El poder que tiene nuestra privacidad
La filósofa Carissa Véliz, resume en el título de su libro, una verdad incómoda pero muy real: La privacidad es poder. En distintas entrevistas explica que durante años cedimos información a cambio de servicios aparentemente gratuitos y convenientes, sin dimensionar qué entregábamos a cambio. Hoy, plataformas como Google, Spotify, Outlook, etc. Ocupan un lugar importante en nuestras vidas, y abandonarlas puede parecernos más costoso que entregar los datos asociados a su uso.
Marshall
McLuhan, teórico de la
comunicación, sostenía que “el medio es el mensaje” y con esto refería a que
los medios no son simples canales por donde circula información, sino que
también modifican nuestra manera de percibir, comunicarnos y relacionarnos con
el mundo. Internet no solo nos permite compartir datos; su propia estructura
condiciona qué vemos, cómo interactuamos y qué información queda registrada,
por eso, pensar la privacidad también exige mirar el funcionamiento del medio que
utilizamos.
La conexión permanente que caracteriza al Homo interneticus, concepto desarrollado en el documental Revolución Virtual, hace que buena parte de nuestra vida cotidiana transcurra dentro de entornos digitales. Allí buscamos información, interactuamos, compartimos experiencias y dejamos rastros que permiten conocer quiénes somos. Justamente, el caso de Cambridge Analytica, comentado por Carissa en una de las entrevistas que dio por su libro, muestra hasta dónde puede llegar esa información: según la autora, alrededor de 270.000 personas facilitaron sus datos mediante una aplicación y esa información permitió acceder a perfiles de hasta 87 millones de personas. El episodio expuso cómo los datos que compartimos pueden involucrar también a otros y utilizarse para segmentar mensajes e influir. En este escenario, el efecto Dunning-Kruger aporta otra dimensión: Muchas veces creemos entender cómo funcionan las plataformas y qué sucede con nuestros datos, aunque desconozcamos los mecanismos que hay detrás. Esa percepción puede llevarnos a sobreestimar cuánto control tenemos sobre nuestra información.
Vigilancia
masiva: El precio del control
Otra
cuestión que Véliz plantea es la eficacia de la vigilancia masiva, por ejemplo,
frente al terrorismo. La autora sostiene que los atentados son acontecimientos
poco frecuentes y diferentes entre sí, por lo que acumular datos no garantiza
anticiparlos. También menciona las aplicaciones de rastreo de contactos
utilizadas durante la pandemia de COVID-19: su
eficacia no quedó demostrada de manera concluyente y presentaban problemas
técnicos, como falsos positivos y negativos. La tecnología no sustituyó
pruebas, vacunas ni otras medidas sanitarias. De estos ejemplos se desprende
que la urgencia no debería otorgar a los gobiernos carta blanca: las libertades
y la rendición de cuentas siguen siendo necesarias durante una crisis.
La
periodista Marta Peirano amplía la discusión: lavigilancia es un problema colectivo, comparable al cambio climático. No
alcanza con que cada usuario ajuste su celular si los sistemas recopilan
ubicación, voz, imágenes y patrones de comportamiento. El reconocimiento facial
y otros sistemas biométricos pueden identificar personas sin que siempre sepan
cuándo o cómo se usan sus datos. La discusión vuelve así a una dimensión
colectiva, porque importa tanto lo que aceptamos individualmente como la
infraestructura social sostenemos.
Cuando los datos orientan nuestras decisiones
TikTok aparece en este debate por las acusaciones sobre el acceso a datos y la posible influencia del gobierno chino porque, si bien no han sido comprobadas, su sistema de recomendación utiliza señales como tiempo de visualización, repeticiones, comentarios y “me gusta” para seleccionar contenido, lo que denota que la plataforma no es neutral en sentido absoluto, sino que su diseño organiza la experiencia y compite por nuestra atención. En un plano paralelo, el neuromarketing estudia respuestas a distintos estímulos para evaluar anuncios; la preocupación surge cuando ese conocimiento se utiliza para orientar decisiones de consumo o percepciones políticas sin transparencia.
El lado B de la privacidad digital
Nuestra privacidad también se pone en juego en los vínculos que construimos, en cómo aprendemos y en nuestra participación social:
- Vínculos: Las redes multiplican contactos y exponen nuestra vida cotidiana. El número de Dunbar —una referencia aproximada de 150 vínculos que puede tener una persona— recuerda que cantidad no equivale a intimidad. La socióloga Sherry Turkle advierte sobre la identidad que construimos para ser vistos y el voyeurismo digital, que también deja expuestos nuestro hábitos y relaciones.
- Aprendizaje:
La navegación hipertextual modifica nuestra forma de acceder al conocimiento.
El documental “Revolución Virtual”, distingue
entre pensadores “zorros”, que saltan entre ideas y “erizos”, que vuelven a una
idea central. Mientras el libro propone continuidad, la pantalla facilita el
salto entre contenidos.
- Política 2.0: Internet
permite crear comunidades y movilizar causas sociales, pero también facilita la
desinformación y segmentación de mensajes. Los datos personales pueden utilizarse
para orientar la comunicación política e influir en nuestras opiniones.
Defender la privacidad no es rechazar la tecnología ni vivir desconectados. Es discutir las reglas, exigir explicaciones, diseñar alternativas y preservar la posibilidad de elegir. La pregunta decisiva es cuánto poder estamos dispuestos a entregar a cambio de comodidad, y quién lo controla cuando dejamos de mirar.
















