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La ilusión de conocernos: privacidad, atención y el homo interneticus

Natalie Portman como Nina, frente a un espejo que multiplica su reflejo, en la película El cisne negro.

Si creés que te conocés bastante bien, dejame decirte que Internet tiene sus dudas. Damos por hecho que nuestro conocimiento es confiable, que nuestros datos no le interesan a nadie, que elegimos qué mirar y que seguimos siendo los mismos de antes del celular. Cada una de esas certezas tiene hoy estudios, casos y cifras en contra. En este artículo te propongo revisarlas una por una.

Creer que sabemos: el efecto Dunning-Kruger

En 1999, los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, de la Universidad de Cornell, tomaron pruebas de lógica, gramática y humor a un grupo de estudiantes y después les pidieron que se ubicaran respecto de sus compañeros. Los del cuartil más bajo habían quedado, como grupo, cerca del percentil 12. Ellos se ubicaron en el 62.

Los más competentes, en cambio, se subestimaban. Así nació el efecto Dunning-Kruger: para detectar nuestros errores necesitamos justamente el conocimiento que nos falta.

Ilustración del efecto Dunning-Kruger: la relación entre lo que sabemos sobre un tema y la confianza que sentimos.
Ilustración: jrgsanta.com.

Internet le suma una capa. En 2015, un equipo de Yale publicó nueve experimentos que muestran que buscar información en línea infla la estimación de lo que sabemos, incluso sobre temas que no buscamos. Matthew Fisher, autor principal del estudio, lo explicó así:

"Se vuelve más fácil confundir tu propio conocimiento con esta fuente externa. Cuando las personas están realmente solas, pueden equivocarse muchísimo sobre cuánto saben y cuánto dependen de Internet".

Para ser justos, el efecto original está en discusión. En 2020, Gilles Gignac y Marcin Zajenkowski analizaron 929 casos y concluyeron que buena parte del patrón es un artefacto estadístico. Una réplica de 2023 con una muestra representativa sí encontró el efecto, aunque más chico. Lo que sobrevive a la discusión es más incómodo: casi todos nos ubicamos por encima del promedio.

La privacidad como derecho

Carissa Véliz, filósofa e investigadora en Oxford, sostiene en Privacidad es poder (2020), como explicó en una entrevista con BBC Mundo, que perder privacidad es cederle poder a otros. Por eso propone tratar los datos personales como una sustancia tóxica, y regularlos como se reguló el amianto.

No es una exageración teórica: en una encuesta que realizó con Siân Brooke, el 92 % de los participantes dijo haber tenido una mala experiencia relacionada con su privacidad en Internet. Frente a quien dice no tener secretos, su respuesta es que el problema es no saber qué conviene proteger, y que eso suele descubrirse cuando ya es tarde.

Vigilancia colectiva: el caso TikTok

La periodista española Marta Peirano lleva el problema a otra escala. En su charla de TEDxMadrid de 2019 enumera lo que ya sabemos: nuestros dispositivos nos escuchan y nos geolocalizan aunque les pidamos que no lo hagan, y nuestra cara y nuestra voz entrenan algoritmos de reconocimiento sin nuestro consentimiento. Por eso concluye que la vigilancia es un problema colectivo, que no se resuelve con decisiones individuales.

TikTok muestra la dimensión geopolítica de esa idea. Tras años de sospechas de que los datos de sus usuarios llegaban al gobierno chino, en enero de 2026 se cerró un acuerdo de unos 14.000 millones de dólares:

  • una sociedad controlada por inversores estadounidenses opera la app para más de 200 millones de usuarios en Estados Unidos;
  • Oracle audita la seguridad de los datos;
  • el algoritmo de recomendación se reentrena en el país.

El acuerdo no respondió si había espionaje. Respondió otra pregunta: quién se queda con los datos.

Pandemia: el caso CuidAR

En la Argentina, la app CuidAR funcionó durante la pandemia como permiso de circulación. Para obtenerlo había que completar un autodiagnóstico de síntomas, y los términos de uso incluían el consentimiento para que el Estado tratara "datos sensibles de salud".

Pantalla de la aplicación CuidAR en un celular.
La app CuidAR, permiso de circulación durante la pandemia. Fuente: Clarín.

Amnistía Internacional, que analizó esos términos, advirtió que el sistema era centralizado y que el código del servidor, el que permite saber qué se hace con los datos, nunca se hizo público. La Fundación LED, en un informe, colocó a la Argentina en el quinto puesto de un ranking mundial de afectación de la privacidad por la pandemia.

La Dirección Nacional de Protección de Datos Personales, por su parte, no encontró evidencia de que la app violara la ley. Aun así, en 2024, la Justicia admitió un amparo colectivo y ordenó borrar íntegramente las bases de datos. Beatriz Busaniche, presidenta de la Fundación Vía Libre, señaló:

"Este caso deja un precedente importante y debería ser homologado al resto de las aplicaciones que siguen manteniendo datos sin sentido".

Atención, emociones y diseño: creer que elegimos

Las redes compiten por nuestra atención, y la entrenan para saltar de un estímulo a otro, como desarrollamos en "¿Ver para creer?". Para retenerla, el recurso más eficaz son las emociones. El documental de DW El poder de las emociones muestra cómo el neuromarketing convierte en método lo que antes era intuición publicitaria, y advierte que "el arsenal de métodos neurocientíficos ofrece nuevas posibilidades, pero también peligros".

Frente a esto aparece una defensa conocida: la tecnología es neutral y todo depende del uso. El historiador Melvin Kranzberg la discutió en 1986 con su primera ley: la tecnología no es buena ni mala, pero tampoco es neutral.

Su argumento es que las técnicas interactúan con la sociedad y producen consecuencias que van mucho más allá de su propósito inmediato, y que una misma tecnología puede dar resultados muy distintos según el contexto.

Homo interneticus: creer que seguimos siendo los mismos

La preocupación no es nueva. En 1997, el politólogo italiano Giovanni Sartori describió al homo videns: una persona formada por la pantalla antes que por la lectura, para la que la imagen desplaza a la palabra y el pensamiento abstracto se debilita.

En 2010, el documental de la BBC La revolución virtual actualizó la pregunta para Internet: ¿estamos pasando al homo interneticus? Según el documental, la generación web llegará a la adultez con más de 10.000 horas conectada. La neurocientífica Susan Greenfield, la voz más alarmista, temía que un cerebro criado donde las acciones no tienen consecuencias se quedara en un estado infantil.

Las relaciones también cambiaron. El psicólogo Robin Dunbar calculó en 1992 que una persona puede mantener alrededor de 150 relaciones estables. En Facebook, la mayoría interactúa a diario con cinco o seis personas; el resto observa. Ese voyeurismo, mirar sin exponerse o exponerse como una celebridad, se volvió una forma de vida.

Infografía del número de Dunbar: los círculos de relaciones que una persona puede sostener, hasta un máximo de unas 150.
El número de Dunbar. Fuente: Difusor Ibero.

Esa misma conexión también movilizó. La Política 2.0 de la campaña de Barack Obama en 2008 acercó a los jóvenes a la política a través de las redes. Ocho años después, las mismas herramientas sirvieron para el caso Cambridge Analytica, que analizamos en "La realidad filtrada".

¿El final o el principio?

¿Qué permite un libro que no permite la pantalla? Un metaanálisis de 2018 reunió 54 estudios con 171.055 participantes que compararon la comprensión de un mismo texto leído en papel o en una pantalla. Los resultados son claros:

  • En papel se comprende mejor, aunque la diferencia es pequeña.
  • La ventaja crece cuando se lee con tiempo limitado.
  • Aparece en textos informativos, no en los puramente narrativos.
  • Aumentó con los años, en lugar de achicarse.

¿Hay evidencia de que la red cambia cómo pensamos? David Nicholas, del University College London, analizó millones de registros de navegación y detectó que el 40 % de los usuarios no regresa nunca a un sitio que ya visitó.

El documental de la BBC lo explica con dos tipos de lectores: los erizos, de lectura lineal y concentrada en una sola idea, y los zorros, que avanzan por asociación, de un enlace al siguiente. En un experimento con 100 voluntarios, la generación web respondió revisando la mitad de las páginas y usando apenas un sexto del tiempo que necesitaron los mayores.

Es la misma preocupación que planteamos en "A la deriva de la red": la lectura profunda pierde terreno frente al salto permanente de un estímulo a otro.

Ilustración de personas leyendo en papel y en pantalla.
Leer en papel o en pantalla. Ilustración: BrainFacts.org.

Palabras finales

Los casos aquí tratados dejan dos conclusiones.

Por un lado, sobreestimarnos no es un defecto individual: es el punto de partida de casi todos. Creemos saber, creemos estar a salvo y creemos elegir, mientras las plataformas, los gobiernos y los corredores de datos trabajan sobre esas certezas.

Por el otro, la salida tampoco es individual. Como muestran CuidAR y TikTok, lo que pasa con nuestros datos se decide en tribunales, en acuerdos y en leyes. La red puede ser un espejo de lo que somos, pero solo sirve si aprendemos a mirarnos. Conocernos mejor empieza por desconfiar un poco de nuestras propias certezas.

Para conocer más

Si querés escuchar cómo estas ideas se cruzan con la vida cotidiana, te recomiendo el episodio 4 de Demasiado bueno para ser IA, "¿Qué tan bien te conocés?", donde cuento la historia completa de CuidAR y por qué "no tengo nada que esconder" es el Dunning-Kruger de la privacidad.

Y si preferís verlo, en el video "5 cosas que creés de vos (y que Internet ya puso en duda)" recorro estos temas con imágenes, desde el censo que salvó cientos de miles de vidas hasta la cronología completa de TikTok.

Referencias

  1. Kruger, J. y Dunning, D. (1999). Unskilled and unaware of it. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6). https://doi.org/10.1037/0022-3514.77.6.1121
  2. Fisher, M., Goddu, M. K. y Keil, F. C. (2015). Searching for explanations: How the Internet inflates estimates of internal knowledge. Journal of Experimental Psychology: General, 144(3). https://doi.org/10.1037/xge0000070 (Cita de Fisher: American Psychological Association, comunicado del 31 de marzo de 2015. https://www.apa.org/news/press/releases/2015/03/internet-knowledge)
  3. Gignac, G. E. y Zajenkowski, M. (2020). The Dunning-Kruger effect is (mostly) a statistical artefact. Intelligence, 80. Dunkel, C. S. y otros (2023). Reevaluating the Dunning-Kruger effect. Intelligence, 96. https://doi.org/10.1016/j.intell.2022.101717
  4. Hernández Velasco, I. (15 de octubre de 2020). Carissa Véliz: "La falta de privacidad ha causado, indirectamente, más muertes que el terrorismo". BBC Mundo. Reproducida en https://www.elobservador.com.uy/nota/carissa-veliz-profesora-de-oxford-la-falta-de-privacidad-ha-causado-indirectamente-mas-muertes-que-el-terrorismo--2020101511740
  5. Véliz, C. (2020). El desafío de la privacidad en la era tecnológica. CIDOB. https://www.cidob.org/publicaciones/pildora-opinion-desafio-privacidad-era-tecnologica
  6. Peirano, M. (2019). La vigilancia es un problema colectivo, como el cambio climático. TEDxMadrid. https://www.ted.com/talks/la_vigilancia_es_un_problema_colectivo_como_el_cambio_climatico
  7. DW (23 de enero de 2026). TikTok crea empresa conjunta en EE. UU. para evitar prohibición. https://www.teletica.com/entretenimiento/tiktok-crea-empresa-conjunta-en-ee-uu-para-evitar-prohibicion_400935 · MacMagazine (19 de diciembre de 2025). TikTok assina acordo e venda para os EUA deverá ser fechada em janeiro. https://macmagazine.com.br/post/2025/12/19/tiktok-assina-acordo-e-venda-para-os-eua-devera-ser-fechada-em-janeiro/
  8. Amnistía Internacional Argentina (2020). Documento sobre la app Cuidar. https://amnistia.org.ar/wp-content/uploads/delightful-downloads/2020/09/paper-app-cuidar-MODIFICADO.pdf
  9. iProfesional (2020). Polémica por la app CuidAR: estudio advierte sobre la violación de la privacidad. https://www.iprofesional.com/actualidad/318804-polemica-por-app-cuidar-advierten-por-violacion-de-privacidad
  10. Marval O'Farrell Mairal (2020). Investigation into App Cuidar Finds no Evidence of Breach. https://www.marval.com/Publicacion/investigacion-sobre-la-app-cuidar-13816?lang=en
  11. DPL News (13 de junio de 2024). Protección de datos: la Justicia ordenó al Estado borrar las bases de la aplicación CUID.AR. https://dplnews.com/argentina-proteccion-de-datos-la-justicia-ordeno-al-estado-borrar-las-bases-de-la-aplicacion-cuid-ar/
  12. DW. El poder de las emociones: ¿somos objeto de manipulación? https://www.dw.com/es/el-poder-de-las-emociones-somos-objeto-de-manipulaci%C3%B3n/a-62674771
  13. Kranzberg, M. (1986). Technology and History: "Kranzberg's Laws". Technology and Culture, 27(3). https://doi.org/10.2307/3105385
  14. Sartori, G. (1998). Homo videns. La sociedad teledirigida. Taurus. https://www.casadellibro.com.co/libro-homo-videns-la-sociedad-teledirigida/9788466342513/6311202
  15. BBC (2010). La revolución virtual, capítulo 4: "Homo Interneticus". https://www.youtube.com/watch?v=lFEyc79W0IQ
  16. Delgado, P., Vargas, C., Ackerman, R. y Salmerón, L. (2018). Don't throw away your printed books: A meta-analysis on the effects of reading media on reading comprehension. Educational Research Review, 25. https://cris.haifa.ac.il/en/publications/dont-throw-away-your-printed-books-a-meta-analysis-on-the-effects/
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Tu atención no es tan tuya como pensás - por Eliana Silva

Aplicaciones y redes sociales representadas en la pantalla de un dispositivo

Vivimos en un entorno donde prácticamente todo compite por nuestra atención: notificaciones, mensajes, videos, noticias, publicidad y recomendaciones. Tenemos acceso a más información que nunca, pero nuestra capacidad para atender sigue siendo limitada.

Y esto plantea una pregunta: ¿cuánto de lo que miramos lo elegimos realmente nosotros?

La atención no funciona como un recurso ilimitado. Cada estímulo que procesamos compite, en mayor o menor medida, con otros por nuestra capacidad de concentración. En un entorno digital que ofrece novedades constantes, detenernos en un solo contenido puede requerir un esfuerzo mayor que pasar rápidamente al siguiente. Esto no significa que hayamos perdido la capacidad de concentrarnos, sino que nuestros hábitos se desarrollan en interacción con las condiciones en las que utilizamos la tecnología.

Internet y nuestros hábitos de pensamiento

En 2010, Nicholas Carr publicó The Shallows, donde analiza cómo Internet puede modificar nuestra manera de relacionarnos con la información. Para el autor, el problema no es simplemente pasar muchas horas frente a una pantalla, también importa la forma en que utilizamos ese medio. Internet facilita -más bien promueve- saltar entre enlaces, imágenes, titulares y fragmentos de información. En general, escaneamos rápido, seleccionamos lo que nos interesa y pasamos enseguida a otra cosa.

En su libro, Carr explica que estas prácticas repetidas pueden terminar moldeando nuestros hábitos mentales. Una atención acostumbrada a lo veloz, la interrupción y el cambio constante puede entrar en tensión con la concentración sostenida que requiere, por ejemplo, leer un texto largo o desarrollar una idea en profundidad.

Las herramientas que usamos cotidianamente influyen en nuestras formas de prestar atención y, en otras palabras, en el funcionamiento de nuestros cerebros.

Esto no implica que cada interrupción produzca un cambio permanente ni que todas las personas experimenten los mismos efectos. La cuestión está en la repetición: cuando acostumbramos nuestra actividad cotidiana a los cambios constantes de estímulo, podemos tener más dificultades para sostener determinadas tareas. También es importante distinguir entre consultar información rápidamente, una habilidad útil en muchos contextos, y profundizar en un tema, que requiere tiempo, continuidad y elaboración.

De la industria cultural a las plataformas digitales

Décadas antes, Theodor Adorno y Max Horkheimer desarrollaron el concepto de industria cultural para analizar cómo la producción cultural podía quedar atravesada por lógicas industriales y comerciales.

Ellos hablaban de cine, radio, música y otros medios de su época, pero el concepto nos permite pensar una cuestión que sigue siendo relevante: la cultura se produce y distribuye dentro de sistemas que tienen determinados intereses económicos.

En las plataformas digitales nuestra atención se convierte en un recurso especialmente valioso, ya que hay una enorme cantidad de contenidos disponibles, pero el tiempo y la capacidad de atención de cada persona son limitados.

Por eso es que encontramos recomendaciones automáticas, reproducción continua, desplazamiento infinito y notificaciones. No tanto porque exista una intención de “controlarnos”, sino porque mantener nuestra permanencia tiene valor dentro del funcionamiento/mantenimiento económico de estas plataformas.

En este modelo, las interacciones de los usuarios también generan datos que permiten personalizar recomendaciones y orientar la publicidad. Cuanto más tiempo permanecemos en una plataforma, más oportunidades tiene de mostrarnos contenidos y anuncios. De esta manera, lo que parece una sucesión espontánea de publicaciones responde, en parte, a sistemas que seleccionan y ordenan aquello que aparece en nuestras pantallas. No necesitamos suponer que existe una intención coordinada de manipularnos para reconocer que hay incentivos económicos que favorecen la captación de nuestra atención.

Podemos decir que nuestra atención queda en medio de una disputa: nosotros elegimos qué mirar, pero lo hacemos únicamente dentro de un entorno que ya está organizado para mostrarnos determinadas cosas...

¿Qué podemos hacer?

No hace falta abandonar las redes para recuperar cierto control sobre nuestros cerebros. Algunas acciones relativamente simples pueden ayudar:

-Desactivar las notificaciones que no sean realmente necesarias.

-Evitar tener las aplicaciones más "tentadoras" (nuestras favoritas) constantemente abiertas o visibles.

-Establecer momentos concretos para revisar redes, en lugar de hacerlo cada vez que aparece un estímulo.

-Hacer actividades sin alternarlas con el uso del celular.

-Leer textos largos o realizar actividades que requieran concentración sostenida (pintar, escribir, entre otras).

-Observar cuánto tiempo usamos las redes, y también para qué las usamos.

-Si sentimos que no podemos reducir el uso aunque queramos y lo intentemos, buscar ayuda profesional puede ser una opción pertinente.


La idea no es demonizar la tecnología. Internet también nos permite aprender, comunicarnos, crear y acceder a información que de otros modos sería más difícil de encontrar. La cuestión, entonces, es no confundir tener acceso permanente con tener que estar permanentemente disponibles.

Si nuestra atención es limitada y valiosa, quizás valga la pena decidir un poco mejor dónde queremos ponerla... 


Seguí la conversación

Si esta pregunta te dejó pensando, podés seguir explorando cómo la tecnología transforma nuestra relación con la mente, la percepción y la realidad.

🎧 Escuchá el episodio de iVoox “¿Quién decide qué merece nuestra atención?” y seguí profundizando en estas cuestiones desde otro formato:

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Fuentes: 

• Fournier, H., Fournel, A., Osiurak, F., Koenig, O., Pâris, F., Gaujoux, V. y Ringeval, F. (2026). Attention hijacked: How social media notifications disrupt cognitive processing. Computers in Human Behavior, 179, 108926.

https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0747563226000233

• Wei, Z., Guo, Y., Tsang, M. H. L., Montag, C., Becker, B. y Kou, J. (2024). Social media distractions alter behavioral and neural patterns to global-local attention: The moderation effect of fear of missing out. Computers in Human Behavior, 157, 108258.

https://doi.org/10.1016/j.chb.2024.108258

• Voinea, C., Marin, L. y Vică, C. (2024). Digital Slot Machines: Social Media Platforms as Attentional Scaffolds. Topoi, 43, 685–695.

https://doi.org/10.1007/s11245-024-10031-0

• Carr, N. (2010). The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains. W. W. Norton & Company. Publicado en español como Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

• Adorno, T. W. y Horkheimer, M. (1944/1947). Dialéctica de la Ilustración. Capítulo «La industria cultural: Ilustración como engaño de masas».

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A la deriva de la posverdad: la atrofia cognitiva en la realidad algorítmica

Imagen del post

Este artículo fue modificado el 14 de octubre de 2026.

En febrero de este año, el New York Post publicó un artículo titulado: "Generación Z — La primera generación oficialmente calificada como más estúpida que la anterior".

El titular podría considerarse excesivo, pero no fue un capricho sensacionalista del editor: hacía referencia a las palabras de un especialista en neurociencia y educación, Jared Cooney Horvath. Un mes antes, Horvath había dicho algo muy similar, aunque con más sutileza, en una audiencia con el Congreso de los Estados Unidos.

¿El objetivo de esta audiencia? Afrontar una problemática que atraviesa las fronteras estadounidenses y preocupa a todo el mundo: el impacto de las pantallas en los niños. Pero el problema va más allá de las pantallas: los algoritmos que las gobiernan se convirtieron en la infraestructura de la posverdad.

Ética de las pantallas

Las alarmas están siendo oídas, pero llevan años sonando. En 2018, científicos noruegos revelaron que el coeficiente intelectual de los nacidos a partir de 1975 era menor al de la generación anterior, revirtiendo la tendencia de aumento sostenido que se había visto durante el siglo XX. El estudio en cuestión daba una pista fundamental: el problema no era biológico, sino ambiental.

Tan solo dos años después, la pandemia aceleró y concretó la digitalización de la sociedad. Toda actividad social, desde el trabajo hasta el entretenimiento, la información y la socialización, quedó circunscripta a las pantallas. Desde cierta perspectiva, no hay nada de malo con esto: las pantallas son una herramienta más, no son ni malas ni buenas.

Las tecnologías podrán no tener moral, pero sí tienen ética. Según Nicholas Carr, autor de Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011), las "tecnologías intelectuales" son invenciones que modificaron nuestra forma de pensar. Cada una de ellas nos inculcó una nueva ética que no fue considerada ni por sus creadores ni por sus usuarios:

"En última instancia, la ética intelectual de una invención es lo que surte el efecto más profundo sobre nosotros. La ética intelectual es el mensaje que transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus usuarios".

Obsesión por la optimización

En Superficiales, Carr caracteriza la ética intelectual de Internet haciendo una analogía con el taylorismo, el modelo de trabajo que dividía las tareas para ganar más velocidad de trabajo:

"Internet es una máquina diseñada para la recogida, transmisión y manipulación eficientes y automatizadas de información; y sus legiones de programadores pretenden encontrar «el método óptimo» —el algoritmo perfecto— para desempeñar los movimientos mentales de lo que se ha dado en describir como la tarea del conocimiento".

Para Carr, la obsesión taylorista por erradicar los tiempos muertos cambió nuestra relación con el saber. Si en la fábrica se buscó maximizar la producción de mercancías, en la red el objetivo estuvo en optimizar los datos que nuestras mentes pueden procesar.

En este contexto, la atención de los usuarios se convirtió en el recurso finito anhelado de las marcas y empresas. Hoy, el modelo de negocio del ecosistema digital es el de la "economía de la atención".

En palabras de Sean Parker, cofundador de Facebook: "Pensamos en cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo y captar tu atención en la medida de lo posible".

Fotografía del escritor Nicholas Carr
Nicholas Carr, autor de "Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?".

Realidades personalizadas

Para garantizarse la mayor porción del tiempo de navegación del usuario, las grandes empresas han reclutado a todo tipo de expertos para desarrollar mecanismos de captación de atención. Entre ellos, la pieza clave son los algoritmos. Nacidos de ese afán por optimizar las búsquedas de información, son un conjunto de reglas e instrucciones programadas que personalizan nuestras experiencias digitales en tiempo real.

El proceso de personalización de la experiencia de los algoritmos funciona identificando y categorizando estímulos (contenidos) según las respuestas que despiertan en los usuarios (interacciones). Así lo describe Nick Srnicek, autor de Capitalismo de plataformas (2018): "deberíamos considerar los datos como la materia prima que debe extraerse, y las actividades de los usuarios como la fuente natural de dicha materia prima".

Haciendo uso de nuestros datos, las plataformas pueden crear experiencias personalizadas para cada usuario. Las revelaciones del Washington Post sobre los documentos internos de Facebook (Facebook Papers) expusieron cómo opera esta "personalización": durante años, el algoritmo premió el emoji de "Me enoja" por sobre el "Me gusta", asignándole cinco veces más valor.

La investigación demostró empíricamente qué tipo de estímulos busca multiplicar la plataforma:

  • contenido que apela a emociones de alta intensidad;
  • publicaciones que generan mayor fricción (más propensas a contener desinformación, discursos tóxicos o noticias engañosas);
  • estímulos diseñados para maximizar la permanencia del usuario sin juzgar su veracidad.

Al subordinarse a las pasiones, la maquinaria algorítmica convierte a las plataformas digitales en cámaras de eco donde la realidad queda fragmentada.

Para los usuarios de la actualidad, salir del camino seguro del algoritmo está totalmente fuera de su imaginación. Resulta más sencillo y gratificante mantenerse en lo que Joan Cwaik describe como "un ecosistema que no distingue entre lo que es cierto y lo que es conveniente".

Fotografía de Nick Srnicek
Nick Srnicek, académico y autor de "Capitalismo de plataformas".

Algoritmo y posverdad

Los algoritmos se convirtieron en los nuevos practicantes de la posverdad: distribuyen contenidos sin juzgar si son verdaderos.

El término posverdad se popularizó en 2016 con la emergencia de las fake news. En ese momento, sirvió para explicar por qué los usuarios compartían noticias sin importarles que fueran falsas, siempre y cuando los hechos se ajustaran a su visión de mundo. Para Lee McIntyre, la posverdad se define por la intención de imponer una visión del mundo sin importar su veracidad.

Hoy en día, los practicantes de la posverdad ya no son los usuarios, sino los algoritmos. En la realidad fabricada de las plataformas, los algoritmos no juzgan la veracidad ni la ética de los contenidos que distribuyen. Como plantea Cwaik, la posverdad evolucionó a la par del desarrollo tecnológico: "dejó de ser solo un fenómeno discursivo para volverse un fenómeno computacional".

Los algoritmos se convirtieron en la infraestructura de la posverdad, un mecanismo invisible que moldea activamente la percepción a escala masiva. Su dominación no requiere persuasión racional, sino que se da puramente en el ámbito de la emocionalidad. Es una prisión sin barras, infinita y fluctuante; es como estar perdido en el océano.

No es exageración decir que hoy estamos a la deriva de la posverdad.

Para conocer más

Si querés profundizar sobre cómo Internet y las tecnologías digitales están transformando los criterios de verdad, la información y la credibilidad en la sociedad contemporánea, te recomiendo escuchar el debate ampliado en mi podcast, Demasiado bueno para ser IA:

Y si te interesa ver cómo se relaciona esta temática con la película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, te convido este análisis en video:

Referencias

Jeanne Erickson (07/02/2026) Gen Z — the first generation officially dubbed dumber than the last. New York Post.

Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg (11/07/2018). Flynn effect and its reversal are both environmentally caused. PNAS 115 (26)

Nicholas Carr (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Taurus.

BBC News Mundo (13/09/2018). Qué es la "economía de la atención" y por qué tu smartphone te hace parte de ella.

Nick Srnicek (2018). Capitalismo de plataformas. Caja Negra Editora.

Jeremy B. Merrill y Will Oremus (26/10/2021). Five points for anger, one for a ‘like’: How Facebook’s formula fostered rage and misinformation. The Washington Post.

Joan Cwaik (30/06/2025). La fábrica de realidades. El poder de los algoritmos.

Lee McIntyre (2018). Posverdad. Cátedra.

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La otra cara de las pantallas: IA, adicción y el fin de la atención

Por Shaiel A. Acosta

Está claro que Internet y la Inteligencia Artificial llegaron con la promesa de facilitarnos la vida. Internet abrió la puerta a una conectividad sin precedentes, mayor participación social y la expansión de las redes sociales. La IA, por su parte, se presenta como una herramienta personal cada vez más poderosa, capaz incluso de superar ciertas habilidades humanas. Pero, te preguntaste ¿qué hay del otro lado de estas tecnologías? 

La arquitectura que controla nuestra atención 

Según un estudio de Electronics Hub, la población mundial pasa en promedio 6 horas y 43 minutos frente a una pantalla. Esto no es casualidad: responde al modelo de negocio que da forma a la arquitectura de las plataformas digitales. 

Lo inquietante es que no estamos ante un efecto secundario, sino ante un verdadero capitalismo de la vigilancia. Shoshana Zuboff  explica que es un nuevo tipo de mercado que comercia con la recolección de datos de los usuarios en línea. Las plataformas emplean esa información para crear modelos capaces de predecir nuestras conductas

Operan ante todo en función de los intereses económicos de las empresas que las diseñan. Estas plataformas compiten ferozmente por captar y retener nuestra atención, y lo que realmente ponen en el mercado es la alteración gradual, sutil e imperceptible de lo que hacemos, cómo pensamos y quiénes somos. Por ejemplo, alteran hábitos de consumo, las noticias que vemos, nuestras emociones e incluso nuestras opiniones y creencias. 

Tecnología persuasiva 

Lejos de ser algo inocente, este sistema que nos rodea opera de manera constante, día y noche, para mantenernos frente a pantallas el mayor tiempo posible, logrando que entreguemos parte de nuestra vida a cambio. Como explica el documental El dilema de las redes sociales, este diseño es intencionado y preocupante: busca instalar hábitos inconscientes en nuestra mente y la necesidad imperiosa de recibir una recompensa. 

Una recompensa que aparece en forma de comentario, un "me gusta", un retuit o un feed que se actualiza cada segundo actúan como el anzuelo perfecto. Este mecanismo funciona casi como una "máquina tragamonedas", que ofrece retribuciones inesperadas que refuerzan nuestra atención y alimentan la dependencia. El usuario nunca sabe qué encontrará, y esa incertidumbre es precisamente lo que maximiza la adicción. 

Detrás de cada clic actúan equipos especializados en growth kacking y pruebas A/B, cuyo objetivo es literalmente "piratear la psicología de la gente", ejecutando miles de cambios (colores, textos, variaciones) para identificar cuáles manipulan mejor al usuario sin activar su conciencia. "Somos ratas de laboratorio", advierte Sandy Parakilas, ex gerente de operaciones de plataforma en Facebook, en referencia a los experimentos sociales que lograron que actuáramos exactamente como ellos querían.

Plataformas como Facebook utilizan mecanismos como el scroll infinito y las notificaciones push para capturar nuestra atención y moldearla. Funciones como el etiquetado de fotos se utilizan porque apelan a una necesidad humana profunda de obtener aprobación. La compañía potenció esta herramienta al comprobar que incrementaba significativamente la actividad de los usuarios. 

Esto alimenta una tecnología de la persuasión que construye un "muñeco vudú" digital de cada persona: un perfil minucioso que revela saber qué técnica usar en cada instante. En este entorno, las redes sociales generan un clima de desinformación constante donde lo real y lo falso se vuelven indistinguibles, manipulan la opinión pública, intensifican la polarización y moldean el comportamiento sin que el usuario lo perciba. 

A esto se suman fenómenos crecientes como la ansiedad, la depresión, el aumento de suicidios, la dependencia adictiva al estímulo digital, la búsqueda de popularidad artificial y el empobrecimiento de habilidades cognitivas básicas. El resultado es una generación con cerebros sobre estimulados pero poco desarrollados, más vulnerable y con capacidades deterioradas para pensar críticamente y autorregularse.

La IA el nuevo rostro del paradigma digital 

La irrupción de la inteligencia artificial no constituye un fenómeno aislado, sino la prolongación y a la vez, la intensificación de las dinámicas sociotécnicas ya visibles en las redes sociales. Ambas se sostienen sobre el mismo modelo de capitalismo de vigilancia y recurren a mecanismos de influencia diseñados para moldear el comportamiento, pero la IA lleva estas lógicas a una escala capaz de producir riesgos profundos. 

Desde la dependencia emocional y el reemplazo de la interacción humana por simulaciones programadas, hasta la erosión progresiva de habilidades sociales, empatía y pensamiento crítico. A esto se suma la concentración de poder en unas pocas corporaciones capaces de costear estos modelos de enorme complejidad, habilitando formas sutiles de control social y manipulación personalizada.

Paralelamente, la producción ilimitada de contenido falso y verosímil —texto, video o audio— alimenta la desinformación y la polarización, debilitando la confianza en cualquier evidencia digital. A su vez, el impacto laboral y ambiental se vuelve ineludible: la automatización acelerada de tareas cognitivas amenaza con profundizar la desigualdad y vaciar de propósito a amplios sectores, mientras que la huella energética y el consumo de recursos para entrenar modelos avanzados permanece oculto, aunque sea descomunal. 

La generación que crece desconectada de sí misma

La expansión masiva de pantallas, videojuegos, redes sociales y tecnologías digitales está moldeando de manera profunda y alarmante el desarrollo cognitivo, emocional y social de niños y adolescentes. El neurocientífico Michel Desmurget advierte en La fábrica de cretinos digitales, estos dispositivos no solo compiten con las interacciones familiares, el sueño, la lectura o el juego creativo, sino que están reconfigurando la maduración cerebral. 

En países con estabilidad socioeconómica, se registra un fenómeno inédito: los llamados "nativos digitales” son la primera generación con un coeficiente intelectual más bajo que el de sus padres, revirtiendo la tendencia ascendente del “efecto Flynn”. Este deterioro se asocia al uso recreativo excesivo de pantallas, que afecta las bases mismas de la inteligencia: el lenguaje, la atención, la memoria, la capacidad de concentración y el bagaje cultural.  

Las consecuencias no son solo individuales, sino profundamente sociales. Las nuevas generaciones crecen con menos habilidades de interacción presencial, mayor impulsividad, poca tolerancia a la frustración, dificultades para sostener la atención y un debilitamiento de la empatía. Al mismo tiempo, muchos niños sustituyen actividades formativas (lectura, arte, conversación, deporte) por consumos digitales de baja calidad, lo que amplifica las desigualdades educativas entre quienes están protegidos de la “orgía digital” y quienes pasan horas frente a pantallas sin mediación adulta.

La omnipresencia de videojuegos y redes sociales refuerza un ecosistema de entretenimiento inmediato, hiperestimulante y adictivo. De hecho, la OMS ya reconoció por primera vez la adicción a los videojuegos como un trastorno de salud mental, reflejo de un problema que países como China y Taiwán ya regulan con toques de queda digitales y límites estrictos de acceso. Como advierten expertos y activistas tecnológicos, el contenido digital “basura” compite contra la capacidad de regulación; miles de diseñadores y algoritmos trabajan para retener su atención, mientras los padres quedan desbordados.

El resultado es una generación que, pese a haber nacido inmersa en la tecnología, no desarrolla mejores competencias digitales ni mayor capacidad crítica, sino que se vuelve dependiente, distraída y vulnerable a modelos de negocio basados en la manipulación. 

Si esta tendencia continúa, podríamos avanzar hacia una sociedad dividida: una mayoría con capacidades cognitivas debilitadas y manipulable por estímulos digitales, frente a una élite con acceso privilegiado a la educación, la cultura y el poder. Un escenario cercano a las distopías de Huxley y Postman, donde una población anestesiada por el entretenimiento pierde su capacidad crítica y termina acepta su dependencia digital. 

Te invito a escuchar el último episodio de mi podcast Abramos el Tema.🎧 


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