Monopolio de la atención


En el post anterior de este blog pensamos cómo la hiperconectividad nos fue barriendo los espacios para aburrirnos, bajar un cambio y procesar las cosas con mayor profundidad. Ahora, para entender cómo terminamos metidos en este estado de distracción permanente y de "locomoción perpetua", hay que dar un paso atrás y plantear una pregunta clave: ¿Internet nos dio más libertad o simplemente armó un sistema de control nuevo?

Como explica la Dra. Aleks Krotosky en el documental La Revolución Virtual de la BBC, Internet nació con la promesa de ser "El Gran Nivelador". En los setenta, los pioneros de la informática vieron en la tecnología una salida técnica para todo ese espíritu contracultural de la época. Desde las primeras comunidades virtuales como The Well hasta el hito de Tim Berners-Lee cuando creó la World Wide Web, la utopía era clara: democratizar la información y armar una red horizontal, libre y descentralizada.

Sin embargo, a semejante impulso le cayó encima una contrarrevolución rapidísima.

De la utopía libertaria al Taylorismo digital

La tensión entre la libre circulación de contenidos (que en su momento tuvo hitos como Napster y las redes peer-to-peer) y el modelo de explotación comercial con copyright no tardó en aparecer. Lo que había arrancado como un ecosistema bien abierto terminó copado por un puñado de corporativos.

Hoy en día, la ética intelectual que maneja la red no es la del pensamiento libre, sino lo que el autor Nicholas Carr llama en Superficiales el Taylorismo digital. Como dice Nicholas Carr en su libro Superficiales: "Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero". Por eso, en la red de hoy ya no hay lugar para la pausa ni para el aburrimiento; cuanto más rápido saltás de un link a otro, más lucrativo le resultás a la plataforma:

La economía de la velocidad: Las grandes plataformas no están hechas para que leamos tranquilos ni para ponernos a contemplar. Su negocio necesita que naveguemos a las corridas, saltemos de un hipervínculo a otro y consumamos información en ráfagas. Cuantos más clics metemos, más anuncios vemos y más datos les regalamos.

La cultura fragmentada: La información ya no se consume como un todo armado (pensá en un libro o un ensayo completo), sino en "fragmentos detectables y examinables". Se termina cambiando la lectura reflexiva por la inmediatez y el picoteo de datos rápidos.

🎧 Escuchá el podcast: ¿Sentís que no podés terminar un video de YouTube sin abrir otra pestaña? En el episodio de hoy de nuestro podcast Monopolio de la Atención, debatimos cómo se siente en el día a día este "Taylorismo digital" y por qué los algoritmos de las redes nos conocen mejor que nosotros mismos. ¡Dale play arriba o escuchalo mientras leés! 

¿Nuevas jerarquías o una verdadera revolución?

El gran interrogante que nos deja todo esto es si Internet realmente rompió con las dinámicas de la cultura offline o si al final solo vistió al viejo sistema de élites con ropa nueva. Como señala Carr sobre cómo las plataformas remodelan la cultura:

"Cuando la Red absorbe un medio, lo recrea a su imagen y semejanza. No se limita a disolverle la forma física; también le inyecta hiperenlaces en el contenido, lo fragmenta en secciones aptas para las búsquedas y rodea su contenido con el de todos los demás medios que ha absorbido. Todos estos cambios en la forma del contenido modifican también el modo en que usamos, experimentamos e incluso comprendemos el contenido."

Que casi todo el tráfico del mundo se concentre hoy en cuatro o cinco sitios (Google, YouTube, Meta, Amazon) te muestra cómo el sistema siempre le encuentra la vuelta a las innovaciones para adaptarse y salir ileso. Volvemos a cruzarnos con intermediarios o gatekeepers que filtran y eligen qué vemos y qué no.

Retomando la típica metáfora de Marshall McLuhan, los medios funcionan como prótesis que extienden nuestras capacidades. La Web nos dio un megáfono gigante para crear y colaborar, pero a la vez expandió las herramientas para vigilar, controlar y monetizar nuestra atención. No es que hoy tengamos cerebros "mejores", tenemos cerebros "diferentes", moldeados al ritmo y la estética de la pantalla.

En fin, la red no es para nada neutral: amplifica la libertad pero también la dominación. La duda sigue intacta: ¿somos nosotros los que le damos forma a la red, o es la red la que nos está amoldando a nosotros?

💬 Sumate al debate: En el podcast dejamos abierta una pregunta sobre si es posible una "resistencia digital" o si ya es tarde. Escuchá el episodio Monopolio de la Atención y dejanos tu respuesta acá abajo en los comentarios. 


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Consecuencias del uso de las nuevas tecnologías a temprana edad

 


Las nuevas tecnologías pueden ser un arma de doble filo para los niños. 

Es entedible y de público conocimiento que el uso de pantallas en los niños es una herramienta de dispersión y que puede entretener a los niños durante un tiempo prolongado. Esta facilidad le brinda a los padres la posibilidad de tener un tiempo "tranquilo" para poder realizar tareas laborales, domésticas o personales. Pero ese uso excsesivo de pantalla puede generarle consecuencias a los niños. 

¿Qué efectos causa el uso excesivo de tecnologías en niños?

El cerebro de los niños está en desarrollo y es espcialmente vulnerable a las pantallas. La ciencia demostró que el uso excesivo de las tecnologías no solo altera el comportamiento de los niños, sino que, tambien puede cambiar la estructura y la química cerebral. Se produce un sobrestímulo de dopamina, los videos rapidos y videojuegos generan descargas masivas de dopamina. El cerebro del niño se acostumbra a recibir una gratificacion inmediata, por eso, termina actuando muy similar a como actúan las adicciones. 



Con respecto al lenguaje y aprendizaje.
Un estudio realizado por el Centro de Neurología Avanzada, demostró algunos efectos en el habla de los niños debido al uso excesivo de las pantallas. Al estar usando la pantalla y no establecer ningún diálogo ni intercambio de expresiones faciales, puede interferir en el desarrollo del lenguaje. Otro efecto es, inhibir su capacidad de observar, concentrarse y experimentar. Esto le impide al niño aprender usando todos sus sentidos para construir significados. 

Neuroplasticidad.
Como ya mencionó Nicholas Carr en su texto "Superficiales", el cerebro adulto sigue siendo maleable: 
"un puñado de biólogos y psicológos vio, en el cuerpo cada vez mayor de investigaciones sobre el cerebro, indicaciones de que incluso el cerebro adulto era maleable, o "plástico". Podía constituir nuevos circuitos neuronales a lo largo de nuestras vidas; y los antiguos podían tanto fortalecerse como debilitarse, así como extinguirse por completo". Esta capacidad puede ser perjudical, ya que, las experiencias negativas en las infancias pueden dejar huellas duraderas en el desarrollo emocional y cognitivo de niñas y niños. 

Recomendaciones.
La OMS, como la gran mayoría de los organismos de salud, recomienda evitar cualquier tipo de pantallas antes de los 24 meses de vida. Esta recomendación es importante, ya que está basada en evidencia científica respecto del impacto en los bebés del uso de pantallas. 

Fuentes y lecturas recomendadas: 
 
Carr, Nicholas (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?. Madrid: Editorial Taurus. 

Artículo de: Centro de Neurología Avanzada, EDUFORICS Revista de Innovación Educativa, Artículo del Comité de Divulgación Científica del INCIHUSA.


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A la deriva de la posverdad: la atrofia cognitiva en la realidad algorítmica

Imagen del post


En febrero de este año, el New York Post publicó un artículo titulado: "Generación Z — La primera generación oficialmente calificada como más estúpida que la anterior" [1]. El titular, escrito con letras bien grandes y en negrita, podría considerarse excesivo. Pero, si bien el Post es conocido por sus titulares sardónicos, no fue un capricho sensacionalista del editor, sino que hacía referencia a las palabras de un especialista en neurociencia y educación, Jared Cooney Horvath.

Horvath había dicho algo muy similar, aunque con más sutileza, frente al Congreso de los Estados Unidos. Esto se debe a que fue uno de los oradores convocados a una audiencia parlamentaria sostenida tan solo un mes antes. ¿El objetivo de esta audiencia? Afrontar una problemática que atraviesa las fronteras estadounidenses y preocupa a todo el mundo: el impacto de las pantallas en los niños.

Ética de las pantallas

Las alarmas están siendo oídas, pero llevan años sonando. En 2018, científicos noruegos revelaron que, por primera vez en el siglo XXI, el Coeficiente Intelectual de las nuevas generaciones era menor al de la generación anterior [2]. El estudio en cuestión también daba una pista fundamental: el problema no era biológico, sino ambiental. Algo había cambiado en el entorno cotidiano de los niños. Tan solo dos años después, este cambio se volvería drástico.

La pandemia y el consiguiente aislamiento fue el último clavo en el cajón; un cajón en el que nos quedamos encerrados con nuestras pantallas como única compañía. El proceso de digitalización de la sociedad se aceleró al punto que trabajar, entretenerse, socializar, informarse, toda actividad social, en definitiva, quedó circunscripta a esta. Desde cierta perspectiva, no hay nada de malo con esto: las pantallas son una herramienta más, no son inherentemente malas o buenas.

Si bien las tecnologías no tienen moral, sí tienen ética. En la historia de la Humanidad, hubo ciertas invenciones que modificaron nuestra forma de pensar. Fueron lo que Nicholas Carr llama "tecnologías intelectuales" y cada una de ellas inculcó una nueva ética intelectual en la especie. Esa ética no está diseñada por sus creadores, ni tampoco es muy tenida en cuenta por sus usuarios, pero su influencia es tremenda:

"En última instancia, la ética intelectual de una invención es lo que surte el efecto más profundo sobre nosotros. La ética intelectual es el mensaje que transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus usuarios" [3].

Cerebro lector 2.0

Las pantallas están cambiando nuestra mente. O quizá sería más correcto decir que ya lo han hecho y que está por verse si podemos hacer algo al respecto. Lo puede ver cualquiera que esté leyendo este artículo: ¿llegaste hasta esta pregunta leyendo de corrido, o saltando de párrafo a párrafo en busca de algo que te interese? Eso se llama skimming y es una técnica de lectura rápida que se convirtió en la norma para la mayoría de los lectores.

Según la neurocientífica Maryanne Wolf [4], el cerebro humano no nació programado para leer, sino que recicla circuitos neuronales para adaptarse al soporte que utiliza. Con el texto en papel, la mente tiende a realizar una "lectura profunda", un proceso que requiere tiempo y paciencia, así como capacidad para la concentración y la abstracción. Con el texto en pantalla, la mente adopta otro patrón de lectura, uno enfocado en rastrear las palabras clave de un texto.

La ventaja del "escaneo veloz" o skimming es, precisamente, su velocidad: permite consumir información al menor costo de tiempo posible, de forma mucho más rápida que la lectura profunda. Es por esto que esta técnica de lectura que existe desde antes de las pantallas. Pero hoy no es solo una técnica, sino que es la norma. El problema aparece es que, como dice Wolf,  "...cuando hacemos skim, literalmente, fisiológicamente, no tenemos tiempo para pensar" [5].

Obsesión por la optimización

Si el patrón de lectura hegemónico en la era digital está marcado por la rapidez y la eficacia, es porque esa es exactamente la ética intelectual de las tecnologías digitales. Para caracterizarla, Carr hace una analogía con el taylorismo, el modelo de trabajo donde las tareas se dividían con el fin de garantizar una mayor velocidad de trabajo:

"Internet es una máquina diseñada para la recogida, transmisión y manipulación eficientes y automatizadas de información; y sus legiones de programadores pretenden encontrar «el método óptimo» —el algoritmo perfecto— para desempeñar los movimientos mentales de lo que se ha dado en describir como la tarea del conocimiento" [6].

La obsesión taylorista por erradicar los tiempos muertos cambió nuestra relación con el saber. Si en la fábrica se buscó maximizar la producción de mercancías, en la red el objetivo estuvo en optimizar la cantidad de datos que nuestras mentes pueden procesar. Nos convertimos así en eficientes procesadores de información, a costa de nuestra capacidad para la contemplación y el análisis profundo.

En este contexto donde la información abunda y la velocidad es la norma, el enfoque de los grupos de interés cambió: la atención de los usuarios se convirtió en el recurso finito anhelado de las marcas y empresas. Hoy, el modelo de negocio del ecosistema digital es el de la "economía de la atención". En palabras de Sean Parker, cofundador de Facebook: "Pensamos en cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo y captar tu atención en la medida de lo posible" [7].

Realidades personalizadas

Para garantizarse la mayor porción del tiempo de navegación del usuario, las grandes empresas han reclutado a todo tipo de expertos para desarrollar mecanismos de captación de atención. Entre ellos, la pieza clave son los algoritmos. Nacidos de ese afán por optimizar las búsquedas de información, son un conjunto de reglas e instrucciones programadas que personalizan nuestras experiencias digitales en tiempo real.

El proceso de personalización de la experiencia de los algoritmos opera identificando y categorizando estímulos según las respuestas que despiertan en los usuarios con el fin de decidir qué tipo de estímulos mostrar a continuación. ¿Cuáles son los criterios para tomar estas decisiones? Esa información está oculta para el público general y cada entorno digital tiene sus propias lógicas.

Sin embargo, la observación empírica revela una verdad evidente: como fue en toda la historia de la comunicación de masas, el contenido que captura la atención es el que apela a las emociones (la indignación, el enojo o el miedo) y el que confirma las opiniones y juicios previos del usuario. Por lo tanto, estos serán los estímulos que el algoritmo buscará generar. No hay una mala intención en los algoritmos, solo la intención del mercado de atención.

Al subordinarse a las pasiones, la maquinaria algorítmica convierte a las plataformas digitales en cámaras de eco donde la realidad queda fragmentada. Para los usuarios de la actualidad, con su capacidad de comprensión y atención atrofiada, salir del camino seguro del algoritmo está totalmente fuera de su imaginación. Resulta más sencillo y gratificante mantenerse en "un ecosistema que no distingue entre lo que es cierto y lo que es conveniente" [8].

Algoritmo y posverdad

El término posverdad se popularizó en 2016 con la emergencia de las fake news. En ese momento, sirvió para explicar por qué los usuarios compartían noticias sin importarles que fueran falsas, siempre y cuando los hechos se ajustaran a en su visión de mundo. Para Lee McIntyre "la posverdad equivale a una forma de supremacía ideológica, a través de la cual sus practicantes intentan obligar a alguien a creer en algo, tanto si hay evidencia a favor como si no" [9].

Hoy en día, los practicantes de la posverdad ya no son los usuarios, sino los algoritmos.  En la realidad fabricada de las plataformas, los algoritmos no juzgan la veracidad ni la ética de los contenidos que distribuyen. Como plantea Joan Cwaik, la posverdad evolucionó a la par del desarrollo tecnológico: "dejó de ser solo un fenómeno discursivo para volverse un fenómeno computacional" [10].

El algoritmo se convirtió en la infraestructura de la posverdad, un mecanismo invisible que moldea activamente la percepción a escala masiva. La dominación no requiere persuasión racional, sino que se da puramente en el ámbito de la emocionalidad. ¿Y qué resistencia pueden ofrecer sus presos de mentes deterioradas por la lógica de la inmediatez que rige al ecosistema digital? Es una prisión sin barras, infinita y fluctuante; es como estar perdido en el océano.

No es exageración decir que hoy estamos a la deriva de la posverdad.


Referencias

[1]  Erickson, J. Gen Z — the first generation officially dubbed dumber than the last. New York Post.

[2] Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg (11/07/2018). Flynn effect and its reversal are both environmentally caused. PNAS 115 (26)

[3] Nicholas Carr (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Ediciones Taurus.

[4]  Maryanne Wolf (24/08/2020). Screen-based online learning will change kids' brains. Are we ready for that?

[6] Nicholas Carr, op. cit.

[7] BBC News Mundo (13/09/2018).Qué es la "economía de la atención" y por qué tu smartphone te hace parte de ella.

[8] Joan Cwaik (30/05/2025). La fábrica de realidades. El poder de los algoritmos.

[9] Lee McIntrye (2018). Posverdad. MIT Press / Cátedra.

[10] Joan Cwaik, op. cit.

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¿Por qué vemos lo que vemos? - De la agenda setting a la "juventud perdida"

                             



  Pensalo un segundo. Los medios masivos de comunicación no necesitan darte una orden directa ni decirte exactamente qué opinión tenés que tener sobre cada tema. Les alcanza con algo mucho más sutil y efectivo: decidir de qué se habla, y qué se deja afuera. En eso consiste, en esencia, la Teoría del Establecimiento de la Agenda (Agenda Setting). Los medios de comunicación no logran aún dar con la tecla que les permita decirnos cómo pensar (y no porque no les interese), pero sin embargo, son ridículamente efectivos diciéndonos sobre qué pensar.

Si pegamos un salto al pasado, específicamente a la era dorada de la Mass Communication Research (MCR) —aquel momento en que la sociología norteamericana intentaba descifrar el impacto de la radio y la TV en la sociedad—, cuando autores como Melvin DeFleur empezaron a teorizar sobre la función estructural de los medios masivos de comunicación. Lo que se pensaba era que las instituciones mediáticas no eran simples transmisores de información, sino que además funcionaban como engranajes sociales que iban moldeando en mayor o menor medida las prioridades del debate público y el marco de referencia con el que las masas interpretaban la realidad. Pero… 

 ¿Qué pasa cuando el medio deja de emitir para una masa homogénea y empieza a armar una pantalla a la medida exacta de cada individuo?


Y es justo ahí es donde la Agenda Setting tradicional choca de frente con un nuevo analisis -mucho más actual- propuesto por Nicholas Carr. En donde basicamente dice que la agenda ya no es solo la tapa del diario de la mañana que todos solían leer en el colectivo o el segmento de información radial que queda de fondo sonando en la casa de tus abuelos en esa radio a baterias, sino, que la agenda del presente es el diseño mismo de todo tu entorno cognitivo. Ya que hoy en día, Las plataformas digitales no solo eligen qué temas va a entrar en tu charla de sobremesa con la familia, sino que reconfiguran la velocidad, la frecuencia y el modo en que tu cerebro procesa la realidad misma.

 Las Pruebas PISA y el drama del colapso

Un ejemplo claro y cercano de esto podría ser los titulares de las diferentes editoriales en Argentina después de haberse dado a conocer los resultados de las Pruebas PISA 2025 

(Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment)

Editoriales que encuadraron la información bajo el espectro de la catástrofe inminente: "El estrepitoso fracaso de la educación", "Los estudiantes ya no comprenden lo que leen". Pero...

¿Qué intereses mueven ese tratamiento particular?

  • -La trampa del clickbait y el pánico moral: Vender indignación rinde más que explicar la complejidad socioeconómica tras los indicadores.
  • -Agendas político-económicas: La instalación del "colapso educativo" suele preparar el terreno mediático para justificar reformas precarizadoras, recortes presupuestarios o el desembarco de soluciones tecnológicas privadas en el aula pública.

Se instala el tema, se impone el pánico y se cancela la capacidad de debate profundo desde el "vamos". Pero mientras los medios señalan con el dedo la educación de los chicos... ¿Qué le está pasando a la mente de los propios adultos?

Hagamos un viaje al cerebro hiperconectado y veamos qué dice la ciencia
Para responder esto, primero habría que preguntarse:¿es este un fenómeno exclusivamente de ahora?

En su libro Superficiales, nuestro amigo Nicholas Carr nos demuestra que no. Ya que cada vez que la humanidad trajo al mundo una nueva "tecnología intelectual" —el mapa, el reloj mecánico, la imprenta— la mente humana mutó. Carr empieza contándonos su propia experiencia en primera persona y la describe como "esa inquietante sensación de querer leer un libro largo y sentir que la mente salta, se distrae y exige el pestañeo constante que nos exige el hipertexto."

Luego, nos trae a escena la historia de Friedrich Nietzsche en el siglo XIX. Cuando abrumado por su ceguera y sus dolores de cabeza, decide comprarse una máquina de escribir —la bola de escribir de Malling-Hansen—. Al usarla, se dio cuenta de que no solo iba cambiando su velocidad de redacción: sus textos, antes extensos y reflexivos, se volvieron más cortos, sino más sintéticos e incisivos. Su amigo Heinrich Köselitz le habia dicho que su prosa había ganado una nueva solidez, a lo que Nietzsche respondió:

"Nuestros instrumentos de escritura trabajan también en nuestros pensamientos".

La ciencia actual, apoyada en la neuroplasticidad —concepto que ya se asomaba con las primeras intuiciones de Freud sobre la huella mnémica y la flexibilidad de la mente—, confirma exactamente eso: el cerebro no es de piedra, es de plastilina. Si lo entrenás en la interrupción constante, en el scroll infinito y en la gratificación dopaminérgica inmediata, el cerebro se vuelve un especialista en la superficialidad y olvida cómo sostener la memoria de trabajo y la concentración profunda y esto ya está más que demostrado.

Aunque
 Figuras como Steven Pinker o Clive Thompson (Smarter Than You Think) sostienen posturas tecno-optimistas. Su principal linea de defensa argumentativa es que la web no nos vuelve más tontos, sino que externaliza procesos cognitivos. ¿Para qué memorizar datos si podemos almacenarlos afuera y liberar espacio mental para el pensamiento analítico? Según esta línea, no estariamos perdiendo capacidad, sino desarrollando una cognición distributed. Pero...

¿Quiénes son los que defienden esta idea?  y ¿con qué intereses?

Detrás de la idea de que la tecnología "siempre nos mejora" está la multimillonaria industria de las Big Tech, cuyo modelo de negocios claramente no es la educación ni mucho menos la salud mental, sino la economía de la atención: la monetización de cada segundo de tus ojos puestos sobre la pantalla.

Los diferentes papers académicos de facultad que abordan estos aspectos de la comunicación digital muestran justamente este punto de tensión. Es decir, no es que estemos ante el "fin de la inteligencia", sino que nos están afanando nuestra atención de a pedacitos para vendérsela al mejor postor.

Países que frenaron la pelota

En algunos países esto ya dejó de ser un debate abstracto. En muchas partes del globo ya se están tomando cartas sobre el asunto, y se están empezando a implementar medidas de política pública ante la evidencia neurocientífica. 

Uno de esos países es Suecia, que decidió frenar el plan de digitalización total de las aulas y destinó presupuestos millonarios para volver a comprar libros de texto de papel, tras detectar una caída en la comprensión lectora de los alumnos.

Otros países que tampoco se quedaron de brazos cruzados son Francia y el Reino Unido que decidieron aplicar restricciones estrictas o directamente prohibiciones sobre el uso de teléfonos celulares en las escuelas primarias y secundarias para proteger el espacio de aprendizaje y sociabilización.


Algunas conclusiones al boléo.

Si volvemos a los primeros estudios de DeFleur y la MCR, la lección es clara, los medios pueden haber cambiado de soporte, pero la disputa por dominar la subjetividad está más presente y es más invasiva que nunca.

El neurocientífico Andrés Rieznik suele advertirnos que para no ser manipulados por los sesgos de nuestra propia arquitectura mental y por los sistemas de recompensas que explotan las redes, es muy importante entender cómo funciona nuestro cerebro. Y como barrera de defensa a estas embestidas digitales, nos propone "volver a domar a los algoritmos" y entender sus trampas cognitivas para poder recuperar el control de nuestras elecciones.

Sin embargo, también vale dejar en claro que no todos los cerebros parten desde el mismo lugar. Por lo que resulta vital meter también dentro de estas conclusiones el concepto de capital cultural de Bourdieu, que basicamente nos advierte de que el impacto de esta sobreestimulación digital no es democrático ni mucho menos igualitario. Ya que Aquellos sectores sociales con mayor capital educativo, económico y cultural poseen más recursos simbólicos, más contención familiar y más alternativas de consumo reflexivo para autorregularse y proteger a sus hijos. En cambio, para los sectores más vulnerables, la pantalla suele convertirse en el único entretenimiento y en el principal moldeador del tiempo libre, profundizando (aún más) la brecha social y cognitiva.




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¿Por qué sentimos que todos viven mejor que nosotros?



 Redes sociales, comparación y salud mental en la vida cotidiana.

Entramos a Instagram, TikTok o cualquier otra red social y, en pocos minutos, podemos ver personas viajando, saliendo, teniendo éxito, comprando cosas, haciendo ejercicio o mostrando relaciones aparentemente perfectas. Aunque sabemos que estamos viendo solamente una parte de sus vidas, muchas veces terminamos comparándola con la nuestra completa.

El problema no necesariamente está en mirar lo que hacen los demás. El problema aparece cuando esa comparación se vuelve constante y empezamos a sentir que nuestra vida es menos interesante, menos exitosa o menos feliz que la de los demás.

La vida que vemos no es la vida completa

Las redes sociales funcionan a partir de una selección. Cada persona decide qué mostrar y qué dejar afuera, mientras que los algoritmos también determinan qué contenidos aparecen con mayor frecuencia. Por eso, nuestro inicio no representa la realidad tal como es, sino una versión seleccionada y organizada de ella.

La American Psychological Association advierte justamente sobre este fenómeno. Sus recomendaciones señalan que el uso de las redes para realizar comparaciones sociales, especialmente relacionadas con la apariencia, puede asociarse con una peor imagen corporal, conductas alimentarias problemáticas y síntomas depresivos, particularmente entre las adolescentes. (APA, 2023).

Entonces aparece una pregunta importante: ¿cuánto de lo que sentimos sobre nuestra propia vida está influenciado por la vida que vemos en una pantalla?

No es solamente cuánto tiempo estamos conectados

Cuando hablamos de redes sociales, muchas veces reducimos el problema a una cuestión de cantidad: “hay que usar menos el celular”. Sin embargo, también importa qué hacemos mientras estamos conectados. No produce el mismo efecto mirar videos de humor que pasar una hora observando cuerpos, viajes, relaciones o estilos de vida con los que constantemente nos comparamos.

La investigación actual tampoco permite afirmar que las redes sociales sean, por sí solas, la causa de los problemas de salud mental. Una revisión y metaanálisis publicada en JAMA Pediatrics en 2024, que reunió 143 estudios y más de un millón de adolescentes, encontró una asociación positiva entre el uso de redes sociales y síntomas, como ansiedad y depresión. Los propios investigadores señalan que todavía existen limitaciones para establecer relaciones causales. (Fassi et al., 2024).

Por eso, quizás la pregunta no debería ser solamente ¿cuánto tiempo pasamos en redes?”, sino también “¿qué nos pasa cuando estamos ahí?”

Internet también está cambiando nuestra forma de prestar atención

Esta problemática puede relacionarse con lo planteado por Nicholas Carr en Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?.

Carr cuenta que, después de pasar años conectado, comenzó a notar un cambio en su propia manera de leer y concentrarse. Explica que “la lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”(Carr, 2011).

Esta idea resulta interesante porque las redes sociales funcionan justamente a partir de estímulos rápidos: una publicación, una notificación, un video, otro video y otro más. Nuestra atención pasa constantemente de una cosa a otra. 

Carr también plantea que las notificaciones pueden convertirse en “una distracción, una intrusión en nuestros pensamientos” (Carr, 2011). Esto permite pensar que el problema no es solamente lo que aparece en la pantalla, sino también la interrupción permanente que produce.

Cada notificación nos recuerda que hay algo nuevo para mirar. Y cuando dejamos una aplicación para entrar en otra, nuestra atención tampoco necesariamente vuelve al punto en el que estaba.

Leer más, pero comprender menos?

En el Foro de las dos premisas apareció una discusión relacionada con esta transformación. Una de las premisas planteaba la posibilidad de que los llamados “nativos digitales” estuvieran desarrollando determinadas capacidades de manera diferente a generaciones anteriores. La otra se centraba en la posible caída de la comprensión lectora y en las diferencias entre leer en papel y hacerlo frente a una pantalla.

Estas afirmaciones no deberían tomarse como verdades definitivas. Por ejemplo, decir que las pantallas provocan automáticamente una disminución del coeficiente intelectual sería simplificar un problema mucho más complejo.

Pero las premisas sí sirven para hacernos una pregunta: si estamos acostumbrados a saltar rápidamente entre estímulos, ¿qué ocurre con nuestra capacidad para concentrarnos, leer profundamente y reflexionar?

Carr justamente analiza esta transformación. Según su planteo, la forma en que utilizamos Internet puede favorecer una lectura más rápida y fragmentada, en la que muchas veces recorremos titulares, imágenes y pequeños fragmentos en lugar de detenernos en un contenido durante mucho tiempo.

Esto también puede trasladarse a las redes sociales: estamos constantemente recibiendo pequeñas cantidades de información que compiten entre sí por nuestra atención.

Netflix tampoco es solamente “ver series”

El debate planteaba si Netflix puede considerarse simplemente un portal de entretenimiento o si también funciona como un medio de comunicación. La pregunta es interesante porque nos obliga a pensar que las plataformas digitales no son espacios completamente neutrales.

Netflix selecciona contenidos, los organiza y utiliza algoritmos para recomendar determinadas producciones. Las redes sociales hacen algo similar: seleccionan qué publicaciones aparecen primero, qué contenidos se recomiendan y qué estímulos vuelven a aparecer.

Esto no significa que exista necesariamente una única ideología detrás de todo lo que vemos. El punto es otro: lo que vemos está mediado por decisiones, algoritmos y formas de organización de la información.

"El algoritmo no conoce nuestra vida, pero sí aprende de lo que miramos"

Cada vez que nos detenemos más tiempo en una publicación, damos “me gusta”, comentamos, compartimos o buscamos determinado contenido, estamos dejando información sobre nuestros intereses.

Carr plantea que los algoritmos intervienen cada vez más en la manera en que encontramos información y construimos significado. En este sentido, la tecnología no solamente nos muestra información: también ayuda a organizar aquello a lo que prestamos atención. Esto puede convertirse en un círculo.

Vemos determinado contenido → nos interesa → interactuamos → el algoritmo nos muestra más contenido parecido → terminamos creyendo que eso representa la realidad.

Por ejemplo, si comenzamos a mirar videos sobre cuerpos perfectos, relaciones ideales o vidas llenas de éxitos, es posible que nuestro inicio se llene cada vez más de ese tipo de publicaciones. Entonces podemos llegar a pensar: “todos están así menos yo”.

Pero en realidad estamos viendo una selección creada por nuestras propias interacciones. "La comparación permanente también tiene consecuencias"

Compararse ocasionalmente con otras personas es algo bastante común. El problema aparece cuando esa comparación se vuelve una forma de evaluar permanentemente nuestra propia vida.

El U.S. Surgeon General también ha señalado preocupaciones relacionadas con la imagen corporal, la comparación social y la salud mental de los adolescentes. Además, advierte que una utilización muy elevada de redes se ha asociado con mayores riesgos, aunque nuevamente esto no significa que exista una relación causal simple. (U.S. Surgeon General, 2023).

Por eso, más que preguntarnos si las redes son buenas o malas, deberíamos preguntarnos qué lugar están ocupando en nuestra vida. No se trata de desaparecer de Internet

Las redes sociales también tienen aspectos positivos. Permiten comunicarnos, encontrar comunidades, aprender, expresarnos y mantener vínculos con personas que están lejos. La solución no parece ser simplemente abandonar Internet. Una alternativa puede ser aprender a utilizarlo de una manera más consciente.

¿Qué podemos hacer?

Primero: revisar lo que consumimos.

Segundo: cuestionar lo que vemos.

Tercero: recuperar momentos sin interrupciones.

Cuarto: volver a leer con calma.

Quinto: usar las redes para conectar y no para medirnos.

"Quizás el problema no sea mirar a los demás, sino dejar de mirarnos a nosotros mismos"

Las redes sociales forman parte de nuestra vida y probablemente van a seguir haciéndolo. Por eso, pensar que simplemente debemos eliminarlas puede ser una respuesta demasiado sencilla para un fenómeno mucho más complejo.

Los debates de los foros, las ideas de Nicholas Carr y las investigaciones actuales permiten pensar que la tecnología no solamente modifica lo que hacemos, sino también cómo prestamos atención, qué información consideramos importante y cómo construimos nuestra percepción de los demás y de nosotros mismos.

La próxima vez que entremos a una red social y pensemos que todos están viviendo una vida mejor que la nuestra, podríamos detenernos un segundo y preguntarnos: ¿Estoy comparando mi vida real con la parte de la vida de otra persona que decidió mostrarme?


Fuentes consultadas.

Carr, N. (2011). *Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?* Taurus.

American Psychological Association. (2023). *Health Advisory on Social Media Use in Adolescence*.

Fassi, L., Thomas, K., Parry, D. A., Leyland-Craggs, A., Ford, T. J., & Orben, A. (2024). *Social Media Use and Internalizing Symptoms in Clinical and Community Adolescent Samples: A Systematic Review and Meta-Analysis*. JAMA Pediatrics, 178(8), 814–822.

 Surgeon General. (2023). Social Media and Youth Mental Health.

Material trabajado en clase: Foro de las dos premisas y Foro de Netflix.


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Leer en otro lado: cuando la pantalla es biblioteca, escritorio y refugio



Un usuario de Reddit escribió: leer en la pantalla del celular es como "intentar escuchar un solo de violín en una obra en construcción". Las palabras exigen volver atrás, desplazarse con cuidado, y cada dos docenas de palabras se pierde cualquier posibilidad de meterse de lleno en la historia. Otro usuario responde: “Siempre llevo mi teléfono conmigo, no siempre recuerdo llevar un libro físico o mi Kindle”.

Esa es la verdad incómoda de la lectura digital. Es al mismo tiempo una traición y una salvación: enemiga de la comprensión profunda, pero única puerta de entrada a la lectura para muchísima gente que no tiene espacio, dinero ni tiempo.



Cuando la pantalla mata la lectura profunda

La evidencia de la neurociencia y la investigación en lectura se acumula y no es romántica: el soporte no es neutro. La neuropediatra Ana Laura Fernández Perrone explica que leer no es una capacidad innata: el cerebro necesita organizar redes de visión, lenguaje, memoria y atención para sostenerlo. La lectura en pantalla "exige un mayor control atencional para alcanzar un nivel de comprensión equivalente al del papel", y esto es especialmente crítico en niños. La carga cognitiva y la fatiga mental que genera la pantalla hacen que el cerebro "baje la calidad del procesamiento".


Según el portal EnFoco (Facultad de Farmacia y Bioquímica, UBA), la lectura digital versus la impresa plantea un dilema entre pantallas y papel. Una de las explicaciones que circula es la "hipótesis de la superficialidad": la pantalla trae consigo un mensaje psicológico de entretenimiento que hace que el lector baje la inversión cognitiva y pase por el texto más rápido, con un procesamiento más superficial. A esto se suma algo concreto: en papel, el anclaje espacial —saber que tal párrafo estaba en la parte inferior de la página izquierda— ayuda a la memoria. El scroll de la pantalla borra ese anclaje.


La denuncia de Nicholas Carr

En 2010, Nicholas Carr publicó Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Su idea central no es una condena a la tecnología, sino una advertencia más profunda: cada tecnología de la información conlleva una ética intelectual, y esa ética moldea la forma en que pensamos.


Carr no habla solo de lectura digital. Habla de algo más inquietante: el medio, no solo el contenido, reconfigura el cerebro. Su denuncia se puede resumir en una sola frase: Internet está diseñada para distraernos, y esa distracción tiene un costo cognitivo. Carr describe su propia experiencia: dejó de ser un lector profundo. Pasó de sumergirse en los textos a "picotear" de un fragmento a otro, de un link a otro, sin poder sostener la atención en nada durante mucho tiempo. Y no era un problema suyo: era el medio el que lo estaba modelando.




"No es que quiera leer en digital, es que no me alcanza para el papel"

Pero en los foros argentinos la discusión toma otro rumbo. En r/AskArgentina, un usuario escribió (hace 3 años): en su familia hay libros viejos con precios en la contratapa que van de 5 a 15 pesos, de buenos autores y buenas editoriales. Hoy, darse el gusto de comprar varios libros "está re complicado porque el presupuesto se te va a la mierda". Su conclusión: "tener el hábito de lectura está cerca de ser de burgués". 


Otro usuario de la misma red social matizó: no es que la lectura se volvió un lujo, muchos libros ya lo eran. Lo que pasó es que se volvió más inaccesible. "La economía afecta a todas las cosas y si uno quiere pagar por sus productos, es susceptible a la misma".

Estos comentarios revelan una dimensión que casi nunca se discute en serio: la lectura digital es primero una decisión económica y después una decisión cognitiva. 


El usuario del que nadie habla: el que no tiene biblioteca

Cuando se discute la lectura digital, solemos imaginar a alguien que puede elegir: hoy leo en papel, mañana en el Kindle, según el tipo de texto. Pero mucha gente no elige.


Un usuario de Reddit (r/books, 2023) lo puso con precisión: alguien que se levanta a las seis, trabaja diez horas y después viaja dos horas "no tiene tiempo ni energía para ir a una biblioteca". Otro dio una razón más simple: "no tengo espacio ni plata para comprar un libro que no sé si me va a gustar". Primero digital, después papel. Así filtra.


Para quien no tiene biblioteca en casa, ni estantes, ni biblioteca pública cerca, ni presupuesto, la pantalla es la biblioteca. Puede ser un celular, un Kindle de segunda mano, una tablet prestada. La experiencia de lectura se degrada: menos comprensión, peor memoria, fatiga más rápida. Pero si esa pantalla no existiera, la lectura sería cero.


Ahí está la tensión incómoda: el soporte digital genera desventajas cognitivas y, al mismo tiempo, genera posibilidades económicas y espaciales. 


Hace falta un discurso de dos carriles

El problema no es la pantalla en sí. Es que todavía no aprendimos a invocar deliberadamente los recursos cognitivos que exige la lectura profunda cuando leemos en un dispositivo diseñado para la distracción.


Para quien tiene condiciones, el papel sigue siendo mejor cuando hay que entender, memorizar, pensar críticamente. Para quien no las tiene, la lectura en pantalla es una forma de llegar con concesiones incluidas. Merece respeto y también merece mejoras: una pantalla más grande, una app sin notificaciones, quince minutos diarios sin scroll que interrumpa.


La lectura digital no mató a la lectura. Está cambiando su textura y, al mismo tiempo, ampliando quiénes acceden a ella. Pero también hay que nombrar lo que se gana cuando la pantalla es la única página disponible. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo. Necesitamos hablar de las dos.

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Fuentes: https://www.reddit.com/r/books/comments/14dnrfa/anyone_else_finding_it_more_difficult_to_read/?tl=es-es

https://novaciencia.es/las-pantallas-y-el-contenido-rapido-matan-la-comprension-lectora/

https://enfoco.ffyb.uba.ar/lectura-digital-versus-lectura-impresa-un-dilema-entre-las-pantallas-y-el-papel/  Nicholas Carr - ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales

https://www.reddit.com/r/AskArgentina/comments/182xih8/se_volvi%C3%B3_un_lujo_leer/


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Más tecnologías, ¿facilidad o dificultad cogntiva?

 


Muchas facilidades, poca información sobre las consecuencias que causa. 

En los tiempos en los que vivimos actualmente tenemos fácil acceso a todo, a través de Internet y de las nuevas tecnologías. Cualquier tipo de información la tenemos a tan solo un clic de distancia. 

El fácil acceso a todo tipo de información nos parece algo fantástico pero, ¿qué tan favorables son para nuestro cerebro estas nuevas tecnologías?

En el texto Superficiales, Nicholas Carr hace referencia al costo de lo fácil: "los beneficios son reales pero tienen un costo". "Como sugería McLuhan, los medios no son solo canales de información. Proporcionan la materia del pensamiento, pero también modelan el proceso de pensamiento".

 La web comienza a debilitar nuestra capacidad de concentración y contemplación. La mente espera absorber información de la misma manera que la distribuye, en un flujo veloz de partículas. 

¿Qué daños genera el uso excesivo de las pantallas?

Diversos estudios han demostrado a lo largo del tiempo que, el uso excesivo de pantallas generan diversos daños. Entre ellos se mencionan: daños en la salud física, daños en la salud mental, daños en el desarrollo del cerebro, riesgos de trastornos cognitivos, aumento del riesgo de enfermedades neurologicas a temprana edad, fatiga visual.

Neurologicamente hablando...

Un estudio realizado por Stanford Medicine School of Medicine demostró que, el uso excesivo de pantallas en adultos puede perjudicar el aprendizaje, la memoria y la salud mental, además de aumentar el riesgo de neurodegeneración procoz. El estudio muestra que, en adultos de entre 18 y 25 años, el tiempo excesivo frente a las pantallas genera un adelgazamiento de la corteza cerebral. Es la capa más externa del cerebro, responsable de funciones cognitivas y procesamiento de la memoria. 

Estudios adicionales 

Otro estiudio demostró que, los adultos que pasan demasiado tiempo frente a las pantallas presentan un mneor volumen de materia gris. La materia gris es un tejido cerebral esencial para el funcionamiento diario del ser humano y es responsable de todo, desde el movimiento hasta la memoria y las emociones. 

Fuentes y lecturas recomendadas: 

Carr, Nicholas (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?. Madrid: Editorial Taurus. 

Artículo de: Stanford Lifestyle Medicine 


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