo que maximiza la adicción.
Detrás de cada clic actúan equipos especializados en growth kacking y pruebas A/B, cuyo objetivo es literalmente "piratear la psicología de la gente", ejecutando miles de cambios (colores, textos, variaciones) para identificar cuáles manipulan mejor al usuario sin activar su conciencia. "Somos ratas de laboratorio", advierte Sandy Parakilas, ex gerente de operaciones de plataforma en Facebook, en referencia a los experimentos sociales que lograron que actuáramos exactamente como ellos querían.
Plataformas como Facebook utilizan mecanismos como el scroll infinito y las notificaciones push para capturar nuestra atención y moldearla. Funciones como el etiquetado de fotos se utilizan porque apelan a una necesidad humana profunda de obtener aprobación. La compañía potenció esta herramienta al comprobar que incrementaba significativamente la actividad de los usuarios.
Esto alimenta una tecnología de la persuasión que construye un "muñeco vudú" digital de cada persona: un perfil minucioso que revela saber qué técnica usar en cada instante. En este entorno, las redes sociales generan un clima de desinformación constante donde lo real y lo falso se vuelven indistinguibles, manipulan la opinión pública, intensifican la polarización y moldean el comportamiento sin que el usuario lo perciba.
A esto se suman fenómenos crecientes como la ansiedad, la depresión, el aumento de suicidios, la dependencia adictiva al estímulo digital, la búsqueda de popularidad artificial y el empobrecimiento de habilidades cognitivas básicas. El resultado es una generación con cerebros sobre estimulados pero poco desarrollados, más vulnerable y con capacidades deterioradas para pensar críticamente y autorregularse.
La IA el nuevo rostro del paradigma digital
La irrupción de la inteligencia artificial no constituye un fenómeno aislado, sino la prolongación y a la vez, la intensificación de las dinámicas sociotécnicas ya visibles en las redes sociales. Ambas se sostienen sobre el mismo modelo de capitalismo de vigilancia y recurren a mecanismos de influencia diseñados para moldear el comportamiento, pero la IA lleva estas lógicas a una escala capaz de producir riesgos profundos.
Desde la dependencia emocional y el reemplazo de la interacción humana por simulaciones programadas, hasta la erosión progresiva de habilidades sociales, empatía y pensamiento crítico. A esto se suma la concentración de poder en unas pocas corporaciones capaces de costear estos modelos de enorme complejidad, habilitando formas sutiles de control social y manipulación personalizada.
Paralelamente, la producción ilimitada de contenido falso y verosímil —texto, video o audio— alimenta la desinformación y la polarización, debilitando la confianza en cualquier evidencia digital. A su vez, el impacto laboral y ambiental se vuelve ineludible: la automatización acelerada de tareas cognitivas amenaza con profundizar la desigualdad y vaciar de propósito a amplios sectores, mientras que la huella energética y el consumo de recursos para entrenar modelos avanzados permanece oculto, aunque sea descomunal.
La generación que crece desconectada de sí misma
La expansión masiva de pantallas, videojuegos, redes sociales y tecnologías digitales está moldeando de manera profunda y alarmante el desarrollo cognitivo, emocional y social de niños y adolescentes. El neurocientífico Michel Desmurget advierte en La fábrica de cretinos digitales, estos dispositivos no solo compiten con las interacciones familiares, el sueño, la lectura o el juego creativo, sino que están reconfigurando la maduración cerebral.
En países con estabilidad socioeconómica, se registra un fenómeno inédito: los llamados "nativosdigitales” son la primera generación con un coeficiente intelectual más bajo que el de sus padres, revirtiendo la tendencia ascendente del “efecto Flynn”. Este deterioro se asocia al uso recreativo excesivo de pantallas, que afecta las bases mismas de la inteligencia: el lenguaje, la atención, la memoria, la capacidad de concentración y el bagaje cultural.
Las consecuencias no son solo individuales, sino profundamente sociales. Las nuevas generaciones crecen con menos habilidades de interacción presencial, mayor impulsividad, poca tolerancia a la frustración, dificultades para sostener la atención y un debilitamiento de la empatía. Al mismo tiempo, muchos niños sustituyen actividades formativas (lectura, arte, conversación, deporte) por consumos digitales de baja calidad, lo que amplifica las desigualdades educativas entre quienes están protegidos de la “orgía digital” y quienes pasan horas frente a pantallas sin mediación adulta.
La omnipresencia de videojuegos y redes sociales refuerza un ecosistema de entretenimiento inmediato, hiperestimulante y adictivo. De hecho, la OMS ya reconoció por primera vez la adicción a los videojuegos como un trastorno de salud mental, reflejo de un problema que países como China y Taiwán ya regulan con toques de queda digitales y límites estrictos de acceso. Como advierten expertos y activistas tecnológicos, el contenido digital “basura” compite contra la capacidad de regulación; miles de diseñadores y algoritmos trabajan para retener su atención, mientras los padres quedan desbordados.
El resultado es una generación que, pese a haber nacido inmersa en la tecnología, no desarrollamejorescompetencias digitales ni mayor capacidad crítica, sino que se vuelve dependiente, distraída y vulnerable a modelos de negocio basados en la manipulación.
Si esta tendencia continúa, podríamos avanzar hacia una sociedad dividida: una mayoría con capacidades cognitivas debilitadas y manipulable por estímulos digitales, frente a una élite con acceso privilegiado a la educación, la cultura y el poder. Un escenario cercano a las distopías de Huxley y Postman, donde una población anestesiada por el entretenimiento pierde su capacidad crítica y termina acepta su dependencia digital.
Te invito a escuchar el último episodio de mi podcast Abramos el Tema.🎧
Si preferís una explicación visual, preparé un video donde amplío todo esto de forma clara y práctica. Podés verlo acá 👇
La historia reciente de la tecnología está marcada por dos grandes promesas:
-Que las redes sociales nos conectarían más que nunca.
-Que la inteligencia artificial nos haría la vida más fácil.
Ambas se cumplieron… pero ¿salió bien?
Debajo de todo ese brillo que vemos en las pantallas hay una parte menos evidente, más silenciosa, pero que influye muchísimo en cómo pensamos, en cómo ponemos atención y en cómo se comportan millones de personas todos los días. Justamente de esto voy a tratar de demostrar, la otra cara del internet que no se deja ver, pero que está presente en cada segundo que pasamos online. Pero lo que creo es más preocupante son los efectos sociales en las nuevas generaciones, los nativos digitales, que según varios estudios ya empiezan a mostrar un descenso en ciertas habilidades cognitivas y un aumento de trastornos vinculados al uso constante de pantallas.
Redes Sociales: la maquinaria de la atención
Las redes sociales no solo se diseñaron para entretener, también para retener al usuario el mayor tiempo posible. El scroll infinito, las notificaciones constantes, los colores brillantes y el feed personalizado no son casualidades, sino que son parte de una arquitectura pensada para captar la atención y mantenerla. Cada deslizamiento del dedo libera una microdosis de dopamina que refuerza el hábito y alimenta el circuito de recompensa, haciendo que volver a la app se sienta casi automático.
Esa dinámica, que parece inofensiva, tiene efectos concretos. Ansiedad, comparación permanente y una visión distorsionada de la realidad son solo algunas de las consecuencias del uso ilimitado de las redes sociales.
En los adolescentes, cuyo cerebro todavía está en pleno desarrollo y es más sensible a los estímulos rápidos, el impacto es aún mayor. Algoritmos que muestran contenido sin pausa y un flujo constante de validación social pueden saturar su capacidad de concentración. Mientras más tiempo pasan “enganchados” en TikTok, Instagram o YouTube, más difícil se vuelve sostener tareas que requieren un enfoque sostenido como estudiar, leer, trabajar. Más fácil es caer en hábitos de distracción normalizados en la actualidad.
El problema no es solo el contenido, sino el diseño mismo del entorno digital, basado en una competencia por la atención donde el usuario es el principal bien. Y cuando esa atención pertenece a jóvenes que todavía están construyendo su identidad y su forma de habitar el mundo, las consecuencias se vuelven más profundas. Órdenes establecidos como las nuevas ideas de “normalidad” construidas por filtros, cuerpos irreales, logros exagerados y vidas editadas. La sobreexposición constante a este mundo genera efectos que cada vez aparecen más en consultorios psicológicos, como la ansiedad, el insomnio, la baja autoestima, la sensación de insuficiencia, entre muchos más.
Inteligencia Artificial y la automatización del pensamiento
Si las redes sociales se quedan con nuestra atención, la inteligencia artificial va un paso más allá, ya que logró meterse en nuestras decisiones y en la forma en que pensamos. Hoy la IA no solo corrige textos, sino que también organiza tu agenda, te sugiere respuestas, genera imágenes y hasta decide por vos a través de recomendaciones cada vez más personalizadas. Y sí, todo eso nos facilita un montón de cosas, pero al mismo tiempo reemplaza nuestros procesos mentales. Y esto es preocupante, sobre todo por el uso que le dan las nuevas generaciones.
Sesgos y desinformación
Otro problema que para mí es clave es lo poco transparente que es todo este sistema. La IA no solo aprende lo que nos gusta, sino que también termina repitiendo los mismos sesgos que ya existen en los datos con los que fue entrenada. Y eso se ve en cosas simples, como las recomendaciones que nos aparecen todos los días, pero también en decisiones mucho más delicadas. Por ejemplo, en 2018 se descubrió que el sistema de reclutamiento automatizado de Amazon discriminaba a las mujeres porque había sido entrenado con currículums mayormente masculinos. El algoritmo bajaba de posición o descartaba automáticamente a las postulantes mujeres. Casos así muestran que los sesgos no son solo un detalle, sino que pueden afectar oportunidades reales en procesos laborales, créditos, vigilancia y otras decisiones sensibles.
A esto se le suma algo que ya vemos cada vez más seguido: los deepfakes. Son imágenes, audios o videos hechos con IA que parecen reales, pero no lo son. Y lo peor es que están cada vez más pulidos. En redes ya circulan clips de famosos “diciendo” cosas inventadas, políticos con discursos truchos y hasta audios falsos usados para estafas. Si no se está muy atento, podemos caer fácilmente en las Fake news.
El problema es que esto no queda solo en un engaño puntual. Empieza a generar una sensación de desconfianza en general. Si cualquier persona puede falsificar una cara o una voz, ¿cómo sabemos qué es real y qué no? Por eso varios especialistas advierten que la IA generativa se convirtió en una nueva fuente de desinformación. Básicamente, ya no alcanza con ver un video “real” para estar seguro de nada.
En un momento donde TikTok, Instagram y WhatsApp se llenan de contenido que parece real pero está fabricado, se vuelve clave aprender a frenar un segundo, mirar con ojo crítico y no dar por hecho todo lo que aparece en pantalla. Porque cuanto más naturalizados estén estos fakes, más difícil va a ser distinguir lo verdadero de lo artificial.
Dependencia invisible
Al igual que con las redes sociales, el uso masivo de IA en la vida cotidiana está modificando nuestros hábitos y hasta la forma en que pensamos. Cada vez delegamos más tareas en herramientas digitales que “resuelven” por nosotros; desde escribir un texto, planear un día o buscar una respuesta, hasta tomar decisiones pequeñas que antes hacíamos sin darnos cuenta. Y eso, con el tiempo, se nota. Tenemos menos creatividad espontánea, menos tolerancia al esfuerzo y más dificultades para enfrentar problemas sin ayuda inmediata.
El riesgo no es que las máquinas piensen mejor o más rápido que nosotros. El riesgo real es que nos acostumbremos a que la IA piense por nosotros.
Efectos sociales
Pero… ¿Cómo está afectando esto a quienes sólo conocen un mundo mediado por pantallas?
Los estudios que muestran un retroceso en el coeficiente intelehttps://www.theguardian.com/technology/2018/oct/10/amazon-hiring-ai-gender-bias-recruiting-enginectual de las generaciones más jóvenes no hablan de que “somos menos inteligentes”, sino de una falta de estimulación cognitiva profunda. Varios investigadores señalan que la caída coincide con el descenso de la lectura sostenida, el aumento de la multitarea digital y la exposición constante a estímulos que reemplazan procesos mentales más lentos, como razonar, memorizar o resolver problemas. El cerebro crece cuando lo ponemos a trabajar de verdad, pero si la dinámica cotidiana se vuelve más superficial y fragmentada, el desarrollo cognitivo también se vuelve más frágil.
La Organización Mundial de la Salud clasificó en 2019 el “gaming disorder” como un trastorno de salud mental, algo que marcó un antes y un después en cómo se entienden los videojuegos. No se trata solo de jugar mucho, sino de perder el control sobre el tiempo que se juega, priorizarlo por encima de otras actividades y sostener esa conducta sabiendo que genera consecuencias negativas. Si bien los videojuegos pueden estimular habilidades como la coordinación y la resolución de problemas, su diseño, basado en logros rápidos, recompensas constantes y dinámicas competitiva, puede volverlos especialmente adictivos para los adolescentes. En muchos casos funcionan con la misma lógica de captura de atención que las redes sociales, con ciclos de recompensa instantánea, notificaciones y presión social para "no quedarse atrás". Por eso se los considera parte del ecosistema más amplio de adicciones digitales que atraviesan a las nuevas generaciones.
Y todo esto termina en una pérdida de autonomía cognitiva. Cuando la atención está secuestrada por las plataformas y la IA empieza a tomar decisiones o pensar por nosotros, se vuelve más difícil construir ideas propias. Es más fácil repetir lo que vemos en pantalla que detenernos a elaborar nuestras propias opiniones. Es un cambio silencioso, casi invisible, pero que define cómo pensamos, cómo aprendemos y cómo habitamos el mundo. Y si no lo registramos a tiempo, corremos el riesgo de acostumbrarnos a un modo de pensar cada vez más automático y menos propio.
Pensemos en un mundo que piensa por nosotros
Ninguna tecnología es mala en sí misma, el peligro aparece cuando dejamos que se vuelva invisible, automática, e inevitable.
La generación que crece hoy entre pantallas y algoritmos no está perdida. Pero sí enfrenta un desafío que ninguna generación anterior tuvo al tener que defender su autonomía intelectual en un entorno hecho para mantenernos lentos y complacidos.
La solución no es dejar de usar tecnología, sino recuperar el control, poner límites, elegir conscientemente, y sobre todo, volver a darle su espacio al pensamiento lento,reflexivo, y humano.
Porque si no pensamos nosotros, algo (o alguien) lo va a hacer por nosotros.
Si queres saber mas sobre el tema, podes dirigirte a mi podcast Charlando online, o a mi canal de Youtube, donde hablamos de esto y muchas problematicas mas.
La tecnología promete hacernos la vida más fácil, pero esto tiene un precio. En este artículo vamos a recorrer lo que nos ocultan: manipulación digital, degaste emocional, el consumo invisible de recursos y los riesgos que están en juego.
De creadores del dilema a denunciantes: ex trabajadores de redes sociales preocupados
Seguramente pensemos que las redes sociales no son malas, que son divertidas, que conectan personas, donde compartimos fotos, recuerdos y hacemos amigos.
Todo esto es verdad, pero lo que no vemos es lo que saben quienes la crearon: desarrolladores, ejecutivos y diseñadores que hicieron cada función.
La mayoría son programadores, ingenieros, formadores, fundadores, y cofundadores que trabajaron en las empresas creadoras de las redes sociales.
No hablan de teorias conspirativas, hablan desde la experiencia de haber visto cómo un proyecto pensado para conectar tiene su lado oscuro.
Entre los denunciantes encontramos a Jeff Seibert (ex ejecutivo de Twitter), Tristán Harris (ex diseñador de Google), Tim Kendall (ex ejecutivo de Facebook), Bailey Richardson (una de las primeras empleadas de Instagram), Justin Rosenstein (ex ingeniero de Facebook y Google), Sean Parker ( ex presidente de Facebook) y más de 20 expertos que nos cuentan lo que vieron.
No son voces cualquiera. Son personas que tuvieron el poder de decidir qué pasaba en las plataformas que usamos hoy en día, pero se alejaron por miedo a las consecuencias de sus propias creaciones.
"Me gusta": Un gesto con problemas psicológico
En este apartado empezamos a poner en juego el mal de las redes sociales.
En un principio pensaríamos que un "me gusta" en Facebook no podría hacer nada mal a alguien. Justin Rosenstein, el ingeniero creador de este botón, dice que lo creó para difundir amor, pero nunca imaginó que este gesto causaría a los usuarios, sobre todo en adolescentes:
Adicción
Comparación
Depresión
En el artículo La doble cara de la codificación nos muestran, con varios estudios, el gran problema que dejó esta simple reacción.
Muestran el aumento preocupante en niveles de ansiedad, depresión y autolesiones en los adolescentes desde 2011, en su gran mayoría chicas.
Esto se debe a la constante comparación social, la búsqueda de aprobación y la presión por mostrase feliz todo el tiempo, lo que genera un autoestima frágil y una sensación de vacío.
Desde 2011, hay un gran aumento en la depresión y ansiedad en adolescentes.
Muchos adolescentes con ingresos al hospital debido a autolesiones (cortes), este aumento un 62%, y un 189% en preadolescentes.
Un gran aumentó en la tasa de suicidio, un 70% en adolescentes y un 151% en preadolescentes.
No solo las reacciones de estas redes tienen un impacto psicológico, sino que también las redes sociales generan un riesgo significativo de malestar psicológico y problemas en la salud mental.
Muchas apps nos manipulan emocionalmente. En un artículo hablo justamente de cómo TikTok puede mostrarnos videos que nos llevan de la felicidad a la tristeza, afectándonos.
Sin privacidad: las redes sociales nos conocen
Cuando pensamos en la privacidad, seguro nos imaginamos que es no compartir nuestras contraseñas o configurar nuestras redes para que otros no vean lo que publicamos. Pero en realidad, la privacidad digital es algo peor.
Cada clic, like, posteo y visualización que dejamos se convierte en información que vale oro para las compañias de estas redes sociales.
No solo recolectan esta información, sino que la usan sin nuestro consentimiento.
En el documental El dilema de las redes sociales se muestra cómo nos conocen: somos un muñeco vudú tecnológico donde las redes ya saben todo sobre nosotros: nombres, familiares, qué comemos, qué estudiamos, qué deportes nos gustan y muchas cosas más.
Nos manipulan para que nos quedemos dentro de su app. Solo nos muestran cosas de nuestro gusto y así nos retienen por horas.
Este modelo se llama capitalismo de vigilancia, donde convierten nuestra vida cotidiana en un recurso comercial.
Nuestros datos son la materia de estas empresas, que mantienen un registro constante de los usuarios y un monitoreo infinito.
Cada movimiento que hacemos es monitoreado por sistemas que ya nos conocen más que nosotros mismos, así es como crece esta vigilancia invisible sin que lo notemos.
Saben cuando te sentís solo o si mirás fotos de tu expareja.
Saben lo que hacés de noche, si sos introvertido o extrovertido, cuál es tu neurosis, tu personalidad. Lo saben todo.
¿Que hacen con esta información? Construyen modelos que predicen nuestras acciones, y la red social que tenga el mejor modelo gana nuestra atención.
El precio de estar conectados fue renunciar a nuestra privacidad sin darnos cuenta.
Una frase que nos dejan es: "Si no pagás por el producto, vos sos el producto".
Otro gran dilema es la desinformación en el mundo digital.
Las noticias falsas se esparcen mucho más rápido que las verdaderas.
National Geographic analizó cómo los adolescentes se ven muy influenciados por las noticias falsas y también como las redes sociales intervinieron.
Uno de los casos en el artículo es sobre una niña de 13 años en EE.UU que no quería llevar barbijo por el covid. Se negó diciendo que los barbijos no funcionan y que los niños más chicos no se contagiaban.
Durante la pandemia, este fenómeno se hizo más evidente.
Las redes sociales como YouTube estaban repletas de teorías conspirativas y mensajes antivacunas que quizás costo la vida de aquellos que lo creyeron.
En el documental se muestra el caso del basquetbolista Kyrie Irving, que tuvo que salir a disculparse por pensar que la tierra era plana. Contó que les salían muchos videos recomendados de terraplanistas con sus teorías que terminó creyendo y salió a hablar por todos lados como si fuera verdad.
Después de mostar este caso, nos advierten que nunca miremos los recomendados de YouTube.
Ahora, ¿por qué las redes no borran y siguen difundiendo la desinformación?
Las redes sociales ganan mucho dinero con cada publicación o video visto. No importa si es desinformación: si ese contenido es rentable para ellos, lo dejan.
"La indignación vende más", nos dice Tristán Harris.
Esto es lo que genera:
Aumento de la participación: las noticias que generan indignación son las más compartidas, comentadas y reaccionadas, aumentando su visibilidad y monetización.
Desinformación y manipulación: quienes difunden desinformación utilizan la indignación para amplificar sus narrativas y controlar la agenda.
Modelo de negocio: las empresas de redes sociales descubrieron que la indignación es más rentable que otros enfoques, ya que es un motor de tráfico constante.
En definitiva, no sabemos si lo que vemos en las redes son noticias verdaderas o falsas.
Artificial: una máquina que sabe todo
Una herramienta que seguro todos usamos en algún momento, tan útil que nos facilita la vida cotidiana. Pero detrás de toda esa magia hay una estructura invisible.
Antes, quería contarte que tengo un artículo muy desarrollado sobre el tema. Hace click aquí para leerlo.
Como vimos en mi artículo Un cuarto oscuro: el peor lado de las redes sociales y la IA, su fase se centraba en la recolección de datos. Bueno, ahora es mucho más perfecta, porque no solo recolectan, sino que analizan, hacen predicciones y acciones automatizadas.
Los algoritmos anteriormente nos mostraban contenido que se adaptaba a nuestros gustos. Ahora, la inteligencia artificial interactúa con nosotros, aprende nuestras emociones, nos responden en tiempo real e influye en nuestras decisiones con precisión.
Tal como las redes sociales, cada mensaje, posteo, fotos, videos o likes alimenta este sistema de predicción.
El problema es que ya no quieren saber qué queremos, sino hacernos querer algo.
Es por esto que los ex ejecutivos de Sillicon Valley como Tristán Harris, Tim Kendall o Chamath, los propios arquitectos de la IA, dan voz de alarma.
Hoy la Inteligencia Artificial crea el contenido que nos va a atrapar. Influyen directamente en nuestra mente.
También hay que decir la cantidad de videos creados con esta herramienta, tan bien creados que en el futuro no vamos a poder diferenciar lo falso de lo real.
¿Y a vos? ¿Ya te aparecieron videos falsos creados con IA?
Riesgos de la IA: en lo social, laboral e impacto ambiental
Los riesgos de la inteligencia artificial van más allá deluso de los datos y la desinformación.
Juegan un papel clave en lo social, laboral y en la manipulación autónoma.
Privacidad y seguridad de datos: la IA necesita millones de datos personales. Esto incluye mucha información personal sensible, y si no es protegida, puede filtrarse, venderse o ser hackeada.
Laboral: muchas tareas se están automatizando, y algunos empleos pueden desaparecer. Desplazan a millones de trabajadores, en mi anterior artículo hable justo del puesto del docente, donde dicen que podrían mejorar la enseñanza.
Fallos: hoy en día, la IA está en autos autónomos, hospitales o redes. Si algo sale mal, como alguna falla, pueden en poner en riesgo vidas o poner servicios en peligro.
Noticias falsas: con la IA se pueden crear imágenes, audios y videos falsos que son creíbles. Esto pueden ser utilizados para manipular opiniones, influir en elecciones y sembrar desconfianza.
Riesgos en la seguridad global: la Inteligencia Artificial puede usarse para espionaje o ciberataques. En las manos de alguien que la usa mal puede convertirse en una arma de guerra.
Impacto ambiental: la IA, para funcionar, necesita de extracción de materias primas y no solo eso, sino que utilizan en gran cantidad recursos vitales como el agua y la energía. En un artículo de pure.uai nos dicen que una imágen creada con esta herramienta puede llegar a gastar 3,45 litros de agua. También generan desechos tóxicos y crean desigualdad.
Punto final: Los nativos digitales y Superficiales.
Sabemos que estamos en una época donde la atención, la memoria y la capacidad de pensar profundamente están siendo moldeadas por pantallas, algoritmos y notificaciones constantes.
Primero que nada, hay que recordar que Desmurget les dice a los jóvenes de hoy "nativos digitales". Los denomina así porque están creciendo con un excesivo uso de pantallas. También añade de que podrían ser la primera generación con coeficiente intelectual (IQ) más bajo que el de sus padres. Rompiendo una tendencia histórica donde cada generación era en promedio un poco más inteligente que la anterior.
A esto se lo llama el efecto flynn, donde se mostraba que el IQ aumentaba con el tiempo gracias a la mejor educación, salud, lectura y vida cultural. Pero ahora, en países como Francia, Noruega o Dinamarca, las nuevas generaciones están mostrando resultados más bajos. Esto no se debe a la genética, sino al estilo de vida digital.
¿Qué hacen las pantallas con nosotros?
La atención fragmentada. Carr lo anticipó y las redes lo perfeccionaron. En Superficialesnos explica Carr que internet nos entrena para saltar de estímulo en estímulo. Cada notificación interrumpe nuestro pensamiento, nos impide concentración y nos empuja a una lectura rápida y superficial.
Por otra parte, Desmurget piensa lo mismo. Señala que las pantallas generan una sobreestimulación de la atención, lo que nos provoca trastornos de concentración y aprendizaje.
Las redes sociales nos llevan a esta lógica. Diseñan funciones para capturar nuestra atención. Estas funciones son el scroll infinito, videos cortos, notificaciones, sonidos y recomendaciones.
Algo muy importante es el costo emocional, algo que mencionamos en el apartado del me gusta. Desmurget nos señala que las pantallas provocan disminución en la calidad y cantidad de interacciones intrafamiliares, que son fundamentales para el desarrollo emocional.
Esto se ve de forma clara en las redes sociales:
Conversaciones cortas.
Vínculos superficiales.
Miedo de quedar afuera.
Validación constante medida por likes o comentarios.
Los videojuegos también forman parte. Si bien desmurget no los clasifica como malos, sino que nos dice que ocupan demasiado tiempo y reemplazan actividades que desarrollan mejor el cerebro, como leer, conversar o practicar algo nuevo. Los juegos lo único que ofrecen son estímulos rápidos, luz, sonido y recompensas, lo que hace que nuestro cerebro se acostumbra a esa velocidad.
Lo que generan:
Menos tiempo para actividades enriquecedoras.
Sueño interrumpido.
Estilo de vida sedentario (estar mucho tiempo sentado).
Las redes sociales y la IA forman parte de esta rutina. Buscan moldear nuestra identidad, vínculos y nuestra inteligencia. Toman cada una de nuestras vulnerabilidades y las multiplican, generando hábitos que nos empobrecen la memoria, reducen nuestra atención y la dificultad de pensar siendo críticos.
Por esto mismo tenemos que usarla conscientemente.
Adicciones y descenso de iq
La OMS reconoció formalmente la “adicción a los videojuegos” como un trastorno mental, al incluirla en la versión 11 de su clasificación internacional de enfermedades (CIE-11).
La adicción no implica simplemente jugar mucho o pasar tiempo frente a la computadora o consola, sino que se manifiesta en un patrón persistente muchas veces durante al menos 12 meses y generar deterioro en ámbitos como lo personal, social, familiar, académico o laboral.
Este trastorno definido como uso de videojuegos de manera persistente o recurrente se caracteriza por: pérdida de control sobre la frecuencia, duración e intensidad del juego, priorización del juego sobre otras actividades vitales y continuidad del juego aun cuando este genere consecuencias negativas.
Por otro lado. Michel Desmurget, neurocientífico francés, sostiene en su libro La fábrica de cretinos digitales que los jóvenes de hoy los llamados “nativos digitales” podrían ser la primera generación con un coeficiente intelectual (IQ) promedio inferior al de sus padres.
Según Desmurget, este fenómeno resultaría de un cambio en la forma en que los niños y adolescentes interactúan con su entorno: la sobreexposición a pantallas, videojuegos o contenidos digitales habría reducido el tiempo dedicado a actividades estimulantes para el desarrollo cognitivo como la lectura, el diálogo familiar, la creatividad, el sueño reparador o el juego físico.
Durante casi todo el siglo XX, los puntajes de IQ fueron subiendo de generación en generación en muchos países. A esto se lo llamó “efecto Flynn”.
Pero, Desmurget y varios estudios recientes, eso ya no está pasando. En algunos lugares el aumento se frenó y en vez de seguir mejorando, ahora se ve que los puntajes se quedan iguales o incluso bajan un poco. Es decir: antes cada generación era un poco más inteligente en esos tests, pero ahora esa tendencia parece haberse caído.
Reflexionando
Después de leer todo, ¿qué pensas sobre las redes sociales?
No se trata de borrar nuestros usuarios, apagar los celulares o nunca entrar a internet, sino de ser conscientes.
Entender que cada click que hacemos tiene un gran valor, que cada dato dice algo de nosotros y que cada minuto en las redes alimenta su modelo de sistema.
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No te pierdas de conocer a Pía y Tom, dos asistentes que cree para que nos ayudaran a entender el mundo de las redes sociales y la Inteligencia Artificial. Una mirada directa y fácil de entender sobre lo que no vemos detrás de las pantallas.
El uso de la inteligencia artificial se ha vuelto cada vez más común en diversas áreas de nuestra vida cotidiana y en numerosas industrias.
pero… ¿Por qué hay que tener en cuenta la inteligencia artificial en eCommerce?
Cada día, son más los consumidores que usan las plataformas e-commerce dentro de sus hábitos de compra. Estos usuarios, además, son cada vez más exigentes. Por esta razón, te cuento en este nuevo episodio, como utilizar la IA para tu negocio digital.
El presidente ruso Vladimir Putin, considerado por muchos como uno de "Los señores de la guerra" días atrás se refirió a un tópico por demás polémico e interesante de analizar a la vez: la inteligencia artificial y el futuro que nos espera si esta se desarrolla de forma totalmente inesperada e incontrolable. Putin en el marco de una entrevista al informativo “Russia Today” (RT) advirtió: “La inteligencia artificial es el futuro, no solo para Rusia, sino también para toda la humanidad. Esta no solo da gigantescas oportunidades, también nos genera potenciales problemas difíciles de predecir. Sin embargo, quien se convierta en el líder de estas maquinas podrá dominar el mundo" Musk y la 3° Guerra Mundial
El director ejecutivo de Tesla y SpaceX, Elon Musk, publicó una serie de mensajes sobre la Tercera Guerra Mundial desde su cuenta de Twitter, en los que expresó la relación de ésta con la Inteligencia Artificial.
“La competencia por la inteligencia artificial es la causa más probable de la Tercera Guerra Mundial”
Desde hace un tiempo, Musk ha comentado en varias ocasiones sobre
los alcances que puede llegar a tener la AI y el hecho de implementar
una nueva regulación para seguridad de la población.Musk ha tratado de abordar sus
ansiedades de AI a través de dos nuevos emprendimientos: OpenAI, una
empresa de investigación sin fines de lucro de la IA, y Neuralink, un
dispositivo de creación para conectar el cerebro humano con las
computadoras.
La AI actualmente
La inteligencia artificial actualmente se encuentra en pleno desarrollo y (todavía) es indefensa para el ser humano. Si bien hay países que están comenzando a desarrollarla con fines bélicos, diversas empresas la utilizan con fines médicos o para automatizar vehículos autónomos como los de Google Todo no esta dicho aun, pero nunca demos por descartado nada, porque si algo aprendimos del pasado es que hasta 1984 puede ser real.
Decir Web | Comunicación digital en la Universidad Nacional de Quilmes
Decir Web es el blog escrito por los estudiantes de las asignaturas "Seminario y Taller de Periodismo digital" y "Medios, Internet y Comunicación digital" de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes.