Existe un gesto tan naturalizado que repetimos decenas de veces al día: deslizar el dedo sobre una pantalla de vidrio. Parece un acto inofensivo,sin embargo, detrás de esa aparente distracción se esconde una reconfiguración silenciosa de nuestra estructura psico social.
En Superficiales, Nicholas Carr nos remarca una verdad de nuestra biología: el cerebro es plástico. Cuando dejamos de ejercitar la atención sostenida (ese acto de paciencia que exige sostener la mirada en una página sin interrumpirnos) los circuitos dedicados a la contemplación profunda pierden terreno.
La comprensión lectora no es solo descifrar palabras sino que es el espacio interno donde construimos el criterio para interrogarnos la realidad. Cuando el tiempo de exposición a las pantallas atrofia esa capacidad, el pensamiento se fragmenta en chispazos y nos volvemos impermeables a la profundidad y peligrosamente permeables a cualquier relato ligero.
La inocencia inducida
La verdadera operación ideológica de las plataformas de streaming no es imponernos una doctrina formal, sino anestesiar la mirada. Y para eso, la frivolidad es la herramienta más efectiva.
Lo vemos de cerca con la proliferación de biopics y series sobre la farándula de épocas pasadas (como las ficciones sobre Coppola o el espectáculo de los años noventa). Estas narrativas operan bajo una lógica riesgosa: la banalización de tiempos complejos.
Se toma una década atravesada por el desmantelamiento social, la impunidad y la decadencia ética, y se la reduce a un desfile de frases célebres, trajes brillantes y anécdotas simpáticas. El personaje que fue actor o cómplice de momentos oscuros es reconfigurado como un "pícaro entrañable".
Nos invitan a una inocencia inducida: se nos pide que nos riamos de la excentricidad para que no recordemos el impacto real de ese entramado cultural. La historia pierde su peso crítico y se transforma en un consumo más bien popular e inofensivo.
El juego donde el precio es nuestra identidad
La anestesia social no termina en el catálogo de series y ficciones; continúa en la interacción cotidiana. Mientras el consumo de narrativas banales nos desacostumbra a procesar tramas complejas, las redes nos ofrecen una vía rápida de participación: los retos virales.
¿Qué tan inofensivo parece subir una foto procesada por inteligencia artificial para ver cómo luciríamos en los años 80 o convertir nuestro rostro en un avatar dinámico?
Entregamos nuestros datos biométricos, nuestra intimidad y nuestros patrones de conducta a corporaciones multimillonarias no porque nos obliguen, sino porque nos “divierte” nos “hace sentir partes de una tendencia”, “ no nos sentimos aburridos”. Regalamos nuestra intimidad, entregamos presencia y datos sin saberlo.
Tomás Pomar , integrante del Observatorio de Derecho Informático Argentino, abogado especialista en Derecho Informático por la UBA ,explicaba en diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ, el costo real de estos retos virales va mucho más allá de una imagen:
El problema, como bien aclara Pomar, no es solo el uso que las plataformas hacen de esa información, sino que aceptamos la entrega a ciegas, escondida detrás de términos y condiciones que casi nadie se detiene a leer, porque leer es “una pérdida de tiempo”, aburre , es tedioso.
La lectura pausada como revolución
Frente a esta anestesia domesticada, el antídoto no es estar en contra de todo ni el aislamiento radical, sino en la desaceleración consciente. La lectura pausada emerge aquí no como un pasatiempo nostálgico, sino como una trinchera de resistencia biológica y política.
“Como sugería McLuhan, los medios no son sólo canales de información. Proporcionan la materia del pensamiento, pero también modelan el proceso de pensamiento. Y lo que parece estar haciendo la Web es debilitar mi capacidad de concentración y contemplación”
Reencontrarse con el libro físico, sentir la densidad de la página y permitir que los ojos recorran un párrafo sin la prisa del escaneo digital es reeducar al cerebro. Es volver a habitar ese espacio de silencio donde el vocabulario se expande y las ideas complejas encuentran sitio para desplegarse.Como rescata Carr en su obra:
“El hecho mismo de que la lectura de libros «subestimula los sentidos» es justo lo que hace de esta actividad algo tan intelectualmente gratificante. Al permitirnos filtrar las distracciones, acallar las funciones del lóbulo frontal que regulan la resolución de problemas, la lectura profunda se convierte en una forma de pensamiento profundo. La mente del lector experimentado es una mente en calma, no en ebullición”
Fuentes y lecturas recomendadas:
Carr, Nicholas (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid: Editorial Taurus.
Agencia de Noticias Científicas UNQ. Entrevista a Tomás Pomar sobre privacidad, IA y datos personales en redes sociales.



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