En febrero de este año, el New York Post publicó un artículo titulado: "Generación Z — La primera generación oficialmente calificada como más estúpida que la anterior" [1]. El titular, escrito con letras bien grandes y en negrita, podría considerarse excesivo. Pero, si bien el Post es conocido por sus titulares sardónicos, no fue un capricho sensacionalista del editor, sino que hacía referencia a las palabras de un especialista en neurociencia y educación, Jared Cooney Horvath.
Horvath había dicho algo muy similar, aunque con más sutileza, frente al Congreso de los Estados Unidos. Esto se debe a que fue uno de los oradores convocados a una audiencia parlamentaria sostenida tan solo un mes antes. ¿El objetivo de esta audiencia? Afrontar una problemática que atraviesa las fronteras estadounidenses y preocupa a todo el mundo: el impacto de las pantallas en los niños.
Ética de las pantallas
Las alarmas están siendo oídas, pero llevan años sonando. En 2018, científicos noruegos revelaron que, por primera vez en el siglo XXI, el Coeficiente Intelectual de las nuevas generaciones era menor al de la generación anterior [2]. El estudio en cuestión también daba una pista fundamental: el problema no era biológico, sino ambiental. Algo había cambiado en el entorno cotidiano de los niños. Tan solo dos años después, este cambio se volvería drástico.
La pandemia y el consiguiente aislamiento fue el último clavo en el cajón; un cajón en el que nos quedamos encerrados con nuestras pantallas como única compañía. El proceso de digitalización de la sociedad se aceleró al punto que trabajar, entretenerse, socializar, informarse, toda actividad social, en definitiva, quedó circunscripta a esta. Desde cierta perspectiva, no hay nada de malo con esto: las pantallas son una herramienta más, no son inherentemente malas o buenas.
Si bien las tecnologías no tienen moral, sí tienen ética. En la historia de la Humanidad, hubo ciertas invenciones que modificaron nuestra forma de pensar. Fueron lo que Nicholas Carr llama "tecnologías intelectuales" y cada una de ellas inculcó una nueva ética intelectual en la especie. Esa ética no está diseñada por sus creadores, ni tampoco es muy tenida en cuenta por sus usuarios, pero su influencia es tremenda:
"En última instancia, la ética intelectual de una invención es lo que surte el efecto más profundo sobre nosotros. La ética intelectual es el mensaje que transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus usuarios" [3].
Cerebro lector 2.0
Las pantallas están cambiando nuestra mente. O quizá sería más correcto decir que ya lo han hecho y que está por verse si podemos hacer algo al respecto. Lo puede ver cualquiera que esté leyendo este artículo: ¿llegaste hasta esta pregunta leyendo de corrido, o saltando de párrafo a párrafo en busca de algo que te interese? Eso se llama skimming y es una técnica de lectura rápida que se convirtió en la norma para la mayoría de los lectores.
Según la neurocientífica Maryanne Wolf [4], el cerebro humano no nació programado para leer, sino que recicla circuitos neuronales para adaptarse al soporte que utiliza. Con el texto en papel, la mente tiende a realizar una "lectura profunda", un proceso que requiere tiempo y paciencia, así como capacidad para la concentración y la abstracción. Con el texto en pantalla, la mente adopta otro patrón de lectura, uno enfocado en rastrear las palabras clave de un texto.
La ventaja del "escaneo veloz" o skimming es, precisamente, su velocidad: permite consumir información al menor costo de tiempo posible, de forma mucho más rápida que la lectura profunda. Es por esto que esta técnica de lectura que existe desde antes de las pantallas. Pero hoy no es solo una técnica, sino que es la norma. El problema aparece es que, como dice Wolf, "...cuando hacemos skim, literalmente, fisiológicamente, no tenemos tiempo para pensar" [5].
Obsesión por la optimización
Si el patrón de lectura hegemónico en la era digital está marcado por la rapidez y la eficacia, es porque esa es exactamente la ética intelectual de las tecnologías digitales. Para caracterizarla, Carr hace una analogía con el taylorismo, el modelo de trabajo donde las tareas se dividían con el fin de garantizar una mayor velocidad de trabajo:
"Internet es una máquina diseñada para la recogida, transmisión y manipulación eficientes y automatizadas de información; y sus legiones de programadores pretenden encontrar «el método óptimo» —el algoritmo perfecto— para desempeñar los movimientos mentales de lo que se ha dado en describir como la tarea del conocimiento" [6].
La obsesión taylorista por erradicar los tiempos muertos cambió nuestra relación con el saber. Si en la fábrica se buscó maximizar la producción de mercancías, en la red el objetivo estuvo en optimizar la cantidad de datos que nuestras mentes pueden procesar. Nos convertimos así en eficientes procesadores de información, a costa de nuestra capacidad para la contemplación y el análisis profundo.
En este contexto donde la información abunda y la velocidad es la norma, el enfoque de los grupos de interés cambió: la atención de los usuarios se convirtió en el recurso finito anhelado de las marcas y empresas. Hoy, el modelo de negocio del ecosistema digital es el de la "economía de la atención". En palabras de Sean Parker, cofundador de Facebook: "Pensamos en cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo y captar tu atención en la medida de lo posible" [7].
Realidades personalizadas
Para garantizarse la mayor porción del tiempo de navegación del usuario, las grandes empresas han reclutado a todo tipo de expertos para desarrollar mecanismos de captación de atención. Entre ellos, la pieza clave son los algoritmos. Nacidos de ese afán por optimizar las búsquedas de información, son un conjunto de reglas e instrucciones programadas que personalizan nuestras experiencias digitales en tiempo real.
El proceso de personalización de la experiencia de los algoritmos opera identificando y categorizando estímulos según las respuestas que despiertan en los usuarios con el fin de decidir qué tipo de estímulos mostrar a continuación. ¿Cuáles son los criterios para tomar estas decisiones? Esa información está oculta para el público general y cada entorno digital tiene sus propias lógicas.
Sin embargo, la observación empírica revela una verdad evidente: como fue en toda la historia de la comunicación de masas, el contenido que captura la atención es el que apela a las emociones (la indignación, el enojo o el miedo) y el que confirma las opiniones y juicios previos del usuario. Por lo tanto, estos serán los estímulos que el algoritmo buscará generar. No hay una mala intención en los algoritmos, solo la intención del mercado de atención.
Al subordinarse a las pasiones, la maquinaria algorítmica convierte a las plataformas digitales en cámaras de eco donde la realidad queda fragmentada. Para los usuarios de la actualidad, con su capacidad de comprensión y atención atrofiada, salir del camino seguro del algoritmo está totalmente fuera de su imaginación. Resulta más sencillo y gratificante mantenerse en "un ecosistema que no distingue entre lo que es cierto y lo que es conveniente" [8].
Algoritmo y posverdad
El término posverdad se popularizó en 2016 con la emergencia de las fake news. En ese momento, sirvió para explicar por qué los usuarios compartían noticias sin importarles que fueran falsas, siempre y cuando los hechos se ajustaran a en su visión de mundo. Para Lee McIntyre "la posverdad equivale a una forma de supremacía ideológica, a través de la cual sus practicantes intentan obligar a alguien a creer en algo, tanto si hay evidencia a favor como si no" [9].
Hoy en día, los practicantes de la posverdad ya no son los usuarios, sino los algoritmos. En la realidad fabricada de las plataformas, los algoritmos no juzgan la veracidad ni la ética de los contenidos que distribuyen. Como plantea Joan Cwaik, la posverdad evolucionó a la par del desarrollo tecnológico: "dejó de ser solo un fenómeno discursivo para volverse un fenómeno computacional" [10].
El algoritmo se convirtió en la infraestructura de la posverdad, un mecanismo invisible que moldea activamente la percepción a escala masiva. La dominación no requiere persuasión racional, sino que se da puramente en el ámbito de la emocionalidad. ¿Y qué resistencia pueden ofrecer sus presos de mentes deterioradas por la lógica de la inmediatez que rige al ecosistema digital? Es una prisión sin barras, infinita y fluctuante; es como estar perdido en el océano.
No es exageración decir que hoy estamos a la deriva de la posverdad.
Referencias
[1] Erickson, J. Gen Z — the first generation officially dubbed dumber than the last. New York Post.
[3] Nicholas Carr (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Ediciones Taurus.
[6] Nicholas Carr, op. cit.
[8] Joan Cwaik (30/05/2025). La fábrica de realidades. El poder de los algoritmos.
[9] Lee McIntrye (2018). Posverdad. MIT Press / Cátedra.
[10] Joan Cwaik, op. cit.
0 comentarios:
Publicar un comentario