La paradoja de la hiperatención

Fotograma de la película Blow-Up (1966)
Si vamos a hablar de los efectos de las tecnologías digitales en la vida y mente humana, hace falta ir más allá de las impresiones que se tienen acerca de la capacidad de adaptación y superación de la humanidad. Históricamente, en el debate sobre la incidencia de la Red, las posturas tecno-optimistas celebraron la optimización de los procesos de pensamiento apoyadas en especulaciones sobre los beneficios que esto traería en el futuro.
El enamoramiento con la optimización justificó el acondicionamiento de nuestras mentes. Hoy somos bastante más capaces de procesar cantidades masivas de datos en tiempo simultáneo y de alternar tareas a una velocidad nunca antes vista. Sin embargo, esta agilidad mental tiene una contracara que no puede ignorarse: cuando una mente es entrenada para hacer malabares con la información, pierde progresivamente su capacidad para el análisis profundo.
El problema aparece cuando uno se dispone a intentar recuperar esa capacidad pero se encuentra incapaz de escapar a la lógica de la saturación digital. Te sentás a leer un libro pero te llegan las notificaciones por el teléfono. Lo ponés en silencio, pero la lógica de consulta permanente de la Red ya está en tu mente: te distraés, pensás en lo que te estás perdiendo, en el mensaje que te tenía que llegar.
Esto es consecuencia de una fragmentación de nuestra capacidad de atención, causada de forma directa por las constantes interrupciones del flujo cognitivo a las que hemos acostumbrado a nuestra mente. Las alarmas ya venían sonando desde hace tiempo, y podían deducirse de estudios como el de Trafton y Monk, quienes aseguran que:
“las interrupciones frecuentes dispersan nuestra atención, debilitan nuestra memoria, nos provocan tensión y ansiedad; y cuanto más complejo sea el pensamiento en el que estábamos, mayor será el daño que causan las distracciones” [1].
Llevamos años sometidos por la multitarea y la hiperatención que, avaladas por el tecno-optimismo, se plantearon como habilidades a adquirir para poder competir en el mercado laboral. Pero, para lograrlo, la mente paga un costo muy alto: la velocidad reemplaza nuestra capacidad de entendimiento. Esto se debe a que el salto entre tareas es sumamente desgastante para el cerebro. Como indica la periodista Maggie Jackson:
“el cerebro se toma su tiempo para cambiar de objetivo, recordar las reglas necesarias para la nueva tarea y bloquear la interferencia cognitiva de la actividad, aún vívida, que le ocupaba” [2].
En el entorno digital no solo se condicionan nuestras mentes, sino que también se aprovecha y se explota este deterioro de nuestras facultades reflexivas. La captación de nuestra atención fragmentada es el objetivo central de las corporaciones involucradas en la economía de la atención, que descubrieron que la vía más eficiente para retenernos frente a la pantalla no es el juicio razonado, sino la estimulación de emociones de alta intensidad.
Es dentro de este régimen de la información donde puede existir un evento como la difusión masiva de la fotografía falsa del arresto de Donald Trump en 2023. Una imagen como esa no se viraliza por estar técnicamente bien hecha, sino porque apela a nuestros sesgos e ideas previas. Se propaga porque fue lanzada a un entorno diseñado para premiar la reacción rápida y emocional sobre la pausa reflexiva y la verificación.
En el primer episodio del podcast, Demasiado bueno para ser IA, partimos de este famoso caso para analizar cómo la IA generativa cambia completamente el paradigma de la verdad visual en las redes. Frente a una infraestructura que lucra con nuestras respuestas inmediatas, exploramos por qué, en un mundo donde la vista ya no alcanza para detectar la mentira, la frase "Ver para creer" es historia antigua.


[1] Trafton, Gregory J., & Monk, Christopher A. (2008). Task interruptions. Reviews of Human Factors and Ergonomics, 3(1), 111–126. https://doi.org/10.1518/155723408X299852 
[2] Jackson, Maggie. (2008). Distracted: The erosion of attention and the coming Dark Age. Prometheus Books.
[3] Broccoli, Agustín (2026). Demasiado bueno para ser IA | Episodio 1 - ¿Ver para creer? Link: https://open.spotify.com/episode/3hLOACfbq5OysWfHFNGvWM?si=b0aowg1WSdu4TruXLk764A
 
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Cuando apostar está a un clic: apuestas online y salud mental.

 Cuando apostar está a un clic: apuestas online y salud mental



Hoy en día, apostar puede ser tan sencillo como entrar a una aplicación desde el celular. Ya no hace falta ir a un casino o a una agencia: las apuestas están disponibles prácticamente en cualquier momento y lugar. Aparecen en redes sociales, durante los partidos de fútbol, en publicidades y hasta de la mano de influencers y deportistas.

Esto hace que una práctica que antes podía parecer algo ocasional se vuelva mucho más cercana y cotidiana. Pero ¿qué pasa cuando el entretenimiento empieza a convertirse en una necesidad?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el trastorno por juego se caracteriza, entre otras cosas, por la pérdida de control sobre las apuestas, el aumento de la prioridad que se le da al juego y la continuidad de esta conducta a pesar de sus consecuencias negativas. Además, la OMS señala que la digitalización y la comercialización contribuyen a normalizar las apuestas y facilitan el acceso a ellas.

En Argentina, esta situación también se está haciendo cada vez más visible. En 2025, las consultas por juego compulsivo en la Línea 141 de SEDRONAR aumentaron un 27% con respecto al año anterior. Además, un estudio nacional realizado en 2025 entre estudiantes secundarios encontró que, entre quienes habían apostado o jugado con dinero online, la edad promedio de inicio fue aproximadamente a los 14 años y la edad más frecuente fue 13 años.

¿Qué tiene que ver esto con Nicholas Carr?

Para entender este fenómeno también podemos recuperar algunas de las ideas de Nicholas Carr en Superficiales. Carr sostiene que Internet no es simplemente una herramienta que utilizamos, sino un entorno que puede modificar nuestros hábitos y nuestra manera de prestar atención.

Uno de los aspectos que más se relaciona con las apuestas es la búsqueda constante de estímulos. Carr explica que la Web nos expone a una gran cantidad de información y distracciones al mismo tiempo. Las notificaciones, los enlaces, las imágenes y los mensajes compiten permanentemente por nuestra atención. Según plantea, cuanto más utilizamos la Web, más entrenamos nuestro cerebro para procesar información rápidamente, pero también puede resultar más difícil mantener una atención sostenida.

Las apuestas online funcionan dentro de esa misma lógica. El usuario puede consultar un resultado, recibir una notificación, realizar una apuesta y conocer el resultado en cuestión de segundos. Todo ocurre rápidamente y sin necesidad de interrumpir lo que está haciendo.

Esto también se relaciona con lo que Carr explica sobre la multitarea y las interrupciones. Cada vez que cambiamos nuestra atención de una actividad a otra, nuestro cerebro tiene que reorientarse. En el caso de las apuestas, el celular puede convertirse en una fuente constante de estímulos: resultados, promociones, cuotas, partidos y notificaciones.



La recompensa inmediata

Una de las características de Internet que más se ha instalado en nuestra vida cotidiana es la inmediatez. Queremos respuestas rápidas, resultados rápidos y recompensas rápidas.

Las apuestas encajan perfectamente en esta dinámica. Se puede apostar en pocos segundos y obtener un resultado casi inmediatamente. Cuando se gana, aparece la posibilidad de volver a intentarlo. Cuando se pierde, puede aparecer el deseo de recuperar lo perdido.

Por eso, el problema no comienza necesariamente con una gran apuesta. Puede empezar con algo que parece pequeño: “voy a probar”, “apuesto solo esta vez” o “quiero recuperar lo que perdí”.

La facilidad de acceso también es importante. El Gobierno argentino señala que entre los factores que favorecen la popularidad de las apuestas online se encuentran la publicidad en redes sociales, las billeteras virtuales y la disponibilidad de las plataformas durante las 24 horas.

Cuando el entretenimiento deja de ser entretenimiento

No todas las personas que apuestan desarrollan un problema. El punto está en reconocer cuándo cambia la relación con el juego.

Algunas señales pueden ser pensar constantemente en apostar, aumentar el tiempo o el dinero destinado al juego, dejar de lado otras actividades, ocultar cuánto se apuesta o continuar jugando a pesar de las consecuencias negativas.

La OMS advierte que los daños pueden aparecer incluso antes de que exista un trastorno diagnosticado. Pueden incluir problemas económicos, conflictos familiares, dificultades laborales y consecuencias para la salud mental.

Esto permite pensar la problemática desde otra perspectiva. No se trata solamente de preguntarnos por qué una persona “no puede dejar de apostar”, sino también de observar el entorno en el que esa conducta ocurre.

¿Estamos eligiendo o estamos siendo estimulados constantemente?

Esta pregunta se relaciona directamente con Carr. En Superficiales, el autor plantea que nuestra atención tiene un valor enorme y que, al utilizar Internet, constantemente cedemos parte de ese control a los estímulos que aparecen frente a nosotros.

Las plataformas digitales de apuestas forman parte de este entorno. Están disponibles permanentemente y se encuentran acompañadas por publicidad, promociones y estímulos relacionados con el deporte y el entretenimiento.

Esto no significa que la tecnología sea la única causa de la ludopatía ni que todas las personas que utilizan Internet vayan a desarrollar una adicción. Pero sí permite preguntarnos hasta qué punto un entorno diseñado para mantener nuestra atención puede favorecer determinadas conductas.

Una problemática que ya está presente

Las apuestas online dejaron de ser algo lejano. Están presentes en nuestro entorno y especialmente entre los jóvenes. En Argentina, incluso se presentó en 2026 un proyecto de ley para prevenir la ludopatía y regular los juegos de azar online, con medidas destinadas a proteger especialmente a niños y adolescentes.

Por eso, hablar de apuestas también implica hablar de salud mental, tecnología, publicidad y hábitos digitales.

Quizás, al igual que plantea Carr cuando analiza nuestra relación con Internet, la pregunta no debería ser solamente cuánto utilizamos una tecnología, sino qué está haciendo esa tecnología con nuestra manera de pensar, prestar atención y tomar decisiones.

Las apuestas pueden estar a un clic. Y justamente por eso, aprender a reconocer sus riesgos también debería formar parte de nuestra educación digital.

Reflexión final

Después de trabajar las ideas de Nicholas Carr, considero que las apuestas online pueden entenderse como otro ejemplo de cómo Internet está modificando nuestras formas de relacionarnos con diferentes actividades. La rapidez, la cantidad de estímulos y la posibilidad de obtener una recompensa inmediata forman parte de un entorno al que ya estamos acostumbrados.

El problema aparece cuando esa lógica empieza a trasladarse a una conducta que puede tener consecuencias económicas, sociales y psicológicas. Por eso, más que pensar únicamente en prohibir o permitir las apuestas, creo que también es necesario aprender a reconocer cómo funciona el entorno digital y cómo influye en nuestras decisiones.

Al final, la cuestión no es solamente tener acceso a la tecnología, sino poder mantener cierto control sobre nuestra atención y sobre el lugar que queremos que ocupe en nuestra vida.

 

Fuentes consultadas: 

Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.

Organización Mundial de la Salud (OMS). (2024). Gambling (Juego de apuestas). Organización Mundial de la Salud. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/gambling

Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR). (2025). Boletín informativo: Línea 141. Consultas por juegos compulsivos. Ministerio de Salud de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/boletin-linea-141-consultas-por-juegos-compulsivos.pdf

Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR). (2025). Séptimo estudio nacional sobre consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes de enseñanza secundaria. Ministerio de Salud de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/estudio_nacional_escolares_2025_2711.pdf

Argentina.gob.ar. (2026). Pautas para evitar que los adolescentes apuesten online. Ministerio de Justicia de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/justicia/convosenlaweb/situaciones/pautas-para-evitar-que-los-adolescentes-apuesten-online

Argentina.gob.ar. (2026, 27 de agosto). La Línea 141 de la Sedronar recibió más de 23 mil llamados en lo que va del 2026. Ministerio de Salud de la Nación. https://www.argentina.gob.ar/noticias/la-linea-141-de-la-sedronar-recibio-mas-de-23-mil-llamados-en-lo-que-va-del-2026

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Reemplazo de la identidad: ¿un límite de la inteligencia artificial?



Sabemos qué la inteligencia artificial produce información gracias a una relación de datos preestablecidos y cargados por humanos, no por tener el poder de razonar dicha información. Ese procesamiento se realiza de manera rápida, arrojando datos qué en ocasiones no son ciertos. Esto lo podemos verificar al momento de ordenarle a la IA un resumen, un diagrama o trabajo para presentar y vemos qué los datos no coinciden con los textos adjuntados. Estos errores pueden producir trabajos de estudios qué a pesar de parecer correctamente confeccionados, tienen datos falsos, investigaciones inventadas, cómo también imágenes y videos. Pero, ¿qué sucede si además identifican personas qué no son las mismas que muestran en las imágenes?, ¿ qué problemas puede traer si la IA confunde a una persona por otra y difunde esa información?. 

El caso de la activista y politóloga Argentina, Flavia Broffoni, habré una incógnita en el manejo de la información personal y los daños qué puede provocar la inteligencia artificial si no se aplican políticas regulatorias, o restrictivas. Sobre el hecho, dónde la profesional recibió amenazas y dificultó su vida en esos días, la IA cruzó un límite qué según los responsables de Google no podía ser cruzado, argumentando que la inteligencia artificial

 "no podía validar ni comentar capturas de pantalla difundidas por servicios de mensajería sin contar con un enlace directo que permitiera verificar técnicamente el resultado". 

 Pero lo cierto es qué no sólo difundió una información errónea, sino qué además confirmó su identidad al ser consultada en el buscador, por otra persona qué estaba en un lugar que la activista no había conocido y qué en su aspecto físico, es más joven. Los datos qué utilizó la IA estaban en la red, pero la vinculación la realizó la propia inteligencia, lo que hace más grave el alcance de esta herramienta. 

En Argentina la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales, sancionada en el año 2000, tiene un alcance limitado qué no contempla el avance de las nuevas tecnologías ni la utilización en plataformas digitales, qué solicitan información personal para completar formularios o avanzar en el acceso a aplicaciones. 

¿RESPUESTAS MANIPULADAS O UN ENGAÑO A NUESTRO SENTIDO?

Acceder a una respuesta de la inteligencia artificial puede llevarnos a tomar con total certeza lo qué estamos leyendo o bien puede condicionar nuestro pensamiento, de cualquiera de las dos maneras no va a contradecir nuestro parecer, según un estudio realizado en 2025 en Brasil. Los investigadores de la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP), consideran que la IA toma la orientación política qué los usuarios tienen para arrojar resultados afines a éstos. Respondiendo a la simpatía que los humanos manifiestan al validar las prácticas diarias y las búsquedas, sobre todo mostrando una mayor afinidad a las respuestas que puedan brindar los diferentes tipos de inteligencias artificiales por sobre la opinión de un humano. 

Esta investigación no sólo lleva a comprender que las IA nos brindan datos sin contraste, sin datos ni fuentes verificables, sino que además cumplen con alimentar nuestro propio pensamiento. Algo así cómo un amigo qué nos quiere "endulzar" el oído sólo para seguir recurriendo a él cada vez qué lo necesitemos. Las consecuencias de un pensamiento ensimismado, vació de información científica y confiable, qué se retroalimenta con más información qué cargamos en la red. Muestra la gravedad en materia de desinformación y en la creación de vínculos más pobres entre seres humanos por sobre el uso de los dispositivos tecnológicos, alimentando una brecha cognitiva. Ya qué llevado a las redes sociales, aumentan las diferencias en torno a los discursos ideológicos y políticos.   

¿Pero qué podemos hacer si una información no es correcta, nos engaña o nos confunde?¿Qué hacemos para frenar el acceso a nuestra información personal y evitar la vulneración de ella?. ¿ Cómo podemos confiar en lo que nos brinda la inteligencia artificial y fluye en la red?. 

Aunque parezca algo impensado, hoy podemos hablar de camuflarnos visualmente para evitar ser captados por la IA, quizás no es la solución definitiva a éstos interrogantes, tampoco en el corto plazo ya que la inteligencia avanza a niveles agigantados, mejorando su alcance. Pero es una opción qué el diseñador Simon Weckert creó en una camisa imperceptible para las IA, luego de que las autoridades alemanas aumentaran el uso de la vigilancia informática en ese país. Al igual que EEUU, las principales potencias del mundo, están desarrollando y apostando al uso de las IA para optimizar la protección de datos. Identificar rápidamente ataques digitales, controlar a la población y preservar la seguridad de cada región.

Es difícil imaginar hoy un futuro libre de IA, sobre todo porque se convirtió en una herramienta de uso cotidiano para las sociedades del mundo. Todavía no hay políticas que sirvan para orientar la mirada, la perspectiva de su creación y avance tan rápido, mucho menos para asegurar su uso noble o fines didácticos. Lo qué si es claro es que hay muchos "grises" qué no se pueden explicar y en su práctica, los vínculos humanos se licuan cada vez más, perdiendo identidad.

Para seguir reflexionando sobre esto, podes escuchar el siguiente Podcast sobre la IA y 3 aspectos qué aún nos condicionan y ponen en debate su uso:


Fuentes: 

  • https://www.rionegro.com.ar/sociedad/una-inteligencia-artificial-confundio-a-una-activista-chubutense-con-una-mujer-de-espana-y-recibio-amenazas-de-muerte-4732579/
  • https://www.dw.com/es/la-ia-que-nunca-te-contradice-podr%C3%ADa-profundizar-la-polarizaci%C3%B3n-pol%C3%ADtica/a-79403649
  • https://www.lavanguardia.com/neo/ia/20260901/11624466/nueva-capa-invisibilidad-ia-disenador-crea-camisa-hortera-confunde-tecnologia.html

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La anestesia del algoritmo

 

Frente a las posturas ciegamente optimistas que celebran la tecnología como una simple herramienta neutra de progreso, la obra de Nicholas Carr en Superficiales demuestra que el impacto del entorno digital sobre la mente no es una mera especulación de opiniones o gustos culturales. La fortaleza de Carr radica en que no se apoya en intuiciones, sino en más de cuatrocientas citas y estudios neurocientíficos rigurosos que demuestran cómo las herramientas intelectuales reconfiguran la estructura física y el funcionamiento de nuestro cerebro mediante la neuroplasticidad. Cuestionar estos hallazgos exige presentar evidencia equivalente; de lo contrario, reducir el debate a "los beneficios futuros de la hiperconectividad" es ignorar la biología misma del procesamiento de la información.

La reconfiguración cognitiva es la base para comprender la llamada "Cultura del Algoritmo", donde plataformas masivas como Netflix y los modelos de Inteligencia Artificial operan como moldeadores de nuestra percepción. Como advertía Marshall McLuhan, el verdadero efecto de un medio no está en la trama o el contenido que consumimos, sino en la arquitectura de la herramienta que elimina las pausas y anestesia nuestro juicio crítico. La concentración de mercado de estas plataformas y los sesgos algorítmicos automatizados reducen el pluralismo cultural y entrenan a la mente para el procesamiento rápido, reactivo y superficial, debilitando de forma progresiva la capacidad de concentración profunda y el pensamiento lineal.
Como profesionales de la comunicación y ciudadanos digitales, no podemos analizar Internet desde una mirada ingenua donde "todo es color de rosa", ya que el entorno digital es nuestra circunstancia cotidiana. Entender conceptos clave como los sesgos culturales, la desinformación sintética o el plagio algorítmico es indispensable para exigir transparencia a las plataformas y defender el derecho a un acceso cultural diverso y plural. Los invito a escuchar el primer episodio de nuestro podcast, donde desglosamos estos dilemas de la mano de la neurociencia y la teoría de los medios para empezar a preguntarnos si realmente elegimos lo que consumimos o si el algoritmo ya eligió por nosotros.
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¿INTERNET NOS HACE PENSAR MEJOR?

 


MÁS INFORMACIÓN, ¿MÁS COMPRENSIÓN?


Internet amplió el acceso al conocimiento y abrió nuevas formas de aprender, leer y comunicarnos. Esa posibilidad es concreta, pero no garantiza por sí sola que comprendamos mejor. Para responder qué cambia en nuestra atención y memoria, conviene observar cómo usamos las tecnologías y qué muestran las investigaciones.


En Superficiales, Nicholas Carr reúne estudios sobre lectura, memoria y atención para preguntarse cómo el medio que usamos para informarnos puede influir en nuestros hábitos mentales. Su aporte no consiste en decir que toda tecnología perjudica, sino en invitarnos a examinar qué capacidades ejercitamos cuando leemos y navegamos.


LA ATENCIÓN TAMBIÉN FORMA PARTE DE LA LECTURA


John Sweller estudió cómo las demandas de una tarea afectan el aprendizaje. Su trabajo sobre carga cognitiva ayuda a pensar por qué una lectura con interrupciones, enlaces y decisiones frecuentes puede exigir recursos adicionales. Una parte de la atención se dedica a elegir qué hacer y queda menos disponible para integrar las ideas.


Este principio no demuestra que leer en pantalla siempre sea peor. El resultado depende del texto, de la tarea, del diseño y de los conocimientos previos. La pregunta útil es qué condiciones ayudan a seguir un argumento y cuáles interrumpen ese proceso.


En un estudio de lectura literaria, David Miall y Teresa Dobson compararon una versión lineal de un texto con otra en formato hipertextual. Sus resultados señalaron diferencias en la experiencia de lectura y sugirieron que los enlaces podían dificultar la inmersión y la reflexión en ese caso particular. El estudio permite formular preguntas, no generalizar a toda lectura digital.


BUSCAR TAMBIÉN CAMBIA QUÉ RECORDAMOS


En cuatro experimentos, Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner observaron que cuando las personas esperaban poder volver a consultar información, recordaban menos algunos datos y mejor dónde encontrarlos. Carr retoma investigaciones de este tipo para analizar cómo la memoria se relaciona con las herramientas externas que usamos.


La memoria externa puede ser muy útil. Permite guardar datos y dedicar tiempo a otras tareas. El desafío está en combinar la búsqueda con la comprensión, la evaluación de fuentes y la construcción de conocimientos propios. Encontrar una respuesta no equivale todavía a poder explicarla o relacionarla con otras ideas.



QUÉ APORTA LA INVESTIGACIÓN MÁS RECIENTE


Una revisión metaanalítica publicada en 2024 por Chen Gong y Yang Yang reunió 35 comparaciones de 22 artículos sobre los llamados “efectos Google”. El análisis encontró asociaciones con algunas medidas cognitivas, pero también diferencias entre tipos de tareas y resultados. Por eso, sus autores describen un campo de investigación con matices, no una conclusión simple sobre que Internet vuelva a las personas más o menos inteligentes.


La revisión buscó estudios en ACM Digital Library, PsycINFO, Web of Science, IEEE Xplore y Scopus, y examinó trabajos publicados hasta junio de 2023. Ese método permite sintetizar una parte amplia de la literatura académica, aunque no equivale a revisar literalmente todos los buscadores de Internet ni todas las investigaciones posibles.


UNA MIRADA PROFESIONAL Y POSITIVA


Como futuros profesionales de la comunicación, podemos diseñar experiencias digitales que favorezcan la comprensión. Textos legibles, enlaces pertinentes, avisos no invasivos y opciones para profundizar sin perder el hilo. También podemos enseñar estrategias para contrastar fuentes, tomar notas y reservar momentos de lectura sin interrupciones.


La propuesta de Carr sigue siendo valiosa como invitación a observar los efectos de los medios y a pedir evidencia cuando circulan grandes promesas. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades; la investigación ayuda a decidir qué usos y diseños acompañan mejor cada objetivo.


En vez de preguntar si Internet es bueno o malo, podemos preguntar qué hacemos con él, en qué contexto y con qué resultado. Esa pregunta permite aprovechar el acceso y la conexión mientras cultivamos atención, reflexión y criterio propio.


FUENTES


Carr, Nicholas. Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2010; edición en español, Taurus, 2011). Libro de referencia para el enfoque y los estudios que se comentan.


Sweller, John (1988). «Carga cognitiva durante la resolución de problemas: efectos en el aprendizaje». Cognitive Science, 12(2), 257–285. https://doi.org/10.1207/s15516709cog1202_4


Miall, David S. y Teresa Dobson (2001). «Lectura de hipertexto y la experiencia de la literatura». Journal of Digital Information, 2(1). https://journals.tdl.org/jodi/article/view/35


Sparrow, Betsy, Jenny Liu y Daniel M. Wegner (2011). «Efectos de Google en la memoria: consecuencias cognitivas de tener información al alcance de la mano». Science, 333(6043), 776–778. https://doi.org/10.1126/science.1207745


Gong, Chen y Yang Yang (2024). «Efectos de Google en la memoria: una revisión meta-analítica de los efectos de los medios de comunicación en el comportamiento intensivo de búsqueda en internet». Frontiers in Public Health, 12, 1332030. https://doi.org/10.3389/fpubh.2024.1332030


TE INVITO A ESCUCHAR MI PODCAST:




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Propaganda 2.0: cómo la IA reescribió las reglas del control social

Durante un tiempo pensamos a la desinformación y coerción política, como una acción reconocible y concreta. Hoy, el internet y la inteligencia artificial generativa rompieron esa lógica: ya no hace falta que impongan discursos o valores a la fuerza, alcanza con que una noticia falsa se cuele en tu scrolleo para moldear tu perspectiva. Y quizás lo más alarmante es que ni siquiera hace falta que sea creíble, alcanza con que se repita masivamente para adoptarla como verdad. 

Eso fue literalmente lo que pasó en Eslovaquia en 2023: dos días antes de las elecciones parlamentarias circuló un audio falso del candidato Michal Šimečka discutiendo cómo manipular el resultado de la votación. La ley electoral prohibía hacer campaña en las 48 horas previas, así que nadie pudo desmentirlo a tiempo. La noticia estalló y se volvió masiva en las redes sociales casi al instante, no había manera de frenar su magnitud. Por más de que no era cierta, ya a la gente no le importaba: la fake news se había compartido y repetido tantas veces que dejó de importar si era verdad, alcanzó con que así se sintiera. Su partido perdió. 

Inteligencia artificial y desinformación

No es un fenómeno nuevo, es una escala nueva
Nicholas Carr rescata en Superficiales algo particular que dijo Lee de Forest, inventor del audión, el primer amplificador electrónico de sonido y origen común de la radio y televisión. Quien lejos de ser un tecnófobo con mirada apocalíptica, era el propio creador del medio, advirtió sobre "terribles posibilidades políticas": temía que la radio y la televisión se usaran para "implantar conocimiento en los reacios cerebros" de las audiencias, como herramienta de propaganda y control ideológico al servicio de gobiernos o grupos de poder. 

Hoy quizás nos parezca una obviedad, pero la gran diferencia que nos acontece actualmente no radica en la intención, siempre existió la tentación de usar los medios masivos para moldear la opinión pública, sino en la velocidad y el acceso. Para que la radio o la televisión funcionaran como propaganda en la época de De Forest, hacía falta controlar una infraestructura: una estación, una licencia, un equipo de producción, algo institucional y en cierto punto rastreable. Hoy, generar un video o audio falso toma minutos, no requiere ninguna habilidad técnica especial y no depende de ninguna infraestructura que alguien pueda regular o auditar. Cualquiera desde cualquier lugar, puede producir el mismo efecto que antes necesitaba una emisora entera.

Los nuevos "contaminadores mentales"
Ya son múltiples los artículos, libros, papers y videos desarrollados con el fin de enseñarnos a detectar fake news en las redes sociales. Y yo me pregunto: ¿Es normal que tengamos que aprender nosotros a defendernos de estos nuevos "contaminadores mentales"? ¿Dónde están las legislaciones en contra de las granjas de bots y a favor de la verdadera democratización de la información?

La respuesta, al menos en Argentina, es que no existen. En Agosto de 2026 se conoció el caso de Fernando Cerimedo, asesor político que trabajó en las campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro y Rodrigo Paz, a quien se le secuestró una granja de bots que operaba perfiles automatizados falsos en X e Instagram para amplificar o desprestigiar figuras políticas. El especialista Juan Marenco lo resumió sin rodeos: "Argentina, por ejemplo, no tiene ningún marco regulatorio que impida el uso de granjas de bots", porque la ley de medios "no incluye a internet". No es que la legislación llegué tarde, es que directamente no existe. 

El "dividendo del mentiroso"
Hay un concepto que resumen por qué esto es más grave de lo que parece a primera vista: el "dividendo del mentiroso" (liar's dividend). No es solo que hoy se pueda mentir con más facilidad, es que la sola existencia de esta tecnología permite negar la verdad: cualquier evidencia real, un video genuino, un audio genuino, puede descartarse acusándola de estar generada por IA. El daño no depende de que la mentira se sostenga en el tiempo, depende de que la duda quede instalada.

Esto ya se documentó en distintos países, con distintos formatos. En el balotaje argentino de 2023, entre Sergio Massa y Javier Milei, circularon videos e imágenes generadas por IA con declaraciones que nunca existieron. En Brasil, durante las elecciones municipales de 2024, aparecieron audios y videos manipulados atribuidos a Lula da Silva y a Jair Bolsonaro. Y en Estados Unidos, votantes de New Hampshire recibieron llamadas automáticas con la voz clonada de Joe Biden, pidiéndoles que no fueran a votar en las primarias demócratas, algo que la Comisión Federal de Comunicaciones recién pudo declarar ilegal después de que el daño ya estaba hecho.

El optimismo que no se molesta en probar nada
Frente a todo esto circula un discurso mucho más liviano, que prefiere hablar de oportunidad antes que de riesgo. Christian Gribaudo escribió en Infobae que la inteligencia artificial "puede contribuir a una democracia más transparente, participativa y legítima", apoyado en apenas tres ejemplos sueltos y sin una sola cita académica. Marc Andreessen, inversor de Silicon Valley, publicó su "Manifiesto Tecno-Optimista", donde repite la frase "creemos que" 113 veces, un patrón que el politólogo Henry Farrell comparó con un credo religioso antes que con un argumento fundamentado. Es la misma lógica que separa a Carr de posturas como la de Belinda Parmar sobre los efectos cognitivos de la tecnología: de un lado hay estudios verificables y casos documentados, del otro hay convicción repetida con confianza.

Por qué esto importa más allá de una elección puntual
Como estudiante de comunicación, lo que más me interesa de todo esto no es la tecnología en sí, es su uso y lo que hace con la confianza pública. Un sistema democrático necesita que la ciudadanía pueda distinguir, aunque sea mínimamente, entre lo que es real y lo que no. Cuando esa distinción se vuelve imposible de sostener, no se pierde solo una elección puntual, se erosiona la base misma sobre la que se arma cualquier discusión colectiva.

Y ahí vuelvo a la pregunta que abrió este texto: para poner en duda algo, hace falta al menos un estudio equivalente que lo respalde, no una frase optimista repetida con convicción. Mientras la regulación siga llegando después del daño, o directamente no llegue, la pregunta no es si vamos a poder distinguir lo real de lo falso. Es cuánto tiempo más vamos a tener que hacerlo solos.

Si te quedaste con ganas de más, podes escuchar mi episodio del Podcast "Total Interferencia" dónde reflexiono un poco más sobre este fenómeno. 


Bibliografía:

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Crisis de presencialidad: Cuando la experiencia se vuelve dato


Es de noche, estás parado en el campo del estadio, muy emocionado, cuando de pronto se apagan las luces y el público grita eufórico el nombre de tu banda favorita mientas que espera que aparezca en el escenario. De un momento a otro comienzan los sonidos que anuncian el inicio del show y delante tuyo empezás a ver mil celulares enfocando al frente. Unos te tapan la visión, de otros te perturba el brillo y aunque te molesta, esperás, porque con algo de paciencia entendés que hay quienes quieren filmar el inicio del show y vos mismo en alguna parte filmarás o sacarás alguna que otra foto de recuerdo.

Unos minutos después, el primer tema termina y varios celulares se bajan…pero otros no, y no lo hacen prácticamente en ningún momento del recital, por lo que tu experiencia queda de alguna forma, inevitablemente arruinada. Te suena conocida esa escena? A mi también.

Y en algún momento, o varios, de ese mismo show, tomas tu celular y tratas de registrar un momento, un recuerdo preciado de esa experiencia y entonces me surge preguntarte: ¿Recordás la sensación del cuerpo cuando escuchabas esa canción? ¿Si la cantaste eufórico o si lloraste desconsolado, o ambos? ¿Recordás algo de ese momento que no sea lo que registró tu celular?...¿Estabas verdaderamente ahí o sólo tu cámara pagó la entrada?

Sabemos hace tiempo que la tecnología es parte de nuestra cotidianeidad, pero tal es así, que quizás sea momento de cuestionarnos si sigue siendo una incorporación o ya se parece un poco más a una invasión. En su libro “Superficiales”, el periodista Nicholas Carr menciona que las nuevas formas de comunicación transforman nuestros modos de existencia y particularmente en este caso la relación con los espectáculos artísticos.

Carr recupera, por ejemplo, dos casos publicados en 2009, que, aunque hoy parecen antiguos, sirven para retratar el inicio de estos nuevos comportamientos. En un caso, la periodista Stephanie Clifford relata que en un concierto de la Orquesta Sinfónica de Indianápolis (que tocaba clásicos como la Sinfonía nº 5 de Beethoven) el director le pidió al público que sacara sus celulares para votar cuál sería el bis del espectáculo, con la idea de “captar a un público más joven ofreciendo más interactividad”. En el segundo, descripto por Bonnie Rochman, un grupo de iglesias estadounidense les pidió a sus feligreses que lleven sus dispositivos a la misa, para interactuar antes, durante y después con lo que sucedía en el recinto vía Twitter.

En ambos casos encontramos una palabra clave: interactuar y en esa línea, son muchas las “experiencias interactivas” de ese tipo que encontramos disponibles en la actualidad. Sin siquiera salir de la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, podemos viajar con “lentes de realidad virtual” al espacio o a las pirámides de Egipto, o podemos recorrer instalaciones lumínicas y sonoras que ocupan los senderos del Jardín Botánico Carlos Thays y así sentirnos en “Alicia en el país de las maravillas” o incluso experimentar mundos digitales en espacios dedicados al metaverso.



El problema no es la innovación en experiencias culturales, ni la posibilidad de hacerlas más interactivas. La pregunta es otra: ¿Hasta qué punto una experiencia más interactiva es, necesariamente, más vivencial?, ¿Hasta qué punto grabar un concierto íntegro implica presenciarlo, vivirlo? ¿Hasta qué punto queremos ver en pantalla cómo eran los dinosaurios o las pirámides de Guiza? Porque sí, de seguro es interesante, pero ¿qué papel juega entonces nuestra imaginación y creatividad? Me pregunto qué tan felices se sentirán los ecologistas con el Jadin Botánico repleto de luces led que afectan por completo el ecosistema del lugar.

Quizás el problema aparece cuando la herramienta que debería acompañar una experiencia empieza a ocupar el lugar de la experiencia misma.

Si parte de lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de experimentar, sentir y luego usar el lenguaje para manifestar todo ese caudal de emociones que nos habitan, y de pronto estamos empezando a perder de vista el punto de partida que es “experimentar”, ¿no somos todos los días un poco más máquinas que humanos?

Porque no se trata finalmente sólo de recitales o misas. También por estar conectados a la red constantemente podemos terminar perdiéndonos de mirar y escuchar a nuestros afectos, de compartirnos, de enriquecernos con lo que aprendemos de los demás cuando realmente les prestamos atención. Estamos acostumbrándonos cada vez más a la idea de estar ausentes viviendo experiencias. Vivirlas sin vivirlas, sin estar mental y emocionalmente presentes en ellas.

Y aparece además una segunda pregunta que es: ¿Qué pasa cuando esa experiencia que dejamos de vivir presencialmente comienza a convertirse en información para las plataformas? Porque es bien sabido que cada vez que grabamos, comentamos, elegimos, compartimos o interactuamos con una plataforma, dejamos un registro de nuestras preferencias y comportamiento; Y cuantas más experiencias trasladamos a esos espacios digitales, mayor es la cantidad de información que circula sobre nosotros.


Entonces la pregunta se vuelve a complejizar: ¿Qué estamos entregando además de nuestra atención cuando dejamos que una pantalla medie nuestras experiencias? Y, además, ¿quién diseña esas experiencias, con qué objetivos y qué obtiene de nuestras interacciones con ellas?

El debate sobre si la tecnología es buena o mala para nosotros es simplista a estas alturas. Tal vez el desafío no sea dejar de utilizarla, sino aprender a reconocer cuándo estamos interactuando con el mundo y cuándo estamos dejando que una pantalla lo haga por nosotros.

De esto y de otras formas en la que estamos aprendiendo a estar presentes aunque ausentes, seguimos hablando en podcast. Te dejo el primer episodio acá:

Referencias:

Tweeteando en la iglesia, con el Pastor O.K.

Las orquestas involucran al público mediante mensajes de texto - Sinfonía

El ex CEO de Google, Eric Schmidt, fue abucheado cada vez que mencionó a la IA durante su discurso de graduación - Infobae

Experiencias inmersivas en Buenos Aires: estas son las 12 mejores

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