¿Quién decide lo que vemos en Internet?

 



Las redes sociales no son ventanas transparentes al mundo. Ordenan lo que aparece en pantalla, premian ciertas interacciones y pueden ser utilizadas para fabricar una impresión de consenso. Un conjunto de investigaciones de la Universidad de Oxford documentó el uso de cuentas automatizadas y coordinadas para difundir propaganda y desinformación en distintos países. La pregunta no es solo qué información circula, sino quién la impulsa, cómo se vuelve visible y qué hacemos antes de compartirla.


La popularidad también puede fabricarse


Algunas estrategias buscan dar “me gusta”, publicar o replicar mensajes para que una idea parezca más popular de lo que es. Si una publicación parece tener apoyo masivo, otras personas pueden interpretarla como relevante o representativa y sumarse. La coordinación entre personas y automatizaciones también puede amplificar una campaña. Esta dinámica se llama "producción de consenso”.


Los algoritmos ordenan la experiencia


Las plataformas organizan la información mediante sistemas de recomendación que priorizan contenidos según señales de actividad. Los mensajes engañosos pueden apoyarse en los algoritmos de Facebook o Twitter para ganar exposición. No significa que un algoritmo piense como una persona ni que todos recibamos exactamente el mismo contenido, sino que la arquitectura de la plataforma influye en qué encontramos, cuánto tiempo permanecemos y qué temas parecen dominar la conversación.


En Twitter, las noticias falsas tienen mucha más difusión que las verdaderas, según un estudio


Cuando la mentira corre más rápido


Una investigación del MIT, publicada en la revista Science estudió más de 126.000 noticias difundidas en Twitter entre 2006 y 2016. El resultado mostró que en promedio las noticias falsas alcanzaban a más personas, se propagaban más rápido que las verdaderas y podían generar cadenas de difusión mucho más extensas. La desinformación no depende únicamente de cuentas automatizadas y los usuarios también participamos en su circulación cuando compartimos contenidos sin comprobarlos.


Una publicación puede parecer popular porque fue impulsada artificialmente, pero también puede adquirir una enorme visibilidad porque las personas la replican. La cantidad de interacciones no demuestra que la información sea verdadera. Un contenido puede ser muy compartido porque sorprende, indigna o confirma algo que muchas personas ya creen. Por eso, medir la relevancia de una información solamente por su alcance puede confundir popularidad con credibilidad.



Compartir no significa haber leído


Un trabajo publicado en Nature Human Behaviour encontró que alrededor del 75% de los enlaces a noticias compartidos en redes sociales se difundían sin que los usuarios hubieran leído previamente el contenido. En lugar de comprobar qué decía la noticia, muchas personas parecían guiarse por elementos más inmediatos, como el titular o la procedencia del enlace.


Esto es importante en un entorno donde la velocidad parece tener más valor que la reflexión. Un titular puede provocar una reacción en pocos segundos, mientras que leer una nota completa, comprobar su fecha, buscar la fuente original y contrastarla con otras publicaciones requiere mucho más tiempo. De esta manera, podemos terminar participando en la circulación de una información sin conocer realmente su contenido.


Circulación superficial: la gente comparte enlaces a noticias, pero en el 75% los casos lo hace sin leerlas


Los estudios permiten observar que el problema no está solamente del otro lado de la pantalla. Los algoritmos pueden organizar nuestra experiencia, las cuentas automatizadas pueden amplificar determinados mensajes y las plataformas pueden tomar decisiones sobre qué contenidos reciben mayor exposición, pero nuestras propias acciones completan el circuito. Cada clic, cada me gusta, cada comentario y cada vez que compartimos algo contribuye a determinar qué información continúa circulando.


Por eso, desarrollar una mirada crítica sobre Internet no significa desconfiar automáticamente de todo lo que encontramos. Significa incorporar pequeñas pausas antes de reaccionar. Si una noticia provoca sorpresa, indignación o entusiasmo inmediato, quizás ese sea precisamente el momento para detenerse y comprobar qué hay detrás del mensaje. La pregunta deja de ser únicamente “¿esto me interesa?” y pasa a ser también “¿qué evidencia tengo para afirmar que esto es cierto?”.


Una rutina breve para informarnos mejor


Ante una publicación llamativa, podemos hacer una pausa y revisar algunos puntos:

1) No quedarse solo con una captura o un titular (Rastrear la fuente original y su fecha)
2) Distinguir el dato comprobable de la interpretación o la opinión.
3) Buscar evidencia y cobertura en más de una fuente independiente.
4) Observar si la interacción parece coordinada y no tomar los “me gusta” como prueba.
5) Compartir con contexto, corregir errores y escuchar a quienes pueden verse afectados.


La conversación también depende de nosotros


Las plataformas tienen responsabilidades por el diseño y la moderación de sus espacios y quienes usamos las redes por las decisiones cotidianas de publicar, verificar y amplificar. No consiste en desconfiar de todo, sino en desarrollar preguntas mejores y buscar pruebas proporcionales a lo que afirmamos. Escuchar empáticamente también es reconocer que una persona puede estar expuesta a información distinta de la nuestra, sin tratarla de inmediato como ingenua o malintencionada.


Internet es una infraestructura configurada por empresas, gobiernos y usuarios, y sus efectos dependen de decisiones concretas, no es una fuerza única que nos determina. Podemos reclamar transparencia y protección de derechos mientras cultivamos hábitos de lectura crítica. Si producimos para otros, la responsabilidad empieza por entender qué necesitan saber, cómo presentamos las evidencias y qué consecuencias puede tener nuestra pieza.




SEGUÍ EXPLORANDO EL TEMA:


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Algoritmos, experimentos y cibervigilancia: ¿Elegimos libremente lo que pensamos en la red?

 

La idea de que Internet es un territorio neutro, democrático y de libre expresión se ha derrumbado. Detrás de las pantallas que consultamos mecánicamente decenas de veces al día, opera una compleja arquitectura de manipulación algorítmica, desinformación industrializada y vigilancia masiva.

Las dinámicas del ecosistema digital actual demuestran que nuestra percepción de la realidad, nuestras decisiones políticas y nuestras emociones están siendo moldeadas por corporaciones privadas y agencias estatales. A través de experimentos psicológicos no consentidos, el encierro en burbujas de filtro y la contratación de ciberarmas de propaganda, la libertad de elección en la red revela su verdadera naturaleza: una cuidada ilusión construida sobre la atención del usuario.

La desinformación como industria a escala global

La difusión de noticias falsas y discursos polarizantes dejó de ser un fenómeno espontáneo de usuarios individuales. Hoy en día se trata de una estrategia política y comercial hiperprofesionalizada.

Un informe exhaustivo elaborado por el Instituto de Internet de la Universidad de Oxford (OII) reveló que las campañas organizadas de manipulación en redes sociales están presentes en al menos 81 países, lo que representa un aumento sostenido de la desinformación producida a escala industrial.

Los hallazgos principales de la investigación confirman la gravedad del problema:

  • Estrategia sistemática: En el 93 % de los países analizados (76 de 81), los gobiernos y partidos políticos utilizan la propaganda computacional como una herramienta habitual de comunicación política.

  • Privatización de la propaganda: Se identificaron agencias estatales trabajando junto a empresas privadas de "comunicación estratégica" en 48 países, ofreciendo servicios de desinformación, acoso y difamación por encargo.

  • Inversión millonaria en ciberarmas: Se han destinado casi 60 millones de dólares al financiamiento de empresas que operan bots, cuentas pirateadas y sistemas de amplificación para falsificar tendencias y simular falsos consensos populares.

  • Ataque a la oposición y activistas: En 59 países se detectó el uso de troles patrocinados por los Estados para silenciar el periodismo independiente, hostigar activistas y erosionar la confianza democrática.

Esta "producción de consenso" artificial demuestra que la conversación pública no es orgánica, sino el resultado de ejércitos de software programados para moldear el debate a favor de intereses concentrados.

Los usuarios como cobayos: Manipulación emocional y burbujas

Las plataformas no se limitan a distribuir información; intervienen activamente en el estado de ánimo de las personas.

Un caso paradigmático analizado por la investigadora Marian Moya en la Revista Anfibia sacó a la luz el experimento secreto realizado por Facebook sobre 689.003 usuarios sin su consentimiento. La plataforma manipuló el algoritmo de la sección "Noticias" para alterar la cantidad de contenidos positivos o negativos que veían las personas, demostrando que es posible provocar un "contagio emocional" masivo mediante la simple selección algorítmica.

Esta manipulación se complementa con el concepto de "Filtro de Burbuja", acuñado por Eli Pariser. Los algoritmos de recomendación están diseñados para maximizar el tiempo de permanencia en pantalla, alimentando a los usuarios únicamente con contenidos que confirman sus sesgos previos o despiertan indignación. Como la rabia genera más clics e interacciones que el análisis pausado, la infraestructura digital premia la radicalización y penaliza el pensamiento crítico.

El cerebro hipertextual y la pérdida de la atención profunda

Esta sobreestimulación algorítmica tiene consecuencias directas sobre nuestra neurobiología. En su obra Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, el ensayista Nicholas Carr advierte que la navegación digital constante reconfigura la neuroplasticidad del cerebro.

Al exponernos a ráfagas ininterrumpidas de información, notificaciones y textos fragmentados, la red nos adiestra para la evaluación rápida y la distracción permanente, erosionando de manera progresiva nuestra capacidad de concentración, lectura profunda y memoria a largo plazo.

Como sostenía Marshall McLuhan, "el medio es el mensaje": la tecnología no es un instrumento neutro, sino un entorno que transforma la estructura de nuestro pensamiento y anestesia el juicio crítico sin que lo notemos.



Vigilancia masiva y la ilusión del espacio libre

A la manipulación corporativa se le suma el despliegue del cibercontrol estatal. Informes de la Asamblea General de las Naciones Unidas han alertado que la facilidad tecnológica actual permite a los gobiernos monitorear el tráfico web, intervenir llamadas y rastrear datos de localización de ciudadanos comunes.

A través de leyes amparadas en la "seguridad nacional" o la "lucha contra el crimen", países en Europa, América Latina y Asia han instaurado marcos de vigilancia extraterritorial y retención de datos que violan el derecho fundamental a la privacidad.

Casos de espionaje masivo y la intervención del denominado "Club de los Cinco" (las grandes corporaciones tecnológicas como Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) confirman que la red se ha consolidado como un espacio de poder asimétrico. Las decisiones sobre qué se ve, qué se silencia y qué se censura quedan reducidas al criterio arbitrario de un puñado de directivos y agencias gubernamentales, tal como evidenciaron las idas y vueltas de las políticas de censura en plataformas como Twitter.

Hacia una resistencia digital crítica

Frente a un ecosistema diseñado para la manipulación, la pasividad del usuario deja de ser una opción. Comprender la arquitectura digital es el primer paso para desnaturalizarla. Para no ser piezas pasivas del engranaje algorítmico, resulta indispensable adoptar una postura activa: - Cuestionar la inmediatez: Ejercitar la pausa analítica antes de compartir contenidos que apelen directamente a la indignación o la emoción visceral. - Diversificar la dieta informativa: Forzar la salida de la burbuja algorítmica buscando activamente fuentes primarias, medios independientes e investigaciones con respaldo metodológico. - Exigir transparencia algorítmica: Reclamar marcos regulatorios que impidan la experimentación social con usuarios y garanticen la auditoría pública del código de las grandes plataformas.

Navegar por Internet exige dejar de asumir la tecnología como un entorno dado e inofensivo. Solo mediante el desarrollo de un pensamiento crítico y consciente podremos recuperar la soberanía sobre nuestras mentes y nuestras decisiones en el mundo digital. 🎧 ¿Preferís escuchar o ver este análisis mientras viajás o hacés otra cosa? Hacé clic en el reproductor que está de bajo de esta nota para oír el debate extendido, con ejemplos analíticos y la teoría de Marshall McLuhan en nuestro Episodio 2 del Podcast "Hoy Todo Vale" o en nuestro video de YouTube.

🔗 Enlaces externos de referencia y consulta:

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¿ Un entorno a nuestra medida?

 

La percepción de que habitamos un entorno digital transparente y moldeado a nuestra medida es una de las construcciones más eficaces de la cultura contemporánea. Al interactuar diariamente con las plataformas, asumimos que el contenido que aparece en nuestros dispositivos es una representación directa de los intereses de nuestras conexiones o de nuestras búsquedas explícitas. Sin embargo, la arquitectura que sostiene la circulación de la información responde a dinámicas de mediación algorítmica y valorización económica que condicionan profundamente nuestra dieta informativa.

Curaduría algorítmica y la «Economía de la Distracción» 

En el centro de esta mediación se encuentra el concepto de la "mano invisible" del News Feed. Lejos de actuar como un canal de distribución neutral, la curaduría algorítmica jerarquiza los estímulos priorizando la velocidad y el impacto emocional. Esta mediación opera bajo el fenómeno de la opacidad algorítmica —la imposibilidad de los usuarios y de la sociedad civil de auditar los criterios, sesgos y códigos secretos con los que las plataformas seleccionan la información—. Habitamos, así, un ecosistema de «caja negra» donde entregamos datos de entrada y recibimos estímulos de salida, pero cuyo proceso intermedio permanece oculto. 

Como señala el ensayista Nicholas Carr en su análisis sobre la economía de la distracción, este modelo corporativo se sostiene en maximizar el tiempo de permanencia y la tasa de interacción. En una arquitectura opaca, el contenido que genera indignación, controversia o confirmación de sesgos previos resulta sustancialmente más rentable que aquel que exige reflexión o lectura pausada, condicionando nuestra dieta informativa sin que podamos intervenir en las reglas del juego. 

Nuestros datos a la carta 

El mecanismo que posibilita esta manipulación a gran escala se nutre de las microinteracciones diarias del usuario. Cada prueba casual de personalidad, reto viral o encuesta aparentemente trivial funciona como un dispositivo de extracción de datos comportamentales. Como puso de relieve el documental The Virtual Revolution, la promesa original de internet como un espacio abierto y democratizador se ha transformado progresivamente en un sistema cerrado de extracción y cercamiento. Los datos recopilados en actividades lúdicas permiten construir perfiles psicográficos detallados que, posteriormente, son utilizados para dirigir campañas de desinformación altamente segmentadas, dirigidas a vulnerabilidades emocionales específicas.


Como conclusión..

En última instancia, la opacidad algorítmica y la economía de la atención no son fenómenos abstractos: operan en los minutos que le dedicamos a una pantalla cada mañana y en la forma en que nos vinculamos con lo diferente. Cuestionar estas dinámicas no es un ejercicio de paranoia, sino de soberanía personal. ¿Estamos dispuestos a pausar la inercia del consumo digital para recuperar el tiempo de la contemplación, o continuaremos alimentando una máquina diseñada para pensar por nosotros? 

Si te interesa escuchar más sobre este tema te invito al segundo episodio de Alimentando a la Fiera , donde conversamos sobre Microinteracciones, la mano invisible del News Feed y la apropiacion de datos.

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El ágora fragmentada: cómo las plataformas aceleran la polarización

Fotograma de la película The Matrix con la píldora roja y azul


La promesa utópica de la era digital nos hacía imaginar una gran plaza pública virtual donde cada ciudadano pueda participar en un debate libre y constructivo: un ágora universal, transparente y democrática. Pero la actualidad ofrece un paisaje muy distinto, marcado por la hostilidad y la polarización.

El origen de la "grieta" no viene de las plataformas digitales. Estas disputas por el sentido tienen raíces históricas que anteceden a los algoritmos. Lo que introdujeron fue reconfiguraciones de las formas en las que se expresa la política. Así, la argumentación extensa que antaño caracterizó el debate político hoy fue reemplazada por "micro-mensajes". En palabras de Ernesto Calvo y Paula Clerici:

"Hoy sabemos que la democracia deliberativa no incluye ciudadanas y ciudadanos filósofos, enfrascados en largos intercambios comunicacionales, sino miles de millones de micro-mensajes, descentralizados y localistas, circulando en espacios en los que gobierna una élite de influencers" [1].

Frente a la saturación constante de información que caracteriza al entorno digital actual, la mente humana recurre a atajos cognitivos que priorizan aquello que coincide con las creencias individuales previas. Si una noticia respalda nuestra opinión, la aceptamos de inmediato. Si la contradice, la ignoramos.

En el último episodio del podcast Demasiado bueno para ser IA, exploramos la incidencia de los sesgos cognitivos en el entorno digital. Siguiendo lo expuesto por Cass Sunstein en su libro #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media [2], podemos decir que las cámaras de eco son un proceso clave en la polarización que ha sido incorporado en la infraestructura de las propias plataformas digitales.

Las cámaras de eco tienen lugar cuando los usuarios refuerzan sus narrativas políticas al limitar su interacción social a otros usuarios con discursos afines. En este entorno, los algoritmos generan cámaras de eco al detectar tendencias y entregar a cada individuo mensajes alineados ideológicamente con sus posturas previas. Como indican Natalia Aruguete y Ernesto Calvo en Fake news, trolls y otros encantos (2020):

"Lo novedoso del escenario mediático actual reside en la personalización y el desagrupamiento de la información mediante códigos algorítmicos" [3].

Los propios usuarios intervienen activamente en la creación de sus propias cámaras de eco mediante el fenómeno del pruning o poda digital. Aruguete y Calvo han mostrado que los sujetos con identidades políticas fuertemente consolidados suelen bloquear, silenciar o eliminar de sus contactos a amigos, familiares o conocidos que publican posturas disonantes.

Este fenómeno es muestra de que la separación entre grupos ya no se organiza solo en torno a desacuerdos políticos, sino en función de la polarización afectiva: el adversario deja de ser percibido como un rival legítimo y pasa a ser visto con una antipatía visceral. Como advierten Calvo y Aruguete, la polarización no implica únicamente un aumento en la distancia de las políticas públicas:

"Constituye, además, un cambio en las distancias simbólicas que observamos, en los encuadres que son preactivados mediante distintas estrategias comunicacionales" [4].

En ese marco, la circulación de contenidos responde menos a su precisión fáctica que a su capacidad de activar marcos identitarios y pasiones intensas. Las plataformas digitales están diseñadas para premiar los posteos que generen indignación o entusiasmo, ya que la emocionalidad es el insumo clave en la economía de la atención. Para ver cómo se relaciona este tema con película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Baudrillard, te recomiendo este video que hice:


Así, la convergencia entre el diseño algorítmico, las dinámicas de gratificación inmediata y los sesgos cognitivos consolida una transformación estructural en la manera en que se expresa la política. La polarización deja de ser un síntoma coyuntural del debate público para convertirse en la lógica organizativa del entorno digital.

En este sentido, resulta claro y deprimente saber que los incentivos del sistema continúan y continuarán premiando la radicalización del debate sobre el acuerdo.


[1] Ernesto Calvo y Paula Clerici (2023). Después de la #Consolidación Democrática: Redes sociales, polarización y fake news. Desarrollo Económico, 63(240), 195-202.

[2] Cass R. Sunstein (2017). #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media. Princeton University Press.

[3] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales. Siglo XXI.

[4] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). op. cit.


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Cuando nuestras emociones también dejan datos

¿PUEDE INTERNET SABER CÓMO ESTAMOS SIN QUE SE LO CONTEMOS?

Joven usando el celular

Cuando pensamos en privacidad digital, podemos imaginar información que entregamos de manera bastante evidente: nuestro nombre, una fotografía, una contraseña, una ubicación o los datos de una cuenta.

Pero existe otra clase de información mucho menos visible. No necesariamente la escribimos ni la publicamos. A veces ni siquiera somos conscientes de que la estamos generando.

Es la información que aparece a partir de nuestro comportamiento digital.

La manera en que usamos el teléfono, cuánto tiempo permanecemos conectados, nuestros horarios, determinados patrones de comunicación o incluso algunos datos registrados por dispositivos que llevamos puestos pueden convertirse en señales que permiten estudiar aspectos de nuestra conducta y bienestar.

Esto no significa que Internet pueda leer nuestra mente. Tampoco que una plataforma pueda determinar con certeza qué sentimos.

DEL DATO AISLADO AL PATRÓN

Un dato por sí solo suele decir poco. Que una persona utilice el teléfono durante determinada cantidad de minutos no permite saber automáticamente cómo se siente. Tampoco que se acueste tarde, camine menos durante algunos días o reduzca su actividad digital. El interés científico aparece cuando esos datos se observan en conjunto y a lo largo del tiempo.

La idea de digital phenotyping, o fenotipado digital, consiste, de manera general, en utilizar datos provenientes de dispositivos digitales para estudiar patrones relacionados con el comportamiento, la fisiología y otros aspectos de la vida cotidiana.

Una revisión publicada en Nature Mental Health en 2026 analizó 52 estudios sobre el uso de tecnologías móviles para predecir cambios relacionados con la depresión. Entre las variables estudiadas aparecieron datos de ubicación, sueño, actividad física, patrones de comunicación, variabilidad de la frecuencia cardíaca y autoinformes sobre el estado de ánimo.

Esto no quiere decir que cada uno de esos datos permita identificar una emoción concreta. Quiere decir que ciertas combinaciones de señales pueden presentar asociaciones con distintos estados o síntomas.

La diferencia es fundamental. Una asociación no equivale a una explicación. Y una predicción no equivale a un diagnóstico.

EL  EXPERIMENTO QUE MUESTRA HASTA DÓNDE PUEDEN LLEGAR ESTOS DATOS

En agosto de 2026 se publicó un estudio especialmente amplio sobre este tema: el Digital Mental Health Study. El proyecto reunió a más de 4.000 participantes que aceptaron compartir, durante hasta 12 meses, diferentes tipos de información obtenida mediante iPhone y Apple Watch. Los investigadores analizaron patrones de sueño, movilidad, actividad física, uso de aplicaciones, duración y cantidad de llamadas y mensajes, determinadas características de la voz y otros indicadores obtenidos mediante los sensores de los dispositivos.

Un detalle no menos importante es que los participantes debían autorizar qué tipos de datos podían compartirse y podían administrar sus permisos. Además, determinados procesos se realizaban directamente en el dispositivo para reducir la transmisión de información sensible. Por ejemplo, en el caso de la ubicación, el sistema podía trabajar con categorías de movimiento sin transmitir las coordenadas GPS exactas.

Por un lado, los rastros digitales pueden ofrecer nuevas herramientas para investigar la salud mental de manera más continua que una evaluación realizada en un único momento.

Por otro, cuanto más información se utiliza para inferir aspectos de una persona, más importante se vuelve preguntarse quién tiene acceso a esos datos, con qué finalidad y bajo qué condiciones.

LA DIFERENCIA ENTRE OBSERVAR Y CONOCER 

Un meta-análisis publicado en 2026 en npj Digital Medicine analizó 45 muestras independientes, con 2.939 adolescentes, y encontró una asociación general pequeña pero significativa entre determinados datos pasivos del teléfono y resultados relacionados con salud mental Los propios resultados muestran que se trata de relaciones estadísticas, no de una herramienta que permita traducir automáticamente el comportamiento de una persona en un diagnóstico. Diferentes sistemas pueden recoger señales, encontrar patrones y realizar inferencias. Pero inferir no es saber.

EL PROBLEMA NO TERMINA EN LOS DATOS 

Los datos digitales no existen aislados del mundo. Se encuentran dentro de plataformas, aplicaciones, empresas, servicios y sistemas algorítmicos que deciden qué información mostrar, ordenar o recomendar. La cuestión emocional agrega otra dimensión. Si nuestras experiencias digitales generan señales y esas señales participan en sistemas de personalización, entonces nuestra relación con Internet no es simplemente de ida. También producimos datos que pueden contribuir a construir la experiencia que recibimos después.

Imagen iProUP

CUANDO LA PRIVACIDAD DEJA DE SER SOLAMENTE “LO QUE CONTÉ”

Que información sobre nosotros pueda construirse a partir de señales que nunca consideramos información personal? No hace falta que una persona escriba su situación emocional personal. Puede existir una combinación de comportamientos que resulte relevante para un sistema de análisis.

Un artículo de Nature Mental Health publicado en 2024 señaló que el crecimiento de los datos obtenidos pasivamente a través de servicios digitales plantea un problema de consentimiento: los usuarios pueden tener poca capacidad de decisión sobre cómo se recopilan, comparten o utilizan esos datos. Los autores proponen avanzar hacia un modelo en el que el consentimiento tenga un papel mucho más central.

¿ESTO ES NECESARIAMENTE ALGO MALO?

No necesariamente. No es lo mismo que una persona participe voluntariamente en una investigación, conozca qué información comparte y pueda retirar sus permisos, que una empresa obtenga datos de comportamiento sin que el usuario comprenda qué inferencias pueden construirse a partir de ellos. El problema está en otra parte: el contexto y el control.

LA PRIVACIDAD TAMBIÉN PUEDE SER LO QUE TODAVÍA NO DIJIMOS

  • Primero: aprendimos a convivir con la idea de que aquello que publicamos puede permanecer.
  • Segundo: entendimos que nuestros movimientos, búsquedas y hábitos también pueden generar registros.
  • Tercero: los datos pueden utilizarse para inferir características que nosotros nunca expresamos directamente.
Escuchanos en Ivoox y Spotify

Para finalizar podemos replantearnos esta pregunta: ¿Cuánto queremos que nuestras emociones sean convertidas en datos? Te invito a seguirnos en nuestro canal de YouTube, donde ampliaremos este tema.



Referencias
  1. Leijse, M. M. L., Hansen, A., Semeijn, I. K., et al. (2026). A multilevel meta-analysis of passive smartphone sensing of adolescent mental health. npj Digital Medicine, 9, 628.
  1. Douglas, C. S., Congdon, E., Huang, C., et al. (2026). The Digital Mental Health Study assessed feasibility of large-scale digital sensing for depression and anxiety. npj Digital Public Health, 1, 27.
  1. Pendse, S. R., Stapleton, L., Kumar, N., et al. (2024). Advancing a consent-forward paradigm for digital mental health data. Nature Mental Health, 2, 1298–1307

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La ilusión de la elección



Nos vendieron Internet como el espacio definitivo de la información libre. La propuesta era prometedora: seríamos nuestros propios editores, navegantes autónomos en un mapa sin intermediarios. Sin embargo, en el camino hacia la hiperconectividad, la plaza pública digital terminó bajo el control de un puñado de plataformas corporativas, el denominado Club de los Cinco: Google, Amazon, Meta, Apple y Microsoft, que no solo distribuyen contenido, sino que diseñan nuestra dieta informativa y filtran la realidad antes de que podamos procesarla por nuestra cuenta.

En los blogs anteriores analizamos con  Nicholas Carr cómo la conectividad permanente fragmenta la concentración y altera la arquitectura cognitiva, hoy el debate es político e infraestructural: ¿quién decide qué leemos, vemos y discutimos cuando abrimos una pantalla?

Seis perfiles, el mismo diario y seis mundos distintos

Para entender la dimensión de este filtrado opaco, basta con mirar los datos empíricos. En un estudio sobre nuestro ecosistema mediático, la World Wide Web Foundation, organización creada por el inventor de la Web, Tim Berners-Lee, realizó una auditoría en Buenos Aires. El experimento creó seis perfiles de usuarias idénticas (misma edad, ubicación y horarios de conexión) que seguían exactamente a las mismas 22 páginas de noticias y referentes políticos.

Si la red funcionara como ese espacio neutral que pregona Silicon Valley, las seis usuarias habrían accedido a la misma oferta informativa. Sin embargo, los resultados expusieron la discrecionalidad del algoritmo:

El sesgo de visibilidad: De todo el universo de notas publicadas por los medios en ese período (la infoesfera), las usuarias solo estuvieron expuestas a un promedio de 1 de cada 6 publicaciones (apenas el 18%). El 82% restante nunca apareció en sus pantallas.

Fragmentación de la agenda: A pesar de ser perfiles clonados, cerca de la mitad de las noticias que vio una usuaria fue completamente omitida en la línea de tiempo de la otra. Las plataformas no nos reúnen en un espacio común, sino en versiones individualizadas de la realidad.

Invisibilización sobre temas críticos: Durante todo el experimento, el algoritmo filtró y ocultó el 100% de las notas sobre femicidios y violaciones que los medios habían publicado.

En Argentina, donde más del 60% de la población utiliza las redes sociales como vía principal para informarse, que una fórmula matemática opaca borre problemáticas sociales de la pantalla no es una mera métrica de relevancia: es una forma automatizada de censura.

           



La arquitectura de la manipulación

Esta selección de contenidos se entrelaza directamente con la disputa política en el espacio digital. Como reveló el Instituto de Internet de Oxford, las redes se transformaron en el escenario de una "propaganda computacional" permanente.

Desde el uso de granjas de bots diseñadas para inflar apoyos y generar una falsa "producción de consenso" (el efecto de arrastre en la opinión pública), hasta las estrategias de saturación de conversación o la "Armada de los 50 centavos" en China, la Web fue perdiendo su dinámica de debate entre personas.

A esto se suma la dimensión de la vigilancia estatal y corporativa. Como planteaba Aleks Krotosky en el documental La Revolución Virtual, la red que nació en el Pentágono con fines militares conserva su potencial de control. Las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo y el uso de la psicometría para el perfilado de votantes en el caso Cambridge Analytica (retratado en Nada es privado) confirman que, en la economía de las plataformas, los usuarios fuimos convertidos en el insumo principal.

McLuhan, la "cámara de eco" y el filtro de burbuja

Marshall McLuhan señalaba que nosotros moldeamos nuestras herramientas y luego nuestras herramientas nos moldean a nosotros. Al cruzar esta idea con los conceptos de cámara de eco de Cass Sunstein y filtro de burbuja de Eli Pariser, la paradoja contemporánea queda al descubierto: creemos que navegamos buscando información diversa, pero el algoritmo prioriza aquello que confirma nuestras tendencias previas para retener nuestra atención. La pantalla deja de ser una ventana hacia la alteridad para convertirse en un circuito cerrado que nos aísla y polariza.

La hiperconectividad no garantizó una democratización transparente de la cultura; consolidó un fenómeno de concentración y abuso de posición dominante inédito.

Recuperar la soberanía digital implica mucho más que reclamar la propiedad de nuestros datos: exige exigir transparencia algorítmica y construir una dieta informativa propia, libre de mediaciones invisibles.




🎧 Circuito transmedia

🎙️ Podcast: Escuchá el Episodio 02 de Nostalgia del aburrimiento: "La ilusión de la elección", donde profundizamos estos temas.




Bibliografía y lecturas de referencia:

World Wide Web Foundation (2018). La mano invisible: el News Feed de Facebook y nuestra dieta informativa.

Oxford Internet Institute (2017). Troops, Trolls and Troublemakers: A Global Inventory of Organized Social Media Manipulation.

Krotosky, Aleks (2010). La Revolución Virtual: ¿Enemy of the State? (BBC).

Pariser, Eli (2011). El filtro burbuja: Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos.

Carr, Nicholas (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?


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De la novedad al amor: Los nuevos vínculos son inteligentes


Que la IA es parte de nuestra vida cotidiana ya no es novedad, y en los últimos dos años, su incorporación se ha acelerado y profundizado rápidamente.

Desde recomendarnos qué nuevo celular deberíamos comprar, armarnos resúmenes de textos o noticias, guiarnos para preparar una receta, editar una foto para saber cómo nos veríamos en los ochenta e incluso interpretar un estudio médico o aconsejarnos como si fuera un psicólogo.

Le entregamos información sobre lo que hacemos, lo que pensamos, lo que consumimos, los lugares donde estamos, los trabajos que hacemos y básicamente, todo sobre nuestras vidas, y entonces surgen las preguntas: ¿Qué tan lejos debe llegar esta “herramienta”? ¿Cuál es el límite? ¿Son puros beneficios o hay algo más de fondo que no estamos viendo?

LA EXPANSIÓN DE LA IA: CIFRAS Y CONSECUENCIAS

Sólo por mencionar algunas estadísticas:

  • Solo ChatGPT alcanzó 900 millones de usuarios semanales en febrero de 2026, un hito que los pronósticos habían previsto para 2031 (Cargoson)
  • El 88% de las organizaciones ya ha adoptado IA en al menos una función de negocio (2025) (McKinsey)
  • El 65% de las organizaciones usa IA generativa con regularidad (2024), frente al 33% en 2023 (McKinsey)
  • El 50% de los empleados en EE. UU. ha usado IA en el trabajo (T1 2026), pero solo el 13% la usa a diario (Stanford HAI)
  • El 35% de los fabricantes usó IA en 2024; más del 50% en 2026 (ArtSmart)


Lo cierto es que los datos abundan, pero esta primera aproximación ya permite advertir algunos efectos preocupantes:

  • Información contaminada: los resultados de búsqueda y los feeds están cada vez más saturados de contenido sin valor, lo que dificulta encontrar fuentes útiles y confiables.
  • Creadores reales en desventaja: periodistas, escritores, ilustradores y expertos compiten con contenido automatizado que se produce en segundos y prácticamente sin costo.
  • Desinformación y fake news: muchos textos generados por IA incluyen errores, tergiversaciones o mentiras que se esparcen sin ningún filtro.
  • Ciclo de degradación: El contenido generado por IA puede volver a alimentar nuevos modelos, generando un ciclo que afectaría la calidad y diversidad de la información.
  • Inutilidad de plataformas: Algunas aplicaciones como Pinterest por ejemplo, se volverán progresivamente obsoletas, debido a la proliferación de imágenes generadas por IA que superan y reemplazan a las fotos reales.

LA IA EN TU VIDA: SOLUCIONES TECNO-EMOCIONALES

Si hablamos de límites, el más peligroso se cruzó en el momento en que permitimos que la inteligencia artificial se volviera nuestra compañera y consejera emocional.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la soledad y el aislamiento social afectan a una de cada seis personas en el mundo y esta crisis genera un estimado de 871.000 muertes anuales. Y en el mundo digital que habitamos, donde la sociedad ve un problema, los tecnócratas una solución digital y el mercado un producto o servicio que ofrecer.

Así nace la “IA EMOCIONAL”, que en términos de Katherine Prendice, experta en IA y Digital Offer Manager en Softtek “combina algoritmos avanzados con datos sensoriales para interpretar emociones humanas. Este enfoque va más allá de procesar palabras o gestos, e integra variables como el tono de voz, la expresión facial y patrones de comportamiento” y agrega “este enfoque es revolucionario, ya que busca redefinir cómo los humanos interactúan con la tecnología, y le agrega empatía y comprensión a las máquinas con el objetivo de mejorar las experiencias humanas”

Hoy ya existen en el mercado opciones para todos los gustos: desde pequeños peluches o personajes portátiles, de bolsillo o de escritorio como “Hyodol”, pasando por mascotas autónomas símil perros de cuatro patas como “Lovot 3.0” y humanoides que realizan tareas simples y por orden como “Neo” u opciones más avanzadas con autonomía completa, movimiento ágil de extremidades y hasta rostro y caminar muy realista como “Moya”.

Y por supuesto que, con tantas opciones disponibles, es posible encontrar webs como Robot Companion AI: Guías independientes, reseñas y seguridad o Top 6 Robots de Compañía con IA: El Futuro de las Mascotas que nos explican cuál es la mejor alternativa en base a nuestras necesidades y presupuesto.

Lo cierto es que en este último campo de robots humanoides, el mercado estadounidense y el chino corren una carrera, cabeza a cabeza, sin precedentes.  

CONSECUENCIAS DE LA IA EMOCIONAL

Así como pensamos cuáles son los puntos en contra de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo y la industria, es imposible no preguntarnos por cómo está empezando a afectar nuestro campo afectivo y qué problemáticas psicosociales complejas podría generar a futuro:

  • Confusión emocional y dependencia: Investigaciones publ,icadas en el International Journal of Social Robotics advierten que la interacción afectiva con robots puede generar vínculos de dependencia, especialmente en personas con deterioro cognitivo, para quienes puede resultar más difícil distinguir una respuesta programada de una interacción humana.
  • Sustitución de la interacción social: El uso de robots de compañía podría reducir la necesidad percibida de interacción con otras personas, especialmente en contextos de soledad o cuidado.
  • Infancia y vínculos sociales: Investigaciones sobre robots sociales muestran que los niños pueden atribuirles intenciones y características humanas, aunque estos dispositivos no reemplazan la complejidad de las relaciones entre personas.


¿CUÁL ES EL LÍMITE?

Si analizamos la velocidad con la que la inteligencia artificial está avanzando sobre nuestras vidas, cabe preguntarnos también el porque nos resulta tan fácil aceptarla e incorporarla, prácticamente sin generar resistencias.

Es momento de cuestionarnos qué está pasando con la conexión humana, que algo tan frío y estructurado como un dispositivo tecnológico tiene la capacidad de penetrar en nuestras mentes y transformar nuestra emocionalidad.

Si te interesa profundizar en esta idea, te invito a escuchar mi podcast “SER sin ESTAR”. En el segundo episodio “GAP emocional: Una puerta abierta para la IA“ te invito a que pensemos cuál es la puerta que encontró el mercado de la IA en nuestro mundo emocional, para entrar en nuestra privacidad como la compañera favorita:


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