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Cuando nuestras emociones también dejan datos

¿PUEDE INTERNET SABER CÓMO ESTAMOS SIN QUE SE LO CONTEMOS?

Joven usando el celular

Cuando pensamos en privacidad digital, podemos imaginar información que entregamos de manera bastante evidente: nuestro nombre, una fotografía, una contraseña, una ubicación o los datos de una cuenta.

Pero existe otra clase de información mucho menos visible. No necesariamente la escribimos ni la publicamos. A veces ni siquiera somos conscientes de que la estamos generando.

Es la información que aparece a partir de nuestro comportamiento digital.

La manera en que usamos el teléfono, cuánto tiempo permanecemos conectados, nuestros horarios, determinados patrones de comunicación o incluso algunos datos registrados por dispositivos que llevamos puestos pueden convertirse en señales que permiten estudiar aspectos de nuestra conducta y bienestar.

Esto no significa que Internet pueda leer nuestra mente. Tampoco que una plataforma pueda determinar con certeza qué sentimos.

DEL DATO AISLADO AL PATRÓN

Un dato por sí solo suele decir poco. Que una persona utilice el teléfono durante determinada cantidad de minutos no permite saber automáticamente cómo se siente. Tampoco que se acueste tarde, camine menos durante algunos días o reduzca su actividad digital. El interés científico aparece cuando esos datos se observan en conjunto y a lo largo del tiempo.

La idea de digital phenotyping, o fenotipado digital, consiste, de manera general, en utilizar datos provenientes de dispositivos digitales para estudiar patrones relacionados con el comportamiento, la fisiología y otros aspectos de la vida cotidiana.

Una revisión publicada en Nature Mental Health en 2026 analizó 52 estudios sobre el uso de tecnologías móviles para predecir cambios relacionados con la depresión. Entre las variables estudiadas aparecieron datos de ubicación, sueño, actividad física, patrones de comunicación, variabilidad de la frecuencia cardíaca y autoinformes sobre el estado de ánimo.

Esto no quiere decir que cada uno de esos datos permita identificar una emoción concreta. Quiere decir que ciertas combinaciones de señales pueden presentar asociaciones con distintos estados o síntomas.

La diferencia es fundamental. Una asociación no equivale a una explicación. Y una predicción no equivale a un diagnóstico.

EL  EXPERIMENTO QUE MUESTRA HASTA DÓNDE PUEDEN LLEGAR ESTOS DATOS

En agosto de 2026 se publicó un estudio especialmente amplio sobre este tema: el Digital Mental Health Study. El proyecto reunió a más de 4.000 participantes que aceptaron compartir, durante hasta 12 meses, diferentes tipos de información obtenida mediante iPhone y Apple Watch. Los investigadores analizaron patrones de sueño, movilidad, actividad física, uso de aplicaciones, duración y cantidad de llamadas y mensajes, determinadas características de la voz y otros indicadores obtenidos mediante los sensores de los dispositivos.

Un detalle no menos importante es que los participantes debían autorizar qué tipos de datos podían compartirse y podían administrar sus permisos. Además, determinados procesos se realizaban directamente en el dispositivo para reducir la transmisión de información sensible. Por ejemplo, en el caso de la ubicación, el sistema podía trabajar con categorías de movimiento sin transmitir las coordenadas GPS exactas.

Por un lado, los rastros digitales pueden ofrecer nuevas herramientas para investigar la salud mental de manera más continua que una evaluación realizada en un único momento.

Por otro, cuanto más información se utiliza para inferir aspectos de una persona, más importante se vuelve preguntarse quién tiene acceso a esos datos, con qué finalidad y bajo qué condiciones.

LA DIFERENCIA ENTRE OBSERVAR Y CONOCER 

Un meta-análisis publicado en 2026 en npj Digital Medicine analizó 45 muestras independientes, con 2.939 adolescentes, y encontró una asociación general pequeña pero significativa entre determinados datos pasivos del teléfono y resultados relacionados con salud mental Los propios resultados muestran que se trata de relaciones estadísticas, no de una herramienta que permita traducir automáticamente el comportamiento de una persona en un diagnóstico. Diferentes sistemas pueden recoger señales, encontrar patrones y realizar inferencias. Pero inferir no es saber.

EL PROBLEMA NO TERMINA EN LOS DATOS 

Los datos digitales no existen aislados del mundo. Se encuentran dentro de plataformas, aplicaciones, empresas, servicios y sistemas algorítmicos que deciden qué información mostrar, ordenar o recomendar. La cuestión emocional agrega otra dimensión. Si nuestras experiencias digitales generan señales y esas señales participan en sistemas de personalización, entonces nuestra relación con Internet no es simplemente de ida. También producimos datos que pueden contribuir a construir la experiencia que recibimos después.

Imagen iProUP

CUANDO LA PRIVACIDAD DEJA DE SER SOLAMENTE “LO QUE CONTÉ”

Que información sobre nosotros pueda construirse a partir de señales que nunca consideramos información personal? No hace falta que una persona escriba su situación emocional personal. Puede existir una combinación de comportamientos que resulte relevante para un sistema de análisis.

Un artículo de Nature Mental Health publicado en 2024 señaló que el crecimiento de los datos obtenidos pasivamente a través de servicios digitales plantea un problema de consentimiento: los usuarios pueden tener poca capacidad de decisión sobre cómo se recopilan, comparten o utilizan esos datos. Los autores proponen avanzar hacia un modelo en el que el consentimiento tenga un papel mucho más central.

¿ESTO ES NECESARIAMENTE ALGO MALO?

No necesariamente. No es lo mismo que una persona participe voluntariamente en una investigación, conozca qué información comparte y pueda retirar sus permisos, que una empresa obtenga datos de comportamiento sin que el usuario comprenda qué inferencias pueden construirse a partir de ellos. El problema está en otra parte: el contexto y el control.

LA PRIVACIDAD TAMBIÉN PUEDE SER LO QUE TODAVÍA NO DIJIMOS

  • Primero: aprendimos a convivir con la idea de que aquello que publicamos puede permanecer.
  • Segundo: entendimos que nuestros movimientos, búsquedas y hábitos también pueden generar registros.
  • Tercero: los datos pueden utilizarse para inferir características que nosotros nunca expresamos directamente.
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Para finalizar podemos replantearnos esta pregunta: ¿Cuánto queremos que nuestras emociones sean convertidas en datos? Te invito a seguirnos en nuestro canal de YouTube, donde ampliaremos este tema.



Referencias
  1. Leijse, M. M. L., Hansen, A., Semeijn, I. K., et al. (2026). A multilevel meta-analysis of passive smartphone sensing of adolescent mental health. npj Digital Medicine, 9, 628.
  1. Douglas, C. S., Congdon, E., Huang, C., et al. (2026). The Digital Mental Health Study assessed feasibility of large-scale digital sensing for depression and anxiety. npj Digital Public Health, 1, 27.
  1. Pendse, S. R., Stapleton, L., Kumar, N., et al. (2024). Advancing a consent-forward paradigm for digital mental health data. Nature Mental Health, 2, 1298–1307

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Vigilancia y control digital

 El costo de vivir conectados




En la actualidad, vivimos conectados todo el tiempo. Internet y la tecnología son parte de casi todo lo que hacemos, pero esa conexión también tiene un precio. Lo que parecía venir a facilitarnos la vida, muchas veces termina siendo una forma de control. Amnistía Internacional ya adviertió que el uso de la inteligencia artificial y el reconocimiento facial puede poner en riesgo derechos básicos como la privacidad y la libertad de expresión. Hemos sido condicionados o 'preparados' para ceder el control y nuestra información personal a cambio de una promesa de 'libertad' o, mejor dicho, de anonimato. Pero, ¿son realmente lo mismo? Es una ilusión creada para que sigamos consumiendo redes sin cuestionar las consecuencias.

 Vigilancia y censura: la cara oscura de la red


¿Internet debería ser un espacio de libertad? En teoría, sí. Pero en la práctica, cada vez se usa más para vigilarnos, controlarnos y limitar lo que hacemos. Las herramientas tecnológicas que prometían seguridad y conexión se transformaron en mecanismos de control. 

La vigilancia no es solo técnica; es estructural. Según Amnistía Internacional, “los sistemas de IA utilizados para reconocimiento facial representan una amenaza directa para los derechos humanos, ya que permiten identificar, rastrear y perfilar personas sin su consentimiento”. Esta vigilancia se normaliza a través de cámaras, aplicaciones que monitorean movimientos y dispositivos domésticos que escuchan de manera permanente. La normalización de esta vigilancia silenciosa nos empuja a aceptar cosas que hace diez años hubieran sido impensadas.

La tecnología debe estar al servicio de las personas, no de las empresas o los Estados. Cuando el acceso se vuelve desigual, ya sea por falta de infraestructura, dispositivos o recursos, emergen nuevas formas de exclusión. Quienes quedan fuera de lo digital, quedan fuera de derechos, oportunidades y participación.

Algoritmos que deciden por vos

Gran parte de nuestras decisiones cotidianas están mediadas por algoritmos invisibles. Ellos organizan lo que vemos, lo que compramos y hasta lo que opinamos. Y aunque se presentan como herramientas neutrales, son sistemas entrenados con datos sesgados y diseñados según los intereses de actores privados.

Como señala el profesor Philip Howard, director del Oxford Internet Institute, “las mentiras, la basura y la desinformación de la propaganda tradicional están extendidas en línea y apoyadas por algoritmos de Facebook y Twitter”. Esta cita, es clave para entender que la desinformación no crece sola, sino que reciben ayuda de los algoritmos que la impulsan porque genera interacción.

Cuando un modelo de negocio depende de captar atención, la prioridad no es informar, sino retener. Y eso transforma a los algoritmos en una fuerza que puede moldear hábitos, consumos y opiniones sin que lo notemos.


Desinformación y manipulación en redes


Las redes sociales no solo sirven para comunicarnos, sino que también se usan para influir en lo que pensamos, donde se disputa poder político, económico y cultural. Investigaciones de la Universidad de Oxford mostraron cómo plataformas como Facebook y Twitter se convirtieron en terreno fértil para la desinformación y la propaganda. Los algoritmos nos encierran en burbujas donde solo vemos lo que refuerza nuestras ideas, y eso limita nuestra posibilidad de mirar más allá.

Las redes sociales ya no son solo un medio para comunicarnos o entretenernos, sino que se han convertido en herramientas capaces de moldear nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Gobiernos y actores privados de más de 80 países utilizan plataformas como Facebook,  Twitter e Instagram para difundir desinformación y propaganda política a gran escala. Lo podemos ver claramente en las metidas de pata del actual presidente de Argentina, Javier Milei, que constantemente publica fake news en sus redes, o cuando ocurrio el escandalo de la moneda digital "$LIBRA".


La ilusión de la libertad digital

El discurso más difundido sobre Internet es que democratiza la información. Y es cierto que ofrece oportunidades inéditas. Pero esa supuesta libertad está condicionada por reglas que no decidimos nosotros. Las plataformas pueden eliminar contenido, bajar su visibilidad o viralizarlo en segundos, muchas veces sin explicar por qué.

El ideal de Internet como espacio abierto empieza a desdibujarse cuando entendemos que la arquitectura técnica (los algoritmos, los filtros, las métricas) define qué circula y qué queda oculto. Así, la “libertad digital” opera más como una ilusión que como una experiencia garantizada.

¿Internet empodera o domina?

Aunque Internet se presenta como un espacio libre y democrático, la realidad es que está concentrado en manos de unas pocas empresas. Google, Meta, Amazon; quienes controlan gran parte de lo que vemos, buscamos o compramos. Y cuando unos pocos deciden qué circula y qué no, la idea de “acceso igualitario” se vuelve más una ilusión que una realidad.

El acceso a Internet debería ser un derecho, no un privilegio. Sin políticas públicas que lo garanticen, la brecha digital se profundiza, dejando a millones de personas al margen del conocimiento, la participación y las oportunidades. Pero el problema no termina ahí, ya que sin una regulación firme sobre las grandes corporaciones, ese acceso también termina siendo condicionado por intereses privados, vigilancia encubierta y modelos de negocio que priorizan la rentabilidad.

Debemos ser ciudadanos digitales críticos

No se trata de abandonar Internet, sino de comprender cómo opera. Si no exigimos transparencia, regulación y responsabilidad, otros decidirán por nosotros. Y cuando eso ocurre, la libertad deja de ser libertad: se vuelve un espejismo.

Ser usuarios críticos es el primer paso para ser ciudadanos digitales activos.


Si queres saber mas al respecto, podes informarte en:
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Investigacion completa hecha por la Universidad de oxford:
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Comodato de Control: un recuerdo de nuestro primer dispositivo de vigilancia que hoy pagamos

Por Gabriela Regueira 

Antes de las Big Tech, la penetración de la telefonía móvil sentó las bases para un modelo de lucro con nuestros datos. La letra chica de la injerencia del norte global.

Sin dudas, me hizo eco un audio que compartió el profesor en el que decía que si en aquel momento, mientras estudiaba comunicación en los años ochentas, alguien le hubiera dicho que iba a llegar un día en que todos íbamos a tener un dispositivo de vigilancia, control y seguimiento en nuestro bolsillo, que lo íbamos a tener prendido las 24 horas del día y que, encima, lo íbamos a pagar nosotros mismos, para que otros nos vigilaran y lucraran con nuestra información, él hubiera dicho: ¡qué lindo libro de ciencia ficción!

¡¿Cómo contar entonces que uno de mis primeros trabajos consistía en vender celulares… y con su línea control incluída?! 

Egresados 1997, ¿Trabajar o Estudiar?

Todo era risas hasta que luego de ese verano fui eyectada hacia el mundo laboral.
Sobrevolaba una pregunta, estudiar o trabajar. 

Pensándolo a la distancia de tiempo, de marco teórico y de ordenamiento del mundo, entiendo que la pregunta que circulaba no representaba mis opciones, o lo que yo ahora creo que eran mis opciones.
La reformulamos para mayor claridad… 

Las opciones parecían ser entonces Trabajar o Trabajar-al-tiempo-que-Estudiar. 

Conceptualizaciones acerca de trabajo, esfuerzo, trabajo social, apropiación, explotación, condiciones materiales llegarían bastante después.

 

 

El comodato: El anzuelo de la vigilancia temprana 

Técnicamente no se vendían, se daban a comodato, es decir, se le "prestaba" el aparato al consumidor todo lo que duraba la relación comercial. Un poco lo que pasa con los decodificadores o los módems ahora.

Aquellos celulares eran parecidos a los teléfonos portátiles hogareños pero más chicos. Todavía no entraban en el bolsillo. Se los lucía con una especie de riñonera. Daban yuppie. Modelo flúo discontinuado.

En fin, estos celulares eran más chicos que el viejo ladrillo Movicom pero no tan chicos como el  Motorola StarTAC, o “la cucarachita” para los amigos, que vino después. En esa bisagra entre tiempos compartidos, anuncios fake en los diarios, estaba yo, trabajando.
3 meses duró mi peregrinaje por los barrios de Ezpeleta, Lomas de Zamora, Bernal, Quilmes. 

Salíamos en tropillas de recién salidos del horno de la capacitación con nuestras primeras nociones de marketing aprendidas y un manual de venta salvaje persuasiva a lo sprayette. 

Colmillos no incluídos, la letra chica

Estaba de moda parecer profesional. Las capacitaciones que brindaba Asterisco Comunicaciones S.A. contaban con proyecciones en pantallas, filminas, capacitadoras "vestidas para matar"y personas en situación de trajes para transmitirnos toda esa Biblia del conocimiento tecnológico que llegaba del norte global de la mano BellSouth, una empresa de telecomunicaciones estadounidense y el Grupo SOCMA (Grupo Macri), un conglomerado de empresas con intereses en diversos rubros. Esa unión se conocía entonces como Movicom BellSouth.


De BellSouth al Club de los 5: La concentración del tráfico

Aquel modelo de negocios siempre se valió de la evocación de la libertad de expresión como bandera para pedir exenciones de pago, facilidades, privatización de deuda contraída para elevar esos imperios. Una libertad rara para una élite que le reza a un Dios de mercado. 

Un Estado que por aquellos fines de los noventas daba ocupado y que hoy parece estar fuera de servicio. 

La Dra. Aleks Krotosky explica que "los primeros seguidores creían que un espacio sin reglas ni reglamentaciones, estaría más nivelado. Sin embargo, a medida que la red crece, ocurre todo lo contrario: la falta de regulaciones permite que aquellos que tienen mayores recursos griten con más fuerzas, impongan su marca y su autoridad".
 
En Revolución Virtual se puede visualizar cómo pocas empresas tienen todo nuestro trazado digital.  Mediante un modelo matemático preciso se verifica el tráfico de la red en Inglaterra. Google, Amazon, Ebay, Facebook, un motor de búsqueda, un mercado, una librería y una red social.

15 años más tarde, el parecido no sorprende. El club de los 5 (Amazon, Google, Meta, Apple, y Microsoft) escriben la letra chica de la conformidad que brindamos al instalar aplicaciones en el teléfono.

Los libros de ciencia ficción pasan al estante de libros de historia

La profecía del profesor se cumplió. El Club de los 5 monitorea, audita, vende nuestros datos. 
Clarisa Véliz, autora de Privacidad es Poder, investigadora de ética en inteligencia artificial de la Universidad de Oxford afirma que este modelo de negocios se sostiene a base de la entrega de nuestros datos personales y llama a abordar un debate público para poder pensar cómo se financia internet. 
Un modelo de lucro que pone en riesgo la democracia como forma de gestionarse de los países. 
Esta vigilancia ya no incluye celular a comodato porque estos dispositivos ya forman parte de la demanda inelástica. Están entramados en el ecosistema de nuestras vidas.
En los años noventas los ofrecíamos con  línea control de regalo. La novedad de la línea control era que el servicio contaba con un paquete de minutos para poder hablar. Al no ser una línea "libre", el usuario "podía controlarse" para no gastar de más. Se sugería que el control siempre estaba a la mano de los usuarios. 
¿Cuánto cuesta todo esto? "Que parezca su idea", dijo el vendedor y quedó. 

Imágenes:

  • Fotograma de American Psycho de  Mary Harron. Christian Bale en el personaje de Patrick Bateman
  • Fotograma de Dogma de  Kevin Smith, George Carlin en el personaje de Cardenal Glick
  • Cartel promocional de Blockbuster doblado al español de la película The Breakfast Club de John Hughes
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Manejando nuestra información y reputación en Internet II

Cuidando nuestra imagen

Ante una etapa de proliferación de información y datos personales, manejar nuestra información y reputación en Internet no es algo totalmente sencillo. Aquí unos consejos para cuidar nuestra imagen en la Red.


Por Florencia Taborda.-

Todos los días compartimos información personal con otros y "postear" una frase, una imagen, una nota pasó a ser algo rutinario. Sin embargo, es importante tener en cuenta qué tipo de información colocamos en la Red y cuáles son los datos que deberíamos evitar teniendo en cuenta que uso hacemos de ella.

La Comisión Federal de Comercio recomienda que antes de colocar información de identificación personal, tratemos de investigar de qué manera será utilizada y si será o no compartida por terceros (esto genera qué diversas instituciones sepan que consumimos, qué nos gusta, etc.). No rellenar formularios de origen dudoso es otra medida a tener en cuenta.

Otros de los consejos es leer las normas de información y los contratos de los sitios que visitemos antes de colocar nuestros datos. También recomienda que utilicemos navegadores seguros, más aún cuando vayamos a realizar una compra on line. Es importante también que, en el caso de redes sociales como Facebook, limitemos exponer nuestros gustos personales y no aceptemos solicitudes de personas que no conozcamos. En este caso, se sugiere "googlear".


Con respecto a la publicación  de contenidos propios, es preferible subirlos a la Web sólo si son pertinentes y no generar una circulación datos que nos termine definiendo en la Red de manera indeseada. Es necesario controlar, en todas nuestras redes sociales, la privacidad.   

Para finalizar, y tener un mejor manejo de nuestra imagen y reputación online, una actividad y herramienta intachable es el "egosurfing". Con sólo poner nuestro nombre en algún buscador, podremos saber que es lo que realmente mostramos en Internet. Además, se recomienda "buscarse" por posibles alias que hayamos tenido en el pasado. 


Leer más AQUI

Periodismo Digital. Guillermo E. López.
Universidad Nacional de Quilmes, Argentina.

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