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Cuando nuestras emociones también dejan datos

¿PUEDE INTERNET SABER CÓMO ESTAMOS SIN QUE SE LO CONTEMOS?

Joven usando el celular

Cuando pensamos en privacidad digital, podemos imaginar información que entregamos de manera bastante evidente: nuestro nombre, una fotografía, una contraseña, una ubicación o los datos de una cuenta.

Pero existe otra clase de información mucho menos visible. No necesariamente la escribimos ni la publicamos. A veces ni siquiera somos conscientes de que la estamos generando.

Es la información que aparece a partir de nuestro comportamiento digital.

La manera en que usamos el teléfono, cuánto tiempo permanecemos conectados, nuestros horarios, determinados patrones de comunicación o incluso algunos datos registrados por dispositivos que llevamos puestos pueden convertirse en señales que permiten estudiar aspectos de nuestra conducta y bienestar.

Esto no significa que Internet pueda leer nuestra mente. Tampoco que una plataforma pueda determinar con certeza qué sentimos.

DEL DATO AISLADO AL PATRÓN

Un dato por sí solo suele decir poco. Que una persona utilice el teléfono durante determinada cantidad de minutos no permite saber automáticamente cómo se siente. Tampoco que se acueste tarde, camine menos durante algunos días o reduzca su actividad digital. El interés científico aparece cuando esos datos se observan en conjunto y a lo largo del tiempo.

La idea de digital phenotyping, o fenotipado digital, consiste, de manera general, en utilizar datos provenientes de dispositivos digitales para estudiar patrones relacionados con el comportamiento, la fisiología y otros aspectos de la vida cotidiana.

Una revisión publicada en Nature Mental Health en 2026 analizó 52 estudios sobre el uso de tecnologías móviles para predecir cambios relacionados con la depresión. Entre las variables estudiadas aparecieron datos de ubicación, sueño, actividad física, patrones de comunicación, variabilidad de la frecuencia cardíaca y autoinformes sobre el estado de ánimo.

Esto no quiere decir que cada uno de esos datos permita identificar una emoción concreta. Quiere decir que ciertas combinaciones de señales pueden presentar asociaciones con distintos estados o síntomas.

La diferencia es fundamental. Una asociación no equivale a una explicación. Y una predicción no equivale a un diagnóstico.

EL  EXPERIMENTO QUE MUESTRA HASTA DÓNDE PUEDEN LLEGAR ESTOS DATOS

En agosto de 2026 se publicó un estudio especialmente amplio sobre este tema: el Digital Mental Health Study. El proyecto reunió a más de 4.000 participantes que aceptaron compartir, durante hasta 12 meses, diferentes tipos de información obtenida mediante iPhone y Apple Watch. Los investigadores analizaron patrones de sueño, movilidad, actividad física, uso de aplicaciones, duración y cantidad de llamadas y mensajes, determinadas características de la voz y otros indicadores obtenidos mediante los sensores de los dispositivos.

Un detalle no menos importante es que los participantes debían autorizar qué tipos de datos podían compartirse y podían administrar sus permisos. Además, determinados procesos se realizaban directamente en el dispositivo para reducir la transmisión de información sensible. Por ejemplo, en el caso de la ubicación, el sistema podía trabajar con categorías de movimiento sin transmitir las coordenadas GPS exactas.

Por un lado, los rastros digitales pueden ofrecer nuevas herramientas para investigar la salud mental de manera más continua que una evaluación realizada en un único momento.

Por otro, cuanto más información se utiliza para inferir aspectos de una persona, más importante se vuelve preguntarse quién tiene acceso a esos datos, con qué finalidad y bajo qué condiciones.

LA DIFERENCIA ENTRE OBSERVAR Y CONOCER 

Un meta-análisis publicado en 2026 en npj Digital Medicine analizó 45 muestras independientes, con 2.939 adolescentes, y encontró una asociación general pequeña pero significativa entre determinados datos pasivos del teléfono y resultados relacionados con salud mental Los propios resultados muestran que se trata de relaciones estadísticas, no de una herramienta que permita traducir automáticamente el comportamiento de una persona en un diagnóstico. Diferentes sistemas pueden recoger señales, encontrar patrones y realizar inferencias. Pero inferir no es saber.

EL PROBLEMA NO TERMINA EN LOS DATOS 

Los datos digitales no existen aislados del mundo. Se encuentran dentro de plataformas, aplicaciones, empresas, servicios y sistemas algorítmicos que deciden qué información mostrar, ordenar o recomendar. La cuestión emocional agrega otra dimensión. Si nuestras experiencias digitales generan señales y esas señales participan en sistemas de personalización, entonces nuestra relación con Internet no es simplemente de ida. También producimos datos que pueden contribuir a construir la experiencia que recibimos después.

Imagen iProUP

CUANDO LA PRIVACIDAD DEJA DE SER SOLAMENTE “LO QUE CONTÉ”

Que información sobre nosotros pueda construirse a partir de señales que nunca consideramos información personal? No hace falta que una persona escriba su situación emocional personal. Puede existir una combinación de comportamientos que resulte relevante para un sistema de análisis.

Un artículo de Nature Mental Health publicado en 2024 señaló que el crecimiento de los datos obtenidos pasivamente a través de servicios digitales plantea un problema de consentimiento: los usuarios pueden tener poca capacidad de decisión sobre cómo se recopilan, comparten o utilizan esos datos. Los autores proponen avanzar hacia un modelo en el que el consentimiento tenga un papel mucho más central.

¿ESTO ES NECESARIAMENTE ALGO MALO?

No necesariamente. No es lo mismo que una persona participe voluntariamente en una investigación, conozca qué información comparte y pueda retirar sus permisos, que una empresa obtenga datos de comportamiento sin que el usuario comprenda qué inferencias pueden construirse a partir de ellos. El problema está en otra parte: el contexto y el control.

LA PRIVACIDAD TAMBIÉN PUEDE SER LO QUE TODAVÍA NO DIJIMOS

  • Primero: aprendimos a convivir con la idea de que aquello que publicamos puede permanecer.
  • Segundo: entendimos que nuestros movimientos, búsquedas y hábitos también pueden generar registros.
  • Tercero: los datos pueden utilizarse para inferir características que nosotros nunca expresamos directamente.

Para finalizar podemos replantearnos esta pregunta: ¿Cuánto queremos que nuestras emociones sean convertidas en datos? Te invito a seguirnos en nuestro canal de podcast y YouTube, donde ampliaremos más este tema.


Escrito por Claudia Sotomayor
Actualizado 07/10/2026

Fuentes y referencias

Leijse, M. M. L., Hansen, A., Semeijn, I. K., et al. (2026). A multilevel meta-analysis of passive smartphone sensing of adolescent mental health. npj Digital Medicine, 9, 628. https://www.nature.com/articles/s44482-026-00029-3

Douglas, C. S., Congdon, E., Huang, C., et al. (2026). The Digital Mental Health Study assessed feasibility of large-scale digital sensing for depression and anxiety. npj Digital Public Health, 1, 27. https://www.nature.com/articles/s41746-026-02706-2?

Pendse, S. R., Stapleton, L., Kumar, N., et al. (2024). Advancing a consent-forward paradigm for digital mental health data. Nature Mental Health, 2, 1298–1307. https://www.nature.com/articles/s44220-024-00330-1?

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Internet y un cerebro que cambia

¿Qué cambia en nuestro cerebro cuando usamos Internet?

Internet forma parte de nuestra vida cotidiana y está presente en muchas de las actividades que realizamos: estudiamos, buscamos información, trabajamos, nos entretenemos y nos comunicamos a través de diferentes plataformas. En Superficiales, Nicholas Carr analiza cómo estas tecnologías pueden relacionarse con cambios en nuestros hábitos y en nuestra manera de procesar la información. Para comprender su planteo, resulta interesante detenerse en las investigaciones que utiliza como respaldo.

UN CEREBRO QUE SE ADAPTA A LO QUE HACEMOS

Uno de los conceptos que Carr recupera es la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para adaptarse y modificarse a partir de las experiencias. Para explicar este proceso, menciona investigaciones como las de Michael Merzenich, que mostraron que el cerebro puede reorganizarse a partir de la experiencia, y las de Eric Kandel, que permitieron observar cambios duraderos en las conexiones entre neuronas relacionados con el aprendizaje. Estos trabajos permiten comprender que el cerebro no permanece completamente igual a lo largo del tiempo, sino que puede experimentar modificaciones vinculadas con aquello que hacemos y aprendemos.

Esta idea permite trasladar la discusión al uso cotidiano de las tecnologías digitales. Si la experiencia participa en la adaptación del cerebro, los hábitos que desarrollamos alrededor de Internet también pueden convertirse en un aspecto interesante para estudiar. 

No significa que cada uso de una computadora o un teléfono produzca una modificación concreta ni que exista una relación automática entre tecnología y cambios cerebrales. 

Se trata, más bien, de reconocer que nuestras prácticas repetidas pueden ser relevantes cuando intentamos comprender cómo interactuamos con las herramientas digitales.


Además, no todas las actividades digitales exigen el mismo tipo de atención. Leer un texto extenso, mirar un video, responder mensajes o pasar rápidamente de una página a otra son experiencias diferentes. Cada una requiere distintos niveles de concentración y participación. Por eso, cuando se habla de los efectos de Internet, resulta importante no considerar el uso de la tecnología como una experiencia única. El tipo de contenido, el tiempo de exposición y la forma en que se utiliza también pueden ser variables relevantes para las investigaciones.

CUANDO LAS PANTALLAS AFECTAN EL DESCANSO

Un ejemplo que permite observar esta cuestión es la relación entre las pantallas y el sueño. Hale y Guan (2015) analizaron 67 estudios sobre el uso de pantallas y el descanso en niños y adolescentes. En la mayoría encontraron una relación entre un mayor uso de pantallas y dificultades como dormir menos o acostarse más tarde. Por su parte, Pagano, Bacaro y Crocetti (2023) también encontraron una relación entre el uso de medios digitales y dificultades relacionadas con el sueño en adolescentes, y señalaron que esta relación puede funcionar en ambas direcciones.

¿QUÉ NOS DICEN REALMENTE LAS INVESTIGACIONES?

Estos resultados son interesantes, pero también muestran la necesidad de interpretar las investigaciones con cuidado. Encontrar una relación entre dos fenómenos no significa necesariamente que uno sea la causa directa del otro. Por ejemplo, el uso de medios digitales podría relacionarse con dificultades para dormir, pero también podrían existir otros factores que influyan en ambos. Por eso, una investigación no debería reducirse solamente a su resultado principal: también es necesario considerar qué estudió, a quiénes incluyó y qué conclusiones permite realmente obtener.

UNA RELACIÓN QUE TODAVÍA SE SIGUE ESTUDIANDO

Lo mismo sucede cuando aparecen explicaciones diferentes sobre los efectos de Internet. Una investigación puede aportar evidencia que respalde determinada interpretación, mientras que nuevos estudios pueden encontrar resultados diferentes, complementarios o incluso contradictorios. Comparar estas investigaciones permite tener una mirada más completa sobre un fenómeno que todavía continúa siendo estudiado y evitar conclusiones demasiado generales a partir de un solo resultado.

Esta mirada también permite evitar una idea demasiado simple: que toda tecnología tiene necesariamente un efecto positivo o negativo. Una misma herramienta puede facilitar el acceso a información y, al mismo tiempo, generar distracciones dependiendo de cómo se utilice. Por eso, más que pensar en Internet como un elemento que modifica automáticamente nuestro cerebro, resulta más útil analizar las prácticas concretas que desarrollamos frente a las pantallas y los contextos en los que ocurren.

NO HAY UNA ÚNICA RESPUESTA

La neuroplasticidad, entonces, no permite afirmar que Internet sea bueno o malo para nuestro cerebro. Lo que aporta es una perspectiva para pensar cómo las experiencias y los hábitos pueden relacionarse con la adaptación cerebral. En el caso de las tecnologías digitales, esto abre un campo de investigación especialmente interesante porque se trata de herramientas que utilizamos de manera frecuente y durante períodos prolongados.

Más que buscar una respuesta única sobre si Internet transforma nuestra forma de pensar, resulta necesario observar qué muestran las investigaciones concretas sobre cada aspecto. La atención, la memoria, la lectura, el aprendizaje o el descanso pueden presentar relaciones diferentes con el uso de tecnologías. Analizar cada una de ellas a partir de evidencia permite evitar conclusiones generales y entender que la relación entre nuestro cerebro y el entorno digital es mucho más compleja.

En nuestro podcast profundizamos en uno de estos hábitos: el uso de Internet y las pantallas durante la noche y su relación con el descanso. Te invitamos a escucharlo, seguirnos y dejarnos un comentario. 

Escrito por  Claudia Sotomayor
actualizado 07/10/2026

Fuentes y referencias

Carr, Nicholas. Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.

Hale, Lauren & Guan, Stanford (2015). “Screen Time and Sleep among School-Aged Children and Adolescents: A Systematic Literature Review”. Sleep Medicine Reviews, 21, 50–58. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/25193149/

Pagano, Maria; Bacaro, Valeria & Crocetti, Elisabetta (2023). “Using digital media or sleeping … that is the question”. A meta-analysis on digital media use and unhealthy sleep in adolescence. Computers in Human Behavior, 146, 107813. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0747563223001644




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Internet y las empresas que corrompen lo humano



Internet no es una herramienta neutral. Detrás de cada plataforma, motor de búsqueda y red social hay modelos de negocio que se alimentan de nuestra atención, nuestros datos y, sobre todo, de nuestras vulnerabilidades cognitivas y emocionales. Lejos de ser un espacio neutral de intercambio, el ecosistema digital está diseñado para explotar sesgos humanos profundos: la necesidad de aprobación social, la curiosidad irrefrenable, la indignación fácil y la pereza cognitiva.


Este post no es una condena a la tecnología. Es un recorrido por investigaciones rigurosas que demuestran que ciertas empresas digitales no solo se benefician de estas características humanas, sino que las corrompen activamente para maximizar sus ganancias. Los autores que veremos como Nicholas Carr, Antonio Damasio, Mary Helen Immordino-Yang, Neil Postman y sus respectivos estudios nos dan las pistas.


Nicholas Carr: la corrupción de la profundidad mental



Carr, basándose en estudios de neuroplasticidad de Michael Merzenich y Eric Kandel, demuestra en su libro "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" que el cerebro adulto es moldeable y se reorganiza según las herramientas que utilizamos. Internet, con sus hipervínculos, notificaciones constantes y multimedia, entrena nuestro cerebro para escanear, saltar y fragmentar la atención.


Los usuarios leen las páginas web en un patrón en "F": escanean las primeras líneas, saltan al medio y abandonan. Menos de una de cada diez páginas permanece abierta más de dos minutos. Un estudio del University College de Londres concluyó que "parece como si se conectaran a Internet para no tener que leer".


Maryanne Wolf, neurocientífica de la lectura de la Universidad de Tufts, advierte que al leer online "sacrificamos la capacidad que permite la lectura profunda. Regresamos al estado de 'meros descodificadores de información'". Patricia Greenfield, psicóloga de la UCLA, revisó más de cincuenta estudios y concluyó que el uso de pantallas fortalece habilidades visuales-espaciales pero debilita "la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión".


Internet no nos vuelve estúpidos, pero nos entrena para ser superficiales. Y esa superficialidad es funcional al modelo de negocio: cuanto más rápido saltamos de página en página, más anuncios vemos y más datos generamos.


Antonio Damasio y Mary Helen Immordino-Yang: la corrupción de la empatía y la moral



Damasio y su equipo realizaron un experimento con voluntarios a quienes se les pidió escuchar historias sobre personas que padecían dolor físico o psicológico. Luego, mientras recordaban esas historias, sus cerebros fueron escaneados. El resultado fue revelador: mientras que el cerebro reacciona casi instantáneamente al dolor físico, la empatía por el sufrimiento psicológico requiere mucho más tiempo. El cerebro necesita "trascender más allá de la participación inmediata del cuerpo" para comprender las "dimensiones psicológicas y morales de una situación".


Immordino-Yang, miembro del equipo, advierte: "Para algunos tipos de pensamientos, especialmente la toma de decisiones morales sobre las situaciones sociales y psicológicas de otras personas, es necesario dejar pasar el tiempo y la reflexión adecuadas. Si las cosas están sucediendo demasiado rápido, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas".


Si la empatía y la moral requieren tiempo y atención sostenida, un entorno digital que premia la velocidad y la fragmentación nos vuelve menos capaces de experimentar estas emociones superiores. No es un daño colateral: es una vulneración directa a nuestra humanidad.


Neil Postman: la corrupción del juicio humano por la eficiencia


Postman destiló los principios del taylorismo (la filosofía que Frederick Taylor aplicó a las fábricas a principios del siglo XX y que hoy rige en empresas como Google) en seis supuestos: "Que el principal, si no el único, objetivo del trabajo y el pensamiento humanos es la eficiencia; que el cálculo técnico es en todos los aspectos superior al juicio humano; que en realidad el juicio humano no es digno de confianza, ya que está lastrado por la laxitud, la ambigüedad y la complejidad innecesaria; que la subjetividad es un obstáculo para el pensamiento claro; que lo que no se puede medir no existe o no tiene valor; y que los expertos son los mejores gestores de los asuntos de los ciudadanos".


Carr aplica esta crítica directamente a Google: la empresa no busca que pensemos mejor, sino que procesemos información más rápido. Su modelo de negocio se basa en la distracción y el clic, no en la reflexión. Cuando la eficiencia se convierte en el valor supremo, el juicio humano lento, ambigüo y subjetivo se vuelve un obstáculo. Esta logica vulnera el derecho a un juicio propio e informado. Al delegar nuestras decisiones en algoritmos, renunciamos a nuestra autonomía intelectual.


La corrupción no es accidental, es estructural


La conclusión común es que el problema no es la tecnología en sí, sino la estructura de incentivos económicos que la gobierna. Cuando el modelo de negocio se basa en capturar la atención, multiplicar los clics y predecir el comportamiento, las características humanas más valiosas como laprofundidad, la empatía, la reflexión, la autonomía moral, se convierten en obstáculos.


Como ciudadanos y profesionales, no podemos aceptar que el mundo digital es nuestra realidad y comprar el discurso de todo lo que trae es positivo. La consigna de Carr sigue vigente: para poner en cuestión lo que estos autores afirman, no basta con optimismo o especulación. Se necesitan estudios equivalentes que demuestren lo contrario. Hasta entonces, la evidencia apunta en una dirección incómoda: Internet y las empresas que lo dominan están corrompiendo, lenta pero sistemáticamente, algunas de nuestras características más profundamente humanas.

-Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
R. L. Paul, H. Goodman y M. Merzenich, «Alterations in Mechanoreceptor Input to Brodmann’s Areas 1 and 3 of the
-Postcentral Hand Area of Macaca mulatta after Nerve Section and Regeneration», Brain Research, 39, nº 1 (abril de 1972), pp. 1-19.
-Eric R. Kandel, In Search of Memory: The Emergence of a New Science of Mind, Nueva York, Norton, 2006, pp. 198-207
-[En busca de la memoria: una nueva ciencia de la mente, Madrid, Katz Barpal Editores, 2007]. Véase asimismo Bruce E.Wexler, Brain and Culture: Neurobiology, Ideology, and Social Change, Cambridge, MIT Press, 2006, pp. 27-29.
-Maryanne Wolf, entrevista con el autor, 28 de marzo de 2008. para Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
-Patricia M. Greenfield, «Technology and Informal Education: What Is Taught, What Is Learned», Science, 323, nº 5910 (2 de enero de 2009), pp. 69-71
-Mary Helen Immordino-Yang, Andrea McColl, Hanna Damasio y Antonio Damasio, «Neural Correlates of Admiration and Compassion», Proceedings of the National Academy of Sciences, 106, nº 19 (12 de mayo de 2009), pp. 8021-8026.
-Neil Postman, Technopoly: The Surrender of Culture to Technology, Nueva York, Vintage, 1993 p. 51 [Tecnópolis: la rendición de la cultura a la tecnología, Barcelona, Círculo de Lectores, 1994].


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¿Por qué vemos lo que vemos? - De la agenda setting a la "juventud perdida"

                             



  Pensalo un segundo. Los medios masivos de comunicación no necesitan darte una orden directa ni decirte exactamente qué opinión tenés que tener sobre cada tema. Les alcanza con algo mucho más sutil y efectivo: decidir de qué se habla, y qué se deja afuera. En eso consiste, en esencia, la Teoría del Establecimiento de la Agenda (Agenda Setting). Los medios de comunicación no logran aún dar con la tecla que les permita decirnos cómo pensar (y no porque no les interese), pero sin embargo, son ridículamente efectivos diciéndonos sobre qué pensar.

Si pegamos un salto al pasado, específicamente a la era dorada de la Mass Communication Research (MCR) —aquel momento en que la sociología norteamericana intentaba descifrar el impacto de la radio y la TV en la sociedad—, cuando autores como Melvin DeFleur empezaron a teorizar sobre la función estructural de los medios masivos de comunicación. Lo que se pensaba era que las instituciones mediáticas no eran simples transmisores de información, sino que además funcionaban como engranajes sociales que iban moldeando en mayor o menor medida las prioridades del debate público y el marco de referencia con el que las masas interpretaban la realidad. Pero… 

 ¿Qué pasa cuando el medio deja de emitir para una masa homogénea y empieza a armar una pantalla a la medida exacta de cada individuo?


Y es justo ahí es donde la Agenda Setting tradicional choca de frente con un nuevo analisis -mucho más actual- propuesto por Nicholas Carr. En donde basicamente dice que la agenda ya no es solo la tapa del diario de la mañana que todos solían leer en el colectivo o el segmento de información radial que queda de fondo sonando en la casa de tus abuelos en esa radio a baterias, sino, que la agenda del presente es el diseño mismo de todo tu entorno cognitivo. Ya que hoy en día, Las plataformas digitales no solo eligen qué temas va a entrar en tu charla de sobremesa con la familia, sino que reconfiguran la velocidad, la frecuencia y el modo en que tu cerebro procesa la realidad misma.

 Las Pruebas PISA y el drama del colapso

Un ejemplo claro y cercano de esto podría ser los titulares de las diferentes editoriales en Argentina después de haberse dado a conocer los resultados de las Pruebas PISA 2025 

(Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment)

Editoriales que encuadraron la información bajo el espectro de la catástrofe inminente: "El estrepitoso fracaso de la educación", "Los estudiantes ya no comprenden lo que leen". Pero...

¿Qué intereses mueven ese tratamiento particular?

  • -La trampa del clickbait y el pánico moral: Vender indignación rinde más que explicar la complejidad socioeconómica tras los indicadores.
  • -Agendas político-económicas: La instalación del "colapso educativo" suele preparar el terreno mediático para justificar reformas precarizadoras, recortes presupuestarios o el desembarco de soluciones tecnológicas privadas en el aula pública.

Se instala el tema, se impone el pánico y se cancela la capacidad de debate profundo desde el "vamos". Pero mientras los medios señalan con el dedo la educación de los chicos... ¿Qué le está pasando a la mente de los propios adultos?

Hagamos un viaje al cerebro hiperconectado y veamos qué dice la ciencia
Para responder esto, primero habría que preguntarse:¿es este un fenómeno exclusivamente de ahora?

En su libro Superficiales, nuestro amigo Nicholas Carr nos demuestra que no. Ya que cada vez que la humanidad trajo al mundo una nueva "tecnología intelectual" —el mapa, el reloj mecánico, la imprenta— la mente humana mutó. Carr empieza contándonos su propia experiencia en primera persona y la describe como "esa inquietante sensación de querer leer un libro largo y sentir que la mente salta, se distrae y exige el pestañeo constante que nos exige el hipertexto."

Luego, nos trae a escena la historia de Friedrich Nietzsche en el siglo XIX. Cuando abrumado por su ceguera y sus dolores de cabeza, decide comprarse una máquina de escribir —la bola de escribir de Malling-Hansen—. Al usarla, se dio cuenta de que no solo iba cambiando su velocidad de redacción: sus textos, antes extensos y reflexivos, se volvieron más cortos, sino más sintéticos e incisivos. Su amigo Heinrich Köselitz le habia dicho que su prosa había ganado una nueva solidez, a lo que Nietzsche respondió:

"Nuestros instrumentos de escritura trabajan también en nuestros pensamientos".

La ciencia actual, apoyada en la neuroplasticidad —concepto que ya se asomaba con las primeras intuiciones de Freud sobre la huella mnémica y la flexibilidad de la mente—, confirma exactamente eso: el cerebro no es de piedra, es de plastilina. Si lo entrenás en la interrupción constante, en el scroll infinito y en la gratificación dopaminérgica inmediata, el cerebro se vuelve un especialista en la superficialidad y olvida cómo sostener la memoria de trabajo y la concentración profunda y esto ya está más que demostrado.

Aunque
 Figuras como Steven Pinker o Clive Thompson (Smarter Than You Think) sostienen posturas tecno-optimistas. Su principal linea de defensa argumentativa es que la web no nos vuelve más tontos, sino que externaliza procesos cognitivos. ¿Para qué memorizar datos si podemos almacenarlos afuera y liberar espacio mental para el pensamiento analítico? Según esta línea, no estariamos perdiendo capacidad, sino desarrollando una cognición distributed. Pero...

¿Quiénes son los que defienden esta idea?  y ¿con qué intereses?

Detrás de la idea de que la tecnología "siempre nos mejora" está la multimillonaria industria de las Big Tech, cuyo modelo de negocios claramente no es la educación ni mucho menos la salud mental, sino la economía de la atención: la monetización de cada segundo de tus ojos puestos sobre la pantalla.

Los diferentes papers académicos de facultad que abordan estos aspectos de la comunicación digital muestran justamente este punto de tensión. Es decir, no es que estemos ante el "fin de la inteligencia", sino que nos están afanando nuestra atención de a pedacitos para vendérsela al mejor postor.

Países que frenaron la pelota

En algunos países esto ya dejó de ser un debate abstracto. En muchas partes del globo ya se están tomando cartas sobre el asunto, y se están empezando a implementar medidas de política pública ante la evidencia neurocientífica. 

Uno de esos países es Suecia, que decidió frenar el plan de digitalización total de las aulas y destinó presupuestos millonarios para volver a comprar libros de texto de papel, tras detectar una caída en la comprensión lectora de los alumnos.

Otros países que tampoco se quedaron de brazos cruzados son Francia y el Reino Unido que decidieron aplicar restricciones estrictas o directamente prohibiciones sobre el uso de teléfonos celulares en las escuelas primarias y secundarias para proteger el espacio de aprendizaje y sociabilización.


Algunas conclusiones al boléo.

Si volvemos a los primeros estudios de DeFleur y la MCR, la lección es clara, los medios pueden haber cambiado de soporte, pero la disputa por dominar la subjetividad está más presente y es más invasiva que nunca.

El neurocientífico Andrés Rieznik suele advertirnos que para no ser manipulados por los sesgos de nuestra propia arquitectura mental y por los sistemas de recompensas que explotan las redes, es muy importante entender cómo funciona nuestro cerebro. Y como barrera de defensa a estas embestidas digitales, nos propone "volver a domar a los algoritmos" y entender sus trampas cognitivas para poder recuperar el control de nuestras elecciones.

Sin embargo, también vale dejar en claro que no todos los cerebros parten desde el mismo lugar. Por lo que resulta vital meter también dentro de estas conclusiones el concepto de capital cultural de Bourdieu, que basicamente nos advierte de que el impacto de esta sobreestimulación digital no es democrático ni mucho menos igualitario. Ya que Aquellos sectores sociales con mayor capital educativo, económico y cultural poseen más recursos simbólicos, más contención familiar y más alternativas de consumo reflexivo para autorregularse y proteger a sus hijos. En cambio, para los sectores más vulnerables, la pantalla suele convertirse en el único entretenimiento y en el principal moldeador del tiempo libre, profundizando (aún más) la brecha social y cognitiva.




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Informe especial: La doble cara de las nuevas tecnologías

Escrito por Agustina Iturbe



La historia reciente de la tecnología está marcada por dos grandes promesas:

-Que las redes sociales nos conectarían más que nunca.

-Que la inteligencia artificial nos haría la vida más fácil.

Ambas se cumplieron… pero ¿salió bien?

Debajo de todo ese brillo que vemos en las pantallas hay una parte menos evidente, más silenciosa, pero que influye muchísimo en cómo pensamos, en cómo ponemos atención y en cómo se comportan millones de personas todos los días. Justamente de esto voy a tratar de demostrar, la otra cara del internet que no se deja ver, pero que está presente en cada segundo que pasamos online. Pero lo que creo es más preocupante son los efectos sociales en las nuevas generaciones, los nativos digitales, que según varios estudios ya empiezan a mostrar un descenso en ciertas habilidades cognitivas y un aumento de trastornos vinculados al uso constante de pantallas.

Redes Sociales: la maquinaria de la atención


Las redes sociales no solo se diseñaron para entretener, también para retener al usuario el mayor tiempo posible. El scroll infinito, las notificaciones constantes, los colores brillantes y el feed personalizado no son casualidades, sino que son parte de una arquitectura pensada para captar la atención y mantenerla. Cada deslizamiento del dedo libera una microdosis de dopamina que refuerza el hábito y alimenta el circuito de recompensa, haciendo que volver a la app se sienta casi automático.

Esa dinámica, que parece inofensiva, tiene efectos concretos. Ansiedad, comparación permanente y una visión distorsionada de la realidad son solo algunas de las consecuencias del uso ilimitado de las redes sociales.

En los adolescentes, cuyo cerebro todavía está en pleno desarrollo y es más sensible a los estímulos rápidos, el impacto es aún mayor. Algoritmos que muestran contenido sin pausa y un flujo constante de validación social pueden saturar su capacidad de concentración. Mientras más tiempo pasan “enganchados” en TikTok, Instagram o YouTube, más difícil se vuelve sostener tareas que requieren un enfoque sostenido como estudiar, leer, trabajar. Más fácil es caer en hábitos de distracción normalizados en la actualidad.




El problema no es solo el contenido, sino el diseño mismo del entorno digital, basado en una competencia por la atención donde el usuario es el principal bien. Y cuando esa atención pertenece a jóvenes que todavía están construyendo su identidad y su forma de habitar el mundo, las consecuencias se vuelven más profundas. Órdenes establecidos como las nuevas ideas de “normalidad” construidas por filtros, cuerpos irreales, logros exagerados y vidas editadas. La sobreexposición constante a este mundo genera efectos que cada vez aparecen más en consultorios psicológicos, como la ansiedad, el insomnio, la baja autoestima, la sensación de insuficiencia, entre muchos más.

Inteligencia Artificial y la automatización del pensamiento

Si las redes sociales se quedan con nuestra atención, la inteligencia artificial va un paso más allá, ya que logró meterse en nuestras decisiones y en la forma en que pensamos. Hoy la IA no solo corrige textos, sino que también organiza tu agenda, te sugiere respuestas, genera imágenes y hasta decide por vos a través de recomendaciones cada vez más personalizadas. Y sí, todo eso nos facilita un montón de cosas, pero al mismo tiempo reemplaza nuestros procesos mentales. Y esto es preocupante, sobre todo por el uso que le dan las nuevas generaciones.

Sesgos y desinformación


Otro problema que para mí es clave es lo poco transparente que es todo este sistema. La IA no solo aprende lo que nos gusta, sino que también termina repitiendo los mismos sesgos que ya existen en los datos con los que fue entrenada. Y eso se ve en cosas simples, como las recomendaciones que nos aparecen todos los días, pero también en decisiones mucho más delicadas. Por ejemplo, en 2018 se descubrió que el sistema de reclutamiento automatizado de Amazon discriminaba a las mujeres porque había sido entrenado con currículums mayormente masculinos. El algoritmo bajaba de posición o descartaba automáticamente a las postulantes mujeres. Casos así muestran que los sesgos no son solo un detalle, sino que pueden afectar oportunidades reales en procesos laborales, créditos, vigilancia y otras decisiones sensibles.

A esto se le suma algo que ya vemos cada vez más seguido: los deepfakes. Son imágenes, audios o videos hechos con IA que parecen reales, pero no lo son. Y lo peor es que están cada vez más pulidos. En redes ya circulan clips de famosos “diciendo” cosas inventadas, políticos con discursos truchos y hasta audios falsos usados para estafas. Si no se está muy atento, podemos caer fácilmente en las Fake news.

El problema es que esto no queda solo en un engaño puntual. Empieza a generar una sensación de desconfianza en general. Si cualquier persona puede falsificar una cara o una voz, ¿cómo sabemos qué es real y qué no? Por eso varios especialistas advierten que la IA generativa se convirtió en una nueva fuente de desinformación. Básicamente, ya no alcanza con ver un video “real” para estar seguro de nada.

En un momento donde TikTok, Instagram y WhatsApp se llenan de contenido que parece real pero está fabricado, se vuelve clave aprender a frenar un segundo, mirar con ojo crítico y no dar por hecho todo lo que aparece en pantalla. Porque cuanto más naturalizados estén estos fakes, más difícil va a ser distinguir lo verdadero de lo artificial.


Dependencia invisible

Al igual que con las redes sociales, el uso masivo de IA en la vida cotidiana está modificando nuestros hábitos y hasta la forma en que pensamos. Cada vez delegamos más tareas en herramientas digitales que “resuelven” por nosotros; desde escribir un texto, planear un día o buscar una respuesta, hasta tomar decisiones pequeñas que antes hacíamos sin darnos cuenta. Y eso, con el tiempo, se nota. Tenemos menos creatividad espontánea, menos tolerancia al esfuerzo y más dificultades para enfrentar problemas sin ayuda inmediata.

El riesgo no es que las máquinas piensen mejor o más rápido que nosotros. El riesgo real es que nos acostumbremos a que la IA piense por nosotros.

Efectos sociales

Pero… ¿Cómo está afectando esto a quienes sólo conocen un mundo mediado por pantallas?

Los estudios que muestran un retroceso en el coeficiente intelehttps://www.theguardian.com/technology/2018/oct/10/amazon-hiring-ai-gender-bias-recruiting-enginectual de las generaciones más jóvenes no hablan de que “somos menos inteligentes”, sino de una falta de estimulación cognitiva profunda. Varios investigadores señalan que la caída coincide con el descenso de la lectura sostenida, el aumento de la multitarea digital y la exposición constante a estímulos que reemplazan procesos mentales más lentos, como razonar, memorizar o resolver problemas. El cerebro crece cuando lo ponemos a trabajar de verdad, pero si la dinámica cotidiana se vuelve más superficial y fragmentada, el desarrollo cognitivo también se vuelve más frágil.

La Organización Mundial de la Salud clasificó en 2019 el “gaming disorder” como un trastorno de salud mental, algo que marcó un antes y un después en cómo se entienden los videojuegos. No se trata solo de jugar mucho, sino de perder el control sobre el tiempo que se juega, priorizarlo por encima de otras actividades y sostener esa conducta sabiendo que genera consecuencias negativas. Si bien los videojuegos pueden estimular habilidades como la coordinación y la resolución de problemas, su diseño, basado en logros rápidos, recompensas constantes y dinámicas competitiva, puede volverlos especialmente adictivos para los adolescentes. En muchos casos funcionan con la misma lógica de captura de atención que las redes sociales, con ciclos de recompensa instantánea, notificaciones y presión social para "no quedarse atrás". Por eso se los considera parte del ecosistema más amplio de adicciones digitales que atraviesan a las nuevas generaciones.


Y todo esto termina en una pérdida de autonomía cognitiva. Cuando la atención está secuestrada por las plataformas y la IA empieza a tomar decisiones o pensar por nosotros, se vuelve más difícil construir ideas propias. Es más fácil repetir lo que vemos en pantalla que detenernos a elaborar nuestras propias opiniones. Es un cambio silencioso, casi invisible, pero que define cómo pensamos, cómo aprendemos y cómo habitamos el mundo. Y si no lo registramos a tiempo, corremos el riesgo de acostumbrarnos a un modo de pensar cada vez más automático y menos propio.

Pensemos en un mundo que piensa por nosotros

Ninguna tecnología es mala en sí misma, el peligro aparece cuando dejamos que se vuelva invisible, automática, e inevitable.

La generación que crece hoy entre pantallas y algoritmos no está perdida. Pero sí enfrenta un desafío que ninguna generación anterior tuvo al tener que defender su autonomía intelectual en un entorno hecho para mantenernos lentos y complacidos.

La solución no es dejar de usar tecnología, sino recuperar el control, poner límites, elegir conscientemente, y sobre todo, volver a darle su espacio al pensamiento lento,reflexivo, y humano.
Porque si no pensamos nosotros, algo (o alguien) lo va a hacer por nosotros.


Si queres saber mas sobre el tema, podes dirigirte a mi podcast Charlando online, o a mi canal de Youtube, donde hablamos de esto y muchas problematicas mas.

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El espejo digital: cómo internet nos cambia por dentro

Por Agustina Iturbe


Vivimos conectados casi todo el tiempo. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, revisamos redes sociales, buscamos información, compartimos opiniones y emociones. Pero, ¿alguna vez nos preguntamos cómo nos está transformando esta conexión permanente? 



¿Como nos autopercibimos?

En internet, pasamos mucho tiempo mostrando quiénes creemos que somos, opinamos sobre temas que a veces no conocemos en profundidad, comentamos con seguridad lo que apenas entendemos y nos medimos a nosotros mismos por la cantidad de interacciones que recibimos. Esta constante exposición digital nos hace cuestionar si realmente tenemos conciencia de nuestras habilidades y limitaciones.

Al revisar nuestra confianza y nuestras opiniones, y compararlas con la realidad, descubrimos un patrón curioso, donde muchas veces, quienes menos dominan un tema se sienten más seguros, mientras que quienes saben más dudan de sí mismos. Este fenómeno se llama "efecto Dunning-Kruger". Nacio en 1999, donde Dunning y Kruger hacieron experimentos donde pedían a diferentes grupos de personas evaluar su desempeño en tareas como gramática, lógica y humor. Luego, compararon la autoevaluación de cada participante con su rendimiento real, y descubrieron que los que obtenían peores resultados sobreestimaban su habilidad, mientras que los que obtenían mejores resultados se subestimaban.

Con esto concluyeron que, cuando alguien carece de habilidad, también carece de la capacidad para evaluar correctamente su propia competencia.
 
La autopercepción digital, con sus likes, seguidores y comentarios, funciona casi como un amplificador de este sesgo, enseñándonos que no siempre nuestra confianza refleja nuestro conocimiento real. Dicha visibilidad y la retroalimentación rápida (los “me gusta”, comentarios o retuits) crean una especie de validación automática que refuerza la sensación de competencia, incluso cuando no corresponde, y eso puede generar conflictos, discusiones innecesarias o incluso decisiones equivocadas en entornos donde la información real importa.

Privacidad y vigilancia: un problema colectivo

Vivimos en un mundo donde la exposición ya casi no es voluntaria. La vigilancia digital está presente en cada clic, y muchas veces sin que nos demos cuenta. La privacidad es un derecho, pero en la práctica se transforma en un recurso que le damos a las grandes empresas a cambio de servicios y entretenimiento. Cada dato que compartimos, queramos o no, es recogido, almacenado y analizado.

Marta Peirano destaca que la vigilancia no es un problema individual, sino colectivo. No se trata solo de “proteger nuestra información”, sino de entender que cada decisión personal afecta al conjunto de la sociedad. Cuando la mayoría normaliza la exposición, la vigilancia se vuelve casi invisible y mucho más poderosa.

Carissa Véliz señala que lo más preocupante no es solo lo que se hizo con los datos, sino lo que se omite, la falta de transparencia y de discusión ética dejó decisiones permanentes en nuestras manos y en nuestros dispositivos.






El impacto de internet en NOSOTROS


La hiperestimulación es moneda corriente en la actialidad, al estar constantemente pendientes de mensajes, notificaciones, videos que se reproducen automáticamente… todo compite por nuestra atención. Esto genera que tengamos dependencia digital, lo que reduce la concentración y fragmenta nuestro pensamiento.

Pero no solo se ve afectada la atención, sino que nuestras emociones también son objeto de manipulación. Gracias al neuromarketing, las empresas, políticos y plataformas estudian cómo reaccionamos a imágenes, sonidos o estímulos digitales para influir en nuestras decisiones, desde que podriamos comprar hasta que opiniones políticas tenemos. Lo que percibimos como elección libre muchas veces es el resultado de un diseño  regurgitado y calculado por las grandes empresas.

Este estereotipo de persona ya esta catalogada como "Homo Interneticus". Según muchos pensadores, el Homo Interneticus es el hombre de las nuevas generaciones, quien ha crecido con la red y cuya vida se mueve entre la pantalla y la realidad física. Redes sociales como Facebook, Instagram o TikTok no son solo plataformas de comunicación, sino que son espacios donde se construye y se exhibe la vida, a menudo de manera editada o idealizada. Es aqui donde el usuario experimenta una versión paralela de su vida, donde la interacción digital ocupa tanto espacio que la experiencia real queda eclipsada.

Esta alteración del Homo sapien sapiens afectó también como se entablan las relaciones. El número de Dunbar establece que los humanos solo pueden mantener vínculos significativos con unas 150 personas. Sin embargo, en redes, tenemos miles y miles de “amigos”, pero la mayoría de se mantienen como observaciones superficiales de la vida del otro. Esto nos convierte en voyeurs digitales, espectadores de la vida de los demás, o en personas cuya vida es observada sin profundidad real en las relaciones. ¿Realmente creemos que esta es una buena forma de conectar con el otro? El saber lo que estan haciendo 24/7 no genera una buena conexion entre las personas. La amistad exite para acompañarnos y tener un sosten por fuera del familiar. Algun outsider que nos ayude a ver cada situción diferente y aprender el uno del otro, de forma real. 


Conectados y transformados 

Finalmente, es importante pensar en cómo la tecnología afecta nuestra capacidad de concentración y reflexión. La evidencia indica que la red cambia cómo procesamos la información, cómo nos relacionamos y cómo tomamos decisiones. Pero todavía tenemos el poder de la elección.

La gran pregunta es ¿Estamos realmente ante el final de algo, o del inicio de un mundo mejor gracias a la tecnología?

La respuesta depende de nuestra autopercepción, de cómo cuidemos nuestra privacidad, de nuestra capacidad de reflexionar y elegir conscientemente, y de cómo decidamos habitar este mundo digital que, cada día, nos transforma un poco más.

Si queres saber mas sobre el tema, podes dirigirte a mi podcast Charlando online, donde hablamos de esto y muchas problematicas mas.









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¿Cuanto valen tus datos?

La cara oculta de lo “gratis”

Escrito por Agustina Iturbe



Vivimos en una era donde el Internet parece un recurso inagotable y gratuito. Cada click y cada acción, podemos hacerlo todo sin pagar un peso. Pero, ¿alguna vez te preguntaste cómo es posible que estos servicios, con millones de usuarios y servidores, sean gratuitos?

La realidad es que nada en Internet es realmente gratis. Si no pagamos con dinero, pagamos con algo más importante: nuestros datos personales.

Vigilancia digital

Empresas como Google, Facebook o Amazon entendieron algo clave con lo que podrían masificarse aún más, la información que brindaban los usuarios era más valiosa que los servicios mismos. Cuanto más saben sobre nosotros, más podían predecir qué queríamos ver, comprar o hacer. 

Así nació el modelo de vigilancia digital, un sistema que recopila cada dato que dejamos en la web, desde lo que buscamos hasta el tiempo que pasamos mirando una publicación, todo para poder alimentar algoritmos que aprenden a conocernos mejor que nosotros mismos.

Cookies: pequeñas pero poderosas

Cada vez que ingresás a una página web y aparece el cartel de “aceptar cookies”, estás frente a una de las herramientas más utilizadas para rastrear la actividad online. Estas, con un nombre tan “tierno” son pequeños archivos que los sitios guardan en tu dispositivo para almacenar tu información: qué idioma elegiste, qué agregaste al carrito o si ya iniciaste sesión. Pero el problema surge cuando las cookies pertenecen a terceros, creadas por empresas externas (como Google, Meta, etc.) que siguen tus movimientos entre diferentes sitios web. Por ejemplo, si buscás “zapatillas” en una tienda, después empezás a ver publicidades de diferentes zapatillas en Instagram o YouTube. Esto no es casualidad, sino que es el resultado de las cookies que comparten tu información con otras redes publicitarias.


Con el tiempo, estas cookies permiten construir un perfil muy detallado sobre vos, con datos como tu edad estimada, ubicación, hábitos de consumo y horarios de navegación. Y, aunque se presentan como una forma de “mejorar tu experiencia”, en realidad sirven para que las empresas vendan esos datos y ganen en base a emplear tu atención como bien.

Es por esto que varios países (especialmente en la Unión Europea) exigen que los sitios web informen y pidan consentimiento para usar cookies, aunque en la práctica la mayoría de los usuarios simplemente presiona “Aceptar” sin leer nada.

Entender esto es clave: no son solo archivos técnicos, sino que son el puente entre tus hábitos y el negocio de la publicidad digital.

 Lo “gratis” que no es tan gratis

Cuando una app o red social dice ser “gratuita”, lo que en realidad significa es que el negocio no está en cobrarte, sino en observarte.

Como explica Carissa Véliz, profesora de ética digital en la Universidad de Oxford, “cada clic que das deja un rastro de quién sos, y ese rastro se convierte en una herramienta de poder”.


Véliz sostiene que la privacidad no es solo un derecho individual, sino una condición para la libertad colectiva. Cuando las empresas controlan la información sobre nuestros gustos, miedos y deseos, también pueden influir en nuestras decisiones, desde qué compramos hasta qué pensamos.

Como conectarse con conciencia

Aunque parezca que estamos completamente expuestos, hay formas reales de reducir la cantidad de datos que entregamos y recuperar algo de control sobre nuestra vida digital. No se trata de desconectarse del mundo, sino de usar Internet con más conciencia.

Te recomiendo algunos pasos a seguir, simples pero efectivos:

-Revisar los permisos de las apps: Muchas piden acceso a funciones que no necesitan. Si una linterna te pide tu ubicación o tus contactos, es una señal de que algo está mal. Podés desactivar esos permisos desde la configuración del teléfono.

-Usar navegadores y buscadores privados: Como Firefox, Brave o DuckDuckGo, que evitan el rastreo constante y no almacenan tus búsquedas.

-Bloquear cookies y rastreadores: Existen extensiones como uBlock Origin, Privacy Badger o Ghostery que podrían ayudar a limitar la publicidad invasiva.

- Algo muy importante también es pensar antes de compartir todo lo que publicamos, ya que puede ser recolectado, almacenado y analizado tanto por aquellos usuarios dentro de las apps como quienes las rigen.

Y, sobre todo, cuestionar lo gratuito. Preguntarnos siempre: ¿Por qué esta app/servicio es gratis? ¿Qué gano y qué pierdo usándola? En la mayoría de los casos, la respuesta es clara: la empresa gana información; vos ganás comodidad… pero perdés tu privacidad.

Cuidar lo digital también es cuidarnos

Internet cambió nuestra forma de comunicarnos, aprender y trabajar. Pero también cambió la forma en que las empresas nos observan. El desafío no es no utilizar la tecnología, sino que no nos utilice a nosotros y que no nos importe. Cada acción cuenta, elegir qué compartimos, qué permisos damos, qué apps usamos; porque en la era de la información, la privacidad se volvió un derecho que está casi perdido.

La verdadera revolución digital no será desconectarse, sino reapropiarnos de nuestra conexión.


¿Querés seguir explorando estos temas?

Escuchá Charlando Online, el podcast donde pensamos juntos cómo la tecnología transforma nuestra vida cotidiana.





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La fotografía como hobby y trabajo

Por Florencia Minchiotti



Franco Testai es un fotógrafo muy particular. Su habilidad se posicionó a los 14 o 15 años, cuando por casualidad encontró en Facebook una imagen con foco desenfocado que le agradó tanto visual como técnicamente, y así fue que por curiosidad buscó como editarlas de esa forma, con el objetivo de poder realizarlas en un futuro. Y lo que comenzó como un hobby, lo terminó involucrando con el tiempo en un mundo que mezcla lo técnico con lo maravilloso.

Mas allá de fotografiar en un principio atardeceres y personas cuando viajaba a la ruta de La Panamericana -ya que el solo buscaba capturar momentos que combinaran con frases filosóficas que regalen una historia para subirlo a sus redes sociales-. Todo se encaminaría para que el presente lo encuentre por un camino hacia algo más real, algo más profesional, sumado a la ayuda que le proporcionaría su padre que es retirado del ambiente fotográfico, y así tomarlo como una especie de mentor.


Al pasar el tiempo, y la popularidad de sus fotos creciendo en sus redes sociales al unísono que sus seguidores, este lo sorprendería con la posibilidad de sumar a su lista para estar frente al lente no solo amigos y familiares ; si no a modelos, "influencers" e instagramers como Gran Berta cuando recién empezaban a hacerse conocidos. Además le influiría para comprometerse al 100%.



Si bien realiza books y fotos libres, hoy como hace años busca formarse y seguir aprendiendo, motivo por el cual con sus 20 años y todo un camino por recorrer estudia cine en Vicente Lopez, a la par de que intenta desarrollar un estilo amplio que le permita reinventarse siempre que pueda.




Los invito a conocerlo, a entrar en su cuenta de Instagram ( @francotestai ) y básicamente descubrirlo.
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Gran Berta: de las redes sociales a la creación de contenidos

                                                                                                               Por Flor Minchiotti


Qué es gran berta? dos amigos de la secundaria que tomaron una de las redes sociales más importantes como es Instagram hoy, para pasar de usarlas como cualquier persona a trabajo de tiempo completo. Uno es Agustín Stegmann de 24 años, que cambió de carrera universitaria varias veces pasando por: Ingeniería Mecánica, Diseño Industrial, Ingeniería Industrial y Economía Industrial; el otro es Guido Boetsch de 25 años que cursaba Ingeniería Industrial.
Una vez que Agustín abandonó la universidad y se tomó un tiempo para ver que quería hacer, hasta encontrar la respuesta en las redes sociales; y Guido dejara la carrera para asociarse a su amigo. Gran Berta no se fundaría.
Pero qué es? es una empresa de creación de contenidos. Ambos con una simple frase "SI QUERÉS, PODÉS!" y el llamativo nombre "Gran Berta" bautizado así por el programa Gran Hermano y una vecina llamada Berta, empezaron haciendo videos. Primero para Instagram y luego subiendo material a Youtube.


Estos amigos comenzaron tímidamente actuando y editando los videos con programas básicos de edición -claro que los primeros no verían la luz del sol hasta que sean tan profesionales como ellos querían-, e inspirados en los mini videos editados como si fuera magia frente a cámara, que realizaba el cineasta oriundo de Estados Unidos, Zack King. A partir de allí, intentaron emularlo, y a base de prueba y error aprender a crear contenidos sin vislumbrar el futuro que les esperaba.
Hoy después de dos años y pico de esfuerzo, vi como crearon no solo videos con efectos especiales como sacar la bomba de un videojuego que aparece en la pantalla de plasma o hacer aparecer y desaparecer gente, para la gigantesca aplicación Instagram, cuya cuenta tiene más de 415mil seguidores, y material para su canal de Youtube que cuenta con apenas 37mil seguidores, y cuyo objetivo es llegar a los 100mil. Hoy esta empresa de contenidos cuenta con trabajos producidos por ellos para clientes de grandes y conocidas marcas como: Mercado Libre, Schneider, Disney, y más.


Si bien ellos están a la cabeza, Gran Berta es un equipo de creativos que también suma a: Matias Servian (22), Tomas Boetsch (29), Iñaki Arredondo (24), Agustín Sartori (26) y Facundo Brunella (22). Todos freelancers que se ocupan del montaje, filmación y también de la edición.
Si los quieren conocer y ver su trabajo no tienen más que dirigirse a sus redes: @granberta (en Instagram) y Gran Berta (en YouTube). Abajo el link para entrar directamente.

https://www.instagram.com/granberta/?hl=es-la

https://www.youtube.com/channel/UC1KQN1jdpSXqd9-as564oIA



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