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La anestesia del algoritmo: Neuroplasticidad y la ingeniería de la atención

 

La transformación de las rutinas de consumo informativo responde a la interacción constante entre interfaces algorítmicas de retención y la estructura biológica de la atención humana. El estudio del impacto de las tecnologías digitales en el procesamiento cognitivo y la comunicación contemporánea se fundamenta en investigaciones neurocientíficas y modelos formales de teoría de los medios, alejándose de apreciaciones subjetivas sobre el uso de la red.

Evidencia neurocientífica y plasticidad cerebral

El uso continuo de entornos digitales produce cambios fisiológicos y funcionales medibles en la arquitectura cerebral mediante procesos de neuroplasticidad. Como documenta Nicholas Carr en Superficiales tras recopilar más de 400 investigaciones neurocientíficas, el sistema nervioso central adapta su topografía celular y reestructura sus conexiones sinápticas en respuesta a los estímulos de las interfaces interactivas.

Estudios de laboratorio e imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI) demuestran los siguientes efectos cuantitativos sobre el sistema cognitivo:

  • Debilitamiento de la memoria de trabajo: La exposición a hipervínculos y estímulos intermitentes dificulta la transferencia de datos desde la memoria de corto plazo hacia la de largo plazo.

  • Disminución de la concentración profunda: Se altera la capacidad fisiológica para el procesamiento lineal y la lectura sostenida a favor del escaneo visual rápido.

  • Reorganización de rutas sinápticas: Los circuitos neuronales se optimizan para la velocidad en decisiones superficiales en detrimento del razonamiento inductivo y la deducción crítica.

  • Saturación de la corteza prefrontal: La recepción ininterrumpida de notificaciones genera sobrecarga cognitiva que agota los recursos de la atención ejecutiva.

Arquitectura de la herramienta y eliminación de pausas

El diseño contemporáneo de interfaces digitales introduce mecanismos ingenieriles deliberados orientados a suprimir las pausas cognitivas del usuario. Desde la perspectiva formulada por Marshall McLuhan, la arquitectura técnica y formal de un soporte determina la estructura de la percepción humana, de manera independiente al contenido transmitido.

Componentes como el desplazamiento infinito (infinite scroll), la reproducción automática (autoplay) y las notificaciones push operan bajo tres dinámicas principales:

  1. Supresión de puntos de parada: La eliminación de límites visuales en la pantalla impide que el usuario experimente interrupciones naturales para evaluar su sesión de consumo.

  2. Aceleración del tiempo de respuesta: El flujo ininterrumpido de estímulos condiciona respuestas reflejas antes de activar el procesamiento analítico consciente.

  3. Anestesia del juicio crítico: La continuidad técnica de la interfaz reduce el espacio de pausa reflexiva, subordinando la asimilación conceptual al hábito interactivo.

Optimización matemática y plataformas de entretenimiento

Las plataformas masivas de distribución culturales operan mediante algoritmos de filtrado colaborativo estructurados para maximizar el tiempo de permanencia. Sistemas analizados en publicaciones sobre la dimensión mediática de las plataformas, como los reportes de Cámara Cívica, procesan el historial de consumo y los patrones de exposición para predecir conductas mediante modelos estadísticos.

Esta infraestructura técnica ejerce una función de mediación cultural en el espacio público digital. Al clasificar el catálogo según probabilidades de retención individualizada, estos algoritmos influyen directamente en la circulación y adopción de narrativas y producciones simbólicas a escala global.

Sesgos algorítmicos y regulación internacional

La automatización de la dieta informativa por modelos predictivos genera problemas estructurales de desinformación y homogeneización cultural. Según establece la Recomendación sobre la Ética de la IA de la UNESCO, las arquitecturas algorítmicas comerciales sin auditoría pública tienden a reproducir y amplificar sesgos de representación, reduciendo la diversidad del ecosistema informativo.

Paralelamente, investigaciones técnicas difundidas por el MIT Technology Review advierten sobre la falta de transparencia en los datos de entrenamiento de los sistemas automatizados. El análisis técnico de variables como la desinformación sintética resulta indispensable para la formulación de políticas de protección de derechos en el entorno digital.

Te invitamos a escuchar el desglose completo de estos dilemas neurocientíficos y mediáticos en el Capítulo 1 de Hoy Todo Vale en iVoox.

Fuentes: - "Superficiales" de Nicholas Carr
- "El medio es el mensaje" de 
Marshall McLuhan 
- UNESCO – Ética e Impacto de la Inteligencia Artificial - MIT Technology Review – Sesgos y cultura algorítmica
-
Netflix ¿Portal de series o difusor de ideología?

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Internet y las empresas que corrompen lo humano



Internet no es una herramienta neutral. Detrás de cada plataforma, motor de búsqueda y red social hay modelos de negocio que se alimentan de nuestra atención, nuestros datos y, sobre todo, de nuestras vulnerabilidades cognitivas y emocionales. Lejos de ser un espacio neutral de intercambio, el ecosistema digital está diseñado para explotar sesgos humanos profundos: la necesidad de aprobación social, la curiosidad irrefrenable, la indignación fácil y la pereza cognitiva.


Este post no es una condena a la tecnología. Es un recorrido por investigaciones rigurosas que demuestran que ciertas empresas digitales no solo se benefician de estas características humanas, sino que las corrompen activamente para maximizar sus ganancias. Los autores que veremos como Nicholas Carr, Antonio Damasio, Mary Helen Immordino-Yang, Neil Postman y sus respectivos estudios nos dan las pistas.


Nicholas Carr: la corrupción de la profundidad mental



Carr, basándose en estudios de neuroplasticidad de Michael Merzenich y Eric Kandel, demuestra en su libro "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" que el cerebro adulto es moldeable y se reorganiza según las herramientas que utilizamos. Internet, con sus hipervínculos, notificaciones constantes y multimedia, entrena nuestro cerebro para escanear, saltar y fragmentar la atención.


Los usuarios leen las páginas web en un patrón en "F": escanean las primeras líneas, saltan al medio y abandonan. Menos de una de cada diez páginas permanece abierta más de dos minutos. Un estudio del University College de Londres concluyó que "parece como si se conectaran a Internet para no tener que leer".


Maryanne Wolf, neurocientífica de la lectura de la Universidad de Tufts, advierte que al leer online "sacrificamos la capacidad que permite la lectura profunda. Regresamos al estado de 'meros descodificadores de información'". Patricia Greenfield, psicóloga de la UCLA, revisó más de cincuenta estudios y concluyó que el uso de pantallas fortalece habilidades visuales-espaciales pero debilita "la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión".


Internet no nos vuelve estúpidos, pero nos entrena para ser superficiales. Y esa superficialidad es funcional al modelo de negocio: cuanto más rápido saltamos de página en página, más anuncios vemos y más datos generamos.


Antonio Damasio y Mary Helen Immordino-Yang: la corrupción de la empatía y la moral



Damasio y su equipo realizaron un experimento con voluntarios a quienes se les pidió escuchar historias sobre personas que padecían dolor físico o psicológico. Luego, mientras recordaban esas historias, sus cerebros fueron escaneados. El resultado fue revelador: mientras que el cerebro reacciona casi instantáneamente al dolor físico, la empatía por el sufrimiento psicológico requiere mucho más tiempo. El cerebro necesita "trascender más allá de la participación inmediata del cuerpo" para comprender las "dimensiones psicológicas y morales de una situación".


Immordino-Yang, miembro del equipo, advierte: "Para algunos tipos de pensamientos, especialmente la toma de decisiones morales sobre las situaciones sociales y psicológicas de otras personas, es necesario dejar pasar el tiempo y la reflexión adecuadas. Si las cosas están sucediendo demasiado rápido, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas".


Si la empatía y la moral requieren tiempo y atención sostenida, un entorno digital que premia la velocidad y la fragmentación nos vuelve menos capaces de experimentar estas emociones superiores. No es un daño colateral: es una vulneración directa a nuestra humanidad.


Neil Postman: la corrupción del juicio humano por la eficiencia


Postman destiló los principios del taylorismo (la filosofía que Frederick Taylor aplicó a las fábricas a principios del siglo XX y que hoy rige en empresas como Google) en seis supuestos: "Que el principal, si no el único, objetivo del trabajo y el pensamiento humanos es la eficiencia; que el cálculo técnico es en todos los aspectos superior al juicio humano; que en realidad el juicio humano no es digno de confianza, ya que está lastrado por la laxitud, la ambigüedad y la complejidad innecesaria; que la subjetividad es un obstáculo para el pensamiento claro; que lo que no se puede medir no existe o no tiene valor; y que los expertos son los mejores gestores de los asuntos de los ciudadanos".


Carr aplica esta crítica directamente a Google: la empresa no busca que pensemos mejor, sino que procesemos información más rápido. Su modelo de negocio se basa en la distracción y el clic, no en la reflexión. Cuando la eficiencia se convierte en el valor supremo, el juicio humano lento, ambigüo y subjetivo se vuelve un obstáculo. Esta logica vulnera el derecho a un juicio propio e informado. Al delegar nuestras decisiones en algoritmos, renunciamos a nuestra autonomía intelectual.


La corrupción no es accidental, es estructural


La conclusión común es que el problema no es la tecnología en sí, sino la estructura de incentivos económicos que la gobierna. Cuando el modelo de negocio se basa en capturar la atención, multiplicar los clics y predecir el comportamiento, las características humanas más valiosas como laprofundidad, la empatía, la reflexión, la autonomía moral, se convierten en obstáculos.


Como ciudadanos y profesionales, no podemos aceptar que el mundo digital es nuestra realidad y comprar el discurso de todo lo que trae es positivo. La consigna de Carr sigue vigente: para poner en cuestión lo que estos autores afirman, no basta con optimismo o especulación. Se necesitan estudios equivalentes que demuestren lo contrario. Hasta entonces, la evidencia apunta en una dirección incómoda: Internet y las empresas que lo dominan están corrompiendo, lenta pero sistemáticamente, algunas de nuestras características más profundamente humanas.

-Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
R. L. Paul, H. Goodman y M. Merzenich, «Alterations in Mechanoreceptor Input to Brodmann’s Areas 1 and 3 of the
-Postcentral Hand Area of Macaca mulatta after Nerve Section and Regeneration», Brain Research, 39, nº 1 (abril de 1972), pp. 1-19.
-Eric R. Kandel, In Search of Memory: The Emergence of a New Science of Mind, Nueva York, Norton, 2006, pp. 198-207
-[En busca de la memoria: una nueva ciencia de la mente, Madrid, Katz Barpal Editores, 2007]. Véase asimismo Bruce E.Wexler, Brain and Culture: Neurobiology, Ideology, and Social Change, Cambridge, MIT Press, 2006, pp. 27-29.
-Maryanne Wolf, entrevista con el autor, 28 de marzo de 2008. para Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
-Patricia M. Greenfield, «Technology and Informal Education: What Is Taught, What Is Learned», Science, 323, nº 5910 (2 de enero de 2009), pp. 69-71
-Mary Helen Immordino-Yang, Andrea McColl, Hanna Damasio y Antonio Damasio, «Neural Correlates of Admiration and Compassion», Proceedings of the National Academy of Sciences, 106, nº 19 (12 de mayo de 2009), pp. 8021-8026.
-Neil Postman, Technopoly: The Surrender of Culture to Technology, Nueva York, Vintage, 1993 p. 51 [Tecnópolis: la rendición de la cultura a la tecnología, Barcelona, Círculo de Lectores, 1994].


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¿Por qué vemos lo que vemos? - De la agenda setting a la "juventud perdida"

                             



  Pensalo un segundo. Los medios masivos de comunicación no necesitan darte una orden directa ni decirte exactamente qué opinión tenés que tener sobre cada tema. Les alcanza con algo mucho más sutil y efectivo: decidir de qué se habla, y qué se deja afuera. En eso consiste, en esencia, la Teoría del Establecimiento de la Agenda (Agenda Setting). Los medios de comunicación no logran aún dar con la tecla que les permita decirnos cómo pensar (y no porque no les interese), pero sin embargo, son ridículamente efectivos diciéndonos sobre qué pensar.

Si pegamos un salto al pasado, específicamente a la era dorada de la Mass Communication Research (MCR) —aquel momento en que la sociología norteamericana intentaba descifrar el impacto de la radio y la TV en la sociedad—, cuando autores como Melvin DeFleur empezaron a teorizar sobre la función estructural de los medios masivos de comunicación. Lo que se pensaba era que las instituciones mediáticas no eran simples transmisores de información, sino que además funcionaban como engranajes sociales que iban moldeando en mayor o menor medida las prioridades del debate público y el marco de referencia con el que las masas interpretaban la realidad. Pero… 

 ¿Qué pasa cuando el medio deja de emitir para una masa homogénea y empieza a armar una pantalla a la medida exacta de cada individuo?


Y es justo ahí es donde la Agenda Setting tradicional choca de frente con un nuevo analisis -mucho más actual- propuesto por Nicholas Carr. En donde basicamente dice que la agenda ya no es solo la tapa del diario de la mañana que todos solían leer en el colectivo o el segmento de información radial que queda de fondo sonando en la casa de tus abuelos en esa radio a baterias, sino, que la agenda del presente es el diseño mismo de todo tu entorno cognitivo. Ya que hoy en día, Las plataformas digitales no solo eligen qué temas va a entrar en tu charla de sobremesa con la familia, sino que reconfiguran la velocidad, la frecuencia y el modo en que tu cerebro procesa la realidad misma.

 Las Pruebas PISA y el drama del colapso

Un ejemplo claro y cercano de esto podría ser los titulares de las diferentes editoriales en Argentina después de haberse dado a conocer los resultados de las Pruebas PISA 2025 

(Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment)

Editoriales que encuadraron la información bajo el espectro de la catástrofe inminente: "El estrepitoso fracaso de la educación", "Los estudiantes ya no comprenden lo que leen". Pero...

¿Qué intereses mueven ese tratamiento particular?

  • -La trampa del clickbait y el pánico moral: Vender indignación rinde más que explicar la complejidad socioeconómica tras los indicadores.
  • -Agendas político-económicas: La instalación del "colapso educativo" suele preparar el terreno mediático para justificar reformas precarizadoras, recortes presupuestarios o el desembarco de soluciones tecnológicas privadas en el aula pública.

Se instala el tema, se impone el pánico y se cancela la capacidad de debate profundo desde el "vamos". Pero mientras los medios señalan con el dedo la educación de los chicos... ¿Qué le está pasando a la mente de los propios adultos?

Hagamos un viaje al cerebro hiperconectado y veamos qué dice la ciencia
Para responder esto, primero habría que preguntarse:¿es este un fenómeno exclusivamente de ahora?

En su libro Superficiales, nuestro amigo Nicholas Carr nos demuestra que no. Ya que cada vez que la humanidad trajo al mundo una nueva "tecnología intelectual" —el mapa, el reloj mecánico, la imprenta— la mente humana mutó. Carr empieza contándonos su propia experiencia en primera persona y la describe como "esa inquietante sensación de querer leer un libro largo y sentir que la mente salta, se distrae y exige el pestañeo constante que nos exige el hipertexto."

Luego, nos trae a escena la historia de Friedrich Nietzsche en el siglo XIX. Cuando abrumado por su ceguera y sus dolores de cabeza, decide comprarse una máquina de escribir —la bola de escribir de Malling-Hansen—. Al usarla, se dio cuenta de que no solo iba cambiando su velocidad de redacción: sus textos, antes extensos y reflexivos, se volvieron más cortos, sino más sintéticos e incisivos. Su amigo Heinrich Köselitz le habia dicho que su prosa había ganado una nueva solidez, a lo que Nietzsche respondió:

"Nuestros instrumentos de escritura trabajan también en nuestros pensamientos".

La ciencia actual, apoyada en la neuroplasticidad —concepto que ya se asomaba con las primeras intuiciones de Freud sobre la huella mnémica y la flexibilidad de la mente—, confirma exactamente eso: el cerebro no es de piedra, es de plastilina. Si lo entrenás en la interrupción constante, en el scroll infinito y en la gratificación dopaminérgica inmediata, el cerebro se vuelve un especialista en la superficialidad y olvida cómo sostener la memoria de trabajo y la concentración profunda y esto ya está más que demostrado.

Aunque
 Figuras como Steven Pinker o Clive Thompson (Smarter Than You Think) sostienen posturas tecno-optimistas. Su principal linea de defensa argumentativa es que la web no nos vuelve más tontos, sino que externaliza procesos cognitivos. ¿Para qué memorizar datos si podemos almacenarlos afuera y liberar espacio mental para el pensamiento analítico? Según esta línea, no estariamos perdiendo capacidad, sino desarrollando una cognición distributed. Pero...

¿Quiénes son los que defienden esta idea?  y ¿con qué intereses?

Detrás de la idea de que la tecnología "siempre nos mejora" está la multimillonaria industria de las Big Tech, cuyo modelo de negocios claramente no es la educación ni mucho menos la salud mental, sino la economía de la atención: la monetización de cada segundo de tus ojos puestos sobre la pantalla.

Los diferentes papers académicos de facultad que abordan estos aspectos de la comunicación digital muestran justamente este punto de tensión. Es decir, no es que estemos ante el "fin de la inteligencia", sino que nos están afanando nuestra atención de a pedacitos para vendérsela al mejor postor.

Países que frenaron la pelota

En algunos países esto ya dejó de ser un debate abstracto. En muchas partes del globo ya se están tomando cartas sobre el asunto, y se están empezando a implementar medidas de política pública ante la evidencia neurocientífica. 

Uno de esos países es Suecia, que decidió frenar el plan de digitalización total de las aulas y destinó presupuestos millonarios para volver a comprar libros de texto de papel, tras detectar una caída en la comprensión lectora de los alumnos.

Otros países que tampoco se quedaron de brazos cruzados son Francia y el Reino Unido que decidieron aplicar restricciones estrictas o directamente prohibiciones sobre el uso de teléfonos celulares en las escuelas primarias y secundarias para proteger el espacio de aprendizaje y sociabilización.


Algunas conclusiones al boléo.

Si volvemos a los primeros estudios de DeFleur y la MCR, la lección es clara, los medios pueden haber cambiado de soporte, pero la disputa por dominar la subjetividad está más presente y es más invasiva que nunca.

El neurocientífico Andrés Rieznik suele advertirnos que para no ser manipulados por los sesgos de nuestra propia arquitectura mental y por los sistemas de recompensas que explotan las redes, es muy importante entender cómo funciona nuestro cerebro. Y como barrera de defensa a estas embestidas digitales, nos propone "volver a domar a los algoritmos" y entender sus trampas cognitivas para poder recuperar el control de nuestras elecciones.

Sin embargo, también vale dejar en claro que no todos los cerebros parten desde el mismo lugar. Por lo que resulta vital meter también dentro de estas conclusiones el concepto de capital cultural de Bourdieu, que basicamente nos advierte de que el impacto de esta sobreestimulación digital no es democrático ni mucho menos igualitario. Ya que Aquellos sectores sociales con mayor capital educativo, económico y cultural poseen más recursos simbólicos, más contención familiar y más alternativas de consumo reflexivo para autorregularse y proteger a sus hijos. En cambio, para los sectores más vulnerables, la pantalla suele convertirse en el único entretenimiento y en el principal moldeador del tiempo libre, profundizando (aún más) la brecha social y cognitiva.




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¿Por qué caemos en los neuromitos?

Para comprender cómo opera nuestra mente actual, es necesario analizar la Unidad Cuerpo-Cerebro-Mente desde una prespectiva histórico-evolutiva integral. El Dr. Carlos Logatt Grabner explica que los primeros antepasados pasaron por un pensamiento concreto e inmediato y un pensamiento mágico que atribuía las catástrofes a fuerzas divinas. Tras el filtro del pensamiento filosófico en Grecia, el quiebre definitivo llegó en 1619 con René Descartes y el pensamineto cinetífico moderno. 

El filtro del olvido. Durante décadas pensamos que el olvido era el peor enemigo del aprendizaje, pero la neurociencia demostró que funciona como un filtro antispam biológico. Robert Bjork desarrolló la teroía de "Olvidar para aprender", dividiendo la memoria en capacidad de almacenar (qué tan bien se aprendió algo) y de recuperar (la facilidad con la que el dato viene a la mente de trabajo). Cuanto más nos esforzamos por recuperar un recuerdo, mayor es el anclaje biológico posterior bajo el principio de dificultad deseable. Un ejemplo de esto lo vemos en la industria de la indumentaria donde las interfaces nos saturan de estímulos para agotar nuestra recuperación y empujarnos a consumir por inercia.

Neuromito. A la par de estos mecanismos, Paul Howard-Jones advierte sobre los peligros de los neuromitos: malentendidos culturales generados por malas interpretaciones de datos científicos. Uno de los más extendidos es que la dominancia hemisférica determina los estilos de aprendizaje o si somos personas lógicas o creativas. Esta teoría se desmorona en 1960 con los estudios de "cerebros divididos" de Roger Sperry y Michael Gazzaniga en pacientes con el cuerpo calloso seleccionado. Sin embargo, Gazzaniga aclaró que la idea comercial es exagerada: la cognición real es compleja y ensciende redes interhermisféricas completas que hacen inviable rotular la mente.


El movimiento. Si de verdad buscamos optimizar nuestras capacidades cognitivas y cuidar nuestra salud mental, la respuesta científica son son los tests, sino el ejercicio. Una investigación liderada por el Dr. Yakoov Stern en la Universidad de Nueva York demostró que la actividad física aeróbica regular mejora de forma directa las funciones ejecutivas. Las personas que cumplieron con estos ejercicios rindieron en estas pruebas como si fueran diez años más jóvenes a los cuarenta años y hasta veinte años más jóvenes a los sesenta. David Raichlen, de la Universidad de Arizona, confirmó que el ejercicio modifica la conectividad funcional en jóvenes, combatiendo el sedentarismo y frenando el desgaste cerebral. 

Y vos, ¿Sentís que en tu ámbito educativo o laboral te clasifican bajo etiquetas binarias? Te leo en los comentarios. También te invito a visitar nuestro canal de YouTube, Cuerpo en Crudo, donde vas a encontrar la máster-clase en formato de video. Además podés profundizar esta deconstrucción teórica en el Episodio 9 de nuestro podcast, Espejismos de Tela, disponible de forma orgánica en la plataforma iVoox. Te dejo ambos enlaces acá abajo. 

Estudios y bibliografía a consultar:

Logatt Grabner, C. (ADH). Programa Ejecutivo en Neuropsicoeducación: Evolución del pensamiento humano. Clase 11 - Apunte A.  Logatt Grabner, C. (ADH). Programa Ejecutivo en Neuropsicoeducación: Actividad física y cerebro. Clase 12 - Apunte A.  Rosler, R. (ADH). Programa Ejecutivo en Neuropsicoeducación: Aprendizaje - El poder del olvido. Clase 11 - Apunte B.  Gazzaniga, M. S. (2005). Forty-five years of split-brain research and still going strong. Nature Reviews Neuroscience, 6, 653-659.  Howard-Jones, P. A. (2014). Neuroscience and education: myths and messages. Nature Reviews Neuroscience, 15(12), 817-824.  Stern, Y., et al. (2019). Effect of aerobic exercise on cognition in younger adults: A randomized clinical trial. Neurology, 92(9).


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Inteligencias múltiples, múltiples recursos.

   En 1983 un psicólogo de Estados Unidos, Howard Gardner, propuso que las personas no tenemos una única inteligencia, sino que hay en nosotros ocho distintos tipos que ya vienen dadas naturalmente y se desarrollan más o menos según cada persona.

Pensar esto ayuda a derribar maneras de ver al ser humano como un objeto al que se le puede medir el nivel de inteligencia y también las nunca gratas distinciones entre inteligentes y poco inteligentes.

Este psicólogo piensa a las inteligencias como la capacidad de nuestro cerebro de resolver problemas de distintas maneras, según se organicen en este los pensamientos y conocimientos sobre el mundo. Da cuenta que estas maneras son válidas y no pesan unas más que otras, ya que todas persiguen el mismo fin y este es positivo. Es decir que no hay personas más inteligentes que otras. Todos podemos desarrollar las capacidades ejercitándolas.





La inteligencia lógico-matemática existe para resolver problemas usando la lógica: considerando todas las alternativas concretas, poniendo en la balanza lo positivo y lo negativo para llegar a la mejor respuesta al problema. Las personas que tienen esta inteligencia fuertemente desarrollada se destacan en resolver rápidamente cálculos matemáticos (como el sudoku).


La segunda es la lingüístico-verbal, que sería la capacidad de escribir, leer y contar cuentos y también de gesticular en los diálogos con los demás.


La inteligencia visual-espacial se da en arquitectos, diseñadores, jugadores de ajedrez y damas. Tienen facilidad para dibujar sus ideas y pensar soluciones usando las perspectivas.


La musical es la capacidad de componer música y aprender a usar instrumentos.

La corporal-cinestésica es la habilidad de resolver problemas poniendo en juego las emociones y los sentidos: los bailarines, actores, deportistas y cirujanos tienen esta inteligencia fuertemente desarrollada.

La intrapersonal es la capacidad de detectar problemas y soluciones en uno mismo, o sea la capacidad de introspección, mientras que la interpersonal permite interpretar por lo que están pasando las otras personas mediante lo que dicen y callan y lo que demuestran con sus gestos. En este aspecto se distinguen los psicólogos.

La última pero no menos importante inteligencia es la naturalista: la facilidad de conectarse con la naturaleza, en la cual se distinguen los geólogos, biólogos y astrónomos.





Teniendo en cuenta esta info, ¿Cuál es la inteligencia que más te identifica?
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