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La realidad digerida: algoritmos y sesgos de confirmación

 Como los algoritmos filtran nuestra realidad

Cuando pienso en cómo usamos internet hoy, nos damos cuenta de que no solo producimos y consumimos información, sino que también convivimos con sistemas que deciden por nosotros el qué mostrar y qué esconder. Los algoritmos de Google, Instagram o TikTok ya no son una simple herramienta técnica, sino que funcionan como mediadores culturales. En definitiva, ellos filtran la realidad que habitamos.



Burbujas de filtro irreales

Un artículo de Wired destaca cómo los algoritmos crean "burbujas de filtro", rodeandonos de entornos informativos que refuerzan nuestras creencias y limitan la exposición a perspectivas diversas. Esto causa que muchas veces creamos que lo que estamos leyendo dentro de las redes, o del internet, sea completamente cierto, cerrando nuestro panorama, complaciendo nuestra necesidad de siempre estar en lo correcto.

Un estudio de Facebook publicado en Science revela que los usuarios tienen un impacto significativo en el tono político de su News Feed, diciéndonos a quién seguir y qué contenido consumir. Aunque los algoritmos también juegan un papel, los usuarios “curan” su propio contenido sesgado y limitado. Esto no solo genera comodidad, sino que nos deja vulnerables, ya que estamos viendo solo lo que queremos ver, y eso afecta nuestra manera de pensar, debatir y relacionarnos con otros.

Opinion: ¿Aceptamos los filtros o los discutimos?

Lo que más me preocupa de los algoritmos no es que nos ayuden a encontrar información, sino que lo hacen según reglas que casi nunca vemos y que muchas veces son arbitrarias. Siento que aceptamos demasiado rápido que el “orden” que nos muestran las plataformas es neutral, cuando en realidad refleja decisiones de diseño, intereses comerciales y, a veces, prejuicios que ni notamos. Que ciertos temas aparezcan todo el tiempo en nuestro feed mientras otros directamente desaparecen no es casualidad; es el resultado de fórmulas que buscan atención y clics más que verdad o diversidad. Para mí, esto genera un riesgo cultural, mientras terminamos normalizando ciertos discursos y dejando afuera otros sin darnos cuenta.

En resumen, los algoritmos no son neutrales; son actores políticos y culturales que median la forma en que vemos el mundo. Entenderlos críticamente, apoyándonos en investigaciones y artículos accesibles, es el primer paso para decidir si aceptamos las jerarquías que nos imponen o si buscamos alternativas más transparentes e inclusivas.


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El precio de estar conectados

Imagen extraída de Pexels
Por Melanie Victoria Silva.

De la promesa de libertad al control invisible

Internet nació con la promesa de democratizar el conocimiento y conectar a la humanidad, pero en apenas tres décadas esa utopía se transformó en un sistema de vigilancia global. Al principio, compartir era un acto de confianza: mostrarnos en línea parecía sinónimo de transparencia, participación y libertad. Pero con el tiempo descubrimos que esa exposición constante tiene un precio, y no es económico, sino la cesión de nuestros datos, emociones y decisiones. Esto me recordó un podcast generado con inteligencia artificial que escuché en una de mis clases, donde una idea quedó resonando: “cada interacción es utilizada para controlarnos por empresas privadas o gobiernos”. Esa noción sintetiza con claridad el cambio más profundo de nuestra era: la vigilancia ya no necesita cámaras ni agentes secretos. Hoy la vigilancia se disfraza de comodidad, de servicio personalizado, de recomendación oportuna. Pero detrás de cada clic amable hay un sistema que observa, registra y aprende de nosotros. El scroll infinito, las notificaciones y las recomendaciones personalizadas no son inocentes: están diseñadas para mantenernos dentro del circuito, generando más datos y más dependencia.

Como señala Carissa Véliz en su libro Privacidad es poder, “no existe la privacidad gratuita en plataformas que viven de recolectar información”. Y eso nos lleva a un punto inquietante: si todo lo que hacemos deja un rastro, ¿cuánto de lo que decidimos sigue siendo realmente una elección?


La vigilancia como ecosistema: el problema colectivo

Durante la pandemia, los límites de la privacidad se diluyeron bajo la lógica de la urgencia. En nombre del bien común, se multiplicaron las apps de rastreo y los sistemas de seguimiento ciudadano. Sin embargo, como subraya Carissa Véliz en su charla “Hablemos de omisiones” (YouTube), “no fueron las apps las que controlaron el virus, sino las pruebas masivas de COVID.” El problema no fue la intención, sino el uso posterior de esos datos. Una vez recolectada, la información comenzó a circular entre empresas y gobiernos sin transparencia ni control.

Véliz insiste en que “quien tiene los datos tiene el poder”, y que el modelo económico basado en su comercialización es insostenible: no se puede construir una sociedad libre sobre un sistema que lucra con nuestras vulnerabilidades.

El caso de TikTok lo expone con claridad (YouTube). Investigaciones de medios como Forbes y CNBC revelaron que la app tiene vínculos con el gobierno chino y una política de privacidad altamente intrusiva. Según especialistas en ciberseguridad, “TikTok es una app con potencial de espionaje masivo” (YouTube). Creo que, más allá del país de origen, el verdadero problema es la naturalización de la vigilancia: aceptamos que nos observen porque creemos que no tenemos nada que ocultar.

A diferencia de lo que solemos pensar, la vigilancia digital no se reduce a un asunto individual. No basta con “configurar la privacidad” o dejar de usar ciertas redes: el problema, como sostiene Marta Peirano en su charla TED “La vigilancia es un problema colectivo, como el cambio climático” (YouTube), es estructural y sistémico.

“El problema no es Internet, sino lo que pasa y hacen con ella.” — Marta Peirano

La periodista española explica que vivimos bajo el capitalismo de plataformas: un modelo en el que las grandes empresas tecnológicas (Google, Meta, Amazon, Apple, TikTok) ofrecen infraestructuras que parecen neutrales, correo electrónico, redes sociales, nube, entretenimiento, pero que en realidad funcionan bajo su lógica algorítmica.

Es decir: podemos expresarnos, pero dentro de un espacio controlado; podemos “ser libres”, pero según sus reglas. Este tipo de vigilancia no necesita de la fuerza: se sostiene en la cooperación. Cada usuario contribuye con sus clics y reacciones, reforzando un sistema que nos controla. Por eso Peirano compara la vigilancia digital con el cambio climático: ambos problemas afectan a todos, aunque la responsabilidad individual parezca mínima. Su propuesta es tan simple como radical: “poner la tecnología al servicio de los ciudadanos, y no a los ciudadanos al servicio del poder”. Eso implica repensar los derechos digitales, exigir transparencia y construir una cultura de datos éticos, donde compartir no signifique renunciar al control. La manipulación digital ya no actúa sobre lo que pensamos, sino sobre cómo sentimos.

El documental alemán sobre neuromarketing y control emocional, incluido en el material de una de mis clases, expone cómo la publicidad, la política y las redes sociales explotan las emociones para influir en nuestras decisiones. No se trata de un truco psicológico aislado: es una estrategia científica. Empresas y gobiernos utilizan sensores, estudios de ondas cerebrales y pruebas de mercado para detectar qué estímulos visuales o sonoros provocan placer, miedo o ansiedad. Con esa información, crean contenidos y campañas que maximizan el impacto emocional, moldeando la percepción de la realidad. Lo que antes era persuasión, hoy es programación afectiva. Las redes no buscan informarnos, sino mantenernos emocionalmente activos, porque las emociones generan más interacción, y la interacción genera más datos.

Imagen generada con IA

El caso de Cambridge Analytica fue apenas la punta del iceberg: millones de perfiles de Facebook fueron usados para dirigir propaganda política personalizada durante campañas electorales, incluyendo la de Donald Trump en 2016. Como resume el documental Nada es privado, “ya no votamos desde la razón, sino desde la emoción manipulada por un algoritmo.”

La neurociencia y la política se unieron en un nuevo tipo de poder: el poder de dirigir emociones colectivas sin necesidad de censura. Y, como si eso fuera poco, las plataformas que lo permiten se presentan a sí mismas como espacios “libres” y “democráticos”.


Homo Interneticus: la nueva especie digital

Imagen extraída de mapas públicos del IHMC  

El documental de la BBC “La revolución virtual: Homo Interneticus” (YouTube) retoma esta cuestión desde una perspectiva neuropsicológica. El investigador Nicholas Carr sostiene que “la tecnología nos moldea; no es neutral”. Cambia nuestras estructuras cognitivas y nuestra forma de pensar. El cerebro hiperconectado salta de estímulo en estímulo, incapaz de concentrarse: el usuario tipo se convierte en lo que el estudio de David Nicolas llama un “zorro virtual”, siempre disperso, incapaz de profundizar.

Imagen recuperada de Wikipedia 
El número de Dunbar, que establece que solo podemos mantener relaciones significativas con unas 150 personas, cuestiona la ilusión de los “miles de amigos” en redes. Sherry Turkle lo define con lucidez: “vivimos la vida de Facebook, no la nuestra.” Sacrificando calidad por cantidad. 

 

La sobreexposición, la ansiedad y la adicción, como se observa en Corea del Sur, la nación más conectada del mundo, son los síntomas de un nuevo tipo de ser humano: el Homo Interneticus, moldeado por los algoritmos y por la necesidad constante de atención.


Recuperar el control: alfabetización y conciencia digital

Frente a este panorama, la pregunta no es si podemos escapar del sistema, sino cómo aprendemos a vivir conscientemente dentro de él.

Carissa Véliz propone una respuesta clara: “la economía de los datos debe desaparecer”. No podemos seguir aceptando que el modelo de negocio más rentable del mundo se base en la explotación de nuestras vulnerabilidades (YouTube). Para ella, la privacidad no es un lujo individual, sino una forma de protección colectiva: “Mis datos no son solo míos; en ellos hay información de otros: familia, amigos, incluso generaciones futuras.” Esto plantea una nueva ética digital: la privacidad como bien común. Defenderla no es un acto egoísta, sino una manera de cuidar el ecosistema social del que dependemos. Pero también implica educación. Necesitamos alfabetización mediática y emocional, es decir, aprender a identificar las estrategias de manipulación, distinguir información de propaganda, y comprender que cada clic tiene un impacto político.

Marta Peirano y Nicholas Carr coinciden en algo esencial: entender la tecnología es la forma más efectiva de resistirla. No se trata de desconectarnos del mundo digital, sino de reapropiarnos de él, construir espacios más éticos y humanos, donde los algoritmos sirvan al conocimiento y no al control. Tal vez la pregunta no sea si Internet nos está cambiando, sino si todavía tenemos la voluntad de cambiar Internet.


🎧 Break Cultural — Para seguir pensando

La red no duerme, pero nosotros tampoco deberíamos dormirnos frente a lo que hace con nosotros. Si queres seguir explorando cómo la tecnología moldea nuestra forma de pensar, sentir y decidir, te invito a escuchar el nuevo episodio de Perspectivas, el podcast donde amplío los temas de este post.

🎙️ Capítulo 2: “Vigilados: entre la privacidad y la pantalla” — disponible en Spotify.


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¿Quién controla lo que pensás?

Por Shaiel A. Acosta


En la era digital, nuestras ideas, emociones y hasta nuestra identidad están siendo moldeadas sin que lo notemos. ¿Realmente pensamos por nosotros mismos o somos productos de algoritmos, vigilancia y marketing emocional? En este espacio destapo las distorsiones de la autopercepción, los peligros invisibles del control social y cómo Internet está reprogramando nuestra mente. ¿Estás listo para ver lo que no quieren que veas? 

Autopercepción en la Era Digital 

En la era digital, donde todos opinan sobre todo, el efecto Dunning-Kruger es el invitado invisible en casi cada debate. Este sesgo cognitivo nos dice que, irónicamente, cuanto menos sabe alguien sobre un tema, más seguro se siente de tener razón. Mientras tanto, quienes realmente dominan un área suelen ser los más cautelosos a la hora de emitir juicios tajantes, precisamente porque comprenden su complejidad.

Esta paradoja explica por qué aumentan los "todólogos" en redes sociales, y también por qué funcionan tan bien la publicidad, el marketing y la política: cuánto mas convencido suena alguien, más confiamos. Y en un entorno donde la percepción vale más que la verdad, opinar con firmeza se vuelve más rentable que tener razón. 

El problema es que esta sobreconfianza puede ser contagiosa. Alguien ignora lo que no sabe, se siente con derecho a opinar, y esa opinión errónea o engañosa se viraliza. Así la ignorancia no solo habla, sino que hace ruido. Y en ese ruido digital, el conocimiento real muchas veces queda fuera del algoritmo.

Del derecho al riesgo: La privacidad en peligro colectivo 

En un mundo hiperconectado, nuestra privacidad ha dejado de ser un asunto individual para convertirse en un problema político y social de primer orden. Cada clic, cada búsqueda, cada "me gusta" se convierte en un dato. Y esos datos, lejos de desaparecer, se almacenan, se analizan y se utilizan para vigilarnos, manipularnos hasta controlarnos. 

Como advierte Marta Peirano, la vigilancia debe ser entendida como un problema estructural y colectivo, comparable con la crisis climática: no basta con protegerse uno mismo, sino que necesitamos de acción conjunta. Mientras más aceptamos esta vigilancia como "normal", más renunciamos a derechos que deberían ser innegociables. 


Un ejemplo claro es el caso de TikTok, acusado de recolectar masivamente datos de usuarios y compartirlos con el gobierno chino, en una estrategia que mezcla entretenimiento, vigilancia y geopolítica. 

Durante la pandemia, este problema se profundizó. Las apps de rastreo y monitoreo sanitario, justificadas por la emergencia, abrieron la puerta a prácticas de vigilancia opacas y sin suficientes controles. Como señala Carissa Véliz, en la era digital el poder está en los datos: quien tiene los datos: tiene el poder. Y eso puede costarnos caro. 

La pregunta de fondo no es solo quién nos vigila, sino para qué. Nuestros datos son el insumo principal de una nueva forma de poder invisible, persistente y, sobre todo, consentida aunque no comprendida.

Cómo Internet rediseña nuestra mente

Desde su irrupción en la vida cotidiana, Internet ha transformado la forma en que pensamos, nos relacionamos y tomamos decisiones. Lejos de ser una herramienta neutral, su diseño, especialmente el de las redes sociales, motores de búsqueda y sistemas de recomendación, está profundamente entrelazado con procesos psicológicos que pueden amplificar vulnerabilidades humanas.

Uno de los efectos más visibles es la creciente dependencia que desarrollamos hacia la red y las redes sociales, lo que afecta directamente nuestra capacidad de concentración y atención. La naturaleza fragmentada del contenido digital y la estimulación a través de notificaciones generan una interrupción continua de nuestros procesos cognitivos. 


Este entorno favorece la búsqueda de gratificación inmediata, reduciendo la capacidad para mantener la atención en actividades prolongadas o complejas, y propiciando hábitos que a largo plazo pueden perjudicar nuestro bienestar mental y emocional. 

Además, el poder de Internet actúa como un instrumento sofisticado para influir en nuestras emociones y decisiones. Las técnicas de neuromarketing, apoyadas en el análisis de masivo de datos, permiten a empresas y organizaciones diseñar estrategias personalizadas que apelan directamente a nuestras reacciones emocionales. De esta forma, orienta nuestros hábitos de consumo, opiniones y creencias. 

Por último, es fundamental reflexionar sobre la naturaleza misma de la tecnología que utilizamos. Comúnmente se considera que Internet y las plataformas digitales son herramientas neutrales al servicio del usuario, la realidad es más compleja. 

Los algoritmos y diseños de estas tecnologías tienen intenciones específicas: están hechos para captar nuestra atención. A menudo priorizan la viralidad, el tiempo de uso o el engagement por encima de otros valores como la veracidad o el bienestar del usuario. Esto muestra que no solo usamos la tecnología, sino que ella también influye en cómo pensamos y actuamos. Resulta necesario debatir sobre el diseño tecnológico y qué postura queremos asumir frente a estas fuerzas invisibles pero influyentes. 

El salto evolutivo hacia la hiperconectividad

La expansión global de Internet originó un nuevo tipo de sujeto: el Homo Interneticus, guiado por la conexión permanente, la sobreinformación y la interacción digital. Se trata de una transformación cultural que reconfigura nuestra forma de ser y relacionarnos. 

Como muestra el documental de la BBC que da nombre al concepto, esta figura no es una exageración futurista, sino una realidad observable especialmente en países como Corea del Sur, donde se han documentado casos extremos de adicción a la web. La comparación con el Homo Videns de Sartori resulta inevitable: si antes era la televisión la que condicionaba la percepción, hoy lo hacen las redes, los algoritmos y la inmediatez digital. 



Se expresa con claridad en las redes sociales. Plataformas como Facebook o Instagram no solo nos conectan: nos empujan a construir una versión pública de nosotros mismos. Vivimos una vida “editada” para ser vista, más que vivida. La exposición constante genera una ilusión de autenticidad y la necesidad de una validación externa.

Otro rasgo de esta nueva era es el cambio en nuestras relaciones. El “Número de Dunbar” sugiere que solo podemos mantener vínculos estables con unas 150 personas. Sin embargo, las redes nos muestran listas infinitas de “amigos” o “seguidores”. Muchas veces, el rol que cumplimos en redes es más cercano al del voyeur: observamos la vida de otros sin participar realmente. Lo social se vuelve espectáculo, y el vínculo, consumo.

La mente del Homo Interneticus también ha cambiado. La sobrecarga informativa nos aleja del pensamiento lineal y profundo. En lugar de “erizos”, que siguen una idea central, somos más bien “zorros”, saltando de dato en dato.

La política también fue transformada por la lógica digital. Hablamos hoy de Política 2.0: campañas, debates y militancia que ya no ocurren solo en plazas o medios tradicionales, sino en redes sociales y plataformas digitales. Las redes democratizan la palabra, pero también la simplifican. Los discursos se reducen a frases breves, los argumentos a memes, y los matices se pierden entre algoritmos que premian lo emocional antes que lo racional. 

Twitter (ahora X), TikTok o Instagram son nuevas arenas políticas. No solo comunican: crean climas de opinión, generan polarización y pueden movilizar masas en tiempo real. Un hashtag puede reemplazar un anuncio y viralizar una consigna en minutos. 

Reflexiones

Al comparar la lectura tradicional de un libro con la experiencia digital, se evidencia una transformación no solo en el formato, sino en la forma que procesamos la información. La lectura digital, con sus distracciones constantes y fragmentación del contenido, puede afectar nuestra capacidad de concentración profunda y pensamiento crítico, aspectos que la lectura tradicional fomentaba de manera más natural. Esta diferencia subraya cómo las tecnologías influyen directamente en nuestra mente y hábito. 

Cada vez hay más evidencias de que Internet no solo modifica lo que hacemos, sino cómo pensamos. Estudios neurocientíficos muestran que la navegación constante, el salto entre pestañas y la lectura superficial en pantalla afectan nuestra capacidad de concentración y memoria a largo plazo. Nos volvemos más rápidos para detectar información, pero menos hábiles para profundizar, reflexionar o mantener el foco. Pensamos en red, como navegamos: de forma fragmentada, veloz y reactiva.

Estas interrogantes nos invitan a reflexionar sobre cómo queremos que evolucione nuestra relación con la tecnología, qué límites y valores debemos proteger, y cómo podemos mantener el equilibrio para preservar la autonomía. El futuro dependerá en gran medida de nuestra capacidad para entender estas transformaciones y tomar decisiones conscientes que garanticen un desarrollo tecnológico al servicio del bienestar humano y no al revés. 
 
¿Te interesa el tema? Escuchá mi último episodio Identidades en línea: el sujeto atrapado en la era digital en mi podcast Abramos el Tema.🎧 Escúchalo ahora 





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El precio de lo gratuito

De la libertad digital al negocio de la vigilancia

Imagen recuperada de Pexels

Por Melanie Silva 

Cuando Internet se abrió al comercio en 1995, pocos imaginaron el alcance que tendría ese cambio. Lo que había nacido como un espacio académico y colaborativo, terminó convirtiéndose en un inmenso mercado donde la moneda de cambio no es el dinero, sino nuestra información personal.

El documental de la BBC La Revolución Virtual: El precio de lo gratuito lo muestra con precisión: el verdadero costo de usar redes sociales, buscadores o plataformas “gratuitas” es entregar fragmentos de nuestra vida para alimentar un sistema que vive de conocernos mejor que nosotros mismos.

Imagen recuperada de Pexels

 Google, por ejemplo, perfeccionó un algoritmo que aprende de cada   búsqueda para vender publicidad personalizada. Lo que parece una   ventaja práctica “recibir lo que me interesa” se transforma en una   burbuja que reduce la diversidad de lo que vemos. Como se advierte   en el documental, “cada vez nos parecemos más a nosotros mismos”:   los sistemas de recomendación refuerzan nuestros gustos, nuestras   opiniones y hasta nuestros sesgos, alejándonos del descubrimiento y   el pensamiento crítico.


Carissa Véliz y el poder de la privacidad

Carissa Véliz
Imagen recuperada de su perfil en X
La filósofa Carissa Véliz, profesora de la Universidad de Oxford y autora de Privacidad es poder, sostiene que “la información personal no debería ser algo que se pueda vender o comprar”. Sin embargo, ese es el modelo sobre el que se sostiene la llamada economía de los datos. Cada vez que aceptamos los términos de una aplicación o publicamos una foto, generamos un rastro de información que puede ser vendido, cruzado con otros datos y reutilizado para fines comerciales, políticos o incluso discriminatorios. Véliz en una entrevista para Miranda Boris de la BBC lo describe así:

“A partir de los datos se pueden inferir aspectos como orientación sexual, tendencias políticas, qué tan bien duermes o si padeces alguna enfermedad”.

Su advertencia más fuerte es que la privacidad no es un lujo ni una cuestión individual: es una forma de poder. Cuando la perdemos, otros deciden por nosotros. Las grandes corporaciones tecnológicas como Meta, Google o Amazon, no solo recolectan datos: los convierten en materia prima para moldear comportamientos, emociones y decisiones de consumo.

Esta “economía de la vigilancia” se disfraza de comodidad. Nos promete eficiencia, personalización, rapidez. Pero lo que ofrece, en realidad, es una estructura en la que la información se transforma en el nuevo petróleo del siglo XXI. Como señala Véliz, lo que está en juego no es simplemente la privacidad individual, sino la autonomía colectiva: la posibilidad de decidir cómo queremos vivir en un entorno digital sin ser permanentemente observados o condicionados por intereses comerciales. Y allí aparece la paradoja: el mismo sistema que nos promete libertad y conexión nos convierte, sin que lo notemos, en el producto más valioso del mercado.

De ese modo, llegamos al corazón del problema: la falsa gratuidad. Las apps y plataformas que usamos todos los días no son realmente gratuitas. El precio se paga con nuestra atención, nuestras preferencias y nuestras relaciones. WhatsApp, por ejemplo, prometió durante años que no compartiría información con Facebook; sin embargo, cambió sus condiciones y ahora ambas plataformas intercambian metadatos y perfiles de usuarios.

Lo que parece un simple acuerdo digital, aceptar los términos para continuar usando el servicio, es en realidad un contrato desigual. Como explica Véliz, las grandes empresas diseñan sus políticas de uso bajo la lógica del “todo o nada”: si no aceptás entregar tus datos, quedás fuera de la red social, del servicio de mensajería o de las herramientas que estructuran la vida cotidiana. Aceptar se vuelve casi inevitable, porque el costo social de no hacerlo es alto. Pero aceptar también significa ceder control. Es el mecanismo que sostiene a las plataformas “gratuitas”: cuanto más tiempo pasamos en ellas, más datos producimos, y cuanto más datos producen los usuarios, más precisión logran los algoritmos publicitarios. Entonces, el modelo de negocio es simple y brutal: si no pagás por el producto, el producto sos vos.

Esta lógica, como muestra La Revolución Virtual, transformó Internet en un gigantesco laboratorio de segmentación y predicción. Cada clic, cada búsqueda, cada scroll forma parte de un perfil dinámico que se vende en tiempo real a miles de empresas que compiten por captar nuestra atención. Lo que comenzó como un espacio de conexión se volvió una economía de la vigilancia que reduce la diversidad informativa y alimenta la polarización.

Entre la comodidad y el control

La pregunta que plantea La Revolución Virtual sigue siendo vigente: ¿Internet representa una revolución democrática o un nuevo modo de concentración del poder? Las grandes plataformas controlan buena parte del tráfico global. Google domina las búsquedas, Amazon el comercio electrónico, Meta la comunicación social, Apple los ecosistemas móviles y Microsoft la infraestructura digital. Este “club de los cinco” no solo acumula riqueza, sino también influencia política y cultural. Lo que comenzó como una promesa de libertad terminó funcionando como un sistema de vigilancia comercial, en el que cada acción deja huellas que se convierten en datos útiles para el mercado. Frente a esto, no alcanza con borrar cookies o cambiar contraseñas. Hace falta una nueva alfabetización digital que nos permita comprender cómo operan estos mecanismos y exigir regulaciones más justas. Como dice Véliz:

“Internet es hoy como el salvaje oeste; necesitamos un proceso civilizatorio que la vuelva más habitable”.

Recuperar el control no significa desconectarnos ni volver a un pasado sin tecnología. Significa entender el sistema para poder elegir dentro de él, y no ser arrastrados por un flujo de decisiones que otros toman en nuestro nombre.


Imagen recuperada de Pexels

Carissa Véliz sostiene que “la privacidad es poder” porque quien controla la información controla las posibilidades de acción de los demás. Si una empresa sabe qué te gusta, qué te asusta, a qué hora te conectás o cuánto tiempo mirás una imagen, tiene una ventaja enorme para influir en tus decisiones. Y cuando esas empresas concentran los datos de miles de millones de personas, el poder deja de ser simbólico: se vuelve estructural.

El documental La Revolución Virtual lo mostraba de forma profética: lo gratuito tiene un costo, y ese costo es nuestra autonomía. Hoy ese diagnóstico se confirma en cada clic. Los sistemas de vigilancia y análisis de comportamiento ya no son una amenaza futura, sino una realidad cotidiana. Pero, como dice Véliz, no es una batalla perdida. Aún podemos transformar este escenario.

Recuperar el control implica repensar nuestras prácticas digitales. Aprender a configurar la privacidad, diversificar las fuentes de información, apoyar plataformas éticas y, sobre todo, revalorar el tiempo offline: leer sin interrupciones, conversar sin pantallas, pensar sin notificaciones. No se trata de nostalgia, sino de equilibrio. También exige un compromiso colectivo: presionar por leyes de protección de datos más firmes, exigir transparencia algorítmica y apoyar proyectos tecnológicos que respeten la privacidad por diseño. La Unión Europea avanzó con el GDPR, pero América Latina todavía enfrenta grandes desafíos.

Tal vez el verdadero cambio no pase por inventar nuevas plataformas, sino por cambiar la lógica de uso: volver a poner la tecnología al servicio de las personas y no al revés. La red puede ser un espacio de creatividad, educación y encuentro, siempre que entendamos sus riesgos y reclamemos nuestros derechos como ciudadanos digitales. En definitiva, recuperar el control es volver a hacer visible lo invisible: entender que cada dato tiene valor, que cada decisión digital tiene consecuencias y que la libertad en Internet no se defiende con desconexión, sino con conciencia crítica.


🕹️ Break cultural

Para quienes quieran seguir pensando el tema desde distintas miradas, acá van algunas sugerencias:

🎥 Documentales y series

 🔉 Dale PLAY a Perspectivas

Todo lo gratuito tiene un precio, y ese precio somos nosotros. Si este tema te dejó pensando, escucha el episodio “Privacidad es poder: el costo de lo gratuito” una charla sobre cómo las redes saben más de nosotros que nosotros mismos, y por qué todavía estamos a tiempo de cambiarlo.


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La trampa de los servicios digitales

Por Shaiel A. Acosta


Desde que la Red se comercializó, la privacidad ha quedado cada vez más expuesta. Y si utilizás principalmente los servicios de Google, podés dar por hecho que lo saben todo. Como advirtió Eric Schmidt, ex CEO de la empresa: "Sabemos dónde estás. Sabemos dónde has estado. Podemos saber más o menos en qué estás pensando". 

¿Cuál es el precio de lo gratuito? 

Detrás de los buscadores, redes sociales, servicios de mensajería y apps gratuitas que se utilizan a diario se esconde un perverso modelo de negocio que comercializa los datos personales. En su libro Privacidad es poder, Carissa Véliz denuncia la llamada economía de datos: un sistema que prospera y se enriquece gracias a la explotación sistemática de la información personal, y que no respeta ni la privacidad ni los derechos humanos.

Muchas veces sin tu permiso y otras sin que lo notes, las empresas tecnológicas rastrean tu ubicación, recopilan tu información, tus gustos, tus hábitos y los comparten entre ellas. Intercambian esa información, la venden, y con ella venden algo más peligroso como el poder de influenciarte. Tu consentimiento no siempre importa. Lo hacen igual. 

Esos datos son utilizados para crear sistemas de publicidad cada vez más personalizados. ¿Te suena? Hablás de algo con alguien y, mágicamente, aparece en tu feed convertido en anuncio. Es un fenómeno que generó especulación y debate en los últimos años. Pero no es magia: son tus datos trabajando en tu contra. 

Cada vez que navegás dejás un rastro digital de tu actividad. Desde que revisás el teléfono por la mañana, ya estás compartiendo datos. Incluso antes de apagar la alarma, múltiples empresas ya saben a qué hora te despertaste, dónde dormiste y, posiblemente, con quién. Tal como afirma Amnistía Internacional, las personas están siendo rastreadas constantemente, en un fenómeno descrito como "vigilancia omnipresente".

Cuando el producto sos vos

Bajo el pretexto del marketing y la mejora de la experiencia, te observan y comercializan. Se adentran en tu mente para moldear tus deseos, incluso antes de que seas consciente. Detrás de esa manipulación están gigantes como Meta (Facebook, WhatsApp, Instagram) y Alphabet (Google y Android), cuyo negocio principal es la publicidad personalizada. 

Este modelo impulsado por algoritmos que, clasifican, filtran y priorizan contenidos según el perfil del usuario, ha dado lugar a una realidad desigual. Cada persona ve una realidad distinta, adaptada a su historial de navegación, emociones, ubicación, ideología o nivel socioeconómico. Ya no hay un "espacio común" de información.  

No está diseñado para informarte, sino para retenerte. En definitiva, estos sitios están diseñados para ser adictivos. Cada segundo que pasás mirando, deslizando o interactuando produce datos. Y cuanto más predecible es tu comportamiento, mayor es tu valor para el sistema. La paradoja es clara: cuanto más vulnerables, más útiles. Por si fuera poco, la economía de datos no solo explota tu privacidad, sino también tu fragilidad.

Las grandes plataformas no se limitan a mostrar anuncios. Te ofrecen una versión del mundo hecha a tu medida, moldeada por miedos, deseos e inseguridades. Construyen una esfera personalizada que reafirma tus pensamientos y bloquea puntos de vista distintos. En lugar de promover un diálogo público, te aíslan en millones de conversaciones fragmentadas, privadas y cuidadosamente diseñadas para manipular tu atención. 

Behavioral Targeting en la era de Google

Google supo capitalizar la curiosidad, transformándola en una poderosa fuente de ingresos. Aprendió a monetizar la Red como pocos, convirtiendo a los usuarios en el verdadero producto. Lo que comenzó como un simple buscador gratuito y accesible terminó convirtiéndose en una operación lucrativa. Y no se limita solo a las búsquedas: cada vídeo reproducido en YouTube forma parte de la misma modalidad. 

En lugar, de cobrar una tarifa por sus productos o servicios, esta compañía exige a los usuarios que entreguen su información personal para acceder a sus plataformas. Ganan dinero a través del Behavioral Targeting: una técnica de marketing utilizada para aumentar la efectividad de la publicidad utilizando la información del comportamiento del usuario al utilizar su navegador web. 

Tiene un poder magnífico sobre la vida digital de las personas, al dominar los principales canales que la mayoría utiliza para acceder y navegar por Internet. De hecho, recientemente se advirtió que Google planea permitir que su inteligencia artificial (Gemini) lea automáticamente los correos de Gmail, a menos que el usuario desactive esa función. ¿Hasta qué punto entregaremos nuestra privacidad sin cuestionarlo?

Es muy probable que en todos tus dispositivos inteligentes haya una o varias aplicaciones que pertenecen a Google. Solo piensa en Chrome, YouTube, Google Maps, Google Fotos, y la lista sigue; ellos forman parte de la rutina diaria. Esto evidencia cómo se ha convertido en una presencia constante y en cierto punto, inevitable en nuestra vida digital. 

Impacto político y social 

Estos sistemas, que se valen de datos masivos y algoritmos para mostrar a cada usuario información adaptada a sus intereses y creencias, pueden tener un impacto sobre la democracia. El uso de contenido personalizado por parte de los gobiernos dificulta la construcción de consensos y la formación de opiniones fundamentadas, especialmente en períodos electorales. Esto pone en riesgo los principios básicos de la democracia, al privilegiar la manipulación y control por encima de la trasparencia.

La privacidad está estrechamente relacionada con la autonomía, que es la capacidad de construir y expresar la identidad libremente, sin ser vigilados o manipulados indebidamente por terceros. No obstante, el rol preponderante de los gigantes de la vigilancia puede influir, moldear y modificar pensamientos y opiniones, afectando la capacidad de tomar decisiones autónomas. 

El ex estratega de Google, James Williams, se refiere a este fenómeno como la "industria de la persuasión". Señala como las tecnológicas están diseñadas no solo para captar la atención, sino para influir activamente en decisiones, comportamientos y creencias. En última instancia, lo que está en juego es la libertad y la capacidad de decidir por uno. 

Sin duda, esto representa un riesgo grave para derechos fundamentales como la libertad de expresión, de conciencia y de opinión. Las consecuencias de esta vigilancia masiva son imprevisibles. Una vez que los datos personales están en la Red, eliminarlos resulta casi imposible. Permanecerán disponibles en línea indefinidamente, y pueden volverse en contra de los usuarios años más tarde. 

Conclusión

En la era digital, la privacidad se ha convertido en una ilusión cuidadosamente disfrazada de conveniencia. Bajo la promesa de servicios gratuitos, las grandes corporaciones tecnológicas han construido un sistema que comercia con nuestros datos, moldea nuestras decisiones y condiciona nuestras libertades más básicas. 

Como usuarios, participamos a diario en este modelo sin plena conciencia de su alcance, entregando fragmentos de nuestra identidad a plataformas cuyo verdadero interés no es informarnos, sino predecirnos y persuadirnos. Somos como sonámbulos vigilados: entregamos datos de forma constante, sin saber con certeza qué se está recolectando, quién lo posee ni quién podría acceder a esa información en el futuro.

Lo más alarmante no es solo el nivel de vigilancia, sino la naturalización de ese control. La manipulación algorítmica no solo afecta nuestro consumo digital, sino también nuestra autonomía, nuestras creencias y hasta nuestras decisiones políticas. 

Esta realidad plantea preguntas urgentes sobre el poder que estas empresas tienen, los límites de su uso, y el costo real que pagamos en términos de autonomía y libertad por acceder a servicios "gratuitos". ¿Qué información entregamos realmente? ¿Y qué poder estamos cediendo? Si no recuperamos el control sobre nuestros datos personales, y no exigimos trasparencia y regulaciones firmes, el riesgo no es solo perder la privacidad: es comprometer nuestra libertad. 

Aprende más sobre el costo de lo gratuito en el último episodio de mi podcast Abramos el Tema.🎧 Escúchalo ahora 

Bibliografía

Amnistía Internacional. (2019, noviembre 21). Gigantes de la vigilancia: La amenaza que el modelo de negocios de Google y Facebook representa para los derechos humanos. https://www.amnesty.org/es/documents/pol30/1404/2019/es/ 

Tuta. (2025, 2 de mayo). Todo lo que Google sabe sobre ti y cómo impedirlo. https://tuta.com/es/blog/what-does-google-know-about-me 

Canal ADN Opinión. (2021, febrero 2). Privacy is power. [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=DEAaBxky2uc 

Canal Coconiloc. (2011, agosto 13). Revolución virtual 3 - El precio de lo gratuito.[Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=doKVlMysX6M 





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Puerta abierta: Sin privacidad, Internet sabe de nosotros


Por Augusto Pomponio Hotton. 


Estamos perdiendo nuestra privacidad y nuestros derechos en Internet. Un espacio que se supone que es libre, nos pone una trampa para sacarnos datos personales. 

El comercio: así empezó todo


En los comienzos de la web, internet solo se usaba con fine académicos, educativos y científicos.
Pero en 1995 todo cambiaría. Ese año marcó un antes y un después: Se levantó la prohibición del uso comercial en la red.

Apareció algo nuevo: El comercio electrónico.

En el tercer capítulo de Revolución virtual cuenta que Pizza Hut, con el pryecto Pizzanet, fue la primera empresa en ofrecer un servicio digital para pedir comida en línea desde una interfaz clásica muy simple.

Esto le abrió las puertas a muchas corporaciones que descubrieron que en internet podían hacer mucho dinero.

Las primeras en aparecer fueron:
  1. Amazon: Fundada en 1995 por Jeff Bezos. Funcionaba como una librería online. Fue la primera en aceptar pagos online.
  2. Ebay: También fundada en 1995 por Pierre Omidyar bajo el nombreAuctionWeb. Esta funcionaba para compras y ventas de objetos mediante subastas.
  3. PayPal: En 1998 nació como Confinity, solo se enfocaba en transferencias de dinero seguras. Fue la primera herramienta popular para pagar y recibir dinero por internet.
  4. Alibaba: Fundada en 1999 en China por Jack Ma. Empezó como un portal para conectar empresas chinas con clientes internacionales. Fue clave dentro del e-commerce en Asia.

Así es como nació una nueva economía en la red, basada en el consumo, publicidad y venta de datos.

Lo barato sale caro : Dejamos nuestros datos de manera facil



"Lo barato sale caro" algo tan cierto como en internet.
Los servicios que aparecen cómo gratuitos nos esconden un costo invisible: nuestros datos personales.

Buscadores como Google, redes como Facebook o aplicaciones que usamos a diario tienen un modelo de negocio basado en recolectar y vender información personal.
Tal como dice en Revolucion Virtual, nosotros somos la mercancía.

El regalo de la red tiene un precio, pagamos con lo más valioso que tenemos: nuestra información.
Google, por ejemplo, registra miles de millones de búsquedas por día. Estos datos ayuda a purificar su sistema para ofrecernos publicidad cada vez más personalizada.

A veces lo notamos y nos incomoda.
¿Nunca dijiste o pensaste algo y, de repente, te apareció una publicidad sobre eso?
Un amigo me contó que, tras buscar o decir que quería comprarse un auto, empezó a ver anuncios de concesionarias y seguros, en gran cantidad.

Esto se llama Behavioral targeting, una técnica que permite a Facebook y Google vender publicidad personalizada según nuestros intereses y hábitos.

La filósofa Carissa Véliz docente de  ética en Oxford, denomina a estas empresas como "Buitres de los datos" porque recolectan, almacenan y comercializan información sin nuestro consentimiento.
Así, con un simple clic, perdemos privacidad.

"El producto online no es el contenido, el producto online somos nosotros."

Welcome to the Jungle : Una Jungla digital donde saben nuestros datos



Bienvenidos a la jungla digital. 
El subtítulo viene de la canción de los Guns N` Roses
Y aunque la letra no hable de internet, hay un fragmento que parece describirla.

Subtitulado:
Bienvenidos a la jungla , tenemos diversión y juegos
Tenemos todo lo que quieres, cariño, sabemos los nombres
Somos las personas que podemos encontrar todo lo que necesites

Internet representa a esta jungla, un espacio salvaje donde hay promesas, pero también peligros. En la red hay diversión y juegos, todo lo que buscamos. Lo que no sabemos es que en este espacio acecha el peligro: Un sistema que nos vigila, tiene control sobre nosotros y sabe nuestros datos.

Las plataformas nos ofrecen servicios gratuitos, pero el precio que pagamos son nuestros datos.
Ya nos conocen: tal como dice la letra "saben nuestros nombres", pero no solo eso, también: nuestros gustos, hábitos, consumos y opiniones.

Cada me gusta, búsqueda o publicación alimenta los algoritmos que perfeccionan la forma en la que las empresas influyen en nosotros.

En la jungla nada es anónimo.

El documental Revolución Virtual, nombra el caso de AOL, que hizo público las búsquedas de al menos seiscientas mil personas. Parecían estar de forma anónima, pero un periodista pudo encontrar a una de las victimas de ese filtrado, solo navegando y consultando guías. 

Conclusión: ¿Darle pelea a estas empresas?

A lo largo del texto vimos cómo las grandes corporaciones se alimentan de nuestros datos, crecen con nuestros hábitos y rastros digitales.
Sin embargo, Carissa Véliz se muestra optimista en su charla con Adn opinión: la privacidad no es un privilegio, es un derecho, y todavía podemos defenderlo.

Cuando usamos sus aplicaciones, estamos en su terreno, ¿pero si nosotros buscamos alternativas? Carissa habla de muchas. 
  • Antes de usar Google, busquemos en DuckDuckGo, un buscador seguro.
  • En vez de usar Gmail, usemos Proton mail.
  • En lugar de WhatsApp, usemos signal, que nos ofrece verdadera privacidad. 

Ella advierte que las compañias están en preocupacion por perder millones de usuarios.
La pregunta final es: Si estas empresas pierden millones de usuarios ¿Serán capaces de cambiar sus políticas de privacidad?. 



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¿Exceso de pantallas o pobre uso?


El uso de pantallas en nuestra vida cotidiana se ha vuelto omnipresente: trabajo, educación, ocio, relaciones. Desde el celular con el que nos despertamos hasta la serie que miramos antes de dormir, nuestro día transcurre entre dispositivos. El libro Superficiales de Nicholas Carr ofrece una mirada crítica sobre cómo el uso concentrado de Internet y dispositivos digitales están afectando la profundidad de nuestro pensamiento y capacidades cognitivas. 

El escritor advierte sobre la preocupante cantidad de tiempo que pasamos frente a las pantallas y profundiza en cómo este hábito transforma nuestra manera de razonar y de relacionarnos con el conocimiento. ¿Estamos disminuyendo nuestra capacidad de hacerlo? 


Uno de los datos más significativos que cita es un estudio de Jupiter Research (2006), que reveló un «enorme solapamiento» entre el tiempo destinado a ver televisión y el dedicado a navegar por Internet. Se estima que el 42% de los mayores consumidores de televisión también forma parte de los usuarios más activos de Internet. En otras palabras, no reemplazamos un tipo de pantalla por otro sino que las acumulamos, lo que intensifica la exposición y, por ende, sus efectos en nuestra mente.

Como señala el estudio realizado por el Centro para el Diseño Mediático de la Ball State (2009), los estadounidenses pasan más de ocho horas diarias frente a pantallas, muchas veces usando dos o tres dispositivos a la vez, sin importar la edad. 

Frente a este panorama, Carr argumenta que existen beneficios reales, pero que estos tienen un precio. Minimizar su impacto cognitivo puede llevar a normalizar prácticas perjudiciales como la multitarea constante, lectura superficial hasta la pérdida de memoria. Entonces, ¿estamos realmente preparados para cuestionar nuestras prácticas digitales? 

Repensar nuestras prácticas digitales: ¿uso o dependencia? 

Esta problemática va más allá del uso cotidiano de dispositivos: representa una transformación profunda en nuestras capacidades cognitivas. El hábito de alternar constantemente entre múltiples pantallas y tareas no solo fragmenta la atención, sino que también debilita la concentración sostenida. Lejos de estimular un pensamiento profundo y reflexivo, favorece una relación superficial y acelerada con los contenidos. 

La expresión
"podredumbre cerebral" describe con crudeza las consecuencias del consumo excesivo de contenido trivial en el entorno digital. El fenómeno conocido como doomscrolling, por ejemplo, refleja cómo el consumo compulsivo de noticias negativas afecta directamente la salud mental. En este contexto, cabe preguntarse si estamos construyendo una verdadera alfabetización digital o simplemente adaptándonos a un entorno que moldea nuestro modo de pensar. 


¿Son las pantallas el enemigo?

Plantear a las pantallas como el "enemigo" puede resultar una simplificación excesiva. Para Nicholas Carr, el verdadero problema no reside únicamente en la cantidad de tiempo que pasamos frente a ellas, sino en la forma en que nos relacionamos con su contenido. Más que rechazar el avance digital, Carr advierte sobre cómo este entorno condiciona de manera sutil y progresiva nuestros hábitos de atención, pensamiento y aprendizaje. 

En este sentido, las pantallas no deberían ser vistas como una amenaza en sí mismas, sino como herramientas que exigen un uso consciente, crítico y equilibrado. El desafío no es eliminarlas de nuestras vidas, sino aprender a vincularnos con ellas de un modo que preserve nuestra autonomía intelectual. 

Frente a un ecosistema digital cada vez más complejo y omnipresente, resulta fundamental recurrir a estudios como los de Carr para comprender en profundidad los efectos menos visibles que estas tecnologías ejercen sobre nuestras vidas. En un entorno saturado de opiniones inmediatas y superficiales, la reflexión crítica respaldada por evidencia se vuelve no solo necesaria, sino urgente para cuestionar y transformar nuestras prácticas digitales.  



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Somos un plástico moldeable al calor


En este artículo vamos a hacer una reflexión en base a citas que se encuentran en el libro “Superficiales” de Nicholas Carr. 

Por Augusto Pomponio Hotton.

Vamos a reflexionar sobre el tema que nos rodea en la actualidad: el internet y la tecnología, basándonos en citas del libro 'Superficiales' de Nicholas Carr.





Nuestro cerebro cambia

Este apartado es por el cual el título tiene ese nombre, somos plástico manipulable mediante calor. ¿Qué quiere decir esto?
Se me ocurrió poner este título como base de lo que vamos a hablar, la neuroplasticidad. Sabemos que el plástico cuando está caliente, puede ser manipulado o modificado de cualquier forma sin romperse.

Todo lo que hacemos como escribir o pensar, puede cambiar por nuestras experiencias y las herramientas que utilizamos, en este caso la computadora o internet. ¿De qué manera?

Nuestro cerebro no es fijo, cambia con el tiempo. Todo lo que vivimos, vemos, sentimos o escuchamos, todo esto moldea nuestras conexiones neuronales. El uso de la computadora o internet no es excepción. Cada vez que interactuamos mediante este dispositivo, ya sea para buscar algo o interactuar, nuestro cerebro reorganiza sus circuitos.

Un ejemplo que se lee en el libro, es la propia experiencia del autor. El mismo dice que perdió esa capacidad de lectura larga y profunda, ahora en un par de páginas, se pierde.

Después de tanto uso de internet, su cerebro cambió. Ahora le cuesta leer, tener paciencia, si es que no cambia de tema. ¿Y ahora, que paso? Claramente sus circuitos cambiaron, su forma actual, es estar en modo rápido y estimulado de la web.

Podemos decir que el internet, es el calor que ablanda nuestro cerebro y lo va moldeando en forma según cómo lo usemos.




Habilidades cambiantes

Después de tanto uso de internet ¿Ganamos habilidades?. Si, podemos decir que gana la habilidad de hacer multitareas con rapidez, que es a lo que se acostumbro, pero así como gano, tambien perdió, y es mucho mas importante la pérdida, que en este caso es la atención.

Muchas veces creemos que ganamos habilidades estando en internet. No voy a mentir, puede que sí. Pero no nos damos cuenta de lo que perdimos, como la atención, la memorización a largo plazo, paciencia, esto es algo a lo que no nos acostumbramos, ya que, al instante de una búsqueda tenemos mucha información. También la creatividad, ahora somos lentos en originalidad e imaginación, y por último la lectura profunda y crítica, se reduce nuestra reflexión y análisis crítico.

Usamos la tecnología pensando siempre que va a ser lo mejor, pero muy pocas veces nos ponemos a pensar qué consecuencias vamos a tener. Al principio no se nota, pero una vez acostumbrados, se vuelve parte de nuestra vida y pensamientos.



Estudios que afirman

En el libro hay una gran cantidad de estudios, pero observe tres que me parecen importante para este tema.

Uno de ellos es la gran cantidad de horas que utilizan los niños el internet en 2009. Chicos de 2 a 11 años hicieron crecer la estadística a un 60% más de lo que se usaba en 2004.

Esto es una señal de que el internet y la tecnología se fue metiendo desde la infancia y en su formación. Claramente es muy diferente el crecimiento de un chico sin dispositivos a uno que nació ya jugando con celulares. Más sabiendo que en la niñez, el cerebro es totalmente plástico, esto nos quiere decir que la manera en la que fue creciendo queda registrado con más fuerza en sus conexiones neuronales.

También tenemos a una profesora que nos afirma que no puede hacer que sus alumnos lean.

¿Por qué pasa esto? Eso porque se acostumbraron a la información rápida y fragmentada. Pueden ser rápidos desde un dispositivo para buscar datos, pero ahora, perdieron su paciencia y la capacidad de poder sostener una lectura larga y profunda. “Cuando el acceso [a la información] es fácil, tendemos a favorecer lo breve, lo lindo, lo deshilvanado.(Carr, 2011, 61)

Por último, tenemos un estudio donde nos dice que en 2009 hubo un gran descenso en el servicio postal. Un gran cambio en nuestra comunicación, la tecnología transformó totalmente nuestra cotidianidad. Mandar una carta, era algo que tomaba tiempo.

De ejemplo pongo la película Green Book, donde hacer una carta era hacerlo a mano , elegir palabras justas y después esperar días de espera para una respuesta. Ahora con un simple mail, tenemos conexión con miles de personas al instante, todo instantáneo.

¿Perdimos algo o avanzamos? Perdimos. 

  • Algo de lo que sigo escribiendo es la pérdida de paciencia. Ya no es como antes que nos tomábamos un tiempo para recibir el correo, es más, ahora nos desesperamos por recibir una respuesta inmediata. 
  • También la profundidad y emoción que se tenía al escribir, ahora son todas palabras abreviadas o de una jerga no tan literaria como lo era antes. 
  • Recalcando nuevamente que también nuestro sentido crítico y lectura profunda, también la perdimos.





Conclusión

Para hacer esta reflexión no basta con opiniones personales, por eso utilizamos el libro, en el que hay una gran cantidad de estudios que respalda Carr, como los utilizados aquí, de Pascual Leones, Nielsen, Pines, entre otros autores importantes, donde muestran de forma concreta cómo cambia nuestro comportamiento y nuestras capacidades cognitivas. 

Elegí estas citas porque argumentan cómo la tecnología afecta diferentes aspectos, desde la niñez, educación, la comunicación y la neuroplasticidad, todas basadas por profesionales en las ramas de neurociencia y sociología. 

Para finalizar, tengo que decir que el libro Superficiales muestra con rigurosidad los estudios y cuestiones de la cual hablamos. Para negar los hechos que se muestran, tendrían que presentar estudios con la misma validez y refutando que internet no nos afecta en nuestra atención o experiencia de vida. En tal caso de haber estudios que contradigan, puede que sean de personas vinculadas en el negocio digital, queriendo minimizar los efectos, para conseguir sus propios beneficios.


Bibliografìa y citas:

Carr, N. (2011). Superficiales ¿Que esta haciendo internet con nuestras mentes?. Taurus.

[46] Á. Pascual-Leone, A. Amendi, F. Fregni y L.B. Merabet, "The plastic Human Brain Cortex", Annual Review of Neuroscience, 28 (2005), pp 377-401.

"Nuestros cerebros están en constante cambio como respuesta a nuestras experiencias y nuestra conducta; reorganizan sus circuitos con cada entrada sensorial, acto motor, asociación, señal de recompensa, plan de acción o cambio de conciencia. La neuroplasticidad, afirma Pascual-Leone, es uno de los productos más importantes de la evolución, un rasgo que permite el sistema nervioso escapar a las restricciones de su propio genoma y adaptarse asi a presiones ambientales, cambios fisiológicos y cualesquiera otras experiencia".

[101] Maya Pines, "Sensing Change in the Environment", en Seeing, Hearing, and Snellinh in the World: A report from the Howard Hughes Medical institute, febrero de 1995.

"Cambia algo del entorno, necesitamos tenerlo en cuenta, porque puede significar peligro u oportunidad" 

[145] Nielsen Company, "Time Spent Online among Kids Increases 63 Percent in the Last Five Years, According to Nielsen", alerta mediática, 6 de julio de 2009.

"Los niños estadounidenses con edades entre los dos y los once años usaron la red más de once horas a la semana en 2009, un incremento de más del 60 por ciento respecto a 2004"

[154] Council for Research Excellence, "The video Consumer Mapping Study", 26 de marzo de 2009.

"Con frecuencia se utilizan dos o incluso tres de estos dispositivos simultáneamente" 

[163] Bridge Schulte, "So long, Snail Shells", The Washington Post, 25 de julio de 2009.

"El volumen de correo enviado a través del servicio postal de Estados Unidos registró en 2009 el mayor descenso jamas conocido"

[169] Tyler Cowen, Create Your Own Economy, Nueva York, Dutton, 2009, p 43.

"Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros"


Augusto Pomponio Hotton

 

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Un texto fundamentado, no una opinión



Algo que me llamó la atención al leer Superficiales es que Carr no escribe “desde la intuición” o desde una posición pesimista sin pruebas. Él construye su argumento sobre más de 400 estudios. Y eso hace una diferencia enorme. Muchas veces escuchamos frases como “los chicos de ahora son más rápidos porque crecieron con la tecnología” o “somos multitasking por naturaleza”, pero ¿dónde están los datos que lo demuestran? Lo que Carr hace es mostrar que no basta con repetir eslóganes optimistas: si queremos hablar en serio sobre Internet, necesitamos evidencia científica que explique lo que pasa con nuestro cerebro y con nuestra cultura.

Creo que ahí está la clave: no se trata de decir que la tecnología es mala o buena, sino de reconocer que sus efectos son reales, medibles y comprobables. Si queremos discutirle a Carr, no alcanza con entusiasmo o con frases motivacionales; necesitamos estudios que estén a la misma altura. Como futuros comunicadores, esta diferencia entre “opinión” y “argumento fundamentado” me parece esencial.

Merzenich y la plasticidad cerebral

En este punto, uno de los autores que Carr menciona y más llamó mi atención fue Michael Merzenich. Él demuestra algo que parece obvio pero que recién ahora comprendemos en toda su magnitud: el cerebro no es fijo, cambia constantemente con lo que hacemos. La llamada “plasticidad cerebral” significa que cada hábito que repetimos, cada práctica cotidiana, literalmente moldea nuestra mente.

Cuando Carr cita a Merzenich para hablar de Internet, lo que pone en evidencia es que no pasamos por la Red sin que ella nos pase por dentro. Navegar, escanear información, pasar de pestaña en pestaña: todo eso va reforzando circuitos neuronales específicos. El problema no es que Internet no entrene nada, sino que entrena demasiado ciertas capacidades (rapidez, respuesta inmediata, búsqueda superficial) y descuida otras (concentración, reflexión, memoria de largo plazo).

Personalmente, esta idea me incomodó porque me vi reflejada. Paso horas frente a la pantalla y me doy cuenta de que me cuesta más leer un texto largo sin distraerme. Merzenich me hizo entender que no es solo “falta de voluntad”, sino que mi cerebro ya se está cableando de otra forma. Eso me da un poco de miedo, pero también me ayuda a pensar en que todavía podemos equilibrar esos hábitos: darle un espacio a la lectura profunda, a la escritura larga, a la concentración.

La lectura fragmentada: Liu

Otro estudio que Carr trae, y que me pareció relevante, es el de Ziming Liu. Él observó cómo la gente lee en entornos digitales y descubrió que pasamos de la lectura lineal a una lectura fragmentada, casi en “F”: miramos títulos, saltamos párrafos, escaneamos más que nos detenemos.

Lo interesante es que no es que leamos menos, sino que leemos distinto. Estamos entrenados para cazar información rápido, pero no para quedarnos con ella, analizarla o relacionarla con otras ideas. Y cuando pienso en mi experiencia, me pasa exactamente eso: leo muchas cosas por día, pero hay días en lo que tengo tanta saturación que parece que nada me queda del todo. 

Ese estudio de Liu me ayudó a ponerle nombre a una sensación: la atención fragmentada no es solo una costumbre personal, es un fenómeno colectivo, estudiado y comprobado. Y, desde una postura de comunicadora, creo que tenemos que ser conscientes de esto, porque también influye en cómo producimos mensajes.

La pérdida de la lectura profunda: Wolf


Por último, Maryanne Wolf habla de algo importante: la pérdida de la lectura profunda. Wolf advierte que cuando leemos online estamos sacrificando la capacidad de concentración que nos permite entrar en un texto, reflexionar, empatizar con lo que el autor dice. En sus palabras, nos convertimos en “meros descodificadores de información”.

Esta preocupación se refleja también en los hábitos de lectura actuales. Una encuesta de Statista muestra que, en países como España, más del 70 % de los usuarios sigue prefiriendo el formato físico frente al digital. Esto sugiere que, aunque lo digital avanza, todavía existe una valoración fuerte de la lectura en papel, asociada a una experiencia más profunda y concentrada. Este contraste refuerza lo que advierte Wolf: la lectura en papel conserva un valor único, difícil de reemplazar por la experiencia digital.


Esto me hizo pensar en cómo disfruto cuando me siento a leer un libro en papel, sin interrupciones, y cómo ese tipo de experiencia se volvió rara en mi día a día. No es solo un problema de tiempo, es un problema de hábito y de entrenamiento del cerebro. Si no practicamos la lectura profunda, la vamos perdiendo.

Lo que me deja Wolf es una especie de alerta, pero también de motivación. No se trata de renunciar a lo digital, pero sí de cuidar esos espacios que nos permiten pensar de manera más lenta y más humana.


Reflexión final: entre la ciencia y la cultura digital

Lo que más valoro de leer a Carr, a través de estudios como los de Merzenich, Liu o Wolf, es que nos saca de la zona cómoda de las opiniones fáciles. Nos muestra, con evidencia, que Internet cambia nuestro cerebro, nuestra manera de leer y hasta nuestras capacidades cognitivas más profundas.

Esto también me hizo recordar un documental de la BBC que vi hace un tiempo, donde se analizaba si Internet realmente es un “gran nivelador” que abre oportunidades para todos, o si en realidad reproduce viejas formas de concentración y control. Esa tensión creo que es clave: no solo hablamos de cómo la Red impacta en nuestra atención, sino también de cómo unas pocas corporaciones (como Google, Facebook o Amazon) concentran buena parte del tráfico y de la información que consumimos.

Por eso, no alcanza con decir que “Internet es progreso” o que “los jóvenes son multitasking”. Son frases optimistas que suenan bien, pero que no tienen detrás la solidez de cientos de estudios científicos. Carr nos invita a mirar con más cuidado: Internet no es neutra, nos moldea por dentro y, al mismo tiempo, organiza el poder hacia afuera.

Como futura comunicadora, siento que el desafío es doble: por un lado, cuidar mis propios hábitos para no perder la concentración ni la lectura profunda; por otro, analizar críticamente este ecosistema digital que no siempre es el “gran nivelador” que promete. Solo con una mirada fundamentada podemos entender lo que realmente está en juego.


Para seguir leyendo:

Si este tema te despertó preguntas o curiosidad, hay una gran cantidad de materiales que permiten profundizar en lo que aquí apenas rozamos. La riqueza de Superficiales de Nicholas Carr no está solo en sus ideas, sino en la enorme base de estudios y referencias que las sostienen. Por eso, acercarse a las fuentes originales es una forma de dimensionar mejor el debate sobre cómo Internet cambia nuestra mente y nuestra cultura.

También resulta valioso complementar esas lecturas con autores y documentales que exploran los mismos problemas desde otros ángulos: la neurociencia, la educación, la filosofía y la historia de la web. De ese modo, cada uno puede seguir armando su propio mapa de referencias y lecturas críticas, lejos de las simplificaciones que suelen dominar el discurso público sobre lo digital.

Aquí dejo algunas sugerencias para quienes quieran seguir explorando:

1-Nicholas Carr, Superficiales:

Cap. 3, “Volviéndose Googly”: donde explica la plasticidad cerebral con base en los estudios de Michael Merzenich.

Cap. 6, sobre la lectura digital: cita a Ziming Liu y su investigación sobre el “patrón en F” en entornos académicos.

Cap. 4, sobre la lectura profunda: referencia a Maryanne Wolf y la pérdida de la concentración en la lectura extendida.

2-Michael Merzenich: investigaciones sobre neuroplasticidad.

3-Ziming Liu: “Digital Reading and the Fragmentation of Attention” (estudios sobre lectura digital en bibliotecas universitarias).

4-Maryanne Wolf, Proust y el calamar (sobre cómo la lectura transforma el cerebro y qué perdemos en la era digital).

5-Serie documental de la BBC: The Virtual Revolution (episodio 1, “The Great Levelling?): explora si Internet es un espacio de igualdad o una nueva forma de concentración de poder.

6- Statista. “Porcentaje de usuarios de libros en formato físico o electrónico en países seleccionados.” Statista España, gráfico nº 27286, accesado el 11 de septiembre de 2025. Disponible en: https://es.statista.com/grafico/27286/porcentaje-de-usuarios-de-libros-en-formato-fisico-o-electronico-en-paises-seleccionados/


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