¿Quién decide lo que vemos en Internet?
Las redes sociales no son ventanas transparentes al mundo. Ordenan lo que aparece en pantalla, premian ciertas interacciones y pueden ser utilizadas para fabricar una impresión de consenso. Un conjunto de investigaciones de la Universidad de Oxford documentó el uso de cuentas automatizadas y coordinadas para difundir propaganda y desinformación en distintos países. La pregunta no es solo qué información circula, sino quién la impulsa, cómo se vuelve visible y qué hacemos antes de compartirla.
La popularidad también puede fabricarse
Algunas estrategias buscan dar “me gusta”, publicar o replicar mensajes para que una idea parezca más popular de lo que es. Si una publicación parece tener apoyo masivo, otras personas pueden interpretarla como relevante o representativa y sumarse. La coordinación entre personas y automatizaciones también puede amplificar una campaña. Esta dinámica se llama "producción de consenso”.
Los algoritmos ordenan la experiencia
Las plataformas organizan la información mediante sistemas de recomendación que priorizan contenidos según señales de actividad. Los mensajes engañosos pueden apoyarse en los algoritmos de Facebook o Twitter para ganar exposición. No significa que un algoritmo piense como una persona ni que todos recibamos exactamente el mismo contenido, sino que la arquitectura de la plataforma influye en qué encontramos, cuánto tiempo permanecemos y qué temas parecen dominar la conversación.
En Twitter, las noticias falsas tienen mucha más difusión que las verdaderas, según un estudio
Cuando la mentira corre más rápido
Una investigación del MIT, publicada en la revista Science estudió más de 126.000 noticias difundidas en Twitter entre 2006 y 2016. El resultado mostró que en promedio las noticias falsas alcanzaban a más personas, se propagaban más rápido que las verdaderas y podían generar cadenas de difusión mucho más extensas. La desinformación no depende únicamente de cuentas automatizadas y los usuarios también participamos en su circulación cuando compartimos contenidos sin comprobarlos.
Una publicación puede parecer popular porque fue impulsada artificialmente, pero también puede adquirir una enorme visibilidad porque las personas la replican. La cantidad de interacciones no demuestra que la información sea verdadera. Un contenido puede ser muy compartido porque sorprende, indigna o confirma algo que muchas personas ya creen. Por eso, medir la relevancia de una información solamente por su alcance puede confundir popularidad con credibilidad.
Compartir no significa haber leído
Un trabajo publicado en Nature Human Behaviour encontró que alrededor del 75% de los enlaces a noticias compartidos en redes sociales se difundían sin que los usuarios hubieran leído previamente el contenido. En lugar de comprobar qué decía la noticia, muchas personas parecían guiarse por elementos más inmediatos, como el titular o la procedencia del enlace.
Esto es importante en un entorno donde la velocidad parece tener más valor que la reflexión. Un titular puede provocar una reacción en pocos segundos, mientras que leer una nota completa, comprobar su fecha, buscar la fuente original y contrastarla con otras publicaciones requiere mucho más tiempo. De esta manera, podemos terminar participando en la circulación de una información sin conocer realmente su contenido.
Los estudios permiten observar que el problema no está solamente del otro lado de la pantalla. Los algoritmos pueden organizar nuestra experiencia, las cuentas automatizadas pueden amplificar determinados mensajes y las plataformas pueden tomar decisiones sobre qué contenidos reciben mayor exposición, pero nuestras propias acciones completan el circuito. Cada clic, cada me gusta, cada comentario y cada vez que compartimos algo contribuye a determinar qué información continúa circulando.
Por eso, desarrollar una mirada crítica sobre Internet no significa desconfiar automáticamente de todo lo que encontramos. Significa incorporar pequeñas pausas antes de reaccionar. Si una noticia provoca sorpresa, indignación o entusiasmo inmediato, quizás ese sea precisamente el momento para detenerse y comprobar qué hay detrás del mensaje. La pregunta deja de ser únicamente “¿esto me interesa?” y pasa a ser también “¿qué evidencia tengo para afirmar que esto es cierto?”.
Una rutina breve para informarnos mejor
Ante una publicación llamativa, podemos hacer una pausa y revisar algunos puntos:
La conversación también depende de nosotros
Las plataformas tienen responsabilidades por el diseño y la moderación de sus espacios y quienes usamos las redes por las decisiones cotidianas de publicar, verificar y amplificar. No consiste en desconfiar de todo, sino en desarrollar preguntas mejores y buscar pruebas proporcionales a lo que afirmamos. Escuchar empáticamente también es reconocer que una persona puede estar expuesta a información distinta de la nuestra, sin tratarla de inmediato como ingenua o malintencionada.
Internet es una infraestructura configurada por empresas, gobiernos y usuarios, y sus efectos dependen de decisiones concretas, no es una fuerza única que nos determina. Podemos reclamar transparencia y protección de derechos mientras cultivamos hábitos de lectura crítica. Si producimos para otros, la responsabilidad empieza por entender qué necesitan saber, cómo presentamos las evidencias y qué consecuencias puede tener nuestra pieza.
FUENTES
Vosoughi, Soroush, Deb Roy y Sinan Aral (2018). «The spread of true and false news online». Science, 359(6380), 1146–1151. Estudio del MIT que analizó más de 126.000 noticias difundidas en Twitter entre 2006 y 2016 y comparó la velocidad y alcance de la circulación de información verdadera y falsa. https://doi.org/10.1126/science.aap9559
Sundar, S. Shyam, Eugene Cho Snyder, Mengqi Liao, Junjun Yin, Jinping Wang y Guangqing Chi (2025). «Sharing without clicking on news in social media». Nature Human Behaviour, 9, 156–168. Investigación que analizó más de 35 millones de publicaciones públicas de Facebook y encontró que aproximadamente el 75% de los enlaces a noticias fueron compartidos sin que los usuarios hicieran clic previamente en ellos. https://doi.org/10.1038/s41562-024-02067-4
Artículos periodísticos
LA NACION (2018). «En Twitter, las noticias falsas tienen mucha más difusión que las verdaderas, según un estudio». 9 de marzo de 2018. Artículo periodístico sobre la investigación de Vosoughi, Roy y Aral publicada en Science. https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/en-twitter-las-noticias-falsas-tienen-mucha-mas-difusion-que-las-verdaderas-segun-un-estudio-nid2115486/
LA NACION (2024). «Circulación superficial: la gente comparte enlaces a noticias, pero en el 75% los casos lo hace sin leerlas». 29 de noviembre de 2024. Artículo periodístico sobre el estudio publicado en Nature Human Behaviour acerca de la práctica de compartir noticias sin acceder previamente a su contenido. https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/circulacion-superficial-la-gente-comparte-enlaces-a-noticias-pero-en-el-75-los-casos-lo-hace-sin-nid29112024/
SEGUÍ EXPLORANDO EL TEMA:
Algoritmos, experimentos y cibervigilancia: ¿Elegimos libremente lo que pensamos en la red?
Las dinámicas del ecosistema digital actual demuestran que nuestra percepción de la realidad, nuestras decisiones políticas y nuestras emociones están siendo moldeadas por corporaciones privadas y agencias estatales. A través de experimentos psicológicos no consentidos, el encierro en burbujas de filtro y la contratación de ciberarmas de propaganda, la libertad de elección en la red revela su verdadera naturaleza: una cuidada ilusión construida sobre la atención del usuario.
La desinformación como industria a escala global
La difusión de noticias falsas y discursos polarizantes dejó de ser un fenómeno espontáneo de usuarios individuales. Hoy en día se trata de una estrategia política y comercial hiperprofesionalizada.
Un informe exhaustivo elaborado por el Instituto de Internet de la Universidad de Oxford (OII) reveló que las campañas organizadas de manipulación en redes sociales están presentes en al menos 81 países, lo que representa un aumento sostenido de la desinformación producida a escala industrial.
Los hallazgos principales de la investigación confirman la gravedad del problema:
Estrategia sistemática: En el 93 % de los países analizados (76 de 81), los gobiernos y partidos políticos utilizan la propaganda computacional como una herramienta habitual de comunicación política.
Privatización de la propaganda: Se identificaron agencias estatales trabajando junto a empresas privadas de "comunicación estratégica" en 48 países, ofreciendo servicios de desinformación, acoso y difamación por encargo.
Inversión millonaria en ciberarmas: Se han destinado casi 60 millones de dólares al financiamiento de empresas que operan bots, cuentas pirateadas y sistemas de amplificación para falsificar tendencias y simular falsos consensos populares.
Ataque a la oposición y activistas: En 59 países se detectó el uso de troles patrocinados por los Estados para silenciar el periodismo independiente, hostigar activistas y erosionar la confianza democrática.
Esta "producción de consenso" artificial demuestra que la conversación pública no es orgánica, sino el resultado de ejércitos de software programados para moldear el debate a favor de intereses concentrados.
Los usuarios como cobayos: Manipulación emocional y burbujas
Las plataformas no se limitan a distribuir información; intervienen activamente en el estado de ánimo de las personas.
Un caso paradigmático analizado por la investigadora Marian Moya en la Revista Anfibia sacó a la luz el experimento secreto realizado por Facebook sobre 689.003 usuarios sin su consentimiento. La plataforma manipuló el algoritmo de la sección "Noticias" para alterar la cantidad de contenidos positivos o negativos que veían las personas, demostrando que es posible provocar un "contagio emocional" masivo mediante la simple selección algorítmica.
Esta manipulación se complementa con el concepto de "Filtro de Burbuja", acuñado por Eli Pariser. Los algoritmos de recomendación están diseñados para maximizar el tiempo de permanencia en pantalla, alimentando a los usuarios únicamente con contenidos que confirman sus sesgos previos o despiertan indignación. Como la rabia genera más clics e interacciones que el análisis pausado, la infraestructura digital premia la radicalización y penaliza el pensamiento crítico.
El cerebro hipertextual y la pérdida de la atención profunda
Esta sobreestimulación algorítmica tiene consecuencias directas sobre nuestra neurobiología. En su obra Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, el ensayista Nicholas Carr advierte que la navegación digital constante reconfigura la neuroplasticidad del cerebro.
Al exponernos a ráfagas ininterrumpidas de información, notificaciones y textos fragmentados, la red nos adiestra para la evaluación rápida y la distracción permanente, erosionando de manera progresiva nuestra capacidad de concentración, lectura profunda y memoria a largo plazo.
Como sostenía Marshall McLuhan, "el medio es el mensaje": la tecnología no es un instrumento neutro, sino un entorno que transforma la estructura de nuestro pensamiento y anestesia el juicio crítico sin que lo notemos.
Vigilancia masiva y la ilusión del espacio libre
A la manipulación corporativa se le suma el despliegue del cibercontrol estatal. Informes de la Asamblea General de las Naciones Unidas han alertado que la facilidad tecnológica actual permite a los gobiernos monitorear el tráfico web, intervenir llamadas y rastrear datos de localización de ciudadanos comunes.
A través de leyes amparadas en la "seguridad nacional" o la "lucha contra el crimen", países en Europa, América Latina y Asia han instaurado marcos de vigilancia extraterritorial y retención de datos que violan el derecho fundamental a la privacidad.
Casos de espionaje masivo y la intervención del denominado "Club de los Cinco" (las grandes corporaciones tecnológicas como Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) confirman que la red se ha consolidado como un espacio de poder asimétrico. Las decisiones sobre qué se ve, qué se silencia y qué se censura quedan reducidas al criterio arbitrario de un puñado de directivos y agencias gubernamentales, tal como evidenciaron las idas y vueltas de las políticas de censura en plataformas como Twitter.
Hacia una resistencia digital crítica
Frente a un ecosistema diseñado para la manipulación, la pasividad del usuario deja de ser una opción. Comprender la arquitectura digital es el primer paso para desnaturalizarla. Para no ser piezas pasivas del engranaje algorítmico, resulta indispensable adoptar una postura activa: - Cuestionar la inmediatez: Ejercitar la pausa analítica antes de compartir contenidos que apelen directamente a la indignación o la emoción visceral. - Diversificar la dieta informativa: Forzar la salida de la burbuja algorítmica buscando activamente fuentes primarias, medios independientes e investigaciones con respaldo metodológico. - Exigir transparencia algorítmica: Reclamar marcos regulatorios que impidan la experimentación social con usuarios y garanticen la auditoría pública del código de las grandes plataformas.
Navegar por Internet exige dejar de asumir la tecnología como un entorno dado e inofensivo. Solo mediante el desarrollo de un pensamiento crítico y consciente podremos recuperar la soberanía sobre nuestras mentes y nuestras decisiones en el mundo digital. 🎧 ¿Preferís escuchar o ver este análisis mientras viajás o hacés otra cosa? Hacé clic en el reproductor que está de bajo de esta nota para oír el debate extendido, con ejemplos analíticos y la teoría de Marshall McLuhan en nuestro Episodio 2 del Podcast "Hoy Todo Vale" o en nuestro video de YouTube.
🔗 Enlaces externos de referencia y consulta:
Estudio de manipulación en redes sociales: Informe de la Universidad de Oxford (OII)
Investigación sobre el experimento de Facebook: Artículo de Revista Anfibia por Marian Moya
Análisis sobre marcos legales y vigilancia: Informe sobre espionaje y privacidad global en El Diario
¿ Un entorno a nuestra medida?
La percepción de que habitamos un entorno digital transparente y moldeado a nuestra medida es una de las construcciones más eficaces de la cultura contemporánea. Al interactuar diariamente con las plataformas, asumimos que el contenido que aparece en nuestros dispositivos es una representación directa de los intereses de nuestras conexiones o de nuestras búsquedas explícitas. Sin embargo, la arquitectura que sostiene la circulación de la información responde a dinámicas de mediación algorítmica y valorización económica que condicionan profundamente nuestra dieta informativa.
Curaduría algorítmica y la «Economía de la Distracción»
En el centro de esta mediación se encuentra el concepto de la "mano invisible" del News Feed. Lejos de actuar como un canal de distribución neutral, la curaduría algorítmica jerarquiza los estímulos priorizando la velocidad y el impacto emocional. Esta mediación opera bajo el fenómeno de la opacidad algorítmica —la imposibilidad de los usuarios y de la sociedad civil de auditar los criterios, sesgos y códigos secretos con los que las plataformas seleccionan la información—. Habitamos, así, un ecosistema de «caja negra» donde entregamos datos de entrada y recibimos estímulos de salida, pero cuyo proceso intermedio permanece oculto.
Como señala el ensayista Nicholas Carr en su análisis sobre la economía de la distracción, este modelo corporativo se sostiene en maximizar el tiempo de permanencia y la tasa de interacción. En una arquitectura opaca, el contenido que genera indignación, controversia o confirmación de sesgos previos resulta sustancialmente más rentable que aquel que exige reflexión o lectura pausada, condicionando nuestra dieta informativa sin que podamos intervenir en las reglas del juego.
Nuestros datos a la carta
El mecanismo que posibilita esta manipulación a gran escala se nutre de las microinteracciones diarias del usuario. Cada prueba casual de personalidad, reto viral o encuesta aparentemente trivial funciona como un dispositivo de extracción de datos comportamentales. Como puso de relieve el documental The Virtual Revolution, la promesa original de internet como un espacio abierto y democratizador se ha transformado progresivamente en un sistema cerrado de extracción y cercamiento. Los datos recopilados en actividades lúdicas permiten construir perfiles psicográficos detallados que, posteriormente, son utilizados para dirigir campañas de desinformación altamente segmentadas, dirigidas a vulnerabilidades emocionales específicas.
Como conclusión..
En última instancia, la opacidad algorítmica y la economía de la atención no son fenómenos abstractos: operan en los minutos que le dedicamos a una pantalla cada mañana y en la forma en que nos vinculamos con lo diferente. Cuestionar estas dinámicas no es un ejercicio de paranoia, sino de soberanía personal. ¿Estamos dispuestos a pausar la inercia del consumo digital para recuperar el tiempo de la contemplación, o continuaremos alimentando una máquina diseñada para pensar por nosotros?
El ágora fragmentada: cómo las plataformas aceleran la polarización
La promesa utópica de la era digital nos hacía imaginar una gran plaza pública virtual donde cada ciudadano pueda participar en un debate libre y constructivo: un ágora universal, transparente y democrática. Pero la actualidad ofrece un paisaje muy distinto, marcado por la hostilidad y la polarización.
El origen de la "grieta" no viene de las plataformas digitales. Estas disputas por el sentido tienen raíces históricas que anteceden a los algoritmos. Lo que introdujeron fue reconfiguraciones de las formas en las que se expresa la política. Así, la argumentación extensa que antaño caracterizó el debate político hoy fue reemplazada por "micro-mensajes". En palabras de Ernesto Calvo y Paula Clerici:
"Hoy sabemos que la democracia deliberativa no incluye ciudadanas y ciudadanos filósofos, enfrascados en largos intercambios comunicacionales, sino miles de millones de micro-mensajes, descentralizados y localistas, circulando en espacios en los que gobierna una élite de influencers" [1].
Frente a la saturación constante de información que caracteriza al entorno digital actual, la mente humana recurre a atajos cognitivos que priorizan aquello que coincide con las creencias individuales previas. Si una noticia respalda nuestra opinión, la aceptamos de inmediato. Si la contradice, la ignoramos.
En el último episodio del podcast Demasiado bueno para ser IA, exploramos la incidencia de los sesgos cognitivos en el entorno digital. Siguiendo lo expuesto por Cass Sunstein en su libro #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media [2], podemos decir que las cámaras de eco son un proceso clave en la polarización que ha sido incorporado en la infraestructura de las propias plataformas digitales.
Las cámaras de eco tienen lugar cuando los usuarios refuerzan sus narrativas políticas al limitar su interacción social a otros usuarios con discursos afines. En este entorno, los algoritmos generan cámaras de eco al detectar tendencias y entregar a cada individuo mensajes alineados ideológicamente con sus posturas previas. Como indican Natalia Aruguete y Ernesto Calvo en Fake news, trolls y otros encantos (2020):
"Lo novedoso del escenario mediático actual reside en la personalización y el desagrupamiento de la información mediante códigos algorítmicos" [3].
Los propios usuarios intervienen activamente en la creación de sus propias cámaras de eco mediante el fenómeno del pruning o poda digital. Aruguete y Calvo han mostrado que los sujetos con identidades políticas fuertemente consolidados suelen bloquear, silenciar o eliminar de sus contactos a amigos, familiares o conocidos que publican posturas disonantes.
Este fenómeno es muestra de que la separación entre grupos ya no se organiza solo en torno a desacuerdos políticos, sino en función de la polarización afectiva: el adversario deja de ser percibido como un rival legítimo y pasa a ser visto con una antipatía visceral. Como advierten Calvo y Aruguete, la polarización no implica únicamente un aumento en la distancia de las políticas públicas:
"Constituye, además, un cambio en las distancias simbólicas que observamos, en los encuadres que son preactivados mediante distintas estrategias comunicacionales" [4].
En ese marco, la circulación de contenidos responde menos a su precisión fáctica que a su capacidad de activar marcos identitarios y pasiones intensas. Las plataformas digitales están diseñadas para premiar los posteos que generen indignación o entusiasmo, ya que la emocionalidad es el insumo clave en la economía de la atención. Para ver cómo se relaciona este tema con película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Baudrillard, te recomiendo este video que hice:
Así, la convergencia entre el diseño algorítmico, las dinámicas de gratificación inmediata y los sesgos cognitivos consolida una transformación estructural en la manera en que se expresa la política. La polarización deja de ser un síntoma coyuntural del debate público para convertirse en la lógica organizativa del entorno digital.
En este sentido, resulta claro y deprimente saber que los incentivos del sistema continúan y continuarán premiando la radicalización del debate sobre el acuerdo.
[1] Ernesto Calvo y Paula Clerici (2023). Después de la #Consolidación Democrática: Redes sociales, polarización y fake news. Desarrollo Económico, 63(240), 195-202.
[2] Cass R. Sunstein (2017). #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media. Princeton University Press.
[3] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales. Siglo XXI.
[4] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). op. cit.
Cuando nuestras emociones también dejan datos
¿PUEDE INTERNET SABER CÓMO ESTAMOS SIN QUE SE LO CONTEMOS?

Cuando pensamos en privacidad digital, podemos imaginar información que entregamos de manera bastante evidente: nuestro nombre, una fotografía, una contraseña, una ubicación o los datos de una cuenta.
Pero existe otra clase de información mucho menos visible. No necesariamente la escribimos ni la publicamos. A veces ni siquiera somos conscientes de que la estamos generando.
Es la información que aparece a partir de nuestro comportamiento digital.
La manera en que usamos el teléfono, cuánto tiempo permanecemos conectados, nuestros horarios, determinados patrones de comunicación o incluso algunos datos registrados por dispositivos que llevamos puestos pueden convertirse en señales que permiten estudiar aspectos de nuestra conducta y bienestar.
Esto no significa que Internet pueda leer nuestra mente. Tampoco que una plataforma pueda determinar con certeza qué sentimos.
DEL DATO AISLADO AL PATRÓN
Un dato por sí solo suele decir poco. Que una persona utilice el teléfono durante determinada cantidad de minutos no permite saber automáticamente cómo se siente. Tampoco que se acueste tarde, camine menos durante algunos días o reduzca su actividad digital. El interés científico aparece cuando esos datos se observan en conjunto y a lo largo del tiempo.
La idea de digital phenotyping, o fenotipado digital, consiste, de manera general, en utilizar datos provenientes de dispositivos digitales para estudiar patrones relacionados con el comportamiento, la fisiología y otros aspectos de la vida cotidiana.
Una revisión publicada en Nature Mental Health en 2026 analizó 52 estudios sobre el uso de tecnologías móviles para predecir cambios relacionados con la depresión. Entre las variables estudiadas aparecieron datos de ubicación, sueño, actividad física, patrones de comunicación, variabilidad de la frecuencia cardíaca y autoinformes sobre el estado de ánimo.
Esto no quiere decir que cada uno de esos datos permita identificar una emoción concreta. Quiere decir que ciertas combinaciones de señales pueden presentar asociaciones con distintos estados o síntomas.
La diferencia es fundamental. Una asociación no equivale a una explicación. Y una predicción no equivale a un diagnóstico.
EL EXPERIMENTO QUE MUESTRA HASTA DÓNDE PUEDEN LLEGAR ESTOS DATOS
En agosto de 2026 se publicó un estudio especialmente amplio sobre este tema: el Digital Mental Health Study. El proyecto reunió a más de 4.000 participantes que aceptaron compartir, durante hasta 12 meses, diferentes tipos de información obtenida mediante iPhone y Apple Watch. Los investigadores analizaron patrones de sueño, movilidad, actividad física, uso de aplicaciones, duración y cantidad de llamadas y mensajes, determinadas características de la voz y otros indicadores obtenidos mediante los sensores de los dispositivos.
Un detalle no menos importante es que los participantes debían autorizar qué tipos de datos podían compartirse y podían administrar sus permisos. Además, determinados procesos se realizaban directamente en el dispositivo para reducir la transmisión de información sensible. Por ejemplo, en el caso de la ubicación, el sistema podía trabajar con categorías de movimiento sin transmitir las coordenadas GPS exactas.
Por un lado, los rastros digitales pueden ofrecer nuevas herramientas para investigar la salud mental de manera más continua que una evaluación realizada en un único momento.
Por otro, cuanto más información se utiliza para inferir aspectos de una persona, más importante se vuelve preguntarse quién tiene acceso a esos datos, con qué finalidad y bajo qué condiciones.
LA DIFERENCIA ENTRE OBSERVAR Y CONOCER
Un meta-análisis publicado en 2026 en npj Digital Medicine analizó 45 muestras independientes, con 2.939 adolescentes, y encontró una asociación general pequeña pero significativa entre determinados datos pasivos del teléfono y resultados relacionados con salud mental Los propios resultados muestran que se trata de relaciones estadísticas, no de una herramienta que permita traducir automáticamente el comportamiento de una persona en un diagnóstico. Diferentes sistemas pueden recoger señales, encontrar patrones y realizar inferencias. Pero inferir no es saber.
EL PROBLEMA NO TERMINA EN LOS DATOS
Los datos digitales no existen aislados del mundo. Se encuentran dentro de plataformas, aplicaciones, empresas, servicios y sistemas algorítmicos que deciden qué información mostrar, ordenar o recomendar. La cuestión emocional agrega otra dimensión. Si nuestras experiencias digitales generan señales y esas señales participan en sistemas de personalización, entonces nuestra relación con Internet no es simplemente de ida. También producimos datos que pueden contribuir a construir la experiencia que recibimos después.
CUANDO LA PRIVACIDAD DEJA DE SER SOLAMENTE “LO QUE CONTÉ”
Que información sobre nosotros pueda construirse a partir de señales que nunca consideramos información personal? No hace falta que una persona escriba su situación emocional personal. Puede existir una combinación de comportamientos que resulte relevante para un sistema de análisis.
Un artículo de Nature Mental Health publicado en 2024 señaló que el crecimiento de los datos obtenidos pasivamente a través de servicios digitales plantea un problema de consentimiento: los usuarios pueden tener poca capacidad de decisión sobre cómo se recopilan, comparten o utilizan esos datos. Los autores proponen avanzar hacia un modelo en el que el consentimiento tenga un papel mucho más central.
¿ESTO ES NECESARIAMENTE ALGO MALO?
No necesariamente. No es lo mismo que una persona participe voluntariamente en una investigación, conozca qué información comparte y pueda retirar sus permisos, que una empresa obtenga datos de comportamiento sin que el usuario comprenda qué inferencias pueden construirse a partir de ellos. El problema está en otra parte: el contexto y el control.
LA PRIVACIDAD TAMBIÉN PUEDE SER LO QUE TODAVÍA NO DIJIMOS
- Primero: aprendimos a convivir con la idea de que aquello que publicamos puede permanecer.
- Segundo: entendimos que nuestros movimientos, búsquedas y hábitos también pueden generar registros.
- Tercero: los datos pueden utilizarse para inferir características que nosotros nunca expresamos directamente.
Para finalizar podemos replantearnos esta pregunta: ¿Cuánto queremos que nuestras emociones sean convertidas en datos? Te invito a seguirnos en nuestro canal de YouTube, donde ampliaremos este tema.
Fuentes y referencias
La ilusión de la elección
Nos vendieron Internet como el espacio definitivo de la información libre. La propuesta era prometedora: seríamos nuestros propios editores, navegantes autónomos en un mapa sin intermediarios. Sin embargo, en el camino hacia la hiperconectividad, la plaza pública digital terminó bajo el control de un puñado de plataformas corporativas, el denominado Club de los Cinco: Google, Amazon, Meta, Apple y Microsoft, que no solo distribuyen contenido, sino que diseñan nuestra dieta informativa y filtran la realidad antes de que podamos procesarla por nuestra cuenta.
En los blogs anteriores analizamos con Nicholas Carr cómo la conectividad permanente fragmenta la concentración y altera la arquitectura cognitiva, hoy el debate es político e infraestructural: ¿quién decide qué leemos, vemos y discutimos cuando abrimos una pantalla?
Seis perfiles, el mismo diario y seis mundos distintos
Para entender la dimensión de este filtrado opaco, basta con mirar los datos empíricos. En un estudio sobre nuestro ecosistema mediático, la World Wide Web Foundation, organización creada por el inventor de la Web, Tim Berners-Lee, realizó una auditoría en Buenos Aires. El experimento creó seis perfiles de usuarias idénticas (misma edad, ubicación y horarios de conexión) que seguían exactamente a las mismas 22 páginas de noticias y referentes políticos.
Si la red funcionara como ese espacio neutral que pregona Silicon Valley, las seis usuarias habrían accedido a la misma oferta informativa. Sin embargo, los resultados expusieron la discrecionalidad del algoritmo:
El sesgo de visibilidad: De todo el universo de notas publicadas por los medios en ese período (la infoesfera), las usuarias solo estuvieron expuestas a un promedio de 1 de cada 6 publicaciones (apenas el 18%). El 82% restante nunca apareció en sus pantallas.
Fragmentación de la agenda: A pesar de ser perfiles clonados, cerca de la mitad de las noticias que vio una usuaria fue completamente omitida en la línea de tiempo de la otra. Las plataformas no nos reúnen en un espacio común, sino en versiones individualizadas de la realidad.
Invisibilización sobre temas críticos: Durante todo el experimento, el algoritmo filtró y ocultó el 100% de las notas sobre femicidios y violaciones que los medios habían publicado.
En Argentina, donde más del 60% de la población utiliza las redes sociales como vía principal para informarse, que una fórmula matemática opaca borre problemáticas sociales de la pantalla no es una mera métrica de relevancia: es una forma automatizada de censura.
La arquitectura de la manipulación
Esta selección de contenidos se entrelaza directamente con la disputa política en el espacio digital. Como reveló el Instituto de Internet de Oxford, las redes se transformaron en el escenario de una "propaganda computacional" permanente.
Desde el uso de granjas de bots diseñadas para inflar apoyos y generar una falsa "producción de consenso" (el efecto de arrastre en la opinión pública), hasta las estrategias de saturación de conversación o la "Armada de los 50 centavos" en China, la Web fue perdiendo su dinámica de debate entre personas.
A esto se suma la dimensión de la vigilancia estatal y corporativa. Como planteaba Aleks Krotosky en el documental La Revolución Virtual, la red que nació en el Pentágono con fines militares conserva su potencial de control. Las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo y el uso de la psicometría para el perfilado de votantes en el caso Cambridge Analytica (retratado en Nada es privado) confirman que, en la economía de las plataformas, los usuarios fuimos convertidos en el insumo principal.
McLuhan, la "cámara de eco" y el filtro de burbuja
Marshall McLuhan señalaba que nosotros moldeamos nuestras herramientas y luego nuestras herramientas nos moldean a nosotros. Al cruzar esta idea con los conceptos de cámara de eco de Cass Sunstein y filtro de burbuja de Eli Pariser, la paradoja contemporánea queda al descubierto: creemos que navegamos buscando información diversa, pero el algoritmo prioriza aquello que confirma nuestras tendencias previas para retener nuestra atención. La pantalla deja de ser una ventana hacia la alteridad para convertirse en un circuito cerrado que nos aísla y polariza.
La hiperconectividad no garantizó una democratización transparente de la cultura; consolidó un fenómeno de concentración y abuso de posición dominante inédito.
Recuperar la soberanía digital implica mucho más que reclamar la propiedad de nuestros datos: exige exigir transparencia algorítmica y construir una dieta informativa propia, libre de mediaciones invisibles.
🎧 Circuito transmedia
🎙️ Podcast: Escuchá el Episodio 02 de Nostalgia del aburrimiento: "La ilusión de la elección", donde profundizamos estos temas.
Bibliografía y lecturas de referencia:
World Wide Web Foundation (2018). La mano invisible: el News Feed de Facebook y nuestra dieta informativa.
Oxford Internet Institute (2017). Troops, Trolls and Troublemakers: A Global Inventory of Organized Social Media Manipulation.
Krotosky, Aleks (2010). La Revolución Virtual: ¿Enemy of the State? (BBC).
Pariser, Eli (2011). El filtro burbuja: Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos.
Carr, Nicholas (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?






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