La cárcel sin paredes

Aún recuerdo mi primera experiencia leyendo sobre vigilancia psicopolítica. Estaba en la computadora, leyendo en PDF Infocracia de Byung-Chul Han, cuando la ironía me hizo sentir escalofríos. Estaba leyendo sobre vigilancia digital mientras el objeto que más me vigila estaba adelante mío, siendo manipulado por mí, esperando que yo hiciera exactamente lo que estaba haciendo. Divagar en la red y así poder rastrear cada click, cada like, cada pausa en un video... y en este caso, qué lectura hago. Miré fijamente a la cámara y enseguida la tapé como acto de encarnación digna de un tecnófobo. No más vigilancia por hoy, o eso creía. 

La vigilancia invisible
Sentirse vigilado no es algo nuevo, ni mucho menos exclusivo de la era digital. Hay un concepto antiguo, de hace más de dos siglos que explica por qué alguien puede modificar su conducta solo con la sospecha de que lo observan, aunque nadie lo esté mirando en ese momento exacto. Esa idea tiene nombre: el panóptico. 
Ilustración de un panóptico digital futurista

El panóptico fue diseñado a fines del siglo XVIII por Jeremy Bentham como un modelo de cárcel, donde hay una torre central rodeada de celdas dispuestas en círculo, de manera que un solo guardia puede observar a todos los presos sin que estos supieran en qué momento estaban siendo observados. Años más tarde, Michel Foucault retomó esta figura no para hablar de cárceles, sino para explicar algo más amplio: qué pasa cuando el poder no necesita ejercerse todo el tiempo, sino que le alcanza con la posibilidad de estar ejerciéndose. El preso, al no saber si lo observan, empieza a comportarse como si siempre lo estuvieran mirando. De esta forma, el control deja de estar afuera en el guardián, y pasa a instalarse adentro, en la propia conducta. 

A este tipo de instituciones, la cárcel, pero también la escuela, el hospital, la fábrica, Foucault las denominó "sociedades disciplinarias": espacios cerrados que regulan el comportamiento de los individuos a través del encierro, sin necesidad de usar la fuerza. Décadas después, Gilles Deleuze notó que ese modelo, basado en el encierro, había mutado en algo menos visible: las "sociedades de control", donde la lógica de la empresa y el marketing, adoptados por la sociedad como algo natural, se vuelven el nuevo instrumento de control social.

En esta sociedad ya no se trata de imponer normas desde instituciones, sino de inducir comportamientos desde la lógica empresarial, que ahora atraviesa todos los escenarios: la educación, la salud, el trabajo, incluso la subjetividad. Cada persona se convierte en su propio producto, su propio vendedor, su propio cliente. Sin darnos cuenta, hacemos marketing con nosotros mismos: nos autoevaluamos, nos exponemos, competimos, nos vendemos. Esta lógica empresarial basada en la motivación, la flexibilidad y la autoexplotación, se presenta como libertad, pero en realidad modula nuestras acciones, deseos e identidades. 

De manera que, el control ya no necesita relojes gigantes ni vigilantes externos: se ejecuta desde adentro, desde la necesidad de rendir, de gustar y de pertenecer. Así, el capitalismo de superproducción no solo transforma los mercados, sino también los cuerpos, las mentes y los vínculos.

La vigilancia psicopolítica
Ya hablamos de las sociedades disciplinarias y de las sociedades de control. Ahora, ¿Qué más puede haber? Bueno, lejos de terminarse... es el momento de introducir a Byung-Chul Han quien actualiza las formas del control en la era digital-algorítmica. 

Según el autor, las sociedades de control hoy mutaron para transformarse en el régimen de la información, Han lo define así: "forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos." (Han, 2022, p.6)  A diferencia de lo que pasaba con Foucault y Deleuze, acá ya no se explotan cuerpos ni conductas laborales sino información y datos. 

Y quizás, aquí viene la declaración más incómoda de leer: "El factor decisivo para obtener el poder no es ahora la posesión de los medios de producción,  sino el acceso a la información que se utiliza para la vigilancia psicopolítica y el control y el pronóstico del comportamiento."  (Han, 2022, p.6)

En otras palabras, al sistema productivo de hoy, lo alimentamos nosotros. Lo que genera valor y ganancia, ya no es fabricar objetos o productos comunes como en el capitalismo industrial, sino producir, procesar y vender información."El régimen de la información funciona gracias a que existe un sistema económico que lo sostiene: el "capitalismo de la información", como diría Han. A pesar de que suene conspiranoico y casi que vivimos dentro de un capitulo de Black Mirror, es un fenómeno real: el negocio central hoy en día es vigilarnos, para poder predecir y vender nuestro comportamiento al mejor postor. (anunciantes, patrocinadores, campañas políticas, etc.)

Asumiendo que todos usamos esporádicamente redes sociales, tenemos cuenta de Google y consumimos contenido, resulta alarmante la dimensión de información que llegamos a brindar. Mientras tanto, la ciudadanía recibe un flujo caótico y fragmentado de datos sobre el mundo, generando una asimetría informativa profunda en la que las plataformas saben mucho de nosotros, pero nosotros sabemos poco o nada del mundo. 
Cómo impacta en la vida real
Esto dejó de ser una teoría abstracta en 2016, cuando se supo que Cambridge Analytica había recolectado datos de 87 millones de perfiles de Facebook (a través de una aplicación de cuestionario aparentemente inofensiva) para construir perfiles psicológicos detallados de cada usuario (Rehman, 2019). Con esta información, la consultora diseñó publicidad política altamente personalizada, los llamados "dark post": anuncios dirigidos a explotar los miedos específicos de cada perfil para influir en su voto durante la campaña de Donald Trump. 

Lo que más inquieta de este caso no es solo que haya pasado, sino que la mayoría de esos usuarios nunca se enteró de que sus datos (sus gustos, sus miedos, sus dudas) habían sido convertidos en variables de una ecuación diseñada para manipular su voto. No fueron persuadidos como ciudadanos: fueron tipificados, simplificados a un perfil y tratados como datos predecibles. 

Ahí reside el verdadero peligro, no en la propaganda en sí, que siempre existió y se aplicó en diversos medios de comunicación, sino que hoy opera de forma invisible, personalizada, a una escala y con una precisión psicológica que antes eran imposibles e inimaginables. De este modo, el celular que tenemos en la mano (o la computadora al frente que leemos) se convierten en lo que Han llama una "prisión digital" que "registra de manera minuciosa nuestra vida cotidiana" (Han, 2022, p.9)

¿Hay salida?
La pregunta obvia después de todo este despliegue de información apocalíptica es sencillamente qué hacer. Y la respuesta honesta es incómoda: no hay una salida individual satisfactoria. Usar cualquier red social o aplicación implica aceptar términos y condiciones que, en los hechos, equivalen a ceder nuestros datos (y con ellos, buena parte de nuestra libertad). Y a la vez, dejar de usarlas no es una opción real para la mayoría, significaría convertirse en un ermitaño, autoexcluyéndote de una vida social, laboral y cultural que hoy transcurre ahí. 

Un boicot individual no cambia nada, solo un rechazo colectivo y sostenido tendría algún efecto pero eso es extremadamente difícil de organizar. Quizás la primera forma de resistencia no sea dejar de usar estas herramientas, sino hacerlo con la consciencia de que cada click es un dato que alguien más esta usando. Y ¿por qué no? pedir regulaciones. 

Si este análisis te dejó pensando, en el próximo episodio de Total Interferencia lo charlo con menos formalidad académica y más bronca personal:


Bibliografía:

  • Deleuze, G. (1999). Conversaciones 1972-1990 (J. L. Pardo Torío, trad.). Valencia: Pre-Textos.
  • Rehman, I. (2019). "Facebook-Cambridge Analytica data harvesting: What you need to know". Library Philosophy and Practice. https://scholarworks.sjsu.edu/libphilprac/2497 
  • Han, B.-C. (2022). Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus.















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La paradoja de la hiperatención

Fotograma de la película Blow-Up (1966)
Si vamos a hablar de los efectos de las tecnologías digitales en la vida y mente humana, hace falta ir más allá de las impresiones que se tienen acerca de la capacidad de adaptación y superación de la humanidad. Históricamente, en el debate sobre la incidencia de la Red, las posturas tecno-optimistas celebraron la optimización de los procesos de pensamiento apoyadas en especulaciones sobre los beneficios que esto traería en el futuro.
El enamoramiento con la optimización justificó el acondicionamiento de nuestras mentes. Hoy somos bastante más capaces de procesar cantidades masivas de datos en tiempo simultáneo y de alternar tareas a una velocidad nunca antes vista. Sin embargo, esta agilidad mental tiene una contracara que no puede ignorarse: cuando una mente es entrenada para hacer malabares con la información, pierde progresivamente su capacidad para el análisis profundo.
El problema aparece cuando uno se dispone a intentar recuperar esa capacidad pero se encuentra incapaz de escapar a la lógica de la saturación digital. Te sentás a leer un libro pero te llegan las notificaciones por el teléfono. Lo ponés en silencio, pero la lógica de consulta permanente de la Red ya está en tu mente: te distraés, pensás en lo que te estás perdiendo, en el mensaje que te tenía que llegar.
Esto es consecuencia de una fragmentación de nuestra capacidad de atención, causada de forma directa por las constantes interrupciones del flujo cognitivo a las que hemos acostumbrado a nuestra mente. Las alarmas ya venían sonando desde hace tiempo, y podían deducirse de estudios como el de Trafton y Monk, quienes aseguran que:
“las interrupciones frecuentes dispersan nuestra atención, debilitan nuestra memoria, nos provocan tensión y ansiedad; y cuanto más complejo sea el pensamiento en el que estábamos, mayor será el daño que causan las distracciones” [1].
Llevamos años sometidos por la multitarea y la hiperatención que, avaladas por el tecno-optimismo, se plantearon como habilidades a adquirir para poder competir en el mercado laboral. Pero, para lograrlo, la mente paga un costo muy alto: la velocidad reemplaza nuestra capacidad de entendimiento. Esto se debe a que el salto entre tareas es sumamente desgastante para el cerebro. Como indica la periodista Maggie Jackson:
“el cerebro se toma su tiempo para cambiar de objetivo, recordar las reglas necesarias para la nueva tarea y bloquear la interferencia cognitiva de la actividad, aún vívida, que le ocupaba” [2].
En el entorno digital no solo se condicionan nuestras mentes, sino que también se aprovecha y se explota este deterioro de nuestras facultades reflexivas. La captación de nuestra atención fragmentada es el objetivo central de las corporaciones involucradas en la economía de la atención, que descubrieron que la vía más eficiente para retenernos frente a la pantalla no es el juicio razonado, sino la estimulación de emociones de alta intensidad.
Es dentro de este régimen de la información donde puede existir un evento como la difusión masiva de la fotografía falsa del arresto de Donald Trump en 2023. Una imagen como esa no se viraliza por estar técnicamente bien hecha, sino porque apela a nuestros sesgos e ideas previas. Se propaga porque fue lanzada a un entorno diseñado para premiar la reacción rápida y emocional sobre la pausa reflexiva y la verificación.
En el primer episodio del podcast, Demasiado bueno para ser IA, partimos de este famoso caso para analizar cómo la IA generativa cambia completamente el paradigma de la verdad visual en las redes. Frente a una infraestructura que lucra con nuestras respuestas inmediatas, exploramos por qué, en un mundo donde la vista ya no alcanza para detectar la mentira, la frase "Ver para creer" es historia antigua.


[1] Trafton, Gregory J., & Monk, Christopher A. (2008). Task interruptions. Reviews of Human Factors and Ergonomics, 3(1), 111–126. https://doi.org/10.1518/155723408X299852 
[2] Jackson, Maggie. (2008). Distracted: The erosion of attention and the coming Dark Age. Prometheus Books.
[3] Broccoli, Agustín (2026). Demasiado bueno para ser IA | Episodio 1 - ¿Ver para creer? Link: https://open.spotify.com/episode/3hLOACfbq5OysWfHFNGvWM?si=b0aowg1WSdu4TruXLk764A
 
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Cuando apostar está a un clic: apuestas online y salud mental.

 Cuando apostar está a un clic: apuestas online y salud mental



Hoy en día, apostar puede ser tan sencillo como entrar a una aplicación desde el celular. Ya no hace falta ir a un casino o a una agencia: las apuestas están disponibles prácticamente en cualquier momento y lugar. Aparecen en redes sociales, durante los partidos de fútbol, en publicidades y hasta de la mano de influencers y deportistas.

Esto hace que una práctica que antes podía parecer algo ocasional se vuelva mucho más cercana y cotidiana. Pero ¿qué pasa cuando el entretenimiento empieza a convertirse en una necesidad?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el trastorno por juego se caracteriza, entre otras cosas, por la pérdida de control sobre las apuestas, el aumento de la prioridad que se le da al juego y la continuidad de esta conducta a pesar de sus consecuencias negativas. Además, la OMS señala que la digitalización y la comercialización contribuyen a normalizar las apuestas y facilitan el acceso a ellas.

En Argentina, esta situación también se está haciendo cada vez más visible. En 2025, las consultas por juego compulsivo en la Línea 141 de SEDRONAR aumentaron un 27% con respecto al año anterior. Además, un estudio nacional realizado en 2025 entre estudiantes secundarios encontró que, entre quienes habían apostado o jugado con dinero online, la edad promedio de inicio fue aproximadamente a los 14 años y la edad más frecuente fue 13 años.

¿Qué tiene que ver esto con Nicholas Carr?

Para entender este fenómeno también podemos recuperar algunas de las ideas de Nicholas Carr en Superficiales. Carr sostiene que Internet no es simplemente una herramienta que utilizamos, sino un entorno que puede modificar nuestros hábitos y nuestra manera de prestar atención.

Uno de los aspectos que más se relaciona con las apuestas es la búsqueda constante de estímulos. Carr explica que la Web nos expone a una gran cantidad de información y distracciones al mismo tiempo. Las notificaciones, los enlaces, las imágenes y los mensajes compiten permanentemente por nuestra atención. Según plantea, cuanto más utilizamos la Web, más entrenamos nuestro cerebro para procesar información rápidamente, pero también puede resultar más difícil mantener una atención sostenida.

Las apuestas online funcionan dentro de esa misma lógica. El usuario puede consultar un resultado, recibir una notificación, realizar una apuesta y conocer el resultado en cuestión de segundos. Todo ocurre rápidamente y sin necesidad de interrumpir lo que está haciendo.

Esto también se relaciona con lo que Carr explica sobre la multitarea y las interrupciones. Cada vez que cambiamos nuestra atención de una actividad a otra, nuestro cerebro tiene que reorientarse. En el caso de las apuestas, el celular puede convertirse en una fuente constante de estímulos: resultados, promociones, cuotas, partidos y notificaciones.



La recompensa inmediata

Una de las características de Internet que más se ha instalado en nuestra vida cotidiana es la inmediatez. Queremos respuestas rápidas, resultados rápidos y recompensas rápidas.

Las apuestas encajan perfectamente en esta dinámica. Se puede apostar en pocos segundos y obtener un resultado casi inmediatamente. Cuando se gana, aparece la posibilidad de volver a intentarlo. Cuando se pierde, puede aparecer el deseo de recuperar lo perdido.

Por eso, el problema no comienza necesariamente con una gran apuesta. Puede empezar con algo que parece pequeño: “voy a probar”, “apuesto solo esta vez” o “quiero recuperar lo que perdí”.

La facilidad de acceso también es importante. El Gobierno argentino señala que entre los factores que favorecen la popularidad de las apuestas online se encuentran la publicidad en redes sociales, las billeteras virtuales y la disponibilidad de las plataformas durante las 24 horas.

Cuando el entretenimiento deja de ser entretenimiento

No todas las personas que apuestan desarrollan un problema. El punto está en reconocer cuándo cambia la relación con el juego.

Algunas señales pueden ser pensar constantemente en apostar, aumentar el tiempo o el dinero destinado al juego, dejar de lado otras actividades, ocultar cuánto se apuesta o continuar jugando a pesar de las consecuencias negativas.

La OMS advierte que los daños pueden aparecer incluso antes de que exista un trastorno diagnosticado. Pueden incluir problemas económicos, conflictos familiares, dificultades laborales y consecuencias para la salud mental.

Esto permite pensar la problemática desde otra perspectiva. No se trata solamente de preguntarnos por qué una persona “no puede dejar de apostar”, sino también de observar el entorno en el que esa conducta ocurre.

¿Estamos eligiendo o estamos siendo estimulados constantemente?

Esta pregunta se relaciona directamente con Carr. En Superficiales, el autor plantea que nuestra atención tiene un valor enorme y que, al utilizar Internet, constantemente cedemos parte de ese control a los estímulos que aparecen frente a nosotros.

Las plataformas digitales de apuestas forman parte de este entorno. Están disponibles permanentemente y se encuentran acompañadas por publicidad, promociones y estímulos relacionados con el deporte y el entretenimiento.

Esto no significa que la tecnología sea la única causa de la ludopatía ni que todas las personas que utilizan Internet vayan a desarrollar una adicción. Pero sí permite preguntarnos hasta qué punto un entorno diseñado para mantener nuestra atención puede favorecer determinadas conductas.

Una problemática que ya está presente

Las apuestas online dejaron de ser algo lejano. Están presentes en nuestro entorno y especialmente entre los jóvenes. En Argentina, incluso se presentó en 2026 un proyecto de ley para prevenir la ludopatía y regular los juegos de azar online, con medidas destinadas a proteger especialmente a niños y adolescentes.

Por eso, hablar de apuestas también implica hablar de salud mental, tecnología, publicidad y hábitos digitales.

Quizás, al igual que plantea Carr cuando analiza nuestra relación con Internet, la pregunta no debería ser solamente cuánto utilizamos una tecnología, sino qué está haciendo esa tecnología con nuestra manera de pensar, prestar atención y tomar decisiones.

Las apuestas pueden estar a un clic. Y justamente por eso, aprender a reconocer sus riesgos también debería formar parte de nuestra educación digital.

Reflexión final

Después de trabajar las ideas de Nicholas Carr, considero que las apuestas online pueden entenderse como otro ejemplo de cómo Internet está modificando nuestras formas de relacionarnos con diferentes actividades. La rapidez, la cantidad de estímulos y la posibilidad de obtener una recompensa inmediata forman parte de un entorno al que ya estamos acostumbrados.

El problema aparece cuando esa lógica empieza a trasladarse a una conducta que puede tener consecuencias económicas, sociales y psicológicas. Por eso, más que pensar únicamente en prohibir o permitir las apuestas, creo que también es necesario aprender a reconocer cómo funciona el entorno digital y cómo influye en nuestras decisiones.

Al final, la cuestión no es solamente tener acceso a la tecnología, sino poder mantener cierto control sobre nuestra atención y sobre el lugar que queremos que ocupe en nuestra vida.

 

Fuentes consultadas: 

Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.

Organización Mundial de la Salud (OMS). (2024). Gambling (Juego de apuestas). Organización Mundial de la Salud. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/gambling

Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR). (2025). Boletín informativo: Línea 141. Consultas por juegos compulsivos. Ministerio de Salud de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/boletin-linea-141-consultas-por-juegos-compulsivos.pdf

Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR). (2025). Séptimo estudio nacional sobre consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes de enseñanza secundaria. Ministerio de Salud de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/estudio_nacional_escolares_2025_2711.pdf

Argentina.gob.ar. (2026). Pautas para evitar que los adolescentes apuesten online. Ministerio de Justicia de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/justicia/convosenlaweb/situaciones/pautas-para-evitar-que-los-adolescentes-apuesten-online

Argentina.gob.ar. (2026, 27 de agosto). La Línea 141 de la Sedronar recibió más de 23 mil llamados en lo que va del 2026. Ministerio de Salud de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/noticias/la-linea-141-de-la-sedronar-recibio-mas-de-23-mil-llamados-en-lo-que-va-del-2026

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Reemplazo de la identidad: ¿un límite de la inteligencia artificial?



Sabemos qué la inteligencia artificial produce información gracias a una relación de datos preestablecidos y cargados por humanos, no por tener el poder de razonar dicha información. Ese procesamiento se realiza de manera rápida, arrojando datos qué en ocasiones no son ciertos. Esto lo podemos verificar al momento de ordenarle a la IA un resumen, un diagrama o trabajo para presentar y vemos qué los datos no coinciden con los textos adjuntados. Estos errores pueden producir trabajos de estudios qué a pesar de parecer correctamente confeccionados, tienen datos falsos, investigaciones inventadas, cómo también imágenes y videos. Pero, ¿qué sucede si además identifican personas qué no son las mismas que muestran en las imágenes?, ¿ qué problemas puede traer si la IA confunde a una persona por otra y difunde esa información?. 

El caso de la activista y politóloga Argentina, Flavia Broffoni, habré una incógnita en el manejo de la información personal y los daños qué puede provocar la inteligencia artificial si no se aplican políticas regulatorias, o restrictivas. Sobre el hecho, dónde la profesional recibió amenazas y dificultó su vida en esos días, la IA cruzó un límite qué según los responsables de Google no podía ser cruzado, argumentando que la inteligencia artificial

 "no podía validar ni comentar capturas de pantalla difundidas por servicios de mensajería sin contar con un enlace directo que permitiera verificar técnicamente el resultado". 

 Pero lo cierto es qué no sólo difundió una información errónea, sino qué además confirmó su identidad al ser consultada en el buscador, por otra persona qué estaba en un lugar que la activista no había conocido y qué en su aspecto físico, es más joven. Los datos qué utilizó la IA estaban en la red, pero la vinculación la realizó la propia inteligencia, lo que hace más grave el alcance de esta herramienta. 

En Argentina la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales, sancionada en el año 2000, tiene un alcance limitado qué no contempla el avance de las nuevas tecnologías ni la utilización en plataformas digitales, qué solicitan información personal para completar formularios o avanzar en el acceso a aplicaciones. 

¿RESPUESTAS MANIPULADAS O UN ENGAÑO A NUESTRO SENTIDO?

Acceder a una respuesta de la inteligencia artificial puede llevarnos a tomar con total certeza lo qué estamos leyendo o bien puede condicionar nuestro pensamiento, de cualquiera de las dos maneras no va a contradecir nuestro parecer, según un estudio realizado en 2025 en Brasil. Los investigadores de la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP), consideran que la IA toma la orientación política qué los usuarios tienen para arrojar resultados afines a éstos. Respondiendo a la simpatía que los humanos manifiestan al validar las prácticas diarias y las búsquedas, sobre todo mostrando una mayor afinidad a las respuestas que puedan brindar los diferentes tipos de inteligencias artificiales por sobre la opinión de un humano. 

Esta investigación no sólo lleva a comprender que las IA nos brindan datos sin contraste, sin datos ni fuentes verificables, sino que además cumplen con alimentar nuestro propio pensamiento. Algo así cómo un amigo qué nos quiere "endulzar" el oído sólo para seguir recurriendo a él cada vez qué lo necesitemos. Las consecuencias de un pensamiento ensimismado, vació de información científica y confiable, qué se retroalimenta con más información qué cargamos en la red. Muestra la gravedad en materia de desinformación y en la creación de vínculos más pobres entre seres humanos por sobre el uso de los dispositivos tecnológicos, alimentando una brecha cognitiva. Ya qué llevado a las redes sociales, aumentan las diferencias en torno a los discursos ideológicos y políticos.   

¿Pero qué podemos hacer si una información no es correcta, nos engaña o nos confunde?¿Qué hacemos para frenar el acceso a nuestra información personal y evitar la vulneración de ella?. ¿ Cómo podemos confiar en lo que nos brinda la inteligencia artificial y fluye en la red?. 

Aunque parezca algo impensado, hoy podemos hablar de camuflarnos visualmente para evitar ser captados por la IA, quizás no es la solución definitiva a éstos interrogantes, tampoco en el corto plazo ya que la inteligencia avanza a niveles agigantados, mejorando su alcance. Pero es una opción qué el diseñador Simon Weckert creó en una camisa imperceptible para las IA, luego de que las autoridades alemanas aumentaran el uso de la vigilancia informática en ese país. Al igual que EEUU, las principales potencias del mundo, están desarrollando y apostando al uso de las IA para optimizar la protección de datos. Identificar rápidamente ataques digitales, controlar a la población y preservar la seguridad de cada región.

Es difícil imaginar hoy un futuro libre de IA, sobre todo porque se convirtió en una herramienta de uso cotidiano para las sociedades del mundo. Todavía no hay políticas que sirvan para orientar la mirada, la perspectiva de su creación y avance tan rápido, mucho menos para asegurar su uso noble o fines didácticos. Lo qué si es claro es que hay muchos "grises" qué no se pueden explicar y en su práctica, los vínculos humanos se licuan cada vez más, perdiendo identidad.

Para seguir reflexionando sobre esto, podes escuchar el siguiente Podcast sobre la IA y 3 aspectos qué aún nos condicionan y ponen en debate su uso:


Fuentes: 

  • https://www.rionegro.com.ar/sociedad/una-inteligencia-artificial-confundio-a-una-activista-chubutense-con-una-mujer-de-espana-y-recibio-amenazas-de-muerte-4732579/
  • https://www.dw.com/es/la-ia-que-nunca-te-contradice-podr%C3%ADa-profundizar-la-polarizaci%C3%B3n-pol%C3%ADtica/a-79403649
  • https://www.lavanguardia.com/neo/ia/20260901/11624466/nueva-capa-invisibilidad-ia-disenador-crea-camisa-hortera-confunde-tecnologia.html

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La anestesia del algoritmo

 

Frente a las posturas ciegamente optimistas que celebran la tecnología como una simple herramienta neutra de progreso, la obra de Nicholas Carr en Superficiales demuestra que el impacto del entorno digital sobre la mente no es una mera especulación de opiniones o gustos culturales. La fortaleza de Carr radica en que no se apoya en intuiciones, sino en más de cuatrocientas citas y estudios neurocientíficos rigurosos que demuestran cómo las herramientas intelectuales reconfiguran la estructura física y el funcionamiento de nuestro cerebro mediante la neuroplasticidad. Cuestionar estos hallazgos exige presentar evidencia equivalente; de lo contrario, reducir el debate a "los beneficios futuros de la hiperconectividad" es ignorar la biología misma del procesamiento de la información.

La reconfiguración cognitiva es la base para comprender la llamada "Cultura del Algoritmo", donde plataformas masivas como Netflix y los modelos de Inteligencia Artificial operan como moldeadores de nuestra percepción. Como advertía Marshall McLuhan, el verdadero efecto de un medio no está en la trama o el contenido que consumimos, sino en la arquitectura de la herramienta que elimina las pausas y anestesia nuestro juicio crítico. La concentración de mercado de estas plataformas y los sesgos algorítmicos automatizados reducen el pluralismo cultural y entrenan a la mente para el procesamiento rápido, reactivo y superficial, debilitando de forma progresiva la capacidad de concentración profunda y el pensamiento lineal.
Como profesionales de la comunicación y ciudadanos digitales, no podemos analizar Internet desde una mirada ingenua donde "todo es color de rosa", ya que el entorno digital es nuestra circunstancia cotidiana. Entender conceptos clave como los sesgos culturales, la desinformación sintética o el plagio algorítmico es indispensable para exigir transparencia a las plataformas y defender el derecho a un acceso cultural diverso y plural. Los invito a escuchar el primer episodio de nuestro podcast, donde desglosamos estos dilemas de la mano de la neurociencia y la teoría de los medios para empezar a preguntarnos si realmente elegimos lo que consumimos o si el algoritmo ya eligió por nosotros.
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¿INTERNET NOS HACE PENSAR MEJOR?

 


MÁS INFORMACIÓN, ¿MÁS COMPRENSIÓN?


Internet amplió el acceso al conocimiento y abrió nuevas formas de aprender, leer y comunicarnos. Esa posibilidad es concreta, pero no garantiza por sí sola que comprendamos mejor. Para responder qué cambia en nuestra atención y memoria, conviene observar cómo usamos las tecnologías y qué muestran las investigaciones.


En Superficiales, Nicholas Carr reúne estudios sobre lectura, memoria y atención para preguntarse cómo el medio que usamos para informarnos puede influir en nuestros hábitos mentales. Su aporte no consiste en decir que toda tecnología perjudica, sino en invitarnos a examinar qué capacidades ejercitamos cuando leemos y navegamos.


LA ATENCIÓN TAMBIÉN FORMA PARTE DE LA LECTURA


John Sweller estudió cómo las demandas de una tarea afectan el aprendizaje. Su trabajo sobre carga cognitiva ayuda a pensar por qué una lectura con interrupciones, enlaces y decisiones frecuentes puede exigir recursos adicionales. Una parte de la atención se dedica a elegir qué hacer y queda menos disponible para integrar las ideas.


Este principio no demuestra que leer en pantalla siempre sea peor. El resultado depende del texto, de la tarea, del diseño y de los conocimientos previos. La pregunta útil es qué condiciones ayudan a seguir un argumento y cuáles interrumpen ese proceso.


En un estudio de lectura literaria, David Miall y Teresa Dobson compararon una versión lineal de un texto con otra en formato hipertextual. Sus resultados señalaron diferencias en la experiencia de lectura y sugirieron que los enlaces podían dificultar la inmersión y la reflexión en ese caso particular. El estudio permite formular preguntas, no generalizar a toda lectura digital.


BUSCAR TAMBIÉN CAMBIA QUÉ RECORDAMOS


En cuatro experimentos, Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner observaron que cuando las personas esperaban poder volver a consultar información, recordaban menos algunos datos y mejor dónde encontrarlos. Carr retoma investigaciones de este tipo para analizar cómo la memoria se relaciona con las herramientas externas que usamos.


La memoria externa puede ser muy útil. Permite guardar datos y dedicar tiempo a otras tareas. El desafío está en combinar la búsqueda con la comprensión, la evaluación de fuentes y la construcción de conocimientos propios. Encontrar una respuesta no equivale todavía a poder explicarla o relacionarla con otras ideas.



QUÉ APORTA LA INVESTIGACIÓN MÁS RECIENTE


Una revisión metaanalítica publicada en 2024 por Chen Gong y Yang Yang reunió 35 comparaciones de 22 artículos sobre los llamados “efectos Google”. El análisis encontró asociaciones con algunas medidas cognitivas, pero también diferencias entre tipos de tareas y resultados. Por eso, sus autores describen un campo de investigación con matices, no una conclusión simple sobre que Internet vuelva a las personas más o menos inteligentes.


La revisión buscó estudios en ACM Digital Library, PsycINFO, Web of Science, IEEE Xplore y Scopus, y examinó trabajos publicados hasta junio de 2023. Ese método permite sintetizar una parte amplia de la literatura académica, aunque no equivale a revisar literalmente todos los buscadores de Internet ni todas las investigaciones posibles.


UNA MIRADA PROFESIONAL Y POSITIVA


Como futuros profesionales de la comunicación, podemos diseñar experiencias digitales que favorezcan la comprensión. Textos legibles, enlaces pertinentes, avisos no invasivos y opciones para profundizar sin perder el hilo. También podemos enseñar estrategias para contrastar fuentes, tomar notas y reservar momentos de lectura sin interrupciones.


La propuesta de Carr sigue siendo valiosa como invitación a observar los efectos de los medios y a pedir evidencia cuando circulan grandes promesas. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades; la investigación ayuda a decidir qué usos y diseños acompañan mejor cada objetivo.


En vez de preguntar si Internet es bueno o malo, podemos preguntar qué hacemos con él, en qué contexto y con qué resultado. Esa pregunta permite aprovechar el acceso y la conexión mientras cultivamos atención, reflexión y criterio propio.


FUENTES


Carr, Nicholas. Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2010; edición en español, Taurus, 2011). Libro de referencia para el enfoque y los estudios que se comentan.


Sweller, John (1988). «Carga cognitiva durante la resolución de problemas: efectos en el aprendizaje». Cognitive Science, 12(2), 257–285. https://doi.org/10.1207/s15516709cog1202_4


Miall, David S. y Teresa Dobson (2001). «Lectura de hipertexto y la experiencia de la literatura». Journal of Digital Information, 2(1). https://journals.tdl.org/jodi/article/view/35


Sparrow, Betsy, Jenny Liu y Daniel M. Wegner (2011). «Efectos de Google en la memoria: consecuencias cognitivas de tener información al alcance de la mano». Science, 333(6043), 776–778. https://doi.org/10.1126/science.1207745


Gong, Chen y Yang Yang (2024). «Efectos de Google en la memoria: una revisión meta-analítica de los efectos de los medios de comunicación en el comportamiento intensivo de búsqueda en internet». Frontiers in Public Health, 12, 1332030. https://doi.org/10.3389/fpubh.2024.1332030


TE INVITO A ESCUCHAR MI PODCAST:




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Propaganda 2.0: cómo la IA reescribió las reglas del control social

Durante un tiempo pensamos a la desinformación y coerción política, como una acción reconocible y concreta. Hoy, el internet y la inteligencia artificial generativa rompieron esa lógica: ya no hace falta que impongan discursos o valores a la fuerza, alcanza con que una noticia falsa se cuele en tu scrolleo para moldear tu perspectiva. Y quizás lo más alarmante es que ni siquiera hace falta que sea creíble, alcanza con que se repita masivamente para adoptarla como verdad. 

Eso fue literalmente lo que pasó en Eslovaquia en 2023: dos días antes de las elecciones parlamentarias circuló un audio falso del candidato Michal Šimečka discutiendo cómo manipular el resultado de la votación. La ley electoral prohibía hacer campaña en las 48 horas previas, así que nadie pudo desmentirlo a tiempo. La noticia estalló y se volvió masiva en las redes sociales casi al instante, no había manera de frenar su magnitud. Por más de que no era cierta, ya a la gente no le importaba: la fake news se había compartido y repetido tantas veces que dejó de importar si era verdad, alcanzó con que así se sintiera. Su partido perdió. 

Inteligencia artificial y desinformación

No es un fenómeno nuevo, es una escala nueva
Nicholas Carr rescata en Superficiales algo particular que dijo Lee de Forest, inventor del audión, el primer amplificador electrónico de sonido y origen común de la radio y televisión. Quien lejos de ser un tecnófobo con mirada apocalíptica, era el propio creador del medio, advirtió sobre "terribles posibilidades políticas": temía que la radio y la televisión se usaran para "implantar conocimiento en los reacios cerebros" de las audiencias, como herramienta de propaganda y control ideológico al servicio de gobiernos o grupos de poder. 

Hoy quizás nos parezca una obviedad, pero la gran diferencia que nos acontece actualmente no radica en la intención, siempre existió la tentación de usar los medios masivos para moldear la opinión pública, sino en la velocidad y el acceso. Para que la radio o la televisión funcionaran como propaganda en la época de De Forest, hacía falta controlar una infraestructura: una estación, una licencia, un equipo de producción, algo institucional y en cierto punto rastreable. Hoy, generar un video o audio falso toma minutos, no requiere ninguna habilidad técnica especial y no depende de ninguna infraestructura que alguien pueda regular o auditar. Cualquiera desde cualquier lugar, puede producir el mismo efecto que antes necesitaba una emisora entera.

Los nuevos "contaminadores mentales"
Ya son múltiples los artículos, libros, papers y videos desarrollados con el fin de enseñarnos a detectar fake news en las redes sociales. Y yo me pregunto: ¿Es normal que tengamos que aprender nosotros a defendernos de estos nuevos "contaminadores mentales"? ¿Dónde están las legislaciones en contra de las granjas de bots y a favor de la verdadera democratización de la información?

La respuesta, al menos en Argentina, es que no existen. En Agosto de 2026 se conoció el caso de Fernando Cerimedo, asesor político que trabajó en las campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro y Rodrigo Paz, a quien se le secuestró una granja de bots que operaba perfiles automatizados falsos en X e Instagram para amplificar o desprestigiar figuras políticas. El especialista Juan Marenco lo resumió sin rodeos: "Argentina, por ejemplo, no tiene ningún marco regulatorio que impida el uso de granjas de bots", porque la ley de medios "no incluye a internet". No es que la legislación llegué tarde, es que directamente no existe. 

El "dividendo del mentiroso"
Hay un concepto que resumen por qué esto es más grave de lo que parece a primera vista: el "dividendo del mentiroso" (liar's dividend). No es solo que hoy se pueda mentir con más facilidad, es que la sola existencia de esta tecnología permite negar la verdad: cualquier evidencia real, un video genuino, un audio genuino, puede descartarse acusándola de estar generada por IA. El daño no depende de que la mentira se sostenga en el tiempo, depende de que la duda quede instalada.

Esto ya se documentó en distintos países, con distintos formatos. En el balotaje argentino de 2023, entre Sergio Massa y Javier Milei, circularon videos e imágenes generadas por IA con declaraciones que nunca existieron. En Brasil, durante las elecciones municipales de 2024, aparecieron audios y videos manipulados atribuidos a Lula da Silva y a Jair Bolsonaro. Y en Estados Unidos, votantes de New Hampshire recibieron llamadas automáticas con la voz clonada de Joe Biden, pidiéndoles que no fueran a votar en las primarias demócratas, algo que la Comisión Federal de Comunicaciones recién pudo declarar ilegal después de que el daño ya estaba hecho.

El optimismo que no se molesta en probar nada
Frente a todo esto circula un discurso mucho más liviano, que prefiere hablar de oportunidad antes que de riesgo. Christian Gribaudo escribió en Infobae que la inteligencia artificial "puede contribuir a una democracia más transparente, participativa y legítima", apoyado en apenas tres ejemplos sueltos y sin una sola cita académica. Marc Andreessen, inversor de Silicon Valley, publicó su "Manifiesto Tecno-Optimista", donde repite la frase "creemos que" 113 veces, un patrón que el politólogo Henry Farrell comparó con un credo religioso antes que con un argumento fundamentado. Es la misma lógica que separa a Carr de posturas como la de Belinda Parmar sobre los efectos cognitivos de la tecnología: de un lado hay estudios verificables y casos documentados, del otro hay convicción repetida con confianza.

Por qué esto importa más allá de una elección puntual
Como estudiante de comunicación, lo que más me interesa de todo esto no es la tecnología en sí, es su uso y lo que hace con la confianza pública. Un sistema democrático necesita que la ciudadanía pueda distinguir, aunque sea mínimamente, entre lo que es real y lo que no. Cuando esa distinción se vuelve imposible de sostener, no se pierde solo una elección puntual, se erosiona la base misma sobre la que se arma cualquier discusión colectiva.

Y ahí vuelvo a la pregunta que abrió este texto: para poner en duda algo, hace falta al menos un estudio equivalente que lo respalde, no una frase optimista repetida con convicción. Mientras la regulación siga llegando después del daño, o directamente no llegue, la pregunta no es si vamos a poder distinguir lo real de lo falso. Es cuánto tiempo más vamos a tener que hacerlo solos.

Si te quedaste con ganas de más, podes escuchar mi episodio del Podcast "Total Interferencia" dónde reflexiono un poco más sobre este fenómeno. 


Bibliografía:

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