¿Por qué vemos lo que vemos? - De la agenda setting a la "juventud perdida"

                             


Pensalo un segundo. Los medios masivos de comunicación no necesitan darte una orden directa ni decirte exactamente qué opinión tenés que tener sobre cada tema. Les alcanza con algo mucho más sutil y efectivo: decidir de qué se habla, y qué se deja afuera. En eso consiste, en esencia, la Teoría del Establecimiento de la Agenda (Agenda Setting). Los medios de comunicación no logran aún dar con la tecla que les permita decirnos cómo pensar (y no porque no les interese), pero sin embargo, son ridículamente efectivos diciéndonos sobre qué pensar.

Si pegamos un salto al pasado, específicamente a la era dorada de la Mass Communication Research (MCR) —aquel momento en que la sociología norteamericana intentaba descifrar el impacto de la radio y la TV en la sociedad—, cuando autores como Melvin DeFleur empezaron a teorizar sobre la función estructural de los medios masivos de comunicación. Lo que se pensaba era que las instituciones mediáticas no eran simples transmisores de información, sino que además funcionaban como engranajes sociales que iban moldeando en mayor o menor medida las prioridades del debate público y el marco de referencia con el que las masas interpretaban la realidad. Pero… 

 ¿Qué pasa cuando el medio deja de emitir para una masa homogénea y empieza a armar una pantalla a la medida exacta de cada individuo?


Y es justo ahí es donde la Agenda Setting tradicional choca de frente con un nuevo analisis -mucho más actual- propuesto por Nicholas Carr. En donde basicamente dice que la agenda ya no es solo la tapa del diario de la mañana que todos solían leer en el colectivo o el segmento de información radial que queda de fondo sonando en la casa de tus abuelos en esa radio a baterias, sino, que la agenda del presente es el diseño mismo de todo tu entorno cognitivo. Ya que hoy en día, Las plataformas digitales no solo eligen qué temas va a entrar en tu charla de sobremesa con la familia, sino que reconfiguran la velocidad, la frecuencia y el modo en que tu cerebro procesa la realidad misma.

 Las Pruebas PISA y el drama del colapso

Un ejemplo claro y cercano de esto podría ser los titulares de las diferentes editoriales en Argentina después de haberse dado a conocer los resultados de las Pruebas PISA 2025 

(Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment)

Editoriales que encuadraron la información bajo el espectro de la catástrofe inminente: "El estrepitoso fracaso de la educación", "Los estudiantes ya no comprenden lo que leen". Pero...

¿Qué intereses mueven ese tratamiento particular?

  • -La trampa del clickbait y el pánico moral: Vender indignación rinde más que explicar la complejidad socioeconómica tras los indicadores.
  • -Agendas político-económicas: La instalación del "colapso educativo" suele preparar el terreno mediático para justificar reformas precarizadoras, recortes presupuestarios o el desembarco de soluciones tecnológicas privadas en el aula pública.

Se instala el tema, se impone el pánico y se cancela la capacidad de debate profundo desde el "vamos". Pero mientras los medios señalan con el dedo la educación de los chicos... ¿Qué le está pasando a la mente de los propios adultos?

Hagamos un viaje al cerebro hiperconectado y veamos qué dice la ciencia
Para responder esto, primero habría que preguntarse:¿es este un fenómeno exclusivamente de ahora?

En su libro Superficiales, nuestro amigo Nicholas Carr nos demuestra que no. Ya que cada vez que la humanidad trajo al mundo una nueva "tecnología intelectual" —el mapa, el reloj mecánico, la imprenta— la mente humana mutó. Carr empieza contándonos su propia experiencia en primera persona y la describe como "esa inquietante sensación de querer leer un libro largo y sentir que la mente salta, se distrae y exige el pestañeo constante que nos exige el hipertexto."

Luego, nos trae a escena la historia de Friedrich Nietzsche en el siglo XIX. Cuando abrumado por su ceguera y sus dolores de cabeza, decide comprarse una máquina de escribir —la bola de escribir de Malling-Hansen—. Al usarla, se dio cuenta de que no solo iba cambiando su velocidad de redacción: sus textos, antes extensos y reflexivos, se volvieron más cortos, sino más sintéticos e incisivos. Su amigo Heinrich Köselitz le habia dicho que su prosa había ganado una nueva solidez, a lo que Nietzsche respondió:

"Nuestros instrumentos de escritura trabajan también en nuestros pensamientos".

La ciencia actual, apoyada en la neuroplasticidad —concepto que ya se asomaba con las primeras intuiciones de Freud sobre la huella mnémica y la flexibilidad de la mente—, confirma exactamente eso: el cerebro no es de piedra, es de plastilina. Si lo entrenás en la interrupción constante, en el scroll infinito y en la gratificación dopaminérgica inmediata, el cerebro se vuelve un especialista en la superficialidad y olvida cómo sostener la memoria de trabajo y la concentración profunda y esto ya está más que demostrado.

Aunque
 Figuras como Steven Pinker o Clive Thompson (Smarter Than You Think) sostienen posturas tecno-optimistas. Su principal linea de defensa argumentativa es que la web no nos vuelve más tontos, sino que externaliza procesos cognitivos. ¿Para qué memorizar datos si podemos almacenarlos afuera y liberar espacio mental para el pensamiento analítico? Según esta línea, no estariamos perdiendo capacidad, sino desarrollando una cognición distributed. Pero...

¿Quiénes son los que defienden esta idea?  y ¿con qué intereses?

Detrás de la idea de que la tecnología "siempre nos mejora" está la multimillonaria industria de las Big Tech, cuyo modelo de negocios claramente no es la educación ni mucho menos la salud mental, sino la economía de la atención: la monetización de cada segundo de tus ojos puestos sobre la pantalla.

Los diferentes papers académicos de facultad que abordan estos aspectos de la comunicación digital muestran justamente este punto de tensión. Es decir, no es que estemos ante el "fin de la inteligencia", sino que nos están afanando nuestra atención de a pedacitos para vendérsela al mejor postor.

Países que frenaron la pelota

En algunos países esto ya dejó de ser un debate abstracto. En muchas partes del globo ya se están tomando cartas sobre el asunto, y se están empezando a implementar medidas de política pública ante la evidencia neurocientífica. 

Uno de esos países es Suecia, que decidió frenar el plan de digitalización total de las aulas y destinó presupuestos millonarios para volver a comprar libros de texto de papel, tras detectar una caída en la comprensión lectora de los alumnos.

Otros países que tampoco se quedaron de brazos cruzados son Francia y el Reino Unido que decidieron aplicar restricciones estrictas o directamente prohibiciones sobre el uso de teléfonos celulares en las escuelas primarias y secundarias para proteger el espacio de aprendizaje y sociabilización.


Algunas conclusiones al boléo.

Si volvemos a los primeros estudios de DeFleur y la MCR, la lección es clara, los medios pueden haber cambiado de soporte, pero la disputa por dominar la subjetividad está más presente y es más invasiva que nunca.

El neurocientífico Andrés Rieznik suele advertirnos que para no ser manipulados por los sesgos de nuestra propia arquitectura mental y por los sistemas de recompensas que explotan las redes, es muy importante entender cómo funciona nuestro cerebro. Y como barrera de defensa a estas embestidas digitales, nos propone "volver a domar a los algoritmos" y entender sus trampas cognitivas para poder recuperar el control de nuestras elecciones.

Sin embargo, también vale dejar en claro que no todos los cerebros parten desde el mismo lugar. Por lo que resulta vital meter también dentro de estas conclusiones el concepto de capital cultural de Bourdieu, que basicamente nos advierte de que el impacto de esta sobreestimulación digital no es democrático ni mucho menos igualitario. Ya que Aquellos sectores sociales con mayor capital educativo, económico y cultural poseen más recursos simbólicos, más contención familiar y más alternativas de consumo reflexivo para autorregularse y proteger a sus hijos. En cambio, para los sectores más vulnerables, la pantalla suele convertirse en el único entretenimiento y en el principal moldeador del tiempo libre, profundizando (aún más) la brecha social y cognitiva.




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¿Por qué sentimos que todos viven mejor que nosotros?



 Redes sociales, comparación y salud mental en la vida cotidiana.

Entramos a Instagram, TikTok o cualquier otra red social y, en pocos minutos, podemos ver personas viajando, saliendo, teniendo éxito, comprando cosas, haciendo ejercicio o mostrando relaciones aparentemente perfectas. Aunque sabemos que estamos viendo solamente una parte de sus vidas, muchas veces terminamos comparándola con la nuestra completa.

El problema no necesariamente está en mirar lo que hacen los demás. El problema aparece cuando esa comparación se vuelve constante y empezamos a sentir que nuestra vida es menos interesante, menos exitosa o menos feliz que la de los demás.

La vida que vemos no es la vida completa

Las redes sociales funcionan a partir de una selección. Cada persona decide qué mostrar y qué dejar afuera, mientras que los algoritmos también determinan qué contenidos aparecen con mayor frecuencia. Por eso, nuestro inicio no representa la realidad tal como es, sino una versión seleccionada y organizada de ella.

La American Psychological Association advierte justamente sobre este fenómeno. Sus recomendaciones señalan que el uso de las redes para realizar comparaciones sociales, especialmente relacionadas con la apariencia, puede asociarse con una peor imagen corporal, conductas alimentarias problemáticas y síntomas depresivos, particularmente entre las adolescentes. (APA, 2023).

Entonces aparece una pregunta importante: ¿cuánto de lo que sentimos sobre nuestra propia vida está influenciado por la vida que vemos en una pantalla?

No es solamente cuánto tiempo estamos conectados

Cuando hablamos de redes sociales, muchas veces reducimos el problema a una cuestión de cantidad: “hay que usar menos el celular”. Sin embargo, también importa qué hacemos mientras estamos conectados. No produce el mismo efecto mirar videos de humor que pasar una hora observando cuerpos, viajes, relaciones o estilos de vida con los que constantemente nos comparamos.

La investigación actual tampoco permite afirmar que las redes sociales sean, por sí solas, la causa de los problemas de salud mental. Una revisión y metaanálisis publicada en JAMA Pediatrics en 2024, que reunió 143 estudios y más de un millón de adolescentes, encontró una asociación positiva entre el uso de redes sociales y síntomas, como ansiedad y depresión. Los propios investigadores señalan que todavía existen limitaciones para establecer relaciones causales. (Fassi et al., 2024).

Por eso, quizás la pregunta no debería ser solamente ¿cuánto tiempo pasamos en redes?”, sino también “¿qué nos pasa cuando estamos ahí?”

Internet también está cambiando nuestra forma de prestar atención

Esta problemática puede relacionarse con lo planteado por Nicholas Carr en Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?.

Carr cuenta que, después de pasar años conectado, comenzó a notar un cambio en su propia manera de leer y concentrarse. Explica que “la lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”(Carr, 2011).

Esta idea resulta interesante porque las redes sociales funcionan justamente a partir de estímulos rápidos: una publicación, una notificación, un video, otro video y otro más. Nuestra atención pasa constantemente de una cosa a otra. 

Carr también plantea que las notificaciones pueden convertirse en “una distracción, una intrusión en nuestros pensamientos” (Carr, 2011). Esto permite pensar que el problema no es solamente lo que aparece en la pantalla, sino también la interrupción permanente que produce.

Cada notificación nos recuerda que hay algo nuevo para mirar. Y cuando dejamos una aplicación para entrar en otra, nuestra atención tampoco necesariamente vuelve al punto en el que estaba.

Leer más, pero comprender menos?

En el Foro de las dos premisas apareció una discusión relacionada con esta transformación. Una de las premisas planteaba la posibilidad de que los llamados “nativos digitales” estuvieran desarrollando determinadas capacidades de manera diferente a generaciones anteriores. La otra se centraba en la posible caída de la comprensión lectora y en las diferencias entre leer en papel y hacerlo frente a una pantalla.

Estas afirmaciones no deberían tomarse como verdades definitivas. Por ejemplo, decir que las pantallas provocan automáticamente una disminución del coeficiente intelectual sería simplificar un problema mucho más complejo.

Pero las premisas sí sirven para hacernos una pregunta: si estamos acostumbrados a saltar rápidamente entre estímulos, ¿qué ocurre con nuestra capacidad para concentrarnos, leer profundamente y reflexionar?

Carr justamente analiza esta transformación. Según su planteo, la forma en que utilizamos Internet puede favorecer una lectura más rápida y fragmentada, en la que muchas veces recorremos titulares, imágenes y pequeños fragmentos en lugar de detenernos en un contenido durante mucho tiempo.

Esto también puede trasladarse a las redes sociales: estamos constantemente recibiendo pequeñas cantidades de información que compiten entre sí por nuestra atención.

Netflix tampoco es solamente “ver series”

El debate planteaba si Netflix puede considerarse simplemente un portal de entretenimiento o si también funciona como un medio de comunicación. La pregunta es interesante porque nos obliga a pensar que las plataformas digitales no son espacios completamente neutrales.

Netflix selecciona contenidos, los organiza y utiliza algoritmos para recomendar determinadas producciones. Las redes sociales hacen algo similar: seleccionan qué publicaciones aparecen primero, qué contenidos se recomiendan y qué estímulos vuelven a aparecer.

Esto no significa que exista necesariamente una única ideología detrás de todo lo que vemos. El punto es otro: lo que vemos está mediado por decisiones, algoritmos y formas de organización de la información.

"El algoritmo no conoce nuestra vida, pero sí aprende de lo que miramos"

Cada vez que nos detenemos más tiempo en una publicación, damos “me gusta”, comentamos, compartimos o buscamos determinado contenido, estamos dejando información sobre nuestros intereses.

Carr plantea que los algoritmos intervienen cada vez más en la manera en que encontramos información y construimos significado. En este sentido, la tecnología no solamente nos muestra información: también ayuda a organizar aquello a lo que prestamos atención. Esto puede convertirse en un círculo.

Vemos determinado contenido → nos interesa → interactuamos → el algoritmo nos muestra más contenido parecido → terminamos creyendo que eso representa la realidad.

Por ejemplo, si comenzamos a mirar videos sobre cuerpos perfectos, relaciones ideales o vidas llenas de éxitos, es posible que nuestro inicio se llene cada vez más de ese tipo de publicaciones. Entonces podemos llegar a pensar: “todos están así menos yo”.

Pero en realidad estamos viendo una selección creada por nuestras propias interacciones. "La comparación permanente también tiene consecuencias"

Compararse ocasionalmente con otras personas es algo bastante común. El problema aparece cuando esa comparación se vuelve una forma de evaluar permanentemente nuestra propia vida.

El U.S. Surgeon General también ha señalado preocupaciones relacionadas con la imagen corporal, la comparación social y la salud mental de los adolescentes. Además, advierte que una utilización muy elevada de redes se ha asociado con mayores riesgos, aunque nuevamente esto no significa que exista una relación causal simple. (U.S. Surgeon General, 2023).

Por eso, más que preguntarnos si las redes son buenas o malas, deberíamos preguntarnos qué lugar están ocupando en nuestra vida. No se trata de desaparecer de Internet

Las redes sociales también tienen aspectos positivos. Permiten comunicarnos, encontrar comunidades, aprender, expresarnos y mantener vínculos con personas que están lejos. La solución no parece ser simplemente abandonar Internet. Una alternativa puede ser aprender a utilizarlo de una manera más consciente.

¿Qué podemos hacer?

Primero: revisar lo que consumimos.

Segundo: cuestionar lo que vemos.

Tercero: recuperar momentos sin interrupciones.

Cuarto: volver a leer con calma.

Quinto: usar las redes para conectar y no para medirnos.

"Quizás el problema no sea mirar a los demás, sino dejar de mirarnos a nosotros mismos"

Las redes sociales forman parte de nuestra vida y probablemente van a seguir haciéndolo. Por eso, pensar que simplemente debemos eliminarlas puede ser una respuesta demasiado sencilla para un fenómeno mucho más complejo.

Los debates de los foros, las ideas de Nicholas Carr y las investigaciones actuales permiten pensar que la tecnología no solamente modifica lo que hacemos, sino también cómo prestamos atención, qué información consideramos importante y cómo construimos nuestra percepción de los demás y de nosotros mismos.

La próxima vez que entremos a una red social y pensemos que todos están viviendo una vida mejor que la nuestra, podríamos detenernos un segundo y preguntarnos: ¿Estoy comparando mi vida real con la parte de la vida de otra persona que decidió mostrarme?


Fuentes consultadas.

Carr, N. (2011). *Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?* Taurus.

American Psychological Association. (2023). *Health Advisory on Social Media Use in Adolescence*.

Fassi, L., Thomas, K., Parry, D. A., Leyland-Craggs, A., Ford, T. J., & Orben, A. (2024). *Social Media Use and Internalizing Symptoms in Clinical and Community Adolescent Samples: A Systematic Review and Meta-Analysis*. JAMA Pediatrics, 178(8), 814–822.

 Surgeon General. (2023). Social Media and Youth Mental Health.

Material trabajado en clase: Foro de las dos premisas y Foro de Netflix.


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Leer en otro lado: cuando la pantalla es biblioteca, escritorio y refugio



Un usuario de Reddit escribió: leer en la pantalla del celular es como "intentar escuchar un solo de violín en una obra en construcción". Las palabras exigen volver atrás, desplazarse con cuidado, y cada dos docenas de palabras se pierde cualquier posibilidad de meterse de lleno en la historia. Otro usuario responde: “Siempre llevo mi teléfono conmigo, no siempre recuerdo llevar un libro físico o mi Kindle”.

Esa es la verdad incómoda de la lectura digital. Es al mismo tiempo una traición y una salvación: enemiga de la comprensión profunda, pero única puerta de entrada a la lectura para muchísima gente que no tiene espacio, dinero ni tiempo.



Cuando la pantalla mata la lectura profunda

La evidencia de la neurociencia y la investigación en lectura se acumula y no es romántica: el soporte no es neutro. La neuropediatra Ana Laura Fernández Perrone explica que leer no es una capacidad innata: el cerebro necesita organizar redes de visión, lenguaje, memoria y atención para sostenerlo. La lectura en pantalla "exige un mayor control atencional para alcanzar un nivel de comprensión equivalente al del papel", y esto es especialmente crítico en niños. La carga cognitiva y la fatiga mental que genera la pantalla hacen que el cerebro "baje la calidad del procesamiento".


Según el portal EnFoco (Facultad de Farmacia y Bioquímica, UBA), la lectura digital versus la impresa plantea un dilema entre pantallas y papel. Una de las explicaciones que circula es la "hipótesis de la superficialidad": la pantalla trae consigo un mensaje psicológico de entretenimiento que hace que el lector baje la inversión cognitiva y pase por el texto más rápido, con un procesamiento más superficial. A esto se suma algo concreto: en papel, el anclaje espacial —saber que tal párrafo estaba en la parte inferior de la página izquierda— ayuda a la memoria. El scroll de la pantalla borra ese anclaje.


La denuncia de Nicholas Carr

En 2010, Nicholas Carr publicó Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Su idea central no es una condena a la tecnología, sino una advertencia más profunda: cada tecnología de la información conlleva una ética intelectual, y esa ética moldea la forma en que pensamos.


Carr no habla solo de lectura digital. Habla de algo más inquietante: el medio, no solo el contenido, reconfigura el cerebro. Su denuncia se puede resumir en una sola frase: Internet está diseñada para distraernos, y esa distracción tiene un costo cognitivo. Carr describe su propia experiencia: dejó de ser un lector profundo. Pasó de sumergirse en los textos a "picotear" de un fragmento a otro, de un link a otro, sin poder sostener la atención en nada durante mucho tiempo. Y no era un problema suyo: era el medio el que lo estaba modelando.




"No es que quiera leer en digital, es que no me alcanza para el papel"

Pero en los foros argentinos la discusión toma otro rumbo. En r/AskArgentina, un usuario escribió (hace 3 años): en su familia hay libros viejos con precios en la contratapa que van de 5 a 15 pesos, de buenos autores y buenas editoriales. Hoy, darse el gusto de comprar varios libros "está re complicado porque el presupuesto se te va a la mierda". Su conclusión: "tener el hábito de lectura está cerca de ser de burgués". 


Otro usuario de la misma red social matizó: no es que la lectura se volvió un lujo, muchos libros ya lo eran. Lo que pasó es que se volvió más inaccesible. "La economía afecta a todas las cosas y si uno quiere pagar por sus productos, es susceptible a la misma".

Estos comentarios revelan una dimensión que casi nunca se discute en serio: la lectura digital es primero una decisión económica y después una decisión cognitiva. 


El usuario del que nadie habla: el que no tiene biblioteca

Cuando se discute la lectura digital, solemos imaginar a alguien que puede elegir: hoy leo en papel, mañana en el Kindle, según el tipo de texto. Pero mucha gente no elige.


Un usuario de Reddit (r/books, 2023) lo puso con precisión: alguien que se levanta a las seis, trabaja diez horas y después viaja dos horas "no tiene tiempo ni energía para ir a una biblioteca". Otro dio una razón más simple: "no tengo espacio ni plata para comprar un libro que no sé si me va a gustar". Primero digital, después papel. Así filtra.


Para quien no tiene biblioteca en casa, ni estantes, ni biblioteca pública cerca, ni presupuesto, la pantalla es la biblioteca. Puede ser un celular, un Kindle de segunda mano, una tablet prestada. La experiencia de lectura se degrada: menos comprensión, peor memoria, fatiga más rápida. Pero si esa pantalla no existiera, la lectura sería cero.


Ahí está la tensión incómoda: el soporte digital genera desventajas cognitivas y, al mismo tiempo, genera posibilidades económicas y espaciales. 


Hace falta un discurso de dos carriles

El problema no es la pantalla en sí. Es que todavía no aprendimos a invocar deliberadamente los recursos cognitivos que exige la lectura profunda cuando leemos en un dispositivo diseñado para la distracción.


Para quien tiene condiciones, el papel sigue siendo mejor cuando hay que entender, memorizar, pensar críticamente. Para quien no las tiene, la lectura en pantalla es una forma de llegar con concesiones incluidas. Merece respeto y también merece mejoras: una pantalla más grande, una app sin notificaciones, quince minutos diarios sin scroll que interrumpa.


La lectura digital no mató a la lectura. Está cambiando su textura y, al mismo tiempo, ampliando quiénes acceden a ella. Pero también hay que nombrar lo que se gana cuando la pantalla es la única página disponible. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. Necesitamos hablar de las dos.

--

Fuentes: https://www.reddit.com/r/books/comments/14dnrfa/anyone_else_finding_it_more_difficult_to_read/?tl=es-es

https://novaciencia.es/las-pantallas-y-el-contenido-rapido-matan-la-comprension-lectora/

https://enfoco.ffyb.uba.ar/lectura-digital-versus-lectura-impresa-un-dilema-entre-las-pantallas-y-el-papel/  Nicholas Carr - ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales

https://www.reddit.com/r/AskArgentina/comments/182xih8/se_volvi%C3%B3_un_lujo_leer/


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Más tecnologías, ¿facilidad o dificultad cogntiva?

 


Muchas facilidades, poca información sobre las consecuencias que causa. 

En los tiempos en los que vivimos actualmente tenemos fácil acceso a todo, a través de Internet y de las nuevas tecnologías. Cualquier tipo de información la tenemos a tan solo un clic de distancia. 

El fácil acceso a todo tipo de información nos parece algo fantástico pero, ¿qué tan favorables son para nuestro cerebro estas nuevas tecnologías?

En el texto Superficiales, Nicholas Carr hace referencia al costo de lo fácil: "los beneficios son reales pero tienen un costo". "Como sugería McLuhan, los medios no son solo canales de información. Proporcionan la materia del pensamiento, pero también modelan el proceso de pensamiento".

 La web comienza a debilitar nuestra capacidad de concentración y contemplación. La mente espera absorber información de la misma manera que la distribuye, en un flujo veloz de partículas. 

¿Qué daños genera el uso excesivo de las pantallas?

Diversos estudios han demostrado a lo largo del tiempo que, el uso excesivo de pantallas generan diversos daños. Entre ellos se mencionan: daños en la salud física, daños en la salud mental, daños en el desarrollo del cerebro, riesgos de trastornos cognitivos, aumento del riesgo de enfermedades neurologicas a temprana edad, fatiga visual.

Neurologicamente hablando...

Un estudio realizado por Stanford Medicine School of Medicine demostró que, el uso excesivo de pantallas en adultos puede perjudicar el aprendizaje, la memoria y la salud mental, además de aumentar el riesgo de neurodegeneración procoz. El estudio muestra que, en adultos de entre 18 y 25 años, el tiempo excesivo frente a las pantallas genera un adelgazamiento de la corteza cerebral. Es la capa más externa del cerebro, responsable de funciones cognitivas y procesamiento de la memoria. 

Estudios adicionales 

Otro estiudio demostró que, los adultos que pasan demasiado tiempo frente a las pantallas presentan un mneor volumen de materia gris. La materia gris es un tejido cerebral esencial para el funcionamiento diario del ser humano y es responsable de todo, desde el movimiento hasta la memoria y las emociones. 

Fuentes y lecturas recomendadas: 

Carr, Nicholas (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?. Madrid: Editorial Taurus. 

Artículo de: Stanford Lifestyle Medicine 


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 IA: ¿DEBATE ÉTICO Ó MERO ENTRETENIMIENTO?


Desde la creación  de la inteligencia artificial, muchos son los interrogantes que nos atraviesan cómo sociedad. La rapidez con qué se mueven los algoritmos, generan tanta información cómo posteos vemos por minuto. El hábito del scrolleo (deslizar el dedo de forma continua por la pantalla de un teléfono o computadora para ver más contenido) nos sumerge a un mundo dónde el tiempo es la clave para poder aprovecharlo al máximo, hagamos lo que hagamos un dispositivo móvil nos acompañará.

 Cómo si fuera algo inseparable de nosotros, nos vinculamos desde la virtualidad, resolvemos situaciones de la vida diaria y hasta logramos que el sonido de una voz nos indique qué hacer y cómo, en situaciones que requieren una reflexión profunda. Cómo dice el autor Nicholas Carr:

 "Toda tecnología es expresión de la voluntad humana. Con nuestras herramientas buscamos ampliar nuestro poder y control sobre nuestra circunstancia.." (C.N. "Superficiales".Cap III. Pág 31. 2010).
Y son esas mismas circunstancias las qué tratamos de potenciar utilizando el máximo poder de la IA, pero ¿qué pasa con nuestra autonomía, la perdimos?, ¿ seguimos siendo capaces de analizar, deducir y pensar sin utilizar este tipo de inteligencia?, y si todavía hurgamos un poco mas a fondo de nuestra psiquis..¿ podemos seguir creyéndonos sujetos libres de nuestras elecciones o nos convertimos en sujetos que consumen aquello que nos brinda la red?. 


SOBRE EL PODER DE LA LECTURA Y LOS PRIMEROS AÑOS DE VIDA

Según informó la UNICEF, hay 20 millones de niños y niñas en el mundo qué utilizan la IA ya sea para rutinas familiares, en la vida diaria, contenidos educativos, entretenimiento, etc. El rango etario va desde los 12 a los 17 años, dónde la inteligencia artificial resuelve, propone y ejecuta formas de interactuar con los más jóvenes, siendo ésta una herramienta para los padres y las madres al momento de agilizar las tareas domésticas y optimizar los tiempos en la crianza. Pero al mismo tiempo, se convierte en el principal motivo de deterioro cognitivo de la generación Alfa qué más la consume.

 El Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) llevado a cabo por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), muestra un declive en áreas cómo la atención básica, memoria, lectoescritura, las habilidades matemáticas, la capacidad de resolución de problemas y el coeficiente intelectual general. Entonces, ¿se perdieron las prácticas entorno a la palabra escrita y las formas de incorporar conocimiento ó esto responde a las nuevas demandas de la época?. Para Nicholas Carr;

"la palabra escrita liberó el conocimiento de los límites de la memoria individual, y el idioma de las estructuras rítmicas y fórmulas necesarias para apoyar la memorización recitada. Abrió la mente a nuevas y amplias fronteras de pensamiento y expresión. «Es obvio que los logros del mundo occidental atestiguan el enorme valor de la alfabetización»". (C. N. "Superficiales". Cap III. Pág39. 2010).

Podemos afirmar qué ocurren ambas situaciones, y qué es necesario crear nuevas formas de aprendizaje qué permitan incorporar la lecto escritura como un hábito, cómo lo hace la IA, una forma de conectar las nuevas tecnologías con las experiencias de base en los ámbitos educativos.  


¿VALE TODO POR UNA IMAGEN?

Lo que antes era subirse a una montaña, ir a lo más alto, arriesgar la vida por una selfie y (en algunos casos) morir en el intento, ahora lo hace la inteligencia artificial. Cómo si fuera una competencia por la mejor creación, derrochamos entre 2 y 5 litros de agua por cada imagen generada (y unos 500 litros cada 20 o 50 preguntas en chats como ChatGPT ), para pedir a la IA qué nos haga a imagen y semejanza de nuestro deseo individual y perfeccionista. Los trends de moda, lo colectivo creando nuevos estándares de belleza, lo "aesthetic o esthetic" (estético o antiestético), los videos creados con personajes de la historia, las imágenes surrealistas, etc. 

Las nuevas formas comunicacionales que requieren de una IA, consumen el recurso más vital y no renovable que tenemos en el mundo; el agua. Dicho de esta manera puede impactar, pero aún así, lo seguimos derrochando. ¿Pero, por qué?, aún con los datos estadísticos y la información a un click de distancia, el uso desmedido de la IA para entretenimiento sigue ganando fanáticos y fanáticas en todo el mundo. 

Hay estudios que alertan sobre problemas en la salud mental de los más jóvenes, cómo trastornos de ansiedad, depresión, y trastornos alimenticios que están vinculados directamente con las nuevas formas de interactuar en redes sociales. La construcción de vínculos insustanciales, la difusión de imágenes sin restricciones, la falta de consenso, la apropiación de cuentas personales, los engaños en redes sociales, el uso desmedido de datos, los datos erróneos y el exceso de discursos violentos que circulan en el medio, son algunos de los desencadenantes que llevan a las problemáticas qué mencioné en las primeras líneas del párrafo.  

La sociedad atraviesa un momento en dónde la información está a su servicio, pero también la desinformación. Las nuevas tecnologías llegaron para quedarse, ó al menos eso nos muestra el paso del tiempo. Esto implica cambios y avances, pero también retrocesos a nivel social cómo nos muestran los estudios PISA y el efecto Flynn inverso (retrocesos en las pruebas de coeficiente intelectual), ¿será qué nos debemos un debate serio en el uso de la IA? ó ¿necesitamos nuevas formas que logren establecer reglas para un uso responsable?. Quizás el desafío está en balancear su uso, en relación a las consecuencias negativas que pueda traer a futuro en el mundo. 


Fuentes: 

https://www.savalnet.cl/mundo-medico/reportajes/estamos-pensando-menos.html

https://ecosistemastartup.com/unicef-20m-de-ninos-ya-usan-ia-debate-etico-en-familytech/

https://www.lavanguardia.com/participacion/red-lectores/20260705/11581962/ia-dinero-moral.html

     


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¿Nos estamos acostumbrando a pensar menos? - por Eliana Silva


Hay cosas que nuestro cerebro sabe hacer, pero que hace rato decidimos no hacer.

¿Para qué memorizar un número de teléfono si lo podemos guardar en contactos? ¿Para qué recordar una dirección si Google Maps puede indicarnos cómo llegar? ¿Para qué hacer una cuenta mental complicada si tenemos una calculadora en el bolsillo?

Aunque parezcan hábitos triviales, todos tienen en común que estamos sacando una parte del trabajo de nuestra cabeza y delegándola.

En psicología cognitiva, esto se conoce como cognitive offloading, o descarga cognitiva.

Delegar trabajo mental:

La descarga cognitiva ocurre cuando usamos recursos externos para reducir la cantidad de información y procesamiento que necesitamos mantener internamente.

Anotar algo para no olvidarlo es cognitive offloading. Usar una calculadora para no hacer una cuenta mental también. Escribir una lista de compras, poner una alarma o consultar un mapa son otros ejemplos cotidianos.

En sí mismo, no es un problema.

La memoria de trabajo, la atención y nuestra capacidad para procesar información simultáneamente no son infinitas. Si podemos trasladar parte de una tarea a una herramienta externa, liberamos recursos para ocuparnos de otra cosa.

El problema aparece cuando la herramienta deja de ser un apoyo y empezamos a delegarle la tarea de pensar por nosotros.

Una cosa es usar una calculadora para comprobar una cuenta, y otra es dejar de entender cómo se llegó al resultado.

IA y Cognitive Offloading:

Hasta hace pocos años, nuestras herramientas digitales nos ayudaron principalmente a almacenar, buscar o calcular información. La IA generativa introduce algo diferente: puede producir directamente respuestas, argumentos, explicaciones, resúmenes e ideas.

Ya no solamente podemos decirle a una máquina “recordame esto”, sino que directamente podemos decirle “pensá esto por mí”.

Y ahí entra otro nivel en torno a la problematización de la descarga cognitiva, porque el fenómeno que antes consistía en delegar una tarea puntual y específica puede convertirse en la delegación de procesos mucho más complejos: interpretar un texto, elaborar un argumento, buscar contraargumentos o hasta decidir qué pensamos sobre un tema.

Una investigación publicada en 2026 en Humanities and Social Sciences Communications estudió precisamente la relación entre el uso de IA y el pensamiento crítico en 698 estudiantes universitarios chinos. Los resultados son particularmente interesantes porque no muestran una relación simple de “IA = peor pensamiento”. Por un lado, encontraron asociaciones entre el uso de la IA y focused immersion, una concentración intensa y sostenida, casi "dialógica", con la herramienta. Por otro lado, esa misma capacidad de concentración intensa puede derivar en dependencia psicológica.

La conclusión importante no está, entonces, en elegir entre “la IA nos ayuda” o “la IA nos vuelve menos inteligentes”. El punto más preocupante aparece en el medio: podemos empezar utilizando la IA para pensar mejor y terminar utilizándola para no tener que pensar tanto.

¿Y el efecto Flynn?

Para entender por qué esta discusión resulta todavía más interesante, hay que retroceder un poco...

Durante buena parte del siglo XX se observó un fenómeno conocido como efecto Flynn: las puntuaciones obtenidas en pruebas de inteligencia aumentaron entre generaciones en diferentes países.

A esto se lo relacionó con múltiples transformaciones socioambientales, como mejoras educativas, de nutrición, de salud, mayor escolarización, entre otros.

Pero hay algo llamativo: ese aumento generacional no tan solo se estancó desde hace unos años hasta la actualidad, sino que disminuyó generando lo que se conoce como "efecto Flynn inverso". Si bien no hay certeza de la causa precisa de por qué pasa esto, se ha relacionado a factores socioambientales múltiples (nutrición, educación, consumo mediático, factores demográficos), entre los que no queda por fuera la digitalización.

Investigaciones recientes discuten cómo los cambios en los usos y entornos digitales pueden formar parte del conjunto de factores ambientales relevantes para el desarrollo neurocognitivo. 

Es en ese contexto que el uso de la IA toma lugar, obligándonos a preguntar:

Si ya no necesitamos pensar tanto por nosotros mismos, ¿qué pasará con nuestra capacidad de hacerlo?

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El efecto dominó: cuando una serie termina, pero su historia sigue

¿Qué pasa después de que termina un capítulo?


Aparecen los créditos y nuestra plataforma de streaming favorita activa una cuenta regresiva para consultarnos si queremos seguir viendo. Pero quizá la verdadera historia recién comienza ahí.

¿Realmente dejamos de consumir una producción audiovisual cuando dejamos de mirarla?
Tal vez una ficción puede ser la ficha de un efecto dominó.

LA PRIMERA FICHA: OBSERVAR
En 1961, Albert Bandura realizó el experimento del muñeco Bobo, donde demostró que los niños podían aprender conductas agresivas simplemente observando a un adulto.

La conclusión fue clara: no necesitamos experimentar una conducta para aprenderla; también podemos incorporarla al observar a otros.

La diferencia es que ahora "el modelo" es un personaje de ficción que entra en nuestras pantallas.

LA SEGUNDA FICHA: REPETIR
Las series transmiten valores, formas de hablar, relaciones y conductas que parecen deseables o normales.

Ahí aparece el contagio social, que consiste en la propagación de comportamientos, actitudes y emociones. No significa copiar automáticamente a un personaje, sino que la repetición puede influir en cómo pensamos y percibimos ciertas situaciones.

Lo que vemos muchas veces puede dejar de parecernos extraño y comenzar a parecernos familiar. Y lo familiar, puede dejar de parecernos cuestionable.

LA TERCERA FICHA: ENTRENAR
Nicholas Carr, escritor estadounidense, en su libro Superficiales, plantea el concepto de neuroplasticidad: nuestro cerebro se adapta a aquello que hacemos de manera repetida. 

Según Carr, el uso constante de Internet puede acostumbrarnos a procesar información de forma rápida y fragmentada, dejando menos espacio para la concentración y la reflexión profunda.

Por eso, no solo importa qué vemos, sino también qué hábitos estamos entrenando al consumir contenidos.


NETFLIX

Netflix decide qué producir, qué mostrar y qué recomendar. Determinados temas, personajes y formas de representar la realidad llegan a millones de personas. 

Además, el algoritmo selecciona qué contenidos aparecen frente a nosotros según nuestros hábitos de consumo. Así, no todos recibimos las mismas historias ni las vemos de la misma manera.

EL EFECTO DOMINÓ NO TIENE POR QUÉ SER NEGATIVO

Así como podemos incorporar miedo, violencia o conductas, también podemos transmitir empatía, solidaridad, cooperación o hábitos positivos. Por eso, la pregunta no es solamente si las pantallas “hacen mal”, sino qué vemos y qué hacemos con eso que vemos.

Bandura, Carr y el concepto de contagio social permiten entender que lo que observamos y repetimos puede influir en nuestra forma de pensar y actuar. Entonces, quizás no se trata solo de preguntar ¿Qué serie estás viendo?”, sino también: “¿Qué está aprendiendo de vos tu cerebro mientras la mirás?”

Porque los créditos pueden marcar el final de un capítulo, pero no necesariamente el final de sus efectos.


Fuentes y referencias

Bandura, A., Ross, D., & Ross, S. A. (1961). Transmission of aggression through imitation of aggressive models. Journal of Abnormal and Social Psychology, 63(3), 575–582. https://doi.org/10.1037/h0045925

Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.

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