Este artículo fue modificado el 14 de octubre de 2026.
En febrero de este año, el New York Post publicó un artículo titulado: "Generación Z — La primera generación oficialmente calificada como más estúpida que la anterior".
El titular podría considerarse excesivo, pero no fue un capricho sensacionalista del editor: hacía referencia a las palabras de un especialista en neurociencia y educación, Jared Cooney Horvath. Un mes antes, Horvath había dicho algo muy similar, aunque con más sutileza, en una audiencia con el Congreso de los Estados Unidos.
¿El objetivo de esta audiencia? Afrontar una problemática que atraviesa las fronteras estadounidenses y preocupa a todo el mundo: el impacto de las pantallas en los niños. Pero el problema va más allá de las pantallas: los algoritmos que las gobiernan se convirtieron en la infraestructura de la posverdad.
Ética de las pantallas
Las alarmas están siendo oídas, pero llevan años sonando. En 2018, científicos noruegos revelaron que el coeficiente intelectual de los nacidos a partir de 1975 era menor al de la generación anterior, revirtiendo la tendencia de aumento sostenido que se había visto durante el siglo XX. El estudio en cuestión daba una pista fundamental: el problema no era biológico, sino ambiental.
Tan solo dos años después, la pandemia aceleró y concretó la digitalización de la sociedad. Toda actividad social, desde el trabajo hasta el entretenimiento, la información y la socialización, quedó circunscripta a las pantallas. Desde cierta perspectiva, no hay nada de malo con esto: las pantallas son una herramienta más, no son ni malas ni buenas.
Las tecnologías podrán no tener moral, pero sí tienen ética. Según Nicholas Carr, autor de Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011), las "tecnologías intelectuales" son invenciones que modificaron nuestra forma de pensar. Cada una de ellas nos inculcó una nueva ética que no fue considerada ni por sus creadores ni por sus usuarios:
"En última instancia, la ética intelectual de una invención es lo que surte el efecto más profundo sobre nosotros. La ética intelectual es el mensaje que transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus usuarios".
Obsesión por la optimización
En Superficiales, Carr caracteriza la ética intelectual de Internet haciendo una analogía con el taylorismo, el modelo de trabajo que dividía las tareas para ganar más velocidad de trabajo:
"Internet es una máquina diseñada para la recogida, transmisión y manipulación eficientes y automatizadas de información; y sus legiones de programadores pretenden encontrar «el método óptimo» —el algoritmo perfecto— para desempeñar los movimientos mentales de lo que se ha dado en describir como la tarea del conocimiento".
Para Carr, la obsesión taylorista por erradicar los tiempos muertos cambió nuestra relación con el saber. Si en la fábrica se buscó maximizar la producción de mercancías, en la red el objetivo estuvo en optimizar los datos que nuestras mentes pueden procesar.
En este contexto, la atención de los usuarios se convirtió en el recurso finito anhelado de las marcas y empresas. Hoy, el modelo de negocio del ecosistema digital es el de la "economía de la atención".
En palabras de Sean Parker, cofundador de Facebook: "Pensamos en cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo y captar tu atención en la medida de lo posible".
Realidades personalizadas
Para garantizarse la mayor porción del tiempo de navegación del usuario, las grandes empresas han reclutado a todo tipo de expertos para desarrollar mecanismos de captación de atención. Entre ellos, la pieza clave son los algoritmos. Nacidos de ese afán por optimizar las búsquedas de información, son un conjunto de reglas e instrucciones programadas que personalizan nuestras experiencias digitales en tiempo real.
El proceso de personalización de la experiencia de los algoritmos funciona identificando y categorizando estímulos (contenidos) según las respuestas que despiertan en los usuarios (interacciones). Así lo describe Nick Srnicek, autor de Capitalismo de plataformas (2018): "deberíamos considerar los datos como la materia prima que debe extraerse, y las actividades de los usuarios como la fuente natural de dicha materia prima".
Haciendo uso de nuestros datos, las plataformas pueden crear experiencias personalizadas para cada usuario. Las revelaciones del Washington Post sobre los documentos internos de Facebook (Facebook Papers) expusieron cómo opera esta "personalización": durante años, el algoritmo premió el emoji de "Me enoja" por sobre el "Me gusta", asignándole cinco veces más valor.
La investigación demostró empíricamente qué tipo de estímulos busca multiplicar la plataforma:
- contenido que apela a emociones de alta intensidad;
- publicaciones que generan mayor fricción (más propensas a contener desinformación, discursos tóxicos o noticias engañosas);
- estímulos diseñados para maximizar la permanencia del usuario sin juzgar su veracidad.
Al subordinarse a las pasiones, la maquinaria algorítmica convierte a las plataformas digitales en cámaras de eco donde la realidad queda fragmentada.
Para los usuarios de la actualidad, salir del camino seguro del algoritmo está totalmente fuera de su imaginación. Resulta más sencillo y gratificante mantenerse en lo que Joan Cwaik describe como "un ecosistema que no distingue entre lo que es cierto y lo que es conveniente".
Algoritmo y posverdad
Los algoritmos se convirtieron en los nuevos practicantes de la posverdad: distribuyen contenidos sin juzgar si son verdaderos.
El término posverdad se popularizó en 2016 con la emergencia de las fake news. En ese momento, sirvió para explicar por qué los usuarios compartían noticias sin importarles que fueran falsas, siempre y cuando los hechos se ajustaran a su visión de mundo. Para Lee McIntyre, la posverdad se define por la intención de imponer una visión del mundo sin importar su veracidad.
Hoy en día, los practicantes de la posverdad ya no son los usuarios, sino los algoritmos. En la realidad fabricada de las plataformas, los algoritmos no juzgan la veracidad ni la ética de los contenidos que distribuyen. Como plantea Cwaik, la posverdad evolucionó a la par del desarrollo tecnológico: "dejó de ser solo un fenómeno discursivo para volverse un fenómeno computacional".
Los algoritmos se convirtieron en la infraestructura de la posverdad, un mecanismo invisible que moldea activamente la percepción a escala masiva. Su dominación no requiere persuasión racional, sino que se da puramente en el ámbito de la emocionalidad. Es una prisión sin barras, infinita y fluctuante; es como estar perdido en el océano.
No es exageración decir que hoy estamos a la deriva de la posverdad.
Para conocer más
Si querés profundizar sobre cómo Internet y las tecnologías digitales están transformando los criterios de verdad, la información y la credibilidad en la sociedad contemporánea, te recomiendo escuchar el debate ampliado en mi podcast, Demasiado bueno para ser IA:
Y si te interesa ver cómo se relaciona esta temática con la película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, te convido este análisis en video:
Referencias
Nicholas Carr (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Taurus.
Nick Srnicek (2018). Capitalismo de plataformas. Caja Negra Editora.
Joan Cwaik (30/06/2025). La fábrica de realidades. El poder de los algoritmos.
Lee McIntyre (2018). Posverdad. Cátedra.

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