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Hablemos sin saber: de la mente humana a la I.A


-Por Joaquin Perez | Tiempo de lectura 3 a 5 minutos
 
Vivimos en un ecosistema mediático donde la certeza se produce a mayor velocidad que la verdad. Cuando una persona opina con total seguridad sobre un tema que desconoce por completo, o cuando un modelo de Inteligencia Artificial inventa un dato disparatado pero lo sostiene con una sintaxis perfecta, en el fondo está ocurriendo un fenómeno cognitivo bastante similar: la confabulación o alucinación de la IA. 

Lejos de ser un fallo malicioso o una mentira deliberada, confabular es el mecanismo de emergencia mediante el cual tanto el cerebro humano como los algoritmos rellenan los baches de información creando relatos que suenan impecables, aunque sean falsos.

Si a esto le sumamos las plataformas digitales, el combo explota. Las redes sociales funcionan como un acelerador perfecto del clásico efecto Dunning-Kruger, ese sesgo donde los que menos saben son los que más fuerte gritan porque su propia ignorancia les impide ver cuán complejo es el problema. En este panorama, nunca tuvimos tanta información al alcance de la mano y, al mismo tiempo, nunca estuvimos tan indefensos frente a la ilusión de saber.

El refugio contra la duda

En la neuropsicología tradicional, las investigaciones sobre la construcción de la memoria y la confabulación explican que la mente aborrece el vacío absoluto. Ante una laguna de conocimiento o un recuerdo difuso, el cerebro prefiere fabricar una explicación coherente antes que asumir el desgaste y la incomodidad de la incertidumbre. Lo jodido de este mecanismo es que la persona que confabula cree honestamente en lo que dice; no hay dolo, sino una falla profunda en la autoevaluación.

Ahí es donde entra en juego la trampa de la elocuencia. Vivimos en una cultura del atajo donde analizar datos duros, suspender el juicio y hacer el esfuerzo lógico de investigar exige un tiempo que las redes no perdonan. Un relato bien armado, con gancho y palabras lindas, se compra de taquito porque confunde la fluidez formal con el rigor conceptual.

El aplauso fácil de las redes

El combo se vuelve peligroso cuando las plataformas entran en juego. Los estudios sobre sesgos cognitivos en entornos virtuales demuestran que las redes sociales premian la inmediatez por encima de los matices. Algoritmos diseñados para retener la atención recompensan las afirmaciones tajantes, los hilos de veintiocho tweets y los videos cortos que prometen explicarte la crisis geopolítica o la macroeconomía en sesenta segundos.

Cuando alguien lanza una opinión infundada pero atractiva, la interacción inmediata de la comunidad —los likes, los retuits, los comentarios validándose entre sí— actúa como una cámara de eco (linkear nota de burbujas). Esa palmadita virtual transforma una corazonada tirada al pasar en una verdad dogmática. La ilusión del experto se alimenta de aplausos: nadie frena a pensar si realmente entendió del tema, porque el propio sistema te premia por opinar rápido y seguro de todo.

Espejos de colores

La paradoja se vuelve todavía más densa cuando cruzamos la vereda hacia la tecnología. Cuando le pedimos a un modelo de lenguaje que nos resuelva un problema complejo y este nos devuelve una respuesta inventada, con fechas, autores o estadísticas inexistentes, pero todo escrito con un tono  formal, que la industria suele llamarlo "alucinación". Sin embargo, desde la perspectiva de la ciencia cognitiva aplicada a la tecnología, el término correcto es confabulación algorítmica.

Los modelos no razonan ni entienden el mundo real; son bestias probabilísticas entrenadas para adivinar cuál es la palabra que estadísticamente debería venir a continuación. Ante la falta de un dato certero en sus bases, el sistema no se calla: prioriza la continuidad sintáctica y la elegancia del texto antes que admitir que no sabe. En el fondo, la inteligencia artificial confabula exactamente por la misma razón que nosotros frente a un micrófono o una pantalla: porque la estructura prioriza la forma por sobre la verdad.

Reflexiones al voleo

El verdadero desafío de  hoy en dia no es conseguir datos, sino afinar el criterio para separar lo verosímil (lo que suena lindo y cierra por todos lados) de la verdad contrastada. Tanto nuestros propios sesgos potenciados por la lógica de las pantallas como las respuestas automáticas de la tecnología nos empujan todo el tiempo hacia una comodidad intelectual peligrosa.

Desconfiar de las certezas automáticas, revisar las fuentes y entender que las herramientas están para potenciar el análisis —y no para pensar por nosotros— es la única forma de no quedar atrapados en este gran simulacro de sabios.


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El ágora fragmentada: cómo las plataformas aceleran la polarización

Fotograma de la película The Matrix con la píldora roja y azul

Este artículo fue modificado el 14 de octubre de 2026.


El ágora digital

La promesa utópica de la era digital nos hacía imaginar una gran plaza pública virtual donde cada ciudadano pudiera participar en un debate libre y constructivo: un ágora universal, transparente y democrática. Pero la actualidad ofrece un paisaje muy distinto, marcado por la hostilidad y la polarización.

El origen de la "grieta" no viene de las plataformas digitales. Estas disputas por el sentido tienen raíces históricas que anteceden a los algoritmos. Lo que introdujeron fueron reconfiguraciones de las formas en las que se expresa la política. Así, la argumentación extensa que antaño caracterizó el debate político hoy fue reemplazada por "micro-mensajes". En palabras de Ernesto Calvo y Paula Clerici:

"Hoy sabemos que la democracia deliberativa no incluye ciudadanas y ciudadanos filósofos, enfrascados en largos intercambios comunicacionales, sino miles de millones de micro-mensajes, descentralizados y localistas, circulando en espacios en los que gobierna una élite de influencers" [1].

Sesgos y cámaras de eco

Frente a la saturación constante de información que caracteriza al entorno digital actual, la mente humana recurre a atajos cognitivos que priorizan aquello que coincide con las creencias individuales previas. Si una noticia respalda nuestra opinión, la aceptamos de inmediato. Si la contradice, la ignoramos.

Estos atajos no operan en el vacío: las plataformas los aprovechan. Siguiendo lo expuesto por Cass Sunstein en su libro #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media [2], podemos decir que las cámaras de eco son un proceso clave en la polarización que ha sido incorporado en la infraestructura de las propias plataformas digitales.

Retrato de Cass Sunstein, jurista y autor de #Republic
Cass Sunstein, jurista y autor de #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media, en 2008. Foto: Wikimedia Commons.

Las cámaras de eco tienen lugar cuando los usuarios refuerzan sus narrativas políticas al limitar su interacción social a otros usuarios con discursos afines. En este entorno, los algoritmos generan cámaras de eco al detectar tendencias y entregar a cada individuo mensajes alineados ideológicamente con sus posturas previas. Como indican Natalia Aruguete y Ernesto Calvo en Fake news, trolls y otros encantos (2020):

"Lo novedoso del escenario mediático actual reside en la personalización y el desagrupamiento de la información mediante códigos algorítmicos" [3].

Los propios usuarios intervienen activamente en la creación de sus propias cámaras de eco mediante el fenómeno del pruning o poda digital. Aruguete y Calvo han mostrado que los sujetos con identidades políticas fuertemente consolidadas suelen bloquear, silenciar o eliminar de sus contactos a amigos, familiares o conocidos que publican posturas disonantes.

Polarización afectiva

La poda digital es muestra de que la separación entre grupos ya no se organiza solo en torno a desacuerdos políticos, sino en función de la polarización afectiva: el adversario deja de ser percibido como un rival legítimo y pasa a ser visto con una antipatía visceral. Como advierten Calvo y Aruguete, la polarización no implica únicamente un aumento en la distancia de las políticas públicas:

"Constituye, además, un cambio en las distancias simbólicas que observamos, en los encuadres que son preactivados mediante distintas estrategias comunicacionales" [4].

En ese marco, la circulación de contenidos responde menos a su precisión fáctica que a su capacidad de activar marcos identitarios y pasiones intensas. Las plataformas digitales están diseñadas para premiar los posteos que generen indignación o entusiasmo, ya que la emocionalidad es el insumo clave en la economía de la atención.

La polarización como lógica

Así, la convergencia entre el diseño algorítmico, las dinámicas de gratificación inmediata y los sesgos cognitivos consolida una transformación estructural en la manera en que se expresa la política. La polarización deja de ser un síntoma coyuntural del debate público para convertirse en la lógica organizativa del entorno digital.

En este sentido, resulta claro y deprimente saber que los incentivos del sistema continúan y continuarán premiando la radicalización del debate sobre el acuerdo.

Para conocer más

Si querés profundizar en cómo los sesgos cognitivos condicionan lo que creemos en el entorno digital, te recomiendo escuchar el episodio 2 de mi podcast, Demasiado bueno para ser IA: "¿Por qué creemos?".

Y si te interesa ver cómo se relaciona este tema con la película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, te recomiendo este análisis en video:

Referencias

[1] Ernesto Calvo y Paula Clerici (2023). Después de la #Consolidación Democrática: Redes sociales, polarización y fake news. Desarrollo Económico, 63(240), 195-202.

[2] Cass R. Sunstein (2017). #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media. Princeton University Press.

[3] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales. Siglo XXI.

[4] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). op. cit.

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