La anestesia del algoritmo

 

Frente a las posturas ciegamente optimistas que celebran la tecnología como una simple herramienta neutra de progreso, la obra de Nicholas Carr en Superficiales demuestra que el impacto del entorno digital sobre la mente no es una mera especulación de opiniones o gustos culturales. La fortaleza de Carr radica en que no se apoya en intuiciones, sino en más de cuatrocientas citas y estudios neurocientíficos rigurosos que demuestran cómo las herramientas intelectuales reconfiguran la estructura física y el funcionamiento de nuestro cerebro mediante la neuroplasticidad. Cuestionar estos hallazgos exige presentar evidencia equivalente; de lo contrario, reducir el debate a "los beneficios futuros de la hiperconectividad" es ignorar la biología misma del procesamiento de la información.

La reconfiguración cognitiva es la base para comprender la llamada "Cultura del Algoritmo", donde plataformas masivas como Netflix y los modelos de Inteligencia Artificial operan como moldeadores de nuestra percepción. Como advertía Marshall McLuhan, el verdadero efecto de un medio no está en la trama o el contenido que consumimos, sino en la arquitectura de la herramienta que elimina las pausas y anestesia nuestro juicio crítico. La concentración de mercado de estas plataformas y los sesgos algorítmicos automatizados reducen el pluralismo cultural y entrenan a la mente para el procesamiento rápido, reactivo y superficial, debilitando de forma progresiva la capacidad de concentración profunda y el pensamiento lineal.
Como profesionales de la comunicación y ciudadanos digitales, no podemos analizar Internet desde una mirada ingenua donde "todo es color de rosa", ya que el entorno digital es nuestra circunstancia cotidiana. Entender conceptos clave como los sesgos culturales, la desinformación sintética o el plagio algorítmico es indispensable para exigir transparencia a las plataformas y defender el derecho a un acceso cultural diverso y plural. Los invito a escuchar el primer episodio de nuestro podcast, donde desglosamos estos dilemas de la mano de la neurociencia y la teoría de los medios para empezar a preguntarnos si realmente elegimos lo que consumimos o si el algoritmo ya eligió por nosotros.
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¿INTERNET NOS HACE PENSAR MEJOR?

 


MÁS INFORMACIÓN, ¿MÁS COMPRENSIÓN?


Internet amplió el acceso al conocimiento y abrió nuevas formas de aprender, leer y comunicarnos. Esa posibilidad es concreta, pero no garantiza por sí sola que comprendamos mejor. Para responder qué cambia en nuestra atención y memoria, conviene observar cómo usamos las tecnologías y qué muestran las investigaciones.


En Superficiales, Nicholas Carr reúne estudios sobre lectura, memoria y atención para preguntarse cómo el medio que usamos para informarnos puede influir en nuestros hábitos mentales. Su aporte no consiste en decir que toda tecnología perjudica, sino en invitarnos a examinar qué capacidades ejercitamos cuando leemos y navegamos.


LA ATENCIÓN TAMBIÉN FORMA PARTE DE LA LECTURA


John Sweller estudió cómo las demandas de una tarea afectan el aprendizaje. Su trabajo sobre carga cognitiva ayuda a pensar por qué una lectura con interrupciones, enlaces y decisiones frecuentes puede exigir recursos adicionales. Una parte de la atención se dedica a elegir qué hacer y queda menos disponible para integrar las ideas.


Este principio no demuestra que leer en pantalla siempre sea peor. El resultado depende del texto, de la tarea, del diseño y de los conocimientos previos. La pregunta útil es qué condiciones ayudan a seguir un argumento y cuáles interrumpen ese proceso.


En un estudio de lectura literaria, David Miall y Teresa Dobson compararon una versión lineal de un texto con otra en formato hipertextual. Sus resultados señalaron diferencias en la experiencia de lectura y sugirieron que los enlaces podían dificultar la inmersión y la reflexión en ese caso particular. El estudio permite formular preguntas, no generalizar a toda lectura digital.


BUSCAR TAMBIÉN CAMBIA QUÉ RECORDAMOS


En cuatro experimentos, Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner observaron que cuando las personas esperaban poder volver a consultar información, recordaban menos algunos datos y mejor dónde encontrarlos. Carr retoma investigaciones de este tipo para analizar cómo la memoria se relaciona con las herramientas externas que usamos.


La memoria externa puede ser muy útil. Permite guardar datos y dedicar tiempo a otras tareas. El desafío está en combinar la búsqueda con la comprensión, la evaluación de fuentes y la construcción de conocimientos propios. Encontrar una respuesta no equivale todavía a poder explicarla o relacionarla con otras ideas.



QUÉ APORTA LA INVESTIGACIÓN MÁS RECIENTE


Una revisión metaanalítica publicada en 2024 por Chen Gong y Yang Yang reunió 35 comparaciones de 22 artículos sobre los llamados “efectos Google”. El análisis encontró asociaciones con algunas medidas cognitivas, pero también diferencias entre tipos de tareas y resultados. Por eso, sus autores describen un campo de investigación con matices, no una conclusión simple sobre que Internet vuelva a las personas más o menos inteligentes.


La revisión buscó estudios en ACM Digital Library, PsycINFO, Web of Science, IEEE Xplore y Scopus, y examinó trabajos publicados hasta junio de 2023. Ese método permite sintetizar una parte amplia de la literatura académica, aunque no equivale a revisar literalmente todos los buscadores de Internet ni todas las investigaciones posibles.


UNA MIRADA PROFESIONAL Y POSITIVA


Como futuros profesionales de la comunicación, podemos diseñar experiencias digitales que favorezcan la comprensión. Textos legibles, enlaces pertinentes, avisos no invasivos y opciones para profundizar sin perder el hilo. También podemos enseñar estrategias para contrastar fuentes, tomar notas y reservar momentos de lectura sin interrupciones.


La propuesta de Carr sigue siendo valiosa como invitación a observar los efectos de los medios y a pedir evidencia cuando circulan grandes promesas. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades; la investigación ayuda a decidir qué usos y diseños acompañan mejor cada objetivo.


En vez de preguntar si Internet es bueno o malo, podemos preguntar qué hacemos con él, en qué contexto y con qué resultado. Esa pregunta permite aprovechar el acceso y la conexión mientras cultivamos atención, reflexión y criterio propio.


FUENTES


Carr, Nicholas. Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2010; edición en español, Taurus, 2011). Libro de referencia para el enfoque y los estudios que se comentan.


Sweller, John (1988). «Carga cognitiva durante la resolución de problemas: efectos en el aprendizaje». Cognitive Science, 12(2), 257–285. https://doi.org/10.1207/s15516709cog1202_4


Miall, David S. y Teresa Dobson (2001). «Lectura de hipertexto y la experiencia de la literatura». Journal of Digital Information, 2(1). https://journals.tdl.org/jodi/article/view/35


Sparrow, Betsy, Jenny Liu y Daniel M. Wegner (2011). «Efectos de Google en la memoria: consecuencias cognitivas de tener información al alcance de la mano». Science, 333(6043), 776–778. https://doi.org/10.1126/science.1207745


Gong, Chen y Yang Yang (2024). «Efectos de Google en la memoria: una revisión meta-analítica de los efectos de los medios de comunicación en el comportamiento intensivo de búsqueda en internet». Frontiers in Public Health, 12, 1332030. https://doi.org/10.3389/fpubh.2024.1332030


TE INVITO A ESCUCHAR MI PODCAST:




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Las mentiras ya no tienen patas cortas, tienen Wifi

Durante un tiempo pensamos a la desinformación y coerción política, como una acción reconocible y concreta. Hoy, el internet y la inteligencia artificial generativa rompieron esa lógica: ya no hace falta que impongan discursos o valores a la fuerza, alcanza con que una noticia falsa se cuele en tu scrolleo para moldear tu perspectiva. Y quizás lo más alarmante es que ni siquiera hace falta que sea creíble, alcanza con que se repita masivamente para adoptarla como verdad. 

Eso fue literalmente lo que pasó en Eslovaquia en 2023: dos días antes de las elecciones parlamentarias circuló un audio falso del candidato Michal Šimečka discutiendo cómo manipular el resultado de la votación. La ley electoral prohibía hacer campaña en las 48 horas previas, así que nadie pudo desmentirlo a tiempo. La noticia estalló y se volvió masiva en las redes sociales casi al instante, no había manera de frenar su magnitud. Por más de que no era cierta, ya a la gente no le importaba: la fake news se había compartido y repetido tantas veces que dejó de importar si era verdad, alcanzó con que así se sintiera. Su partido perdió. 

Inteligencia artificial y desinformación

No es un fenómeno nuevo, es una escala nueva
Nicholas Carr rescata en Superficiales algo particular que dijo Lee de Forest, inventor del audión, el primer amplificador electrónico de sonido y origen común de la radio y televisión. Quien lejos de ser un tecnófobo con mirada apocalíptica, era el propio creador del medio, advirtió sobre "terribles posibilidades políticas": temía que la radio y la televisión se usaran para "implantar conocimiento en los reacios cerebros" de las audiencias, como herramienta de propaganda y control ideológico al servicio de gobiernos o grupos de poder. 

Hoy quizás nos parezca una obviedad, pero la gran diferencia que nos acontece actualmente no radica en la intención, siempre existió la tentación de usar los medios masivos para moldear la opinión pública, sino en la velocidad y el acceso. Para que la radio o la televisión funcionaran como propaganda en la época de De Forest, hacía falta controlar una infraestructura: una estación, una licencia, un equipo de producción, algo institucional y en cierto punto rastreable. Hoy, generar un video o audio falso toma minutos, no requiere ninguna habilidad técnica especial y no depende de ninguna infraestructura que alguien pueda regular o auditar. Cualquiera desde cualquier lugar, puede producir el mismo efecto que antes necesitaba una emisora entera.

Los nuevos "contaminadores mentales"
Ya son múltiples los artículos, libros, papers y videos desarrollados con el fin de enseñarnos a detectar fake news en las redes sociales. Y yo me pregunto: ¿Es normal que tengamos que aprender nosotros a defendernos de estos nuevos "contaminadores mentales"? ¿Dónde están las legislaciones en contra de las granjas de bots y a favor de la verdadera democratización de la información?

La respuesta, al menos en Argentina, es que no existen. En Agosto de 2026 se conoció el caso de Fernando Cerimedo, asesor político que trabajó en las campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro y Rodrigo Paz, a quien se le secuestró una granja de bots que operaba perfiles automatizados falsos en X e Instagram para amplificar o desprestigiar figuras políticas. El especialista Juan Marenco lo resumió sin rodeos: "Argentina, por ejemplo, no tiene ningún marco regulatorio que impida el uso de granjas de bots", porque la ley de medios "no incluye a internet". No es que la legislación llegué tarde, es que directamente no existe. 

El "dividendo del mentiroso"
Hay un concepto que resumen por qué esto es más grave de lo que parece a primera vista: el "dividendo del mentiroso" (liar's dividend). No es solo que hoy se pueda mentir con más facilidad, es que la sola existencia de esta tecnología permite negar la verdad: cualquier evidencia real, un video genuino, un audio genuino, puede descartarse acusándola de estar generada por IA. El daño no depende de que la mentira se sostenga en el tiempo, depende de que la duda quede instalada.

Esto ya se documentó en distintos países, con distintos formatos. En el balotaje argentino de 2023, entre Sergio Massa y Javier Milei, circularon videos e imágenes generadas por IA con declaraciones que nunca existieron. En Brasil, durante las elecciones municipales de 2024, aparecieron audios y videos manipulados atribuidos a Lula da Silva y a Jair Bolsonaro. Y en Estados Unidos, votantes de New Hampshire recibieron llamadas automáticas con la voz clonada de Joe Biden, pidiéndoles que no fueran a votar en las primarias demócratas, algo que la Comisión Federal de Comunicaciones recién pudo declarar ilegal después de que el daño ya estaba hecho.

El optimismo que no se molesta en probar nada
Frente a todo esto circula un discurso mucho más liviano, que prefiere hablar de oportunidad antes que de riesgo. Christian Gribaudo escribió en Infobae que la inteligencia artificial "puede contribuir a una democracia más transparente, participativa y legítima", apoyado en apenas tres ejemplos sueltos y sin una sola cita académica. Marc Andreessen, inversor de Silicon Valley, publicó su "Manifiesto Tecno-Optimista", donde repite la frase "creemos que" 113 veces, un patrón que el politólogo Henry Farrell comparó con un credo religioso antes que con un argumento fundamentado. Es la misma lógica que separa a Carr de posturas como la de Belinda Parmar sobre los efectos cognitivos de la tecnología: de un lado hay estudios verificables y casos documentados, del otro hay convicción repetida con confianza.

Por qué esto importa más allá de una elección puntual
Como estudiante de comunicación, lo que más me interesa de todo esto no es la tecnología en sí, es su uso y lo que hace con la confianza pública. Un sistema democrático necesita que la ciudadanía pueda distinguir, aunque sea mínimamente, entre lo que es real y lo que no. Cuando esa distinción se vuelve imposible de sostener, no se pierde solo una elección puntual, se erosiona la base misma sobre la que se arma cualquier discusión colectiva.

Y ahí vuelvo a la pregunta que abrió este texto: para poner en duda algo, hace falta al menos un estudio equivalente que lo respalde, no una frase optimista repetida con convicción. Mientras la regulación siga llegando después del daño, o directamente no llegue, la pregunta no es si vamos a poder distinguir lo real de lo falso. Es cuánto tiempo más vamos a tener que hacerlo solos.


Bibliografía:

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Crisis de presencialidad: Cuando la experiencia se vuelve dato


Es de noche, estás parado en el campo del estadio, muy emocionado, cuando de pronto se apagan las luces y el público grita eufórico el nombre de tu banda favorita mientas que espera que aparezca en el escenario. De un momento a otro comienzan los sonidos que anuncian el inicio del show y delante tuyo empezás a ver mil celulares enfocando al frente. Unos te tapan la visión, de otros te perturba el brillo y aunque te molesta, esperás, porque con algo de paciencia entendés que hay quienes quieren filmar el inicio del show y vos mismo en alguna parte filmarás o sacarás alguna que otra foto de recuerdo.

Unos minutos después, el primer tema termina y varios celulares se bajan…pero otros no, y no lo hacen prácticamente en ningún momento del recital, por lo que tu experiencia queda de alguna forma, inevitablemente arruinada. Te suena conocida esa escena? A mi también.

Y en algún momento, o varios, de ese mismo show, tomas tu celular y tratas de registrar un momento, un recuerdo preciado de esa experiencia y entonces me surge preguntarte: ¿Recordás la sensación del cuerpo cuando escuchabas esa canción? ¿Si la cantaste eufórico o si lloraste desconsolado, o ambos? ¿Recordás algo de ese momento que no sea lo que registró tu celular?...¿Estabas verdaderamente ahí o sólo tu cámara pagó la entrada?

Sabemos hace tiempo que la tecnología es parte de nuestra cotidianeidad, pero tal es así, que quizás sea momento de cuestionarnos si sigue siendo una incorporación o ya se parece un poco más a una invasión. En su libro “Superficiales”, el periodista Nicholas Carr menciona que las nuevas formas de comunicación transforman nuestros modos de existencia y particularmente en este caso la relación con los espectáculos artísticos.

Carr recupera, por ejemplo, dos casos publicados en 2009, que, aunque hoy parecen antiguos, sirven para retratar el inicio de estos nuevos comportamientos. En un caso, la periodista Stephanie Clifford relata que en un concierto de la Orquesta Sinfónica de Indianápolis (que tocaba clásicos como la Sinfonía nº 5 de Beethoven) el director le pidió al público que sacara sus celulares para votar cuál sería el bis del espectáculo, con la idea de “captar a un público más joven ofreciendo más interactividad”. En el segundo, descripto por Bonnie Rochman, un grupo de iglesias estadounidense les pidió a sus feligreses que lleven sus dispositivos a la misa, para interactuar antes, durante y después con lo que sucedía en el recinto vía Twitter.

En ambos casos encontramos una palabra clave: interactuar y en esa línea, son muchas las “experiencias interactivas” de ese tipo que encontramos disponibles en la actualidad. Sin siquiera salir de la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, podemos viajar con “lentes de realidad virtual” al espacio o a las pirámides de Egipto, o podemos recorrer instalaciones lumínicas y sonoras que ocupan los senderos del Jardín Botánico Carlos Thays y así sentirnos en “Alicia en el país de las maravillas” o incluso experimentar mundos digitales en espacios dedicados al metaverso.



El problema no es la innovación en experiencias culturales, ni la posibilidad de hacerlas más interactivas. La pregunta es otra: ¿Hasta qué punto una experiencia más interactiva es, necesariamente, más vivencial?, ¿Hasta qué punto grabar un concierto íntegro implica presenciarlo, vivirlo? ¿Hasta qué punto queremos ver en pantalla cómo eran los dinosaurios o las pirámides de Guiza? Porque sí, de seguro es interesante, pero ¿qué papel juega entonces nuestra imaginación y creatividad? Me pregunto qué tan felices se sentirán los ecologistas con el Jadin Botánico repleto de luces led que afectan por completo el ecosistema del lugar.

Quizás el problema aparece cuando la herramienta que debería acompañar una experiencia empieza a ocupar el lugar de la experiencia misma.

Si parte de lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de experimentar, sentir y luego usar el lenguaje para manifestar todo ese caudal de emociones que nos habitan, y de pronto estamos empezando a perder de vista el punto de partida que es “experimentar”, ¿no somos todos los días un poco más máquinas que humanos?

Porque no se trata finalmente sólo de recitales o misas. También por estar conectados a la red constantemente podemos terminar perdiéndonos de mirar y escuchar a nuestros afectos, de compartirnos, de enriquecernos con lo que aprendemos de los demás cuando realmente les prestamos atención. Estamos acostumbrándonos cada vez más a la idea de estar ausentes viviendo experiencias. Vivirlas sin vivirlas, sin estar mental y emocionalmente presentes en ellas.

Y aparece además una segunda pregunta que es: ¿Qué pasa cuando esa experiencia que dejamos de vivir presencialmente comienza a convertirse en información para las plataformas? Porque es bien sabido que cada vez que grabamos, comentamos, elegimos, compartimos o interactuamos con una plataforma, dejamos un registro de nuestras preferencias y comportamiento; Y cuantas más experiencias trasladamos a esos espacios digitales, mayor es la cantidad de información que circula sobre nosotros.


Entonces la pregunta se vuelve a complejizar: ¿Qué estamos entregando además de nuestra atención cuando dejamos que una pantalla medie nuestras experiencias? Y, además, ¿quién diseña esas experiencias, con qué objetivos y qué obtiene de nuestras interacciones con ellas?

El debate sobre si la tecnología es buena o mala para nosotros es simplista a estas alturas. Tal vez el desafío no sea dejar de utilizarla, sino aprender a reconocer cuándo estamos interactuando con el mundo y cuándo estamos dejando que una pantalla lo haga por nosotros.

De esto y de otras formas en la que estamos aprendiendo a estar presentes aunque ausentes, seguimos hablando en podcast. Te dejo el primer episodio acá:

 


Referencias:

Tweeteando en la iglesia, con el Pastor O.K.

Las orquestas involucran al público mediante mensajes de texto - Sinfonía

El ex CEO de Google, Eric Schmidt, fue abucheado cada vez que mencionó a la IA durante su discurso de graduación - Infobae

Experiencias inmersivas en Buenos Aires: estas son las 12 mejores

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Cuando parecer real alcanza para parecer verdadero

Durante mucho tiempo, ver fue una forma bastante poderosa de comprobar que algo había pasado. Una foto mostraba que alguien estuvo en un lugar, un video permitía ver una situación, una grabación podía mostrarnos lo que alguien había dicho... no eran pruebas perfectas, pero producirlas artificialmente de manera convincente era difícil. 

Eso evidentemente cambió. Hoy podemos crear imágenes de personas inexistentes, hacer que alguien parezca decir algo que nunca dijo o armar videos de situaciones que no ocurrieron. Pero el problema no está únicamente en la tecnología. También está en cómo interpretamos lo que vemos. Nuestro cerebro utiliza señales como la familiaridad, la apariencia, la coherencia y el contexto para orientarse, lo cual normalmente funciona bastante bien, pero el problema aparece cuando esas mismas señales pueden ser fabricadas.

La familiaridad, por ejemplo, puede hacernos sentir que algo es verdadero simplemente porque ya lo vimos antes. Esto se relaciona con un efecto llamado "verdad ilusoria": la repetición de una información puede aumentar la sensación de que es cierta, incluso cuando carece de pruebas. Un metaanálisis publicado en 2026 en Nature Communications, que reunió 182 estudios y más de 31.000 participantes, encontró evidencias de este efecto. En redes sociales esto adquiere otra dimensión: los algoritmos, por repetición, pueden generarnos sensación de familiaridad (muchas veces, con contenidos falsos).

Algo parecido pasa con la apariencia: un video con buena iluminación, sonido claro y una edición cuidada puede transmitir una sensación de profesionalismo. La estética prolija puede parecernos más seria. Una cuenta con muchos seguidores puede parecer más confiable. Pero la realidad es que nada de eso demuestra, por sí solo, que la información sea verdadera. El estudio de Bo Hu y Guanxiong Huang, publicado en 2025 en Social Media + Society, encontró una relación entre la calidad técnica percibida de los videos y la percepción de realidad. En los videos artificiales una mayor calidad dificulta su detección.

La cuestión es que esas características que antes podían funcionar como señales de autenticidad ahora también pueden ser producidas artificialmente. Por eso, cuando vemos un contenido dudoso, quizá la pregunta más útil no sea solamente “¿parece real?”. También podemos -y deberíamos- preguntarnos de dónde salió, si existe una grabación original, si hay información sobre cuándo y dónde fue realizada, si otros medios registraron el mismo hecho, si está fuera de contexto, etc.

El nuevo problema de la evidencia

La inteligencia artificial no solamente facilita la creación de contenidos falsos. También pone en discusión algo más básico: qué consideramos evidencia. Una foto, un video, una voz o una captura de pantalla pueden parecer pruebas directas y, aún así, haber sido generados/manipulados artificialmente. Eso no significa que haya que desconfiar de todo, sino que algunas formas de evidencia necesitan algo que las acompañe, como contexto, procedencia y verificación.

Uno de los (tantos) cambios vertiginosos que trae la inteligencia artificial es, entonces, reconocer que ya no alcanza con confiar en nuestros sentidos para saber si algo parece real, sino que también tenemos la nueva necesidad de detectar qué nos hace pensar que lo es...


Si querés profundizar en este tema, en mi podcast Científicamente Incorrecta te cuento cómo funcionan las heurísticas, qué encontraron los estudios sobre deepfakes y por qué nuestro cerebro puede confiar en señales que no necesariamente son evidencia. ¡No te lo pierdas!

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De las pantallas al cerebro: Cómo cambia nuestra forma de pensar y vincularnos

 


Es sábado, son las dos de la tarde, terminaste de almorzar, el cielo está nublado y te parece un gran momento para ver alguna película o serie en una plataforma de streaming. Empezás a buscar, leer sinopsis, pensás si algún amigo te tiró alguna sugerencia útil que aún tenés pendiente y finalmente das con algo que te gusta. Le das play y te acomodas en el sillón. Cuando te das cuentas ya son las 8 de la noche, te pasaste el día sentado frente a la pantalla y entre capítulo y capítulo leíste algún mensaje escrito de Whatsapp (que obvio no fueron audios porque estás viendo tu serie) scrolleaste un poco tus redes y llegó la noche, a comer y a dormir. Sin darte cuenta, el domingo fue exactamente igual al sábado y tu fin de semana pasó. No viste amigos o familia y entonces te preguntas… 

¿qué hice todo el fin de semana con mi tiempo?

Netflix, whatsapp y todo internet son lo que el periodista Nicholas Carr llama “Tecnologías Intelectuales”, que son todas aquellas nuevas herramientas que usamos para ampliar o apoyar nuestra capacidad mental, como lo fueron también el libro, la calculadora, el diario o la escuela misma en diferentes momentos de la historia y, como ha sido demostrado por esas mismas tecnologías, cada vez que una nueva irrumpe en nuestras vidas, promueve nuevas formas de pensar o elaborar ideas/tareas.

¿Y cuál sería el problema de estar modificando nuestra forma de crear y analizar conocimiento? Que este nuevo modo que aprendemos podría ser extremadamente limitado para nuestra enorme capacidad natural.

Pensémoslo un minuto: ¿cuántas horas por día pasamos frente al celular, la computadora o cualquier pantalla? Circulan en internet muchas investigaciones realizadas al respecto, y algunas estimaciones sitúan el consumo diario de pantallas en alrededor de 6 horas y 45 minutos. Otros estudios, realizados por organismos como el Instituto Nacional de Ciencias Médicas Generales (Nigms, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, explican los cambios que estamos teniendo en nuestros ciclos circadianos como consecuencia de la exposición a pantallas. Incluso otros estudios, realizados en niños y adolescentes, ya analizan fenómenos como la nomofobia, modificaciones en las estructuras cerebrales o un funcionamiento cognitivo desmejorado y acá aparece otra pregunta importante: 

¿cómo es el contenido que consumimos?

Scrolleamos en redes entre miles de fragmentos muy breves de información y de pronto estamos mirando una publicidad de cremas, al segundo una noticia trágica, al segundo el recorte de un programa de streaming, al segundo la publicación de un conocido y llegamos a un descubrimiento científico. De todo eso que vemos en milésimas de segundos, no nos quedamos realmente con nada: porque la información de noticias es incompleta o fake, porque cuando pensamos en abrir un enlace aparece algún otro distractor dentro de la misma red y seguimos de largo, porque entramos a leer los comentarios y nos quedamos atrapados en la indignación o enojo que nos generan los hatters, etc. 

Lo cierto es que toda la información que existe es tanta y tan variada, dispuesta en un mismo canal y en el mismo momento que procesarla íntegra es imposible; ¿Y siempre fue así? No. Lo cierto es que tomar un libro por ejemplo, sentarnos y leer en silencio, pone en juego nuestra capacidad de atención, de imaginación, de abstracción, de comprensión lectora e incluso nuestra capacidad visual y entonces no, no es lo mismo que estar horas frente a una pantalla como lo hacemos habitualmente. ¿Hemos dejado de leer? No, pero ahora leemos diferente, porque justamente, las nuevas tecnologías intelectuales nos enseñan un nuevo modo de vincularnos con la información.

Terminamos consumiendo datos superfluos, limitados, de modo entrecortado por distracciones, sin posibilidad de llegar a profundizar y mucho menos poner en práctica ese conocimiento. Este tipo de consumo puede afectar determinadas formas de atención sostenida, comprensión y memoria, mientras que la exposición prolongada a pantallas ha sido estudiada en relación con problemas posturales, atencionales, de sueño y psicoemocionales entre otros.


Volvamos al ejemplo inicial de Netflix: En todo ese fin de semana tu cerebro dividió su atención entre la pantalla donde ves tu serie, la pantalla del celular como recordatorio de una vida social digital, o como recordatorio de alimentación si pediste comida porque te dio fiaca cocinar, la necesidad de ir al baño cada tanto y algún quehacer de la casa. ¿Y la serie de qué se trataba? ¿Alguna historia de amor o guerras épicas? ¿Invasiones alienígenas? ¿Mundos distópicos? ¿Qué lenguaje usaba esa serie?... todo eso deja muy estimulado a tu cerebro, pero ese estímulo no necesariamente significó estar profundizando, comprendiendo o incorporando conocimiento de una manera significativa.

Y por último, estas tecnologías nuevas, a diferencia de aquellas como el libro por ejemplo, están absolutamente subsumidas en nuestra intimidad, es decir, el celular sabe con quién y cómo nos relacionamos, si tenemos o recibimos fotos íntimas, qué contenidos nos interesan o no, qué dicen nuestros mensajes personales con amigos o familia o cómo es originalmente esa foto que se sube a nuestras redes editada con alguna app, entonces, así como se transforma nuestra forma de pensar, también lo hace nuestra forma de vincularnos y he ahí otra problemática igual de profundo: 

¿Qué tan conectados y bajo qué tipo de lógicas vinculares habitamos el mundo actual? Nuestro ser social también se está modificando.

Por ende, si pasamos todo el finde con Netflix ¿no será que nuestra nueva pareja es Netflix?¿y qué nos dice esa pareja? ¿Qué historias nos cuenta? si estamos desconectados de los vínculos reales y sólo consumimos lo que las pantallas nos muestran, qué concepto nos creamos sobre los vínculos: relaciones tóxicas, el rico con el pobre, vínculos codependientes o con patologías psíquicas, parejas del odio al amor, hipersexualización, etc.

¿Y si en realidad no nos vinculamos por miedo a los vínculos que vemos en las pantallas, pero seguimos frente a ellas y no tratamos de salir para formar algo diferente? ¿Y si en realidad la crisis de soledad es programada y no elegida? 

Esto te lo cuento en mi podcast “Ser sin Estar” ya disponible en Spotify y redes.


Referencias:

https://www.nationalgeographicla.com/ciencia/2023/02/como-afecta-al-cerebro-el-uso-excesivo-de-las-pantallas

https://www.psicologiahoy.com/cl/blog/materia-gris-demasiado-tiempo-frente-a-la-pantalla-dana-el-cerebro

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La prótesis invisible: Un cerebro de repuesto en el bolsillo



El espejismo de la navaja suiza y la ecología del cerebro
Nos vendieron la idea de que Internet es una suerte de navaja suiza infinita dispuesta a potenciar nuestras capacidades. Pero si observamos el engranaje con detenimiento, se vuelve evidente lo que va erosionando mientras funciona.

Este cuestionamiento al ecosistema digital no nace de la nostalgia ni de la intuición; se sostiene en el laboratorio. Existen incontables investigaciones y estudios neurocientíficos —como los hallazgos sobre maleabilidad sináptica de Michael Merzenich— que demuestran que el cerebro no distingue: adopta a la tecnología como una extensión plástica en constante reestructuración.

Si la neuroplasticidad fuera un ecosistema natural, la Web actuaría como un modelo de producción en serie que hipertrofia los circuitos de la respuesta rápida e inmediata mientras deja secar los senderos de la contemplación, la lectura profunda y el pensamiento crítico. 


La paradoja del cazador hiperconectado
Imaginemos la mente no como una computadora de escritorio, sino como un cazador-recolector desorientado en medio de un entorno completamente nuevo y desconocido.

La neurobiología del aprendizaje lo explica con claridad: el flujo incesante de hipervínculos, alertas y pestañas abiertas coloca a la atención en un estado de hipervigilancia permanente. Creemos que navegamos con total autonomía, pero biológicamente estamos respondiendo a impulsos de supervivencia informativa que colapsan la memoria de trabajo.

La dificultad para sostener hoy una lectura prolongada no es una falla de voluntad; es la respuesta adaptativa de un órgano biológico optimizándose para sobrevivir en una tormenta constante de estímulos breves y fragmentados.


Las reglas de la pantalla y los límites de la velocidad
Aceptar la aceleración digital sin hacernos preguntas equivale a viajar como pasajeros en un auto a toda velocidad, con los vidrios polarizados y sin saber si el que maneja es Colapinto, mi abuela, o Chano de Tan Bionica.

La lección central que nos deja la ciencia,  y el capitalismo de plataformas, es que la interfaz jamás es neutral: cada pantalla impone una forma de pensar, recordar y procesar la realidad. Y quien pretenda negar estos efectos o sostener que la Web solo aporta beneficios, no puede hacerlo únicamente desde el entusiasmo comercial o propagandístico; primero deberá presentar un cuerpo de estudios empíricos equivalente que argumente lo contrario.

 El verdadero desafío que nos surge en los tiempos que corren, es no dejarnos encandilar por el último modelo de teléfono con su nueva versión con IA incluida y preconfigurada con los últimos filtros de moda; y mantener la mirada crítica frente a esa prótesis que llevamos en el bolsillo.


Si te interesa profundizar más en estos temas, te invito a escuchar el nuevo episodio de mi podcast Curtiendo Internet, donde hablo de cómo los algoritmos y las plataformas reconfiguran nuestra atención y nuestro cerebro.


¡Podés darle play acá mismo!


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