Informe especial: La doble cara de las nuevas tecnologías

Escrito por Agustina Iturbe



La historia reciente de la tecnología está marcada por dos grandes promesas:

-Que las redes sociales nos conectarían más que nunca.

-Que la inteligencia artificial nos haría la vida más fácil.

Ambas se cumplieron… pero ¿salió bien?

Debajo de todo ese brillo que vemos en las pantallas hay una parte menos evidente, más silenciosa, pero que influye muchísimo en cómo pensamos, en cómo ponemos atención y en cómo se comportan millones de personas todos los días. Justamente de esto voy a tratar de demostrar, la otra cara del internet que no se deja ver, pero que está presente en cada segundo que pasamos online. Pero lo que creo es más preocupante son los efectos sociales en las nuevas generaciones, los nativos digitales, que según varios estudios ya empiezan a mostrar un descenso en ciertas habilidades cognitivas y un aumento de trastornos vinculados al uso constante de pantallas.

Redes Sociales: la maquinaria de la atención


Las redes sociales no solo se diseñaron para entretener, también para retener al usuario el mayor tiempo posible. El scroll infinito, las notificaciones constantes, los colores brillantes y el feed personalizado no son casualidades, sino que son parte de una arquitectura pensada para captar la atención y mantenerla. Cada deslizamiento del dedo libera una microdosis de dopamina que refuerza el hábito y alimenta el circuito de recompensa, haciendo que volver a la app se sienta casi automático.

Esa dinámica, que parece inofensiva, tiene efectos concretos. Ansiedad, comparación permanente y una visión distorsionada de la realidad son solo algunas de las consecuencias del uso ilimitado de las redes sociales.

En los adolescentes, cuyo cerebro todavía está en pleno desarrollo y es más sensible a los estímulos rápidos, el impacto es aún mayor. Algoritmos que muestran contenido sin pausa y un flujo constante de validación social pueden saturar su capacidad de concentración. Mientras más tiempo pasan “enganchados” en TikTok, Instagram o YouTube, más difícil se vuelve sostener tareas que requieren un enfoque sostenido como estudiar, leer, trabajar. Más fácil es caer en hábitos de distracción normalizados en la actualidad.




El problema no es solo el contenido, sino el diseño mismo del entorno digital, basado en una competencia por la atención donde el usuario es el principal bien. Y cuando esa atención pertenece a jóvenes que todavía están construyendo su identidad y su forma de habitar el mundo, las consecuencias se vuelven más profundas. Órdenes establecidos como las nuevas ideas de “normalidad” construidas por filtros, cuerpos irreales, logros exagerados y vidas editadas. La sobreexposición constante a este mundo genera efectos que cada vez aparecen más en consultorios psicológicos, como la ansiedad, el insomnio, la baja autoestima, la sensación de insuficiencia, entre muchos más.

Inteligencia Artificial y la automatización del pensamiento

Si las redes sociales se quedan con nuestra atención, la inteligencia artificial va un paso más allá, ya que logró meterse en nuestras decisiones y en la forma en que pensamos. Hoy la IA no solo corrige textos, sino que también organiza tu agenda, te sugiere respuestas, genera imágenes y hasta decide por vos a través de recomendaciones cada vez más personalizadas. Y sí, todo eso nos facilita un montón de cosas, pero al mismo tiempo reemplaza nuestros procesos mentales. Y esto es preocupante, sobre todo por el uso que le dan las nuevas generaciones.

Sesgos y desinformación


Otro problema que para mí es clave es lo poco transparente que es todo este sistema. La IA no solo aprende lo que nos gusta, sino que también termina repitiendo los mismos sesgos que ya existen en los datos con los que fue entrenada. Y eso se ve en cosas simples, como las recomendaciones que nos aparecen todos los días, pero también en decisiones mucho más delicadas. Por ejemplo, en 2018 se descubrió que el sistema de reclutamiento automatizado de Amazon discriminaba a las mujeres porque había sido entrenado con currículums mayormente masculinos. El algoritmo bajaba de posición o descartaba automáticamente a las postulantes mujeres. Casos así muestran que los sesgos no son solo un detalle, sino que pueden afectar oportunidades reales en procesos laborales, créditos, vigilancia y otras decisiones sensibles.

A esto se le suma algo que ya vemos cada vez más seguido: los deepfakes. Son imágenes, audios o videos hechos con IA que parecen reales, pero no lo son. Y lo peor es que están cada vez más pulidos. En redes ya circulan clips de famosos “diciendo” cosas inventadas, políticos con discursos truchos y hasta audios falsos usados para estafas. Si no se está muy atento, podemos caer fácilmente en las Fake news.

El problema es que esto no queda solo en un engaño puntual. Empieza a generar una sensación de desconfianza en general. Si cualquier persona puede falsificar una cara o una voz, ¿cómo sabemos qué es real y qué no? Por eso varios especialistas advierten que la IA generativa se convirtió en una nueva fuente de desinformación. Básicamente, ya no alcanza con ver un video “real” para estar seguro de nada.

En un momento donde TikTok, Instagram y WhatsApp se llenan de contenido que parece real pero está fabricado, se vuelve clave aprender a frenar un segundo, mirar con ojo crítico y no dar por hecho todo lo que aparece en pantalla. Porque cuanto más naturalizados estén estos fakes, más difícil va a ser distinguir lo verdadero de lo artificial.


Dependencia invisible

Al igual que con las redes sociales, el uso masivo de IA en la vida cotidiana está modificando nuestros hábitos y hasta la forma en que pensamos. Cada vez delegamos más tareas en herramientas digitales que “resuelven” por nosotros; desde escribir un texto, planear un día o buscar una respuesta, hasta tomar decisiones pequeñas que antes hacíamos sin darnos cuenta. Y eso, con el tiempo, se nota. Tenemos menos creatividad espontánea, menos tolerancia al esfuerzo y más dificultades para enfrentar problemas sin ayuda inmediata.

El riesgo no es que las máquinas piensen mejor o más rápido que nosotros. El riesgo real es que nos acostumbremos a que la IA piense por nosotros.

Efectos sociales

Pero… ¿Cómo está afectando esto a quienes sólo conocen un mundo mediado por pantallas?

Los estudios que muestran un retroceso en el coeficiente intelehttps://www.theguardian.com/technology/2018/oct/10/amazon-hiring-ai-gender-bias-recruiting-enginectual de las generaciones más jóvenes no hablan de que “somos menos inteligentes”, sino de una falta de estimulación cognitiva profunda. Varios investigadores señalan que la caída coincide con el descenso de la lectura sostenida, el aumento de la multitarea digital y la exposición constante a estímulos que reemplazan procesos mentales más lentos, como razonar, memorizar o resolver problemas. El cerebro crece cuando lo ponemos a trabajar de verdad, pero si la dinámica cotidiana se vuelve más superficial y fragmentada, el desarrollo cognitivo también se vuelve más frágil.

La Organización Mundial de la Salud clasificó en 2019 el “gaming disorder” como un trastorno de salud mental, algo que marcó un antes y un después en cómo se entienden los videojuegos. No se trata solo de jugar mucho, sino de perder el control sobre el tiempo que se juega, priorizarlo por encima de otras actividades y sostener esa conducta sabiendo que genera consecuencias negativas. Si bien los videojuegos pueden estimular habilidades como la coordinación y la resolución de problemas, su diseño, basado en logros rápidos, recompensas constantes y dinámicas competitiva, puede volverlos especialmente adictivos para los adolescentes. En muchos casos funcionan con la misma lógica de captura de atención que las redes sociales, con ciclos de recompensa instantánea, notificaciones y presión social para "no quedarse atrás". Por eso se los considera parte del ecosistema más amplio de adicciones digitales que atraviesan a las nuevas generaciones.


Y todo esto termina en una pérdida de autonomía cognitiva. Cuando la atención está secuestrada por las plataformas y la IA empieza a tomar decisiones o pensar por nosotros, se vuelve más difícil construir ideas propias. Es más fácil repetir lo que vemos en pantalla que detenernos a elaborar nuestras propias opiniones. Es un cambio silencioso, casi invisible, pero que define cómo pensamos, cómo aprendemos y cómo habitamos el mundo. Y si no lo registramos a tiempo, corremos el riesgo de acostumbrarnos a un modo de pensar cada vez más automático y menos propio.

Pensemos en un mundo que piensa por nosotros

Ninguna tecnología es mala en sí misma, el peligro aparece cuando dejamos que se vuelva invisible, automática, e inevitable.

La generación que crece hoy entre pantallas y algoritmos no está perdida. Pero sí enfrenta un desafío que ninguna generación anterior tuvo al tener que defender su autonomía intelectual en un entorno hecho para mantenernos lentos y complacidos.

La solución no es dejar de usar tecnología, sino recuperar el control, poner límites, elegir conscientemente, y sobre todo, volver a darle su espacio al pensamiento lento,reflexivo, y humano.
Porque si no pensamos nosotros, algo (o alguien) lo va a hacer por nosotros.


Si queres saber mas sobre el tema, podes dirigirte a mi podcast Charlando online, o a mi canal de Youtube, donde hablamos de esto y muchas problematicas mas.

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