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El lado oscuro de las redes sociales: ¿cuánto de nosotros dejamos en el camino? - por Eliana Silva

Imagen ilustrativa

Las redes sociales forman parte de nuestra vida, pero también plantean riesgos para nuestra privacidad, e incluso, bienestar psicológico. Dos investigaciones científicas publicadas en 2024 y 2026 analizaron los factores asociados al uso problemático de estas plataformas y las decisiones que tomamos sobre nuestros datos personales. A esto se suman investigaciones periodísticas que exponen cómo circula nuestra información. ¿Qué sabemos realmente sobre lo que sucede detrás de la pantalla?

Tu privacidad es un negocio

Cuando publicamos una foto, compartimos nuestra ubicación o simplemente navegamos por una aplicación, dejamos información sobre nuestros hábitos, intereses y preferencias. El problema no es solamente qué mostramos voluntariamente, sino también qué datos se recopilan sin que lo sepamos, cómo se procesan y quiénes pueden acceder a ellos.

En julio de 2025, la organización británica de consumidores Which? publicó una investigación sobre 20 aplicaciones populares, entre ellas Instagram, Facebook, TikTok y WhatsApp. En conjunto, identificó 882 permisos potenciales si una persona instalaba las 20 aplicaciones, de los cuales 78 fueron clasificados como riesgosos. Entre ellos había permisos relacionados con la ubicación precisa, el micrófono y los archivos del dispositivo. 

Por su parte, una investigación internacional coordinada por Le Monde en enero de 2025 examinó datos comerciales de un intermediario publicitario. La muestra contenía más de 47 millones de identificadores publicitarios de dispositivos correspondientes a 137 países en un solo día de 2024. Asociados con información geográfica, esos identificadores permitían reconstruir desplazamientos y, con ello, aproximarse a domicilios particulares.

Estos hallazgos muestran que la información digital puede circular mucho más allá de la aplicación en la que se originó, y lo que parece una actividad privada puede convertirse en un dato comercial útil para perfilar comportamientos, orientar anuncios o inferir rutinas.

¿Por qué compartimos información si nos preocupa la privacidad?

Un metaanálisis publicado en 2026 en el Journal of Computer-Mediated Communication, de Oxford University Press, reunió resultados de 79 estudios realizados entre 2016 y 2025, con 51.085 participantes. Las investigadoras Jana Dombrowski y Sabine Trepte analizaron la relación entre la confianza en las plataformas, la percepción de control y las preocupaciones por la privacidad con nuestras conductas digitales.

Los resultados mostraron que quienes confían más en las plataformas tienden a utilizarlas y compartir información con mayor frecuencia. En cambio, sentir que tenemos control sobre nuestros datos y preocuparnos por su privacidad se relaciona con conductas de protección más específicas, como modificar la configuración de una cuenta.

Esto permite entender una contradicción cotidiana: podemos preocuparnos por nuestros datos y, al mismo tiempo, seguir compartiéndolos. Las redes ofrecen comunicación, entretenimiento y pertenencia; abandonar esos espacios no siempre parece una alternativa viable. Además, aceptar permisos o condiciones de uso no implica necesariamente comprender todas las consecuencias.

La cuestión, entonces, no se reduce a que los usuarios sean descuidados. También importa cuánta información y y transparencia ofrecen las plataformas sobre sus prácticas, junto a qué posibilidades reales tenemos de decidir cómo se utiliza nuestra actividad.

Cuando dejar de scrollear se vuelve difícil

El uso problemático de las redes sociales también está relacionado con la cantidad de datos que generamos al usarlas. Cada búsqueda, publicación, reacción o video que miramos aporta información sobre nuestros intereses y preferencias. Cuanto más tiempo pasamos en una plataforma, más oportunidades tiene de recopilar señales sobre nuestro comportamiento y utilizarlas para personalizar los contenidos que nos muestra.

Revisar una notificación puede parecer un gesto insignificante y pequeño, pero repetirlo durante horas puede convertirse en un hábito difícil de interrumpir. Las recomendaciones personalizadas y las notificaciones nos invitan a seguir mirando y, al hacerlo, generamos nuevas señales que alimentan el sistema. Así, la captación de nuestra atención y la recopilación de nuestros datos pueden reforzarse mutuamente.

Una revisión sistemática publicada en 2024 en Computers in Human Behavior Reports examinó 45 estudios con un total de 34.332 participantes. Su objetivo fue analizar la relación entre el uso problemático de las redes sociales y procesos como la autorregulación, el autocontrol, la impulsividad y la regulación emocional.

Es importante hacer una distinción: la investigación suele utilizar el concepto de uso problemático cuando la actividad se vuelve difícil de controlar o genera consecuencias negativas en la vida cotidiana.

Esta relación también permite ampliar la pregunta sobre la privacidad. Si las plataformas pueden identificar qué contenidos captan nuestra atención, también pueden utilizar esa información para ajustar sus recomendaciones y orientar la publicidad. No se trata -solamente- de cuánto tiempo pasamos conectados, sino de cómo ese tiempo se convierte en información aprovechable comercialmente.

¿Qué pueden hacer otros con nuestros datos?

El alcance de la recopilación de datos va más allá de la publicidad. La información que dejamos en internet puede influir en cómo otras personas e instituciones nos evalúan, qué oportunidades tenemos y hasta qué punto pueden reconstruir nuestros movimientos.

Un ejemplo es la selección de personal. Una revisión sistemática publicada en 2024 sobre la evaluación de perfiles en redes sociales encontró que esta práctica se utiliza para analizar a candidatos durante los procesos de contratación. Las publicaciones, fotografías, intereses y opiniones pueden influir en la percepción que un empleador construye sobre una persona, incluso cuando esos elementos no reflejan sus competencias profesionales, funciono a modo de sesgos.

Otro caso es el uso de datos comerciales de geolocalización en investigaciones de seguridad. En Estados Unidos, un documento del Departamento de Seguridad Nacional de 2024 describió cómo la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza podía consultar información de ubicación comercializada por intermediarios. Estos datos, asociados a identificadores publicitarios de dispositivos, podían utilizarse para investigar patrones de desplazamiento y relacionar ubicaciones con otras fuentes de información. Esto muestra que los datos recopilados con fines publicitarios también pueden adquirir utilidad para organismos estatales.

En ambos casos, el riesgo no depende exclusivamente de que hayamos publicado información íntima. Datos aparentemente inofensivos pueden adquirir otro significado cuando se combinan con otras fuentes o se utilizan para tomar decisiones sobre nosotros.

¿Podemos usar las redes de otra manera?

La respuesta no consiste necesariamente en borrar todas las aplicaciones ni en responsabilizar exclusivamente a cada usuario. La privacidad y el uso problemático requieren combinar decisiones personales con mayor transparencia y responsabilidad por parte de las empresas.

Podemos empezar por revisar los permisos de las aplicaciones, limitar el acceso a la ubicación cuando no sea necesario, configurar la privacidad de nuestras publicaciones y desactivar las notificaciones que no aportan nada.

Pero las medidas individuales tienen límites. Si los modelos de negocio dependen de recopilar información y sostener la atención, también hacen falta políticas de protección de datos, mecanismos de control efectivos y diseños que no exploten sistemáticamente nuestras vulnerabilidades.


Seguí la conversación

Si esta pregunta te dejó pensando, podés seguir explorando cómo la tecnología transforma nuestra relación con la mente, la percepción y la realidad.

🎧 Escuchá el episodio de iVoox “El lado oscuro de las redes sociales: ¿cuánto de nosotros dejamos en el camino?” y seguí profundizando en estas cuestiones desde otro formato:

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Fuentes:

• Dombrowski, J. y Trepte, S. (2026). Taking stock of social media privacy: meta-analytic evidence on how control, trust, and concerns are associated with social media use, disclosure, and protection. Journal of Computer-Mediated Communication. https://doi.org/10.1093/jcmc/zmaf025

• Relationship between regulatory processes and problematic social media use: A systematic review (2024). Computers in Human Behavior Reports. https://doi.org/10.1016/j.chbr.2024.100507

• Which? (2025). Investigación sobre los permisos y el acceso a datos solicitados por aplicaciones populares.

• Le Monde (2025). Investigación internacional sobre el seguimiento de la ubicación de usuarios mediante aplicaciones.

• Mönke, F. W., Roulin, N., et al. (2024). Validity of social media assessments in personnel selection: A systematic review of the initial evidence. https://ink.library.smu.edu.sg/lkcsb_research/7653/⁠

• U.S. Department of Homeland Security (2024). Privacy Impact Assessment: CBP Commercial Telemetry Data Evaluation. https://www.dhs.gov/sites/default/files/2024-08/24_0812_priv_pia-cbp-080-commercial-telemetry.pdf

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¿El algoritmo está creando nuestras modas?

Internet hizo que encontrar cosas nuevas fuera mucho más fácil. Una canción desconocida puede llegar a miles de personas en pocas horas, una prenda puede convertirse rápidamente en objeto de deseo y una forma de editar videos puede repetirse en cuentas de distintos países. Pero este fenómeno plantea una pregunta: ¿las tendencias se vuelven populares solamente porque muchas personas las eligen o también porque los sistemas de recomendación favorecen determinados contenidos?


Las modas no nacen exclusivamente de los algoritmos. Intervienen los usuarios, los creadores, las marcas, las celebridades y las propias dinámicas culturales. Sin embargo, las plataformas digitales agregaron un elemento que antes no tenía la misma importancia: sistemas capaces de ordenar enormes cantidades de contenidos y decidir cuáles tienen más posibilidades de aparecer frente a cada usuario.

CUANDO LA POPULARIDAD SE VUELVE UNA SEÑAL

Los sistemas de recomendación tienen que seleccionar entre una cantidad enorme de publicaciones. Para hacerlo utilizan diferentes señales relacionadas con el comportamiento de los usuarios. Una de las cuestiones que estudia la investigación sobre estos sistemas es el “popularity bias” o sesgo hacia la popularidad.

 En 2024 los investigadores de la Universidad de Klagenfurt analizaron 123 trabajos científicos sobre este fenómeno. Los autores encontraron que, en muchas situaciones, los sistemas de recomendación tienden a concentrarse en contenidos que ya son populares. La investigación advierte que esto puede generar efectos de refuerzo: los contenidos que tienen mucha exposición pueden recibir todavía más exposición.

Esto no significa que todo lo popular sea impuesto por un algoritmo. El concepto señala otra cosa: la popularidad puede convertirse en un factor que ayuda a mantener la visibilidad de un contenido.

MÁS VISIBILIDAD, MENOS DESCUBRIMIENTO 

Una plataforma puede tener millones de contenidos disponibles, pero eso no significa que todos tengan las mismas posibilidades de llegar a los usuarios. Si las recomendaciones se concentran en determinados contenidos, otros pueden quedar con menor exposición.

La revisión de 2024 señala precisamente una relación entre el sesgo hacia la popularidad y cuestiones como la diversidad, la novedad y el descubrimiento. Los investigadores también remarcan una limitación importante: buena parte de los estudios existentes utiliza experimentos computacionales y métricas técnicas, mientras que todavía son menos frecuentes las investigaciones realizadas directamente con usuarios en situaciones reales.

Lo que puede estudiarse es cómo determinadas formas de recomendación modifican las posibilidades de exposición.

¿QUÉ OCURRE EN TIKTOK?

En 2026 EPJ Data Science analizó específicamente la dinámica de recomendación de TikTok.

Los investigadores utilizaron un método conocido como sock-puppet audit: crearon cuentas automatizadas, o bots, con intereses determinados y observaron qué sucedía con el contenido recomendado en el apartado “For You”. En total utilizaron 42 bots, que durante el experimento procesaron más de 128.000 videos. Después del proceso de limpieza, el análisis incluyó 112.610 videos y más de 63.000 hashtags únicos.

Los resultados mostraron una rápida amplificación de contenidos relacionados con los intereses que los bots habían señalado. Según los investigadores, el refuerzo podía aparecer durante los primeros 200 videos observados. Además, encontraron una relación negativa entre la amplificación de contenido alineado con los intereses y la diversidad de hashtags encontrados. Es decir, cuando aumentaba la presencia de contenidos relacionados con un interés, disminuía la variedad de hashtags encontrados por las cuentas.


Pero el estudio tiene una limitación fundamental: los participantes no eran personas reales. Los bots interactuaban de una manera mucho más constante y previsible que un usuario humano. Los propios investigadores reconocen que ese comportamiento no reproduce toda la complejidad de una experiencia humana.

Por eso el estudio no permite afirmar que TikTok haga que todos sus usuarios reciban exactamente los mismos contenidos. Sí aporta evidencia de que el sistema puede reforzar rápidamente determinados tipos de contenido cuando detecta señales de interés.

LA POPULARIDAD TAMBIÉN INFLUYE EN LAS PERSONAS 

El fenómeno no depende solamente de la tecnología. Las personas también observamos lo que hacen los demás y utilizamos esa información para tomar decisiones.

Un experimento publicado en Science en 2013 estudió cómo las valoraciones previas de otros usuarios podían modificar las decisiones posteriores. Los investigadores realizaron un experimento aleatorizado a gran escala en una plataforma de noticias sociales y encontraron que conocer las valoraciones anteriores podía producir cambios en las valoraciones posteriores de los participantes.

Este resultado permite incorporar otro elemento al problema: no solamente vemos un contenido; también vemos las señales de que otras personas lo están aprobando.

Una publicación con miles de interacciones puede parecer más atractiva que una publicación prácticamente desconocida. La popularidad, entonces, no funciona solamente como resultado de una elección: también puede convertirse en información para nuevas elecciones.

UN CIRCUITO EN LUGAR DE UNA CAUSA ÚNICA 

Con estos estudios, la formación de una tendencia puede pensarse como un proceso en el que intervienen diferentes elementos.

Una persona publica algo. Otros usuarios reaccionan. El contenido obtiene atención. Las plataformas reciben señales sobre esa actividad. El sistema puede recomendarlo a más personas. Algunas vuelven a interactuar o a reproducir la idea.

Así se forma un circuito. No significa que el algoritmo invente una moda desde cero. Tampoco significa que los usuarios sean simples espectadores.

El fenómeno es más complejo: las decisiones humanas generan señales que los sistemas utilizan, y las recomendaciones resultantes vuelven a modificar aquello que los usuarios encuentran.

MÁS OPCIONES NO SIGNIFICA QUE TODAS SEAN IGUAL DE VISIBLES

Esta es quizás la principal paradoja. Internet aumentó enormemente la cantidad de opciones disponibles. Sin embargo, la cantidad de contenidos que realmente vemos sigue siendo limitada.

Podemos tener acceso a millones de canciones y terminar escuchando las mismas diez que aparecen repetidamente en nuestras recomendaciones. Podemos tener miles de estilos de ropa disponibles y encontrarnos constantemente con determinadas estéticas. Podemos acceder a millones de creadores y terminar conociendo siempre a los mismos.

Esto no demuestra que nuestras decisiones sean falsas. Sí muestra que la visibilidad es parte del proceso mediante el cual descubrimos aquello que después podemos elegir.

Por eso, cuando una tendencia aparece en todas partes, la pregunta no debería ser solamente por qué nos gusta. También conviene preguntarse cómo llegó hasta nosotros y qué hizo posible que la viéramos tantas veces.

Los algoritmos no son los únicos responsables de las modas. Pero tampoco son espectadores neutrales del proceso. Organizan la circulación de enormes cantidades de contenidos y pueden modificar las posibilidades de exposición.

La cuestión, entonces, no es si dejamos de elegir. Es comprender que, en Internet, antes de elegir algo tenemos que encontrarlo. Y encontrarlo no siempre ocurre por casualidad.

¿Querés profundizar en cómo nacen y se expanden las tendencias en Internet?

Escuchá el podcast: ¿Por qué de repente todos hacemos lo mismo? Una reflexión sobre cómo las redes sociales, los algoritmos y la influencia de los demás pueden afectar nuestros gustos y elecciones.


Mirá el video: ¿El algoritmo está creando nuestras modas? Una simulación visual que muestra cómo un contenido puede pasar de ser desconocido a convertirse en una tendencia.


escrito por Claudia Sotomayor
actualizado al 14/10/2026

Fuentes y referencias

A survey on popularity bias in recommender systems (2024)
https://link.springer.com/article/10.1007/s11257-024-09406-0

Dynamics of algorithmic content amplification on TikTok (2026)
https://doi.org/10.1140/epjds/s13688-026-00629-2

Social influence bias: a randomized experiment (2013)
https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/23929980/


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Internet y las empresas que corrompen lo humano



Internet no es una herramienta neutral. Detrás de cada plataforma, motor de búsqueda y red social hay modelos de negocio que se alimentan de nuestra atención, nuestros datos y, sobre todo, de nuestras vulnerabilidades cognitivas y emocionales. Lejos de ser un espacio neutral de intercambio, el ecosistema digital está diseñado para explotar sesgos humanos profundos: la necesidad de aprobación social, la curiosidad irrefrenable, la indignación fácil y la pereza cognitiva.


Este post no es una condena a la tecnología. Es un recorrido por investigaciones rigurosas que demuestran que ciertas empresas digitales no solo se benefician de estas características humanas, sino que las corrompen activamente para maximizar sus ganancias. Los autores que veremos como Nicholas Carr, Antonio Damasio, Mary Helen Immordino-Yang, Neil Postman y sus respectivos estudios nos dan las pistas.


Nicholas Carr: la corrupción de la profundidad mental



Carr, basándose en estudios de neuroplasticidad de Michael Merzenich y Eric Kandel, demuestra en su libro "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" que el cerebro adulto es moldeable y se reorganiza según las herramientas que utilizamos. Internet, con sus hipervínculos, notificaciones constantes y multimedia, entrena nuestro cerebro para escanear, saltar y fragmentar la atención.


Los usuarios leen las páginas web en un patrón en "F": escanean las primeras líneas, saltan al medio y abandonan. Menos de una de cada diez páginas permanece abierta más de dos minutos. Un estudio del University College de Londres concluyó que "parece como si se conectaran a Internet para no tener que leer".


Maryanne Wolf, neurocientífica de la lectura de la Universidad de Tufts, advierte que al leer online "sacrificamos la capacidad que permite la lectura profunda. Regresamos al estado de 'meros descodificadores de información'". Patricia Greenfield, psicóloga de la UCLA, revisó más de cincuenta estudios y concluyó que el uso de pantallas fortalece habilidades visuales-espaciales pero debilita "la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión".


Internet no nos vuelve estúpidos, pero nos entrena para ser superficiales. Y esa superficialidad es funcional al modelo de negocio: cuanto más rápido saltamos de página en página, más anuncios vemos y más datos generamos.


Antonio Damasio y Mary Helen Immordino-Yang: la corrupción de la empatía y la moral



Damasio y su equipo realizaron un experimento con voluntarios a quienes se les pidió escuchar historias sobre personas que padecían dolor físico o psicológico. Luego, mientras recordaban esas historias, sus cerebros fueron escaneados. El resultado fue revelador: mientras que el cerebro reacciona casi instantáneamente al dolor físico, la empatía por el sufrimiento psicológico requiere mucho más tiempo. El cerebro necesita "trascender más allá de la participación inmediata del cuerpo" para comprender las "dimensiones psicológicas y morales de una situación".


Immordino-Yang, miembro del equipo, advierte: "Para algunos tipos de pensamientos, especialmente la toma de decisiones morales sobre las situaciones sociales y psicológicas de otras personas, es necesario dejar pasar el tiempo y la reflexión adecuadas. Si las cosas están sucediendo demasiado rápido, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas".


Si la empatía y la moral requieren tiempo y atención sostenida, un entorno digital que premia la velocidad y la fragmentación nos vuelve menos capaces de experimentar estas emociones superiores. No es un daño colateral: es una vulneración directa a nuestra humanidad.


Neil Postman: la corrupción del juicio humano por la eficiencia


Postman destiló los principios del taylorismo (la filosofía que Frederick Taylor aplicó a las fábricas a principios del siglo XX y que hoy rige en empresas como Google) en seis supuestos: "Que el principal, si no el único, objetivo del trabajo y el pensamiento humanos es la eficiencia; que el cálculo técnico es en todos los aspectos superior al juicio humano; que en realidad el juicio humano no es digno de confianza, ya que está lastrado por la laxitud, la ambigüedad y la complejidad innecesaria; que la subjetividad es un obstáculo para el pensamiento claro; que lo que no se puede medir no existe o no tiene valor; y que los expertos son los mejores gestores de los asuntos de los ciudadanos".


Carr aplica esta crítica directamente a Google: la empresa no busca que pensemos mejor, sino que procesemos información más rápido. Su modelo de negocio se basa en la distracción y el clic, no en la reflexión. Cuando la eficiencia se convierte en el valor supremo, el juicio humano lento, ambigüo y subjetivo se vuelve un obstáculo. Esta logica vulnera el derecho a un juicio propio e informado. Al delegar nuestras decisiones en algoritmos, renunciamos a nuestra autonomía intelectual.


La corrupción no es accidental, es estructural


La conclusión común es que el problema no es la tecnología en sí, sino la estructura de incentivos económicos que la gobierna. Cuando el modelo de negocio se basa en capturar la atención, multiplicar los clics y predecir el comportamiento, las características humanas más valiosas como laprofundidad, la empatía, la reflexión, la autonomía moral, se convierten en obstáculos.


Como ciudadanos y profesionales, no podemos aceptar que el mundo digital es nuestra realidad y comprar el discurso de todo lo que trae es positivo. La consigna de Carr sigue vigente: para poner en cuestión lo que estos autores afirman, no basta con optimismo o especulación. Se necesitan estudios equivalentes que demuestren lo contrario. Hasta entonces, la evidencia apunta en una dirección incómoda: Internet y las empresas que lo dominan están corrompiendo, lenta pero sistemáticamente, algunas de nuestras características más profundamente humanas.

-Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
R. L. Paul, H. Goodman y M. Merzenich, «Alterations in Mechanoreceptor Input to Brodmann’s Areas 1 and 3 of the
-Postcentral Hand Area of Macaca mulatta after Nerve Section and Regeneration», Brain Research, 39, nº 1 (abril de 1972), pp. 1-19.
-Eric R. Kandel, In Search of Memory: The Emergence of a New Science of Mind, Nueva York, Norton, 2006, pp. 198-207
-[En busca de la memoria: una nueva ciencia de la mente, Madrid, Katz Barpal Editores, 2007]. Véase asimismo Bruce E.Wexler, Brain and Culture: Neurobiology, Ideology, and Social Change, Cambridge, MIT Press, 2006, pp. 27-29.
-Maryanne Wolf, entrevista con el autor, 28 de marzo de 2008. para Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
-Patricia M. Greenfield, «Technology and Informal Education: What Is Taught, What Is Learned», Science, 323, nº 5910 (2 de enero de 2009), pp. 69-71
-Mary Helen Immordino-Yang, Andrea McColl, Hanna Damasio y Antonio Damasio, «Neural Correlates of Admiration and Compassion», Proceedings of the National Academy of Sciences, 106, nº 19 (12 de mayo de 2009), pp. 8021-8026.
-Neil Postman, Technopoly: The Surrender of Culture to Technology, Nueva York, Vintage, 1993 p. 51 [Tecnópolis: la rendición de la cultura a la tecnología, Barcelona, Círculo de Lectores, 1994].


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Libertad entre algoritmos ¿Es posible?

A primera vista, los ciudadanos somos cada vez más vulnerables al control del Estado, pero también al control que hacen las grandes corporaciones tecnológicas que moldean lo que vemos y pensamos. Internet nació con la promesa de democratizar la información, pero hoy parece más un espejo manipulado que un espacio libre.


En teoría, todos tenemos voz en la red; en la práctica, son los algoritmos de Google, Meta, Amazon o Apple los que deciden qué voz se escucha. Estas empresas no solo concentran poder económico, sino también simbólico: administran la circulación del conocimiento, el entretenimiento y hasta las emociones colectivas. 

En este sentido, la web se está transformando en algo que no deseamos, pero que usamos todos los días sin darnos cuenta.

Un ejemplo reciente es el caso de Google, sancionado por la Unión Europea en 2024 con una multa récord de más de 2 mil millones de euros por abuso de posición dominante en su sistema de publicidad digital (RTVE). La Comisión Europea argumentó que Google favorecía sus propios servicios frente a los de la competencia, afectando directamente a los medios independientes. 

Algo similar ocurrió con Apple, que recibió una multa levemente menor por limitar la competencia en las plataformas de música en línea, como informó El País (2024).

Incluso Amazon, que comenzó como una simple tienda en línea, hoy controla una infraestructura global de almacenamiento y servidores (AWS) que aloja gran parte de Internet. Y Microsoft, con la incorporación de inteligencia artificial generativa a sus productos, como es el caso de Teams, busca una nueva forma de dependencia tecnológica en la que los usuarios cedemos datos, tiempo y atención.

Frente a esto cabe preguntarse: ¿Internet democratizó algo o solo trasladó el poder a nuevos actores? A mi parecer, la red amplió ciertas voces, pero al costo de concentrar la infraestructura y los datos en manos de unos pocos. 

Vivimos un fenómeno de concentración sin precedentes: los llamados “Cinco Grandes” (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) trascienden fronteras, desafían leyes nacionales y actúan como Estados dentro del Estado.

Entonces, ¿Quién está transformando Internet en lo que deseamos o no deseamos? 

En parte nosotros, con nuestras búsquedas, clics y elecciones diarias; pero sobre todo, quienes diseñan los algoritmos que deciden qué creemos desear. Lo más inquietante no es que nos controlen, sino que ese control se disfraza de libertad.

Por Carolina Castro Entenza

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Informe especial: ¿Son las redes sociales la adicción del siglo XXI?

Una comparación necesaria para comprender la magnitud del problema (in)visible. La película "Scarface" de 1983 y el documental "The social dilemma" de 2020, con un hilo conductual muy similar, la misma lógica de mercado, adicción, poder y caída (de los usuarios)

Si Scarface ocurriera en 2025, Tony Montana no pelearía por kilos de cocaína: pelearía por kilos de atención. Las redes sociales funcionan como el “polvo blanco” de nuestra época: un estímulo rápido, brillante y adictivo que promete poder inmediato. Así como Tony encuentra en la droga un camino hacia el éxito, hoy millones encuentran en los likes y las notificaciones una sensación fugaz de importancia. Ambas cosas producen lo mismo: un subidón instantáneo que el cuerpo quiere repetir hasta que deja de distinguir necesidad de deseo.

En Scarface, el ascenso de Tony se sostiene en la acumulación: más dinero, más armas, más enemigos, más excesos. En el mundo digital pasa parecido. La lógica de las redes nos empuja a acumular seguidores, interacciones, visibilidad, incluso si eso significa perder la vida privada, dormir peor o vivir pendientes del teléfono. El “Say hello to my little friend” sería hoy un smartphone con la pantalla explotada de notificaciones. La fuerza ya no viene de un arma: viene del algoritmo.

Y así como Tony se convence de que “lo controla todo” mientras su vida se desmorona, la adicción a las redes crea una ilusión parecida: creemos que manejamos nuestro tiempo, nuestras interacciones y nuestra imagen, cuando en realidad estamos atrapados en un sistema diseñado para mantenernos mirando. El final de Tony —exceso, saturación, aislamiento— funciona como metáfora del burnout digital: cuando el estímulo deja de producir placer y solo queda cansancio, ansiedad y vacío. Scarface sería hoy la historia de alguien que lo tuvo todo en internet… hasta que internet lo tuvo a él.

Scarface y The Social Dilemma: dos relatos del mismo imperio de adicción

Si uno mira Scarface hoy, ya no parece solo como la clásica historia del ascenso y caída del narco que quiere devorarse el mundo. Leída desde el presente, la película se parece más a un mapa de cómo operan todos los sistemas que prosperan gracias a la dependencia ajena. Tony Montana no construye un imperio porque la cocaína sea extraordinaria, sino porque entiende el verdadero corazón del negocio: la adicción. Su mercancía es la necesidad. Lo que vende es la incapacidad de soltar. Y mientras más atrapados están sus consumidores, más grande se vuelve su poder.

Esa misma lógica —más sofisticada, más limpia, sin sangre visible— es la que muestra The Social Dilemma. El documental revela que las grandes plataformas digitales operan con la misma estructura que Tony, pero cambiando la sustancia por algo más barato y más abundante: la atención humana. Donde Tony necesitaba cargamentos y rutas clandestinas, Silicon Valley necesita datos, clics y tiempo frente a la pantalla. No hay pistolas apuntando, pero sí un ejército de notificaciones, algoritmos y recompensas intermitentes diseñadas para que el usuario vuelva una y otra vez. La adicción, otra vez, es el negocio.

En Scarface, el poder crece a medida que crece el consumo. En The Social Dilemma, el imperio tecnológico se expande cuanto más incapaces somos de dejar el celular. Tony controla barrios enteros porque controla la sustancia; las plataformas controlan comportamientos, emociones y percepciones porque administran el flujo de información. Y así como Tony termina siendo víctima de su propia adicción —su caída empieza cuando pierde el control sobre la mercancía que distribuye—, los propios creadores de estas plataformas confiesan en el documental que tampoco pueden dominar el mecanismo que ellos mismos diseñaron. Lo que empezó como un negocio se convirtió en un monstruo que demanda atención constante, incluso a quienes lo inventaron.

En los años 80, el producto era químico; hoy es digital. Antes se trataba de dependencia física; ahora es emocional, cognitiva, psicológica. Y si Tony Montana gritaba “The world is yours”, hoy las plataformas parecen decir algo mucho más preciso: “Tu mente es nuestra… mientras sigas conectadx.”

Este paralelo nos deja una idea clara: la problemática no es la tecnología en sí, sino el modelo que la sostiene. Un modelo que, como Tony, se alimenta del consumo compulsivo y se vuelve más fuerte cuanto más difícil nos resulta soltarlo. Comprender esto no es ser apocalípticos; es empezar a ver que, detrás de cada toque de pantalla, hay una maquinaria diseñada para que ese toque no sea el último.

Diseñadas para enganchar

¿Por qué los gurús de Silicon Valley crían a sus hijos sin pantallas?

Imagina la escena: es 2010, Steve Jobs acaba de presentar el iPad al mundo, vendiéndolo como la herramienta educativa y recreativa definitiva. Un periodista le pregunta: "Sus hijos deben adorar el iPad, ¿Verdad?" La respuesta de Jobs dejó helado a más de uno: "No lo han usado. En casa limitamos la tecnología". No fue una excentricidad de un genio. Fue una advertencia.

1. La ingeniería de la adicción

Según explica Adam Alter para la BBC, psicólogo y autor de “Irresistible”, las redes sociales no generan una adicción química (como las drogas), sino una adicción conductual. Activan los mismos circuitos de recompensa en el cerebro que el juego o las sustancias, buscando constantemente ese pequeño golpe de dopamina que ofrece un like o una notificación. El truco maestro es la eliminación de las "señales de detención".

Antiguamente, todo tenía un fin natural: el capítulo del libro terminaba, la película llegaba a los créditos. Hoy, redes como TikTok o Instagram usan el scroll infinito. Al no haber un punto final, nuestro cerebro nunca recibe la orden de "parar". Estamos luchando contra supercomputadoras diseñadas específicamente para hackear nuestra psicología y convertirnos en zombis del consumo.

2. La hipocresía de Silicon Valley

Mientras el mundo se apresura a digitalizar las aulas y poner tablets en manos de niños de dos años, en la cuna de la tecnología sucede exactamente lo contrario. Un reportaje reciente de El País revela una tendencia fascinante: los altos ejecutivos de Google, Apple y Yahoo envían a sus hijos a escuelas como la exclusiva “Waldorf of the Peninsula”. ¿Su particularidad? Cero pantallas. En ese lugar se enseña con pizarras, tizas, tejido y jardinería. 

La filosofía es simple: el aprendizaje requiere emoción humana, no algoritmos.

Chris Anderson, exdirector de la revista Wired (la biblia de la cultura digital), lo resumió con una frase lapidaria: "En la escala entre los caramelos y el crack, esto está más cerca del crack". Saben lo que venden. Y por eso no lo consumen en casa. Incluso las niñeras de las familias más ricas de Silicon Valley tienen que firmar contratos estrictos donde se les prohíbe usar el celular mientras cuidan a los niños.

3. La nueva brecha digital

Hace unos años, preocupaba que los niños pobres no tuvieran acceso a internet. Hoy, la brecha digital se ha invertido. El acceso a las pantallas se ha vuelto barato y omnipresente. Ahora, el verdadero lujo es la desconexión. Los hijos de la élite tecnológica crecen interactuando con humanos, jugando con madera y desarrollando su creatividad lejos del brillo azul. Mientras tanto, las pantallas se convierten en las "niñeras baratas" de la clase media y baja.

¿Qué podemos hacer? La abstinencia total es imposible en el mundo moderno, pero podemos recuperar el control reintroduciendo esas "señales de detención" que la tecnología nos robó:

  • Cena sin pantallas: Recuperar el espacio sagrado de la comida.
  • Lejos de la cama: El celular no debe ser lo último que ves al dormir ni lo primero al despertar.
  • Modo Avión selectivo: Úsalo los fines de semana para forzar una desconexión.

Si los creadores de esta tecnología protegen a sus familias de ella, quizás deberíamos empezar a prestar atención a lo que saben y nosotros ignoramos.

Bonus track: ¿Y si le agregamos Inteligencia Artificial a esta receta?


El problema ya no es meramente el "uso del celular" o la cantidad de horas frente a una pantalla. Cuando se observan juntas las lógicas de los ejemplos planteados y encima le agregamos el funcionamiento actual de la inteligencia artificial, aparece un mapa más amplio y urgente. 

La Inteligencia Artificial instala un riesgo mucho más difuso que el que se presenta en el mundo de Scarface, donde el peligro tenía un rostro reconocible y una lógica explícita; la IA opera en silencio, sin espectacularidad, moldeando comportamientos antes de que podamos advertirlo. Y es justamente en la infancia donde este mecanismo se vuelve más inquietante. 

La IA aprende rápidamente qué los calma, qué los captura y qué los retiene, y ajusta cada contenido como un estímulo preciso, casi quirúrgico. En ese sentido, no estamos ante un problema de “tiempo de pantalla”, sino frente a un ecosistema que interviene en el modo en que se forma la inteligencia misma. Y si Tony Montana era vulnerable al exceso aun siendo adulto, resulta inevitable preguntarse qué posibilidades reales tiene un niño o niña frente a un sistema diseñado para ser irresistible desde antes de que puedan comprenderlo.

Pero como siempre, si queres informarte más sobre este tema y otros, escucha mi podcast y video donde voy a estar hablando más específicamente de la IA y las infancias. Te espero:


Y si buscas una experiencia mas audiovisual te invito a observar y escuchar esta nota en video, dejame en los comentarios que te parecio y que pensas al respecto:


Por Carolina Castro Enteza

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Vigilancia y control digital

 El costo de vivir conectados




En la actualidad, vivimos conectados todo el tiempo. Internet y la tecnología son parte de casi todo lo que hacemos, pero esa conexión también tiene un precio. Lo que parecía venir a facilitarnos la vida, muchas veces termina siendo una forma de control. Amnistía Internacional ya adviertió que el uso de la inteligencia artificial y el reconocimiento facial puede poner en riesgo derechos básicos como la privacidad y la libertad de expresión. Hemos sido condicionados o 'preparados' para ceder el control y nuestra información personal a cambio de una promesa de 'libertad' o, mejor dicho, de anonimato. Pero, ¿son realmente lo mismo? Es una ilusión creada para que sigamos consumiendo redes sin cuestionar las consecuencias.

 Vigilancia y censura: la cara oscura de la red


¿Internet debería ser un espacio de libertad? En teoría, sí. Pero en la práctica, cada vez se usa más para vigilarnos, controlarnos y limitar lo que hacemos. Las herramientas tecnológicas que prometían seguridad y conexión se transformaron en mecanismos de control. 

La vigilancia no es solo técnica; es estructural. Según Amnistía Internacional, “los sistemas de IA utilizados para reconocimiento facial representan una amenaza directa para los derechos humanos, ya que permiten identificar, rastrear y perfilar personas sin su consentimiento”. Esta vigilancia se normaliza a través de cámaras, aplicaciones que monitorean movimientos y dispositivos domésticos que escuchan de manera permanente. La normalización de esta vigilancia silenciosa nos empuja a aceptar cosas que hace diez años hubieran sido impensadas.

La tecnología debe estar al servicio de las personas, no de las empresas o los Estados. Cuando el acceso se vuelve desigual, ya sea por falta de infraestructura, dispositivos o recursos, emergen nuevas formas de exclusión. Quienes quedan fuera de lo digital, quedan fuera de derechos, oportunidades y participación.

Algoritmos que deciden por vos

Gran parte de nuestras decisiones cotidianas están mediadas por algoritmos invisibles. Ellos organizan lo que vemos, lo que compramos y hasta lo que opinamos. Y aunque se presentan como herramientas neutrales, son sistemas entrenados con datos sesgados y diseñados según los intereses de actores privados.

Como señala el profesor Philip Howard, director del Oxford Internet Institute, “las mentiras, la basura y la desinformación de la propaganda tradicional están extendidas en línea y apoyadas por algoritmos de Facebook y Twitter”. Esta cita, es clave para entender que la desinformación no crece sola, sino que reciben ayuda de los algoritmos que la impulsan porque genera interacción.

Cuando un modelo de negocio depende de captar atención, la prioridad no es informar, sino retener. Y eso transforma a los algoritmos en una fuerza que puede moldear hábitos, consumos y opiniones sin que lo notemos.


Desinformación y manipulación en redes


Las redes sociales no solo sirven para comunicarnos, sino que también se usan para influir en lo que pensamos, donde se disputa poder político, económico y cultural. Investigaciones de la Universidad de Oxford mostraron cómo plataformas como Facebook y Twitter se convirtieron en terreno fértil para la desinformación y la propaganda. Los algoritmos nos encierran en burbujas donde solo vemos lo que refuerza nuestras ideas, y eso limita nuestra posibilidad de mirar más allá.

Las redes sociales ya no son solo un medio para comunicarnos o entretenernos, sino que se han convertido en herramientas capaces de moldear nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Gobiernos y actores privados de más de 80 países utilizan plataformas como Facebook,  Twitter e Instagram para difundir desinformación y propaganda política a gran escala. Lo podemos ver claramente en las metidas de pata del actual presidente de Argentina, Javier Milei, que constantemente publica fake news en sus redes, o cuando ocurrio el escandalo de la moneda digital "$LIBRA".


La ilusión de la libertad digital

El discurso más difundido sobre Internet es que democratiza la información. Y es cierto que ofrece oportunidades inéditas. Pero esa supuesta libertad está condicionada por reglas que no decidimos nosotros. Las plataformas pueden eliminar contenido, bajar su visibilidad o viralizarlo en segundos, muchas veces sin explicar por qué.

El ideal de Internet como espacio abierto empieza a desdibujarse cuando entendemos que la arquitectura técnica (los algoritmos, los filtros, las métricas) define qué circula y qué queda oculto. Así, la “libertad digital” opera más como una ilusión que como una experiencia garantizada.

¿Internet empodera o domina?

Aunque Internet se presenta como un espacio libre y democrático, la realidad es que está concentrado en manos de unas pocas empresas. Google, Meta, Amazon; quienes controlan gran parte de lo que vemos, buscamos o compramos. Y cuando unos pocos deciden qué circula y qué no, la idea de “acceso igualitario” se vuelve más una ilusión que una realidad.

El acceso a Internet debería ser un derecho, no un privilegio. Sin políticas públicas que lo garanticen, la brecha digital se profundiza, dejando a millones de personas al margen del conocimiento, la participación y las oportunidades. Pero el problema no termina ahí, ya que sin una regulación firme sobre las grandes corporaciones, ese acceso también termina siendo condicionado por intereses privados, vigilancia encubierta y modelos de negocio que priorizan la rentabilidad.

Debemos ser ciudadanos digitales críticos

No se trata de abandonar Internet, sino de comprender cómo opera. Si no exigimos transparencia, regulación y responsabilidad, otros decidirán por nosotros. Y cuando eso ocurre, la libertad deja de ser libertad: se vuelve un espejismo.

Ser usuarios críticos es el primer paso para ser ciudadanos digitales activos.


Si queres saber mas al respecto, podes informarte en:
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Investigacion completa hecha por la Universidad de oxford:
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