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¿Quién controla lo que pensás?

Por Shaiel A. Acosta


En la era digital, nuestras ideas, emociones y hasta nuestra identidad están siendo moldeadas sin que lo notemos. ¿Realmente pensamos por nosotros mismos o somos productos de algoritmos, vigilancia y marketing emocional? En este espacio destapo las distorsiones de la autopercepción, los peligros invisibles del control social y cómo Internet está reprogramando nuestra mente. ¿Estás listo para ver lo que no quieren que veas? 

Autopercepción en la Era Digital 

En la era digital, donde todos opinan sobre todo, el efecto Dunning-Kruger es el invitado invisible en casi cada debate. Este sesgo cognitivo nos dice que, irónicamente, cuanto menos sabe alguien sobre un tema, más seguro se siente de tener razón. Mientras tanto, quienes realmente dominan un área suelen ser los más cautelosos a la hora de emitir juicios tajantes, precisamente porque comprenden su complejidad.

Esta paradoja explica por qué aumentan los "todólogos" en redes sociales, y también por qué funcionan tan bien la publicidad, el marketing y la política: cuánto mas convencido suena alguien, más confiamos. Y en un entorno donde la percepción vale más que la verdad, opinar con firmeza se vuelve más rentable que tener razón. 

El problema es que esta sobreconfianza puede ser contagiosa. Alguien ignora lo que no sabe, se siente con derecho a opinar, y esa opinión errónea o engañosa se viraliza. Así la ignorancia no solo habla, sino que hace ruido. Y en ese ruido digital, el conocimiento real muchas veces queda fuera del algoritmo.

Del derecho al riesgo: La privacidad en peligro colectivo 

En un mundo hiperconectado, nuestra privacidad ha dejado de ser un asunto individual para convertirse en un problema político y social de primer orden. Cada clic, cada búsqueda, cada "me gusta" se convierte en un dato. Y esos datos, lejos de desaparecer, se almacenan, se analizan y se utilizan para vigilarnos, manipularnos hasta controlarnos. 

Como advierte Marta Peirano, la vigilancia debe ser entendida como un problema estructural y colectivo, comparable con la crisis climática: no basta con protegerse uno mismo, sino que necesitamos de acción conjunta. Mientras más aceptamos esta vigilancia como "normal", más renunciamos a derechos que deberían ser innegociables. 


Un ejemplo claro es el caso de TikTok, acusado de recolectar masivamente datos de usuarios y compartirlos con el gobierno chino, en una estrategia que mezcla entretenimiento, vigilancia y geopolítica. 

Durante la pandemia, este problema se profundizó. Las apps de rastreo y monitoreo sanitario, justificadas por la emergencia, abrieron la puerta a prácticas de vigilancia opacas y sin suficientes controles. Como señala Carissa Véliz, en la era digital el poder está en los datos: quien tiene los datos: tiene el poder. Y eso puede costarnos caro. 

La pregunta de fondo no es solo quién nos vigila, sino para qué. Nuestros datos son el insumo principal de una nueva forma de poder invisible, persistente y, sobre todo, consentida aunque no comprendida.

Cómo Internet rediseña nuestra mente

Desde su irrupción en la vida cotidiana, Internet ha transformado la forma en que pensamos, nos relacionamos y tomamos decisiones. Lejos de ser una herramienta neutral, su diseño, especialmente el de las redes sociales, motores de búsqueda y sistemas de recomendación, está profundamente entrelazado con procesos psicológicos que pueden amplificar vulnerabilidades humanas.

Uno de los efectos más visibles es la creciente dependencia que desarrollamos hacia la red y las redes sociales, lo que afecta directamente nuestra capacidad de concentración y atención. La naturaleza fragmentada del contenido digital y la estimulación a través de notificaciones generan una interrupción continua de nuestros procesos cognitivos. 


Este entorno favorece la búsqueda de gratificación inmediata, reduciendo la capacidad para mantener la atención en actividades prolongadas o complejas, y propiciando hábitos que a largo plazo pueden perjudicar nuestro bienestar mental y emocional. 

Además, el poder de Internet actúa como un instrumento sofisticado para influir en nuestras emociones y decisiones. Las técnicas de neuromarketing, apoyadas en el análisis de masivo de datos, permiten a empresas y organizaciones diseñar estrategias personalizadas que apelan directamente a nuestras reacciones emocionales. De esta forma, orienta nuestros hábitos de consumo, opiniones y creencias. 

Por último, es fundamental reflexionar sobre la naturaleza misma de la tecnología que utilizamos. Comúnmente se considera que Internet y las plataformas digitales son herramientas neutrales al servicio del usuario, la realidad es más compleja. 

Los algoritmos y diseños de estas tecnologías tienen intenciones específicas: están hechos para captar nuestra atención. A menudo priorizan la viralidad, el tiempo de uso o el engagement por encima de otros valores como la veracidad o el bienestar del usuario. Esto muestra que no solo usamos la tecnología, sino que ella también influye en cómo pensamos y actuamos. Resulta necesario debatir sobre el diseño tecnológico y qué postura queremos asumir frente a estas fuerzas invisibles pero influyentes. 

El salto evolutivo hacia la hiperconectividad

La expansión global de Internet originó un nuevo tipo de sujeto: el Homo Interneticus, guiado por la conexión permanente, la sobreinformación y la interacción digital. Se trata de una transformación cultural que reconfigura nuestra forma de ser y relacionarnos. 

Como muestra el documental de la BBC que da nombre al concepto, esta figura no es una exageración futurista, sino una realidad observable especialmente en países como Corea del Sur, donde se han documentado casos extremos de adicción a la web. La comparación con el Homo Videns de Sartori resulta inevitable: si antes era la televisión la que condicionaba la percepción, hoy lo hacen las redes, los algoritmos y la inmediatez digital. 



Se expresa con claridad en las redes sociales. Plataformas como Facebook o Instagram no solo nos conectan: nos empujan a construir una versión pública de nosotros mismos. Vivimos una vida “editada” para ser vista, más que vivida. La exposición constante genera una ilusión de autenticidad y la necesidad de una validación externa.

Otro rasgo de esta nueva era es el cambio en nuestras relaciones. El “Número de Dunbar” sugiere que solo podemos mantener vínculos estables con unas 150 personas. Sin embargo, las redes nos muestran listas infinitas de “amigos” o “seguidores”. Muchas veces, el rol que cumplimos en redes es más cercano al del voyeur: observamos la vida de otros sin participar realmente. Lo social se vuelve espectáculo, y el vínculo, consumo.

La mente del Homo Interneticus también ha cambiado. La sobrecarga informativa nos aleja del pensamiento lineal y profundo. En lugar de “erizos”, que siguen una idea central, somos más bien “zorros”, saltando de dato en dato.

La política también fue transformada por la lógica digital. Hablamos hoy de Política 2.0: campañas, debates y militancia que ya no ocurren solo en plazas o medios tradicionales, sino en redes sociales y plataformas digitales. Las redes democratizan la palabra, pero también la simplifican. Los discursos se reducen a frases breves, los argumentos a memes, y los matices se pierden entre algoritmos que premian lo emocional antes que lo racional. 

Twitter (ahora X), TikTok o Instagram son nuevas arenas políticas. No solo comunican: crean climas de opinión, generan polarización y pueden movilizar masas en tiempo real. Un hashtag puede reemplazar un anuncio y viralizar una consigna en minutos. 

Reflexiones

Al comparar la lectura tradicional de un libro con la experiencia digital, se evidencia una transformación no solo en el formato, sino en la forma que procesamos la información. La lectura digital, con sus distracciones constantes y fragmentación del contenido, puede afectar nuestra capacidad de concentración profunda y pensamiento crítico, aspectos que la lectura tradicional fomentaba de manera más natural. Esta diferencia subraya cómo las tecnologías influyen directamente en nuestra mente y hábito. 

Cada vez hay más evidencias de que Internet no solo modifica lo que hacemos, sino cómo pensamos. Estudios neurocientíficos muestran que la navegación constante, el salto entre pestañas y la lectura superficial en pantalla afectan nuestra capacidad de concentración y memoria a largo plazo. Nos volvemos más rápidos para detectar información, pero menos hábiles para profundizar, reflexionar o mantener el foco. Pensamos en red, como navegamos: de forma fragmentada, veloz y reactiva.

Estas interrogantes nos invitan a reflexionar sobre cómo queremos que evolucione nuestra relación con la tecnología, qué límites y valores debemos proteger, y cómo podemos mantener el equilibrio para preservar la autonomía. El futuro dependerá en gran medida de nuestra capacidad para entender estas transformaciones y tomar decisiones conscientes que garanticen un desarrollo tecnológico al servicio del bienestar humano y no al revés. 
 
¿Te interesa el tema? Escuchá mi último episodio Identidades en línea: el sujeto atrapado en la era digital en mi podcast Abramos el Tema.🎧 Escúchalo ahora 





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Secretos ocultos: Vigilancia masiva, aplicaciones destructivas y secuelas que dejan

Por Augusto Pomponio Hotton

Internet se convirtió en una parte fundamental de nosotros, sin embargo, se esconden realidades sobre el uso de nuestros datos, la manipulación psicológica y el cambio en nuestra forma de pensar. Acá, exploraremos estos temas sobre el entorno digital.


Ahora podes escuchar el artículo mediante Ivoox y Spotify. Lo que vas a escuchar te va a hacer repensar todo lo que sabías. Dale play!

   


EFECTO DUNNING-KRUGER : El falso sabelotodo.


¿Alguna vez te encontraste con alguien que opina con mucha seguridad sobre un tema del que parece saber poco? Este fenómeno es conocido como el efecto Dunning-Kruger, descubierto en 1999 por David Dunning y Justin Kruger.

  • ¿Qué es? Es cuando las personas con menos conocimiento o habilidad en un área sobreestiman sus capacidades, convirtiéndolos en los que más opinan y toman decisiones.
  • El opuesto: Los más experimentados y formados sobre el tema son los que más dudan al dar una opinión.
  • En la era digital: El acceso masivo a información crea la ilusión  de que sabemos demasiado. Como cuando vemos un video en YouTube sobre cómo hacer una cirugía, ahora nos sentimos expertos del tema. Por eso en los medios vemos muchas personas opinando sobre política, salud, ciencia y muchos otros temas. 
Por eso, hay que reconocer nuestras limitaciones, aceptar que no tenemos todas las respuestas y estar abiertos a aprender de los demás.

CAÍDA EN PICADA: Privacidad, vigilancia y control.


Como dijo la filósofa Carissa Véliz: "Al principio no lo sabíamos, pero ahora entendemos el poder que nos están arrebatando".

En su charla con Nmás, nos habla sobre ser conscientes del uso de nuestros datos. Advierte que cada dato que dejamos: búsquedas, ubicación, fotos, likes, etc. Aumenta el control de las corporaciones y gobiernos. "Cediendo información, hacemos que quien tiene nuestros datos decida por nosotros".

Por eso, Carissa dice: "Hay que eliminar la economía de datos, que es muy peligrosa, erosiona la democracia y la igualdad, y representa un riesgo para la seguridad".

En TEDx, Marta Peirano argumenta que la vigilancia es un problema colectivo. Lo asemeja con el cambio climático: Todos los sufrimos, incluso quien intenta cuidarse (es decir, podemos no manejar autos, cuidarnos, ser veganos, pero si todos no hacemos esto, caemos igual). 

Haciendo click aquí podés ver una nota más elaborada sobre el tema de privacidad, hecha por mí.

Un caso que nos deja atónitos es la aplicación de Tiktok.
Detrás de bailes y de ese feed entretenido, la aplicación es acusada de recopilar datos masivos de usuarios y compartirlos con una empresa de su origen, China. Lo que nos parece entretenido puede resultar peor: una herramienta que se usa para extrema vigilancia disfrazada de diversión. 

Sabemos que China tiene controlados a todos sus habitantes, pero así también nos espía desde TikTok.

Ese feed utiliza algoritmos que recolectan información de cada video que miramos. Aprenden de nuestros intereses por haber dejado un like o comentario.
Con esto consiguen que el contenido se ajuste cada vez más a lo que queremos ver.

Algo interesante sobre esto, China tiene su propia versión de Tiktok, una red que no tiene bailes ni tonterías. Es totalmente educativa, con experimentos, y solo se puede usar 40 minutos al día, con horario de apertura y cierre. Nuestra versión occidental al no tener esto, ¿Creés que nos quieren hacer más tontos a nosotros?.

Esto no es todo lo malo de Tiktok, en el siguiente apartado seguimos hablando porque es preocupante su uso.

IMPACTO PSICOLÓGICO: Manipulación de emociones por parte de las redes


Ahora más que nunca estamos en un entorno digital diseñado para captar y retener nuestra atención.
No es que usemos mucho internet, sino que ellos nos usan a nosotros.

Como avisé en el apartado anterior, vamos a hablar de Tiktok.
Seguramente pensemos que es un red social común y corriente para subir videos, pero no: es un veneno, una droga digital que va camino a destruir una generación.

En un artículo se advierte del riesgo significativo en el malestar psicológico y los problemas de salud mental a través de la manipulación emocional.

El algoritmo que utilizan está diseñado para retenernos. Aprende rápidamente nuestras vulnerabilidades y, en segundos, puede mostrarnos videos que nos llevan al enojo o la tristeza, generando un carrusel emocional de ansiedad y depresión.

No solo nos manipulan emocionalmente, sino que también reducen nuestras capacidades.
Los estímulos breves y fragmentados entrenan el cerebro para respuestas rápidas y saltos constantes.

Como explica Francisco Shibata en su vídeo, esto empobrece nuestra atención, nuestra memoria a largo plazo y la lectura profunda.
De esto tengo un artículo donde hablamos de los efectos de Internet, gracias al libro Superficiales de Nicholas Carr.

Ahora un punto clave: el neuromarketing.
Descubren nuestras emociones para ser explotadas. Las empresas miden nuestras reacciones cerebrales y patrones de atención para después diseñar anuncios/propagandas atractivas e irresistibles que activan regiones cerebrales asociadas al deseo.


DEL HOMO SAPIENS AL HOMO INTERNETICUS 



El documental de la BBC "Revolución virtual" plantea que surgió una nueva generación: Ahora toda la vida está en internet.
Las pantallas son el hábitat natural y su identidad, digital.

Hoy muchas personas viven conectadas a internet. Se mandan mensajes, estudian y trabajan en línea.
Esta conexión constante creó una nueva manera de ser: Homo interneticus, un humano moldeado por la red.

La científica Susan Greenfield dice: "Los niños están creciendo solo en la vida online". Es claro y justamente el documental nos muestra ese problema en Corea, la adicción de los niños.

Ahora un buen tema para acompañar es el número de Dunbar.
El antropólogo Robin Dunbar descubrió que los seres humanos solo podemos mantener relaciones con 150 personas. 
Muchas veces vemos que hay gente que dice "Yo conozco a todos mis amigos de Facebook", aun teniendo miles de amigos. Pero esto es totalmente falso: quizás los conoce por nombre, pero nunca los vio o entabló una conversación. 

Esto es solo un juego de observación, donde se agregan para exponer su vida y que otros miren.  

El documental muestra cómo una simple hamburguesa gratis vale más que 10 amigos en Facebook. Al final, 233.906 personas fueron eliminadas de amigos en la red social. Ahora, la pregunta es ¿Realmente eran amigos o solo espectadores?

Clay Shirky en Revolución virtual: "La gente vive la experiencia de tener miles de amigos, pero en realidad ninguno tiene miles de amigos".

A todo esto, ¿no sentís que cambió tu forma de pensar?
Estudios dicen que los usuarios digitales desarrollan un pensamiento asociativo o fragmentado, es decir, saltar de un lado a otro. 
Estos son los "zorros", mientras los "erizos" tienen un pensamiento lineal y concentrado, desarrollando una lectura más profunda.


Finalmente llegamos al ámbito político.
La política 2.0 fue impulsada por las campañas de Barack Obama en 2008.
Mediante las redes sociales, provocó un acercamiento de los jóvenes hacia la política.
Esto demostró un gran poder para movilizar a millones, organizar campañas, difundir ideas y conectar con los votantes.

Desde entonces, los políticos no solo están en los medios televisivos: ahora compiten por la atención en Twitter, Facebook o TikTok.

Reflexionando

Como aparece en Revolución Virtual, Internet modifica nuestra mente. 
Somos hábiles para encontrar información, pero menos profundos para analizarla.
Buscamos solo palabras claves en diferentes párrafos, y esto cambia la manera en que entendemos al mundo.

No se trata de generar rechazo a la tecnología, sino de aprender a usarla sin que nos disperse.
Leer mediante una pantalla hace que recordemos menos y comprendamos peor los textos largos.

Propongo que tengamos pausas para leer libros, ya que requieren tiempo, concentración y paciencia. Los libros no nos manipulan ni nos dañan psicológicamente, algo muy diferente a la web, que nos hace saltar de un enlace a otro, cambiando pestañas.

Después de leer todo esto... ¿Creés que es importante retomar las lecturas profundas?

 














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La trampa de los servicios digitales

Por Shaiel A. Acosta


Desde que la Red se comercializó, la privacidad ha quedado cada vez más expuesta. Y si utilizás principalmente los servicios de Google, podés dar por hecho que lo saben todo. Como advirtió Eric Schmidt, ex CEO de la empresa: "Sabemos dónde estás. Sabemos dónde has estado. Podemos saber más o menos en qué estás pensando". 

¿Cuál es el precio de lo gratuito? 

Detrás de los buscadores, redes sociales, servicios de mensajería y apps gratuitas que se utilizan a diario se esconde un perverso modelo de negocio que comercializa los datos personales. En su libro Privacidad es poder, Carissa Véliz denuncia la llamada economía de datos: un sistema que prospera y se enriquece gracias a la explotación sistemática de la información personal, y que no respeta ni la privacidad ni los derechos humanos.

Muchas veces sin tu permiso y otras sin que lo notes, las empresas tecnológicas rastrean tu ubicación, recopilan tu información, tus gustos, tus hábitos y los comparten entre ellas. Intercambian esa información, la venden, y con ella venden algo más peligroso como el poder de influenciarte. Tu consentimiento no siempre importa. Lo hacen igual. 

Esos datos son utilizados para crear sistemas de publicidad cada vez más personalizados. ¿Te suena? Hablás de algo con alguien y, mágicamente, aparece en tu feed convertido en anuncio. Es un fenómeno que generó especulación y debate en los últimos años. Pero no es magia: son tus datos trabajando en tu contra. 

Cada vez que navegás dejás un rastro digital de tu actividad. Desde que revisás el teléfono por la mañana, ya estás compartiendo datos. Incluso antes de apagar la alarma, múltiples empresas ya saben a qué hora te despertaste, dónde dormiste y, posiblemente, con quién. Tal como afirma Amnistía Internacional, las personas están siendo rastreadas constantemente, en un fenómeno descrito como "vigilancia omnipresente".

Cuando el producto sos vos

Bajo el pretexto del marketing y la mejora de la experiencia, te observan y comercializan. Se adentran en tu mente para moldear tus deseos, incluso antes de que seas consciente. Detrás de esa manipulación están gigantes como Meta (Facebook, WhatsApp, Instagram) y Alphabet (Google y Android), cuyo negocio principal es la publicidad personalizada. 

Este modelo impulsado por algoritmos que, clasifican, filtran y priorizan contenidos según el perfil del usuario, ha dado lugar a una realidad desigual. Cada persona ve una realidad distinta, adaptada a su historial de navegación, emociones, ubicación, ideología o nivel socioeconómico. Ya no hay un "espacio común" de información.  

No está diseñado para informarte, sino para retenerte. En definitiva, estos sitios están diseñados para ser adictivos. Cada segundo que pasás mirando, deslizando o interactuando produce datos. Y cuanto más predecible es tu comportamiento, mayor es tu valor para el sistema. La paradoja es clara: cuanto más vulnerables, más útiles. Por si fuera poco, la economía de datos no solo explota tu privacidad, sino también tu fragilidad.

Las grandes plataformas no se limitan a mostrar anuncios. Te ofrecen una versión del mundo hecha a tu medida, moldeada por miedos, deseos e inseguridades. Construyen una esfera personalizada que reafirma tus pensamientos y bloquea puntos de vista distintos. En lugar de promover un diálogo público, te aíslan en millones de conversaciones fragmentadas, privadas y cuidadosamente diseñadas para manipular tu atención. 

Behavioral Targeting en la era de Google

Google supo capitalizar la curiosidad, transformándola en una poderosa fuente de ingresos. Aprendió a monetizar la Red como pocos, convirtiendo a los usuarios en el verdadero producto. Lo que comenzó como un simple buscador gratuito y accesible terminó convirtiéndose en una operación lucrativa. Y no se limita solo a las búsquedas: cada vídeo reproducido en YouTube forma parte de la misma modalidad. 

En lugar, de cobrar una tarifa por sus productos o servicios, esta compañía exige a los usuarios que entreguen su información personal para acceder a sus plataformas. Ganan dinero a través del Behavioral Targeting: una técnica de marketing utilizada para aumentar la efectividad de la publicidad utilizando la información del comportamiento del usuario al utilizar su navegador web. 

Tiene un poder magnífico sobre la vida digital de las personas, al dominar los principales canales que la mayoría utiliza para acceder y navegar por Internet. De hecho, recientemente se advirtió que Google planea permitir que su inteligencia artificial (Gemini) lea automáticamente los correos de Gmail, a menos que el usuario desactive esa función. ¿Hasta qué punto entregaremos nuestra privacidad sin cuestionarlo?

Es muy probable que en todos tus dispositivos inteligentes haya una o varias aplicaciones que pertenecen a Google. Solo piensa en Chrome, YouTube, Google Maps, Google Fotos, y la lista sigue; ellos forman parte de la rutina diaria. Esto evidencia cómo se ha convertido en una presencia constante y en cierto punto, inevitable en nuestra vida digital. 

Impacto político y social 

Estos sistemas, que se valen de datos masivos y algoritmos para mostrar a cada usuario información adaptada a sus intereses y creencias, pueden tener un impacto sobre la democracia. El uso de contenido personalizado por parte de los gobiernos dificulta la construcción de consensos y la formación de opiniones fundamentadas, especialmente en períodos electorales. Esto pone en riesgo los principios básicos de la democracia, al privilegiar la manipulación y control por encima de la trasparencia.

La privacidad está estrechamente relacionada con la autonomía, que es la capacidad de construir y expresar la identidad libremente, sin ser vigilados o manipulados indebidamente por terceros. No obstante, el rol preponderante de los gigantes de la vigilancia puede influir, moldear y modificar pensamientos y opiniones, afectando la capacidad de tomar decisiones autónomas. 

El ex estratega de Google, James Williams, se refiere a este fenómeno como la "industria de la persuasión". Señala como las tecnológicas están diseñadas no solo para captar la atención, sino para influir activamente en decisiones, comportamientos y creencias. En última instancia, lo que está en juego es la libertad y la capacidad de decidir por uno. 

Sin duda, esto representa un riesgo grave para derechos fundamentales como la libertad de expresión, de conciencia y de opinión. Las consecuencias de esta vigilancia masiva son imprevisibles. Una vez que los datos personales están en la Red, eliminarlos resulta casi imposible. Permanecerán disponibles en línea indefinidamente, y pueden volverse en contra de los usuarios años más tarde. 

Conclusión

En la era digital, la privacidad se ha convertido en una ilusión cuidadosamente disfrazada de conveniencia. Bajo la promesa de servicios gratuitos, las grandes corporaciones tecnológicas han construido un sistema que comercia con nuestros datos, moldea nuestras decisiones y condiciona nuestras libertades más básicas. 

Como usuarios, participamos a diario en este modelo sin plena conciencia de su alcance, entregando fragmentos de nuestra identidad a plataformas cuyo verdadero interés no es informarnos, sino predecirnos y persuadirnos. Somos como sonámbulos vigilados: entregamos datos de forma constante, sin saber con certeza qué se está recolectando, quién lo posee ni quién podría acceder a esa información en el futuro.

Lo más alarmante no es solo el nivel de vigilancia, sino la naturalización de ese control. La manipulación algorítmica no solo afecta nuestro consumo digital, sino también nuestra autonomía, nuestras creencias y hasta nuestras decisiones políticas. 

Esta realidad plantea preguntas urgentes sobre el poder que estas empresas tienen, los límites de su uso, y el costo real que pagamos en términos de autonomía y libertad por acceder a servicios "gratuitos". ¿Qué información entregamos realmente? ¿Y qué poder estamos cediendo? Si no recuperamos el control sobre nuestros datos personales, y no exigimos trasparencia y regulaciones firmes, el riesgo no es solo perder la privacidad: es comprometer nuestra libertad. 

Aprende más sobre el costo de lo gratuito en el último episodio de mi podcast Abramos el Tema.🎧 Escúchalo ahora 

Bibliografía

Amnistía Internacional. (2019, noviembre 21). Gigantes de la vigilancia: La amenaza que el modelo de negocios de Google y Facebook representa para los derechos humanos. https://www.amnesty.org/es/documents/pol30/1404/2019/es/ 

Tuta. (2025, 2 de mayo). Todo lo que Google sabe sobre ti y cómo impedirlo. https://tuta.com/es/blog/what-does-google-know-about-me 

Canal ADN Opinión. (2021, febrero 2). Privacy is power. [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=DEAaBxky2uc 

Canal Coconiloc. (2011, agosto 13). Revolución virtual 3 - El precio de lo gratuito.[Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=doKVlMysX6M 





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