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Informe Especial - Parte 2

 

La otra cara de las Redes Sociales y la Inteligencia Artificial

SEGUNDA PARTE

Extraída de Pixabay

Comprender la estructura, no solo el impacto

La primera parte de este Informe Especial expuso la otra cara de las redes sociales y de la inteligencia artificial: una arquitectura digital que extrae atención, datos, trabajo humano, recursos naturales e incluso capacidad cognitiva. Analizamos cómo estas tecnologías afectan a las personas y cómo moldean, en silencio, la forma en que pensamos y habitamos el mundo.

Pero comprender los efectos no es suficiente.

Esta segunda parte retoma todas esas preguntas, las que aparecieron con el deterioro de la atención, con la crianza mediada por pantallas, con el trauma psicológico de quienes entrenan a la IA o con la dependencia emocional del “scroll eterno”, y las desarrolla en un plano más profundo: el de las estructuras tecnológicas, económicas y culturales que hacen posible este modelo.

Ya no se trata de describir qué sucede, sino de entender por qué sucede y qué implica para las generaciones que están creciendo dentro de este sistema. Con ese punto de partida, este bloque aborda a quienes viven este ecosistema no como algo externo, sino como su condición de origen: los nativos digitales.

BLOQUE 4 — Nativos digitales: la generación más vulnerable

Extraída de Pixabay


Ser nativo digital no significa comprender la tecnología, sino haber nacido dentro de ella. Los jóvenes se mueven con soltura entre aplicaciones y plataformas, pero esa fluidez técnica oculta una vulnerabilidad estructural: no conocieron un mundo sin pantallas, por lo tanto, la tecnología no es una herramienta externa sino el entorno sobre el cual se construye su subjetividad.
Esto aparece de forma recurrente en los materiales de cátedra, donde se explica que la tecnología funciona como mediadora temprana de vínculos, atención y aprendizaje (Apuntes de clase).

1. Nativos digitales, pero no expertos

Los jóvenes dominan el uso técnico de la tecnología, pero desconocen los modelos de negocio, los criterios algorítmicos y los mecanismos de diseño adictivo que están detrás de lo que consumen. Esta idea aparece tanto en el análisis del documental El dilema de las redes sociales, donde exempleados de Google, Pinterest y Facebook explican cómo las interfaces están diseñadas para “retener” y no para informar, como en el archivo sobre tecnología basura del texto de Belinda Parmar (incluido en “Clases finales”).

La habilidad operativa no implica comprensión crítica: saben usar pantallas, pero no usar el entorno donde están inmersos sin ser moldeados por él.

2. La crianza mediada por pantallas: tecnología como entorno, no como herramienta

Extraída de Pexels

Michel Desmurget, en La fábrica de cretinos digitales, advierte que el cerebro en desarrollo necesita interacción humana, juego corporal, silencio cognitivo y construcción verbal sostenida. Los fragmentos trabajados en clase subrayan que cuando la pantalla reemplaza esas experiencias durante la infancia, no solo ocupa tiempo: ocupa funciones de desarrollo.

Esto se articula con el caso citado en Clases Finales sobre Belinda Parmar, quien describe cómo los dispositivos moldean identidad, emoción y socialización desde edades tempranas, generando dependencia, ansiedad y una relación adictiva con la gratificación instantánea (#TheTruthAboutTech).

El problema no es “el exceso”, sino que la pantalla aparece en momentos críticos de desarrollo.

3. Consecuencias sociales: ansiedad, aislamiento y vínculos empobrecidos

Los materiales analizados coinciden en un punto clave: las plataformas no solo capturan atención, sino que redefinen las relaciones sociales. El documental El dilema de las redes sociales sostiene que las redes funcionan como sistemas de dopamina que condicionan autoestima y comportamiento adolescente. Parmar, desde su campaña, suma que el entorno digital fomenta comparación constante, pérdida de empatía y construcción de identidad basada en métricas visibles (“likes”, vistas, rachas).

Los apuntes trabajados en clase indican efectos frecuentes:

ansiedad asociada a autoimagen

aislamiento pese a hiperconexión

dificultad para sostener vínculos presenciales

reducción de habilidades sociales y lenguaje corporal

No son reacciones individuales; son consecuencias sistémicas del diseño.

4. El mito del multitasking: fragmentación cognitiva como forma de vida

Los materiales que analizamos sobre sobreestimulación digital afirman que el cerebro no puede procesar multitarea cognitiva, solo alternar foco rápidamente. Ese cambio constante deteriora memoria de trabajo, comprensión lectora y pensamiento profundo.

Esta idea dialoga directamente con Desmurget, quien plantea que el cerebro infantil se ve especialmente afectado porque sus funciones ejecutivas aún no están maduras. El resultado no es eficiencia: es agotamiento cognitivo y dependencia del estímulo constante.

Lo que llamamos “adaptación a lo digital” es, en realidad, entrenamiento para la dispersión.

5. La primera generación con un coeficiente intelectual promedio más bajo

Extraída de Pexels


Los fragmentos de La fábrica de cretinos digitales, de Michel Desmurget, que trabajamos en clase sostienen que el descenso del CI en una generación reciente no es producto de genética, sino de entorno cognitivo. Tal como reporta un artículo de BBC News Mundo, “los nativos digitales son la primera generación con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres”

Este fenómeno se explica por una combinación de factores: menos lectura prolongada, interacción cara a cara reducida, ambientación digital constante, estímulos fragmentados, menor desarrollo de lenguaje complejo y escasa exposición a silencio cognitivo. Desmurget señala que el cerebro aprende mediante esfuerzo, repetición e interacción humana, elementos que en muchos casos son suplantados o desplazados por pantallas prematuras.

El dato del CI no es solo alarmante: es un síntoma de que este entorno digital no solo condiciona hábitos, sino que reconfigura las condiciones de desarrollo cognitivo. La inteligencia no está desapareciendo, pero se enfrenta a un terreno hostil donde florecer se vuelve más difícil.


Una vulnerabilidad producida, no elegida

Los nativos digitales no son frágiles por naturaleza: son la primera generación formada por plataformas construidas para retener su atención y modelar su comportamiento. El archivo sobre Parmar aporta una frase clave: “ya no controlamos la tecnología; ella nos controla a nosotros”. Las consecuencias sociales, cognitivas y emocionales no son efectos colaterales: son parte del modelo de negocio. Por eso este bloque no concluye con responsabilidad individual, sino con una pregunta estructural:

¿Qué cambios necesitamos en el diseño de plataformas, en las escuelas, en las políticas públicas y en la regulación para que el desarrollo humano no quede subordinado a los incentivos del mercado tecnológico?

Este interrogante abre paso al Bloque 5, donde analizaremos la arquitectura de poder que organiza este ecosistema.

BLOQUE 5 — La raíz del problema: una arquitectura digital que no nos cuida

Las consecuencias cognitivas, sociales y emocionales que afectan a los nativos digitales, y que analizamos en los bloques anteriores, no pueden entenderse como una falla de hábitos individuales, ni de crianza, ni siquiera de educación. No se trata simplemente de “usar menos pantallas” ni de “aprender a desconectarse”. El problema es más profundo: la arquitectura digital fue diseñada para que desconectarse sea imposible.

Las plataformas no existen para acompañar a los usuarios, sino para capturar y retener su atención el mayor tiempo posible. El objetivo no es estimular pensamiento crítico, ni facilitar aprendizaje, ni mejorar las relaciones humanas: es producir datos, predecir comportamientos y convertir la vida cotidiana en un flujo continuo de información comercializable.

En este sentido, la tecnología digital no funciona como un medio neutral, sino como una estructura económica basada en incentivos que chocan con el bienestar humano. La economía de las plataformas necesita usuarios inmersos, no usuarios críticos; necesita interacción constante, no silencio cognitivo; necesita compulsión, no reflexión. Las métricas que sostienen el negocio, tiempo de visualización, frecuencia de uso, engagement, clics, permanencia en la plataforma, son incompatibles con el desarrollo sano de la atención, la empatía o el pensamiento complejo.

Extraída de Unsplash


Esto no es accidental: es el modelo.

Ex-ingenieros de Google, Facebook y Pinterest, citados en el análisis del documental El dilema de las redes sociales (Netflix), explican que los algoritmos no solo organizan contenido, sino que modifican conductas. Las plataformas no buscan mostrar lo que el usuario desea ver, sino lo que asegura que vuelva. Es una ingeniería del comportamiento a escala industrial. El producto no es el contenido: el producto es el usuario modelado.

Este funcionamiento se vuelve más claro cuando observamos qué tipo de tecnología se vuelve rentable. Interfaces con scroll infinito, reproducción automática, notificaciones “urgentes”, recompensas intermitentes, diseño gamificado, estímulos explosivos y loops sin fin no son decisiones estéticas: son formas de garantizar permanencia. Si un contenido invita a desconectarse, reflexionar o detenerse, es un mal negocio; si genera compulsión, ansiedad o adicción, es rentable.

Belinda Parmar lo sintetiza en la frase incluida en el material visto en clase: “ya no controlamos la tecnología; ella nos controla a nosotros”. Su campaña #TheTruthAboutTech denuncia que esta arquitectura no fue pensada para el bienestar, sino para maximizar datos y dopamina. Por eso habla de “tecnología basura”: no porque sea simple o superficial, sino porque funciona como la comida ultra procesada del ecosistema digital, alta en estímulo, baja en nutrición, diseñada para generar dependencia.

Esta lógica económica se refuerza por la falta de regulación estatal. A diferencia de industrias que han dañado la salud pública, tabaco, alimentos ultra procesados, alcohol, la tecnología opera sin una normativa proporcional a su impacto. Países como China han comenzado a regular horarios de videojuegos en menores, como señala BBC News Mundo, pero son excepciones. En la mayoría de los casos, el mercado decide solo y lo hace bajo criterios comerciales, no éticos ni educativos. Las familias quedan solas, las escuelas reaccionan tarde, los Estados observan desde atrás. El resultado es un ecosistema en el que el ciudadano no es cliente, sino materia prima. Su atención, su lenguaje, su identidad, sus emociones y hasta sus vínculos son recursos extraídos, medidos y transformados en capital. La tecnología no observa al usuario: lo predice, lo orienta, lo modela. No solo registra lo que hacemos: construye las condiciones para que hagamos algo específico.

Por eso, intentar resolver el problema desde el uso individual, “menos pantalla”, “más control parental”, “mejor hábito”, equivale a combatir el cambio climático apagando la luz de casa. La raíz no está en el usuario, sino en el sistema que construye los dispositivos, define sus reglas, diseña sus algoritmos y establece sus incentivos. El problema no es que las personas dependan de las plataformas; es que las plataformas necesitan que dependamos de ellas.

El próximo y último bloque, entonces, no buscará responsabilizar a los usuarios, sino formular un camino posible hacia una alfabetización digital crítica, donde el objetivo no sea demonizar la tecnología sino recuperar agencia frente a ella. No se trata de abandonar las pantallas, sino de transformar el vínculo para que pensar siga siendo posible.


BLOQUE 6 — Hacia una alfabetización digital crítica: recuperar agencia en un sistema que no nos elige

Si aceptar que la arquitectura digital no fue diseñada para nuestro bienestar es el primer paso, el siguiente es preguntarnos qué podemos hacer al respecto. Pero esta pregunta no puede responderse desde la lógica individualista "usar menos redes", "poner límites", "apagar el teléfono", porque eso equivale a enfrentar un sistema global con herramientas domésticas. No alcanza con disciplinar al usuario cuando es la plataforma la que define las reglas.

Hablar de alfabetización digital crítica no implica enseñar “a usar la tecnología”, porque las nuevas generaciones ya la usan con soltura. Tampoco significa prohibir pantallas, demonizar videojuegos o construir un discurso nostálgico sobre el “mundo analógico”. La alfabetización digital que necesitamos es otra: una que permita comprender la lógica del sistema, no solo interactuar con él. Es una alfabetización que pregunta quién diseña, para qué, con qué incentivos, con qué consecuencias, para quiénes y a costa de qué. Una alfabetización que devuelve agencia en lugar de pedir obediencia.

En este sentido, la educación digital no debería limitarse a competencias técnicas, sino incorporar dimensiones éticas, políticas, psicológicas, ambientales y económicas. No se trata de aprender a programar, sino de aprender a no ser programados.

Las escuelas tienen un rol central, pero no en el sentido habitual. No basta con usar tabletas, aulas virtuales o inteligencia artificial para “modernizar” la enseñanza. El desafío no es enseñar con tecnología, sino enseñar sobre la tecnología: desnudar la infraestructura, mostrar sus intereses, evidenciar cómo modela identidad, deseo y creencias. 

Extraída de Pexels


En vez de introducir más pantallas en el aula, la escuela podría ser el espacio donde se recupera la experiencia del tiempo lento, el pensamiento deliberado y el encuentro presencial. Un contrapeso cultural, no una extensión del sistema.

Lo mismo ocurre con las familias. El discurso dominante las responsabiliza completamente: deben poner límites, regular horarios, controlar contenido, promover hábitos saludables. Pero ningún hogar puede competir con corporaciones que contratan especialistas en adicción, que modelan algoritmos globales y que operan sin regulación proporcional a su impacto. Las familias pueden acompañar, orientar y sostener afectivamente, pero no pueden desactivar solas una arquitectura diseñada para vencerlas. La presencia adulta es necesaria, pero no suficiente.

Por eso, la alfabetización digital crítica también exige políticas públicas. No regulación punitiva ni prohibicionista, pero sí marcos éticos que protejan derechos y moderen daños. Así como existen normas para industrias que afectan cuerpos y mentes, comida, tabaco, medicamentos, la tecnología no debería ser una excepción. Países como China, mencionados en la cobertura de BBC Mundo, han establecido límites horarios de uso de videojuegos en menores. La Unión Europea avanza con normativas sobre inteligencia artificial y protección de datos. Estas iniciativas marcan un comienzo: no regulan el uso, regulan el poder.

Sin embargo, ninguna política será suficiente sin un cambio cultural más profundo. Una alfabetización crítica no busca “volver al pasado”, sino recuperar algo esencial: la capacidad de decidir qué tipo de relación queremos tener con la tecnología, en lugar de aceptar la relación que la tecnología diseña para nosotros. Implica volver a conectar el pensamiento con el cuerpo, el tiempo, el lenguaje, la presencia y la emoción no mediada. Implica elegir cuándo estar y cuándo no estar, sin que el algoritmo decida por nosotros.

En otras palabras, no se trata de desconectar: se trata de hacer de la conexión un acto político y no un reflejo automático.

Lo digital puede expandir la vida, profundizar la educación y democratizar el conocimiento, pero solo si no renunciamos a la posibilidad de moldearlo. La pregunta que este bloque abre no es cómo “protegernos” de la tecnología, sino cómo reinventarla de forma que la inteligencia colectiva sea más valiosa que la extracción de datos. Y ese interrogante lleva inevitablemente al cierre final de este Informe: no cómo nos adaptamos al mundo digital, sino qué mundo digital estamos dispuestos a construir.

CIERRE FINAL — La pregunta que queda abierta

Imagen realizada en Canva y subida a IMGBB


Las redes sociales y la inteligencia artificial no son solo herramientas, ni espacios de interacción digital: son infraestructuras que median nuestra percepción, nuestra memoria, nuestras emociones y nuestras relaciones. Durante este informe analizamos cómo estas tecnologías afectan a las personas, especialmente a las infancias y adolescencias, y cómo sus impactos no son errores ni excesos, sino consecuencias directas de modelos de negocio que convierten la atención humana en recurso extractor.

Vimos que no es un problema de “uso irresponsable” ni de “falta de hábitos”. Es un sistema diseñado para moldear comportamientos, capturar datos y orientar deseos. Un ecosistema que necesita mantenernos conectados para funcionar y que encuentra en los jóvenes no a sus usuarios más hábiles, sino a sus sujetos más vulnerables.

La pregunta que emerge no es si la tecnología va a definir nuestras vidas, sino qué tipo de vida queremos que la tecnología habilite. No es si las plataformas afectan la democracia, sino qué democracia puede existir cuando nuestras conversaciones pasan por filtros algorítmicos. No es si la inteligencia artificial es una herramienta poderosa, sino quién la controla, con qué fines y con qué costos sociales, ambientales y cognitivos.

Este informe no propone nostalgia ni rechazo a lo digital. Propone algo más difícil y más urgente: recuperar la capacidad de decidir. Porque la otra cara de la tecnología no es su parte “mala”: es la estructura política y económica que la sostiene. Y esa estructura puede cambiar.

El desafío de nuestra generación no es adaptarnos al mundo digital.
Es construir uno donde pensar siga siendo posible.

Para seguir profundizando 📌

Si este contenido te gustó y querés seguir profundizando sobre la otra cara de la tecnología, te invito a escuchar el episodio del podcast en Spotify y a ver el video complementario en YouTube.
Me encontrás como Perspectivas con Melanie Silva.

SPOTIFY 

La tecnología promete conectarnos, educarnos y hacer la vida más fácil. Pero detrás de esa promesa se esconde otra historia: extracción de datos, diseño adictivo, algoritmos que moldean el comportamiento y consecuencias profundas en el desarrollo cognitivo de las nuevas generaciones.

Este episodio es un Informe Especial que investiga la otra cara de las redes sociales y de la inteligencia artificial, trazando un paralelismo entre la economía de la atención, la adicción digital y los efectos sociales visibles en los llamados nativos digitales.

Incluye fragmentos del divulgador Santiago Bilinkis y del informe de Televisión Pública sobre la OMS, donde se reconoce por primera vez la adicción a los videojuegos como problema de salud mental.

YOUTUBE

Este video forma parte del Informe Especial “La Otra Cara” y continúa el análisis iniciado en este artículo sobre los efectos sociales de las redes sociales, la inteligencia artificial y el ecosistema digital en las nuevas generaciones.

A partir del material de cátedra, investigaciones periodísticas y referencias audiovisuales, el video aborda tres dimensiones centrales:

-el diseño persuasivo de plataformas digitales, expuesto en The Social Dilemma (Netflix).

-el impacto cognitivo y educativo documentado por Michel Desmurget en La fábrica de cretinos digitales.

-la preocupación sanitaria internacional tras el reconocimiento de la adicción a los videojuegos como trastorno por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), difundido por Euronews.

Además, incorpora testimonios sobre el trabajo humano utilizado en el entrenamiento de modelos de IA, un fenómeno presente en investigaciones sobre colonialismo digital, y una reflexión crítica sobre el rol de la inteligencia artificial en la reproducción de desigualdades y en el consumo ambiental asociado a su desarrollo.


Bibliografía y Fuentes Consultadas 

Materiales de cátedra y textos proporcionados durante la cursada:

-Desmurget, Michel. Fragmentos seleccionados La fábrica de cretinos digitales. Material de clase.
Aportes utilizados: impacto cognitivo, desarrollo infantil, funciones ejecutivas, descenso del CI.

-Clases Finales – (material de cátedra)
Sección sobre Belinda Parmar, campaña #TheTruthAboutTech, concepto de "tecnología basura".
Aportes utilizados: adicción digital, dependencia emocional, diseño adictivo.

-Análisis del documental El dilema de las redes sociales (Netflix)
Testimonios de exempleados de empresas tecnológicas, mecanismos de retención y manipulación algorítmica.
Aportes utilizados: economía de la atención, diseño persuasivo.

-Redes Sociales e IA: Riesgos y Denuncias (PDF)
Aportes utilizados: explotación cognitiva, impacto social, arquitectura algorítmica.

-Usos y Efectos de la IA en Educación (PDF)
Aportes utilizados: rol de la tecnología en procesos formativos, efectos estructurales en aprendizaje.

Noticias utilizadas como referencia contextual:

-BBC News Mundo.
“Los ‘nativos digitales’ son la primera generación con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres”
Aporte: contextualización empírica del descenso del CI y preocupación institucional.

-BBC News Mundo.
“China impone restricciones a menores en videojuegos ante riesgos de adicción tecnológica”
Aporte: evidencia de intervención estatal y reconocimiento de la adicción digital como problema estructural.

Influencias teóricas mencionadas (citadas como marco conceptual, no como fuentes primarias en este trabajo):

-Inspirado en Shoshana Zuboff, capitalismo de vigilancia (sin uso de texto original, referencia conceptual).

-Inspirado en debates sobre colonialismo de datos asociados a Couldry & Mejías (mencionado como marco conceptual general, no fuente textual en esta parte).


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El lado oculto de la inteligencia artificial


Extraída de Unsplash


Avances, desigualdades y nuevas formas de dependencia

Por Melanie Victoria Silva

Vivimos en una época donde la inteligencia artificial dejó de ser ciencia ficción. Está en nuestros celulares, en el aula, en el trabajo y hasta en nuestras conversaciones cotidianas. Reconoce rostros, traduce idiomas, corrige textos y responde en segundos. Pero mientras celebramos sus beneficios, ¿vemos lo que ocurre detrás de la pantalla? ¿Quién alimenta a la IA, quién paga sus costos ambientales, quién carga con los daños psicológicos y laborales que esta tecnología produce? Este texto intenta iluminar esa cara oculta, el lado menos visible del “milagro tecnológico”.

Este análisis surge como complemento al episodio del podcast “El costo de la IA”, donde introduje estas preguntas desde una mirada reflexiva y crítica. Aquí vamos más a fondo: sumamos ejemplos concretos, datos documentados y fuentes verificables para comprender que la inteligencia artificial no es solo un conjunto de algoritmos, sino un entramado de decisiones políticas, intereses económicos y vidas humanas.


Entonces, ¿por qué hablar del lado oculto de la IA?

Porque la inteligencia artificial no es neutral.

Cada aplicación, cada chatbot, cada sistema de recomendación fue diseñado desde intereses concretos: corporativos, geopolíticos, militares o comerciales. Aunque la IA parezca “objetiva”, su funcionamiento está atravesado por quién la programa, con qué datos se entrena y para qué se usa. Y ahí aparecen los sesgos, las desigualdades y los efectos sociales que suelen quedar fuera del discurso celebratorio de la innovación.

Históricamente, la tecnología fue presentada como sinónimo de progreso. Pero, como advierte la filósofa Carissa Véliz en su libro Privacidad es poder, esa narrativa suele omitir algo esencial: 

“La privacidad es tanto personal como colectiva. Lo que compartimos afecta también a los demás”.

Nuestros datos, los clics, las fotos y las búsquedas que realizamos a diario son convertidos en materia prima para construir modelos predictivos que no solo nos observan, sino que moldean comportamientos.

Extraída de Pexels

Cada interacción, desde un “me gusta” hasta una compra online, puede usarse para anticipar o influir en nuestras decisiones futuras. La idea de que “si no pagás por el producto, entonces vos sos el producto” ya quedó corta. Hoy, incluso cuando pagamos, nuestros datos siguen siendo el verdadero negocio.

Este es el punto de partida para hablar del lado oculto de la IA: un entramado que combina extracción de datos, trabajo invisible, concentración de poder y un profundo impacto ambiental.


Colonialismo digital: una nueva forma de conquista

El término colonialismo digital no es una metáfora exagerada. Lo utilizan investigadores como Nick Couldry y Ulises Mejías para describir cómo las grandes empresas tecnológicas, en su mayoría del norte global, extraen, procesan y comercializan datos producidos por usuarios de todo el mundo, especialmente de regiones del sur. Como señalan en su libro The Costs of Connection,

“lo que se coloniza ahora no son tierras, sino las vidas cotidianas convertidas en datos”.

El esquema se sostiene en tres dimensiones:

-Extracción: nuestras interacciones generan información que las plataformas capturan de manera constante. No somos consumidores pasivos: somos productores involuntarios de materia prima digital.

-Concentración: los servidores y laboratorios donde se procesa esa información están localizados en países con infraestructura tecnológica avanzada. El conocimiento y las ganancias quedan en manos de pocas corporaciones.

-Dependencia: los países que no desarrollan tecnología propia deben pagar licencias, acceder a servicios cerrados o aceptar condiciones impuestas por quienes controlan los algoritmos.

Este modelo reproduce una lógica conocida: los recursos (antes minerales o agrícolas) se extraen del sur, mientras el valor agregado y el poder se acumulan en el norte. Solo que ahora el recurso no es tangible: son los datos, esa nueva forma de oro digital.

En América del Sur, por ejemplo, las empresas de IA utilizan imágenes, textos y audios generados localmente para entrenar modelos globales sin que exista retribución económica ni control sobre su uso posterior. Un caso reciente es el de TikTok, señalada por su vínculo con el gobierno chino y su capacidad para recolectar información de millones de usuarios jóvenes en todo el mundo. Su éxito global es también un recordatorio de que controlar los algoritmos significa controlar la información, y con ella, una parte del poder político y cultural contemporáneo. Así, el colonialismo digital no necesita ejércitos: le basta con servidores, contratos y términos de uso que nadie lee.


Explotación humana: las nuevas fábricas invisibles de la IA

Cuando pensamos en “inteligencia artificial”, solemos imaginar algoritmos que aprenden solos, máquinas que piensan o sistemas que se entrenan de manera autónoma. Pero la verdad es otra: detrás de cada modelo de IA hay miles de personas que hacen el trabajo sucio, ese que los algoritmos aún no pueden hacer. Son quienes etiquetan datos, moderan contenido violento y revisan materiales perturbadores para enseñar a la IA qué debe reconocer como inaceptable. Este proceso, conocido como entrenamiento supervisado, es esencial para que los sistemas “aprendan” a distinguir entre lo correcto y lo dañino. Sin embargo, se sostiene sobre un entramado de explotación laboral que reproduce viejas lógicas coloniales. 

Empresas como Meta, OpenAI, Google y TikTok subcontratan esta tarea a compañías intermedias como Sama o Majorel, instaladas en países del Sur Global, Kenia, Colombia, Filipinas, Venezuela, donde los costos laborales son mínimos. Los llamados trabajadores fantasma ganan entre 1 y 2 dólares por hora, según reveló una investigación de Time Magazine (2023), revisando textos e imágenes que van desde discursos de odio hasta descripciones de abuso infantil o suicidio. Estas personas sostienen con su salud mental la limpieza de los espacios digitales que millones usamos cada día. Sin embargo, su labor permanece invisible, ocultada por contratos de confidencialidad (NDA) y por una retórica de innovación que omite su existencia.

Recuperada de Infobae

La organización DataGénero lo sintetiza con precisión:

“La inteligencia artificial no se entrena sola: se entrena con cuerpos cansados, mentes agotadas y vidas precarizadas.”

No es casual que este fenómeno se haya descrito como “la nueva esclavitud digital”. Al igual que en los viejos sistemas coloniales, los beneficios se acumulan en el norte, donde están las sedes de las empresas, mientras los costos humanos recaen sobre el sur. Y si bien algunos defensores del modelo argumentan que “al menos genera empleo”, los datos muestran que esos empleos precarizan más de lo que empoderan: contratos temporarios, vigilancia constante, imposibilidad de sindicalización y ausencia total de acompañamiento psicológico. La tecnología, que promete liberar tiempo y trabajo, termina reproduciendo cadenas de dependencia y explotación.

Esta cara humana de la IA no solo se mide en horas de trabajo o salarios miserables. Se mide también en cuerpos agotados, en mentes que no logran dormir, en recuerdos que se vuelven pesadillas. Un informe de Equidem (2025) documentó más de 60 casos de trauma severo en moderadores de contenido en Kenia, Ghana y Colombia. Muchos de ellos fueron diagnosticados con trastorno de estrés postraumático (TEPT) tras pasar meses expuestos a videos de asesinatos, violaciones y suicidios.

En un testimonio conmovedor recogido en el video “Trabajadores de datos: el costo humano de la inteligencia”, moderadores de contenido describen cómo “veían decapitaciones todos los días” y confesaban que, al salir del turno, seguían reviviendo las imágenes aunque cerraran los ojos.


Otros describen síntomas de hipervigilancia, ansiedad, insomnio y desconfianza generalizada. La línea entre el mundo virtual y el real se desdibuja: dejan de poder mirar a sus hijos sin pensar en lo que han visto en pantalla.

Estas voces directas amplían la evidencia de informes y estudios: no solo se trata de jornadas extensas o bajos salarios, sino de un daño psicológico prolongado, en el que el filtro automático que usamos para protegernos se traslada de pantalla a mente. Insertar este video en esa sección aporta una dimensión humana al análisis, mostrandonos que detrás del algoritmo hay cuerpos que padecen y memorias que no se apagan.

Las empresas, por su parte, ofrecen programas de bienestar o sesiones de consejería que, según los propios trabajadores, suelen enfocarse en la productividad, no en la contención emocional. Como señala el periodista Will Knight en Wired España (2023):

“Las corporaciones que predican la ética algorítmica no aplican la misma ética a los humanos que entrenan sus algoritmos.”

Este es el punto de unión entre la explotación laboral y el trauma psicológico: ambos son consecuencias del mismo modelo económico. Un modelo que busca eficiencia, precisión y velocidad, pero que ignora los límites del cuerpo humano.

Los moderadores y entrenadores de IA no solo están mal pagos: son tratados como extensiones del algoritmo, piezas intercambiables en un engranaje de aprendizaje automático que nunca se detiene.

Al observar este panorama, la filósofa Marta Peirano advertía:

“El problema no es la red, sino lo que hacen con ella. Internet no se rompió: la rompieron quienes la convirtieron en una fábrica de vigilancia.” 

Extraída de Pexels

Esa “fábrica” no solo produce datos: produce sufrimiento. Y su existencia nos obliga a revisar qué tipo de progreso estamos dispuestos a aceptar. Ambos fenómenos, la explotación laboral y el trauma psicológico, son manifestaciones de una misma estructura de poder: la que sostiene a la economía de datos.

El sufrimiento de quienes entrenan la IA no es un daño colateral: es una condición de posibilidad para que la inteligencia artificial funcione. 

Los algoritmos que usamos para “filtrar el odio” o “detectar violencia” fueron enseñados por personas que se enfrentaron a ese odio y esa violencia todos los días.

El bienestar de unos depende del dolor de otros. Así como el siglo XIX tuvo sus fábricas textiles y el XX sus minas de litio, el siglo XXI tiene sus fábricas de datos, invisibles y globales. El desafío ético de nuestra época no es solo mejorar los algoritmos, sino reconocer la humanidad de quienes los hacen posibles.


El costo ambiental del pensamiento automático

La inteligencia artificial, ese emblema de progreso y modernidad, también deja una huella ecológica que pocas veces se menciona. 

Extraída de Pexels

Cada vez que un modelo de IA se entrena o genera una respuesta, desde un chatbot hasta un sistema de recomendación, se produce un consumo masivo de energía y agua, además de la emisión de toneladas de dióxido de carbono. El entrenamiento de modelos como GPT-3, según un estudio de la Universidad de Massachusetts (Amherst), requirió más de 284 toneladas de CO₂, el equivalente a las emisiones de cinco autos durante toda su vida útil. Y esa cifra es solo una muestra: cada nuevo modelo “más grande y más inteligente” multiplica exponencialmente ese impacto. A esto se suma la infraestructura material que sostiene la nube digital: los centros de datos, gigantescos depósitos de servidores que deben mantenerse refrigerados 24/7.

El informe Impacto ambiental de la inteligencia artificial (2024) advierte que, en regiones áridas como Arizona o España, el enfriamiento de data centers consume millones de litros de agua por día, afectando ecosistemas locales y generando tensiones con las comunidades que enfrentan sequías.

La paradoja es evidente: la tecnología que promete eficiencia termina reproduciendo la misma lógica extractivista que afecta al planeta desde la Revolución Industrial. Solo que ahora, en lugar de chimeneas y fábricas de acero, el humo se disfraza de algoritmo. Y como si fuera poco, la cadena extractiva comienza mucho antes del entrenamiento de los modelos. La minería de litio y de minerales raros, fundamentales para la fabricación de chips, baterías y dispositivos electrónicos, arrastra consigo contaminación, desplazamientos forzados y explotación laboral.

En el norte de Chile, comunidades originarias denuncian que la extracción de litio está secando los salares. En la República Democrática del Congo, el cobalto se extrae en condiciones inhumanas, muchas veces por niños. Todo para sostener una ilusión de inmaterialidad: la de una inteligencia que flota en la nube, pero que en realidad descansa sobre un suelo herido.

Como señala la investigadora Kate Crawford en su libro Atlas of AI (2021):

“Cada línea de código se asienta sobre una montaña de materiales, energía y trabajo humano. La inteligencia artificial no es etérea: es una infraestructura profundamente material.”

El colonialismo digital, entonces, no solo explota cuerpos humanos, sino también territorios.

Así, el Sur Global no solo entrena los algoritmos: también provee los recursos naturales que los hacen posibles. De este modo, el impacto ambiental y la explotación laboral se entrelazan en una misma trama: la de un progreso tecnológico que avanza a costa de la sostenibilidad del planeta y de la dignidad humana.


Una propuesta: reimaginar la inteligencia

Cuando hablamos del “lado oculto” de la inteligencia artificial, no solo nos referimos a la explotación laboral o a la huella ecológica. Hablamos, sobre todo, de una forma de inteligencia que necesita ser repensada desde la ética y la justicia social. Porque detrás del discurso de innovación se esconde un sistema que reproduce desigualdades, consume recursos y moldea comportamientos. No hay neutralidad en la tecnología: toda herramienta refleja la visión del mundo de quienes la diseñan.

La filósofa Carissa Véliz, como ya lo hemos mencionado en otra ocasión, en Privacidad es poder (2020), advierte que delegar el control de nuestros datos y decisiones en corporaciones tecnológicas equivale a ceder poder político y moral. “Quien tiene los datos tiene el poder”, dice. En este sentido, la IA no es solo una cuestión técnica, sino una cuestión democrática.

¿Quién decide qué debe aprender una máquina? ¿Qué sesgos reproduce? ¿A quién beneficia su inteligencia?

Estas preguntas se vuelven urgentes frente al nuevo mapa del trabajo digital: millones de personas en Kenia, Filipinas o Colombia entrenan modelos por menos de dos dólares la hora para que otros, en Silicon Valley, hablen de progreso. Y mientras los cuerpos humanos se desgastan frente a pantallas, los ríos se calientan para enfriar servidores.

La investigadora Marta Peirano sintetiza este escenario con una advertencia que resuena cada vez más:

“La vigilancia es un problema colectivo, como el cambio climático.”

En ambos casos, el daño no se percibe de inmediato, pero se acumula silenciosamente hasta volverse irreversible. Frente a eso, no alcanza con rechazar la tecnología ni con idealizarla. El desafío está en reapropiarnos de ella, en usarla desde una lógica distinta: más humana, más justa, más consciente de sus consecuencias. Porque la inteligencia, artificial o no, debería ser una herramienta para ampliar la libertad y la dignidad, no para restringirlas.

Reimaginar la IA implica pensar en modelos de desarrollo ético: regulaciones que garanticen derechos laborales, transparencia en el uso de datos, sostenibilidad ambiental y una distribución equitativa de los beneficios. También supone reconocer y dar voz a quienes hoy están invisibilizados: los moderadores, los etiquetadores, las comunidades afectadas por la minería o por la contaminación digital.

Como señala la ONU en su informe sobre IA y Derechos Humanos (2023):

“La inteligencia artificial no debe reemplazar el juicio humano, sino fortalecerlo.”

Esa quizás sea la tarea que tenemos por delante: recuperar el sentido humano del conocimiento, volver a poner la tecnología al servicio de la vida, y no al revés.

La siguiente infografía resume los principales ejes abordados en este artículo y propone una mirada integral sobre el costo social, ambiental, educativo y emocional de la inteligencia artificial.

Infografía realizada con Canva y subida a IMGBB

🎧 Break Cultural | Escucha recomendada

Si te interesa seguir profundizando en este tema, te invito a escuchar el nuevo episodio de mi podcast Perspectivas, titulado “El costo de la IA”.

En este capítulo converso con la propia inteligencia artificial sobre lo que no siempre vemos: la explotación detrás del entrenamiento de los algoritmos, el impacto ambiental del consumo digital y los dilemas éticos de un sistema que promete eficiencia, pero deja huellas humanas y ecológicas.

Una charla que busca abrir preguntas más que cerrar respuestas.

Disponible en Spotify.



📚 Bibliografía y Fuentes Consultadas

1-BBC Mundo. (2023). Detrás del auge de la inteligencia artificial hay un ejército de trabajadores en fábricas de explotación digital.

Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-64827257


2-Couldry, N., & Mejías, U. A. (2019). The Costs of Connection: How Data Is Colonizing Human Life and Appropriating It for Capitalism. 

Stanford University Press. 

Lectura complementaria: El colonialismo de los datos: la nueva forma de explotación global, en The Conversation.

Disponible en: https://theconversation.com/el-colonialismo-de-los-datos-la-nueva-forma-de-explotacion-global-152836


3-Equidem. (2024). Informe sobre condiciones laborales y trauma psicológico en moderadores de contenido y entrenadores de IA.

Citado en: Explotación y trauma en moderadores de Inteligencia Artificial (material de cátedra).


4-Infobae / The Washington Post. (30 de agosto de 2023). Detrás del auge de la IA hay un ejército de trabajadores en fábricas de explotación digital.

Disponible en: https://www.infobae.com/wapo/2023/08/30/detras-del-auge-de-la-inteligencia-artificial-hay-un-ejercito-de-trabajadores-en-fabricas-de-explotacion-digital/


5-MIT Technology Review. (2019). Training a single AI model can emit as much carbon as five cars in their lifetimes.

Basado en el estudio de Strubell, E., Ganesh, A., & McCallum, A. (2019). Energy and Policy Considerations for Deep Learning in NLP.

Disponible en: https://www.technologyreview.com/2019/06/06/239031/ai-is-the-next-climate-change/


6-Peirano, Marta. (2019). La vigilancia es un problema colectivo, como el cambio climático.

Conferencia TED, disponible en: https://youtu.be/7wPFYdazgUs


7-The Conversation. (2023). El litio y la IA: el nuevo oro blanco que amenaza el agua del altiplano.

Disponible en: https://theconversation.com/el-litio-y-la-ia-el-nuevo-oro-blanco-que-amenaza-el-agua-del-altiplano-205414


8-The Conversation. (2024). Esclavismo digital: la cara oculta de la IA.

https://theconversation.com/esclavismo-digital-la-cara-oculta-de-la-ia-266805


9-Véliz, Carissa. (2020). Privacy is Power: Why and How You Should Take Back Control of Your Data. Penguin Random House.

Entrevista en El País: https://elpais.com/tecnologia/2021-01-31/carissa-veliz-la-privacidad-es-poder-y-nos-la-estan-robandonos.html


Materiales de cátedra (2024)

1-La doble cara de la IA

2-Impacto ambiental de la Inteligencia Artificial.

3-Puntos clave sobre el colonialismo de la IA.

4-Nueva esclavitud impulsada por la Inteligencia Artificial.

5-Explotación y trauma en moderadores de Inteligencia Artificial.

6-Universidad Nacional de Quilmes. Cátedra: Comunicación, Tecnología y Sociedad.


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¿Libertad o dependencia digital? La otra cara de la IA

Escrito por Agustina Iturbe


Mientras que las nuevas inteligencias artificiales prometen productividad, innovación y eficiencia, hay una realidad mucho menos cómoda que rara vez se muestra, donde también genera desigualdad, dependencia y nuevas formas de esclavitud para las personas.



 La promesa del progreso

Cada revolución tecnológica se presentó como un salto hacia la libertad. Cuando arrancó la revolución industrial se prometió que el progreso iba de la mano con las máquinas para mejorar la productividad y eficiencia de la labor, por ende las personas serían menos explotadas. La informática aún más eficaz y el aumento de la colección de datos a alta velocidad, la interconexión con personas de todo el mundo y la amplitud de la conectividad. Ahora, con la revolución de las inteligencias artificiales nos promete tiempo libre, ocio y creatividad al alcance de todos. Pero cada avance tiene un costo oculto, porque la revolución agrícola trajo jerarquías, la industrial trajo explotación y la digital trajo niveles más extensos de vigilancia y dependencia.

Hoy el trabajo no desaparece, sino que se ha transformado. Ya no sólo generamos ganancias a las grandes empresas al comprar, sino que también ganan cuando producimos datos. Cada clic, cada búsqueda, cada “me gusta” alimenta una economía invisible donde el producto somos nosotros. Guillermo Lopez define este fenómeno como “feudalismo digital”, ya que las grandes corporaciones tecnológicas son los nuevos señores de esta era, y nosotros, sus siervos modernos. Cuando usas una app gratuita, lo que vale no es solo el dinero, sino tu información. Y esa información, para ellos, vale más que el oro.

El nuevo colonialismo de la inteligencia artificial

Cuando pensamos en el colonialismo usualmente nos imaginamos barcos y conquistas. Pero hoy, las fronteras que se invaden no son físicas, sino digitales. Y las materias primas no son minerales, sino los datos de cada uno de nosotros.

Actualmente varios autores llaman “colonialismo de la inteligencia artificial” a un nuevo fenómeno, ya que se replican los viejos mecanismos de dominación global, donde unos pocos países concentran la tecnología y las ganancias, mientras el resto provee materia prima digital y mano de obra barata. Empresas del Norte Global usan servidores en el Sur, tercerizan tareas y recolectan datos sin soberanía local.

También existe el colonialismo cognitivo donde los algoritmos se entrenan con datos de países primermundistas, dejando fuera nuestras lenguas, tradiciones y culturas. En definitiva, impone una sola forma de ver el mundo, blanca, masculina y occidental, y todo lo que no encaja inevitablemente se invisibiliza.

A eso se suma la mano de obra barata, donde miles de personas en Kenia, Venezuela o Filipinas trabajan etiquetando imágenes o moderando contenido. Como en todos los sistemas económicos, los trabajadores por fuera de los países desarrollados, cobran demasiado poco por la cantidad de trabajo que ejercen. Claramente se aprovechan de las economías empobrecidas para sacar más ganancia, sin importar la ética. Su trabajo sostiene a las “máquinas inteligentes”, pero su nombre nunca aparece.

El estado y los datos privados

Algo que muy pocos tienen en cuenta es como la digitalización de los datos en sectores como educación, salud o seguridad, muchas veces se almacenan en servidores extranjeros. Sin darnos cuenta, entregamos información de millones de personas a las mismas corporaciones que criticamos por la venta de estos mismos y por la falta de esclarecimiento con la sociedad sobre su uso. Ya no hacen falta conquistadores, damos libremente nuestros datos al aceptar los términos y condiciones de una app sin ningún problema, ni averiguando al respecto.

Descolonizar la inteligencia artificial no significa rechazarla, sino reapropiarla, al crear modelos entrenados con datos locales, promover software libre y exigir transparencia con la sociedad. Porque si no lo hacemos nosotros, otros lo harán por su propia ganancia.

Educación y soberanía tecnológica

Después de todo esto, puede parecer que la IA es un monstruo imposible de controlar. Pero todavía hay un tercer camino posible, y pasa por algo que en nuestra región todavía tiene poder: la educación.
Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la inteligencia artificial puede ser una herramienta transformadora si está al servicio de las personas, y no al revés. La educación puede ayudarnos a entender cómo funciona, a usarla críticamente y, sobre todo, a decidir cuándo y para qué queremos usarla.

El riesgo es que los algoritmos educativos que prometen “personalizar el aprendizaje” estén pensados a partir de lógicas primermundistas. Por eso, más que enseñar a usar tecnología, hay que enseñar a pensarla. 

Como decía Paulo Freire, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.” Y esto también vale para el mundo digital. Necesitamos una educación crítica que humanice la tecnología, que revele quién la diseña, qué sesgos tiene y a quién beneficia. Y necesitamos soberanía tecnológica para poder decidir sobre nuestros sistemas digitales y proteger los datos de nuestras comunidades. No solo técnica, sino que también cultural, al crear tecnologías propias, pensadas desde nuestras realidades latinoamericanas. Imaginate una IA que enseñe historia sin borrar nuestras heridas y que entienda el conocimiento como algo colectivo, no solo productivo.

La soberanía tecnológica también implica la participación de docentes, estudiantes y ciudadanía para que tengamos voz y voto. Porque la soberanía no se decreta, se ejerce. Y en el mundo digital, se ejerce con conocimiento.

Para cerrar

La inteligencia artificial es uno de los mayores avances de nuestra época, pero también puede ser una trampa que promete libertad mientras refuerza desigualdades.

La pregunta es:
 ¿Seguimos siendo pasivos, viendo la tecnología avanzar alrededor nuestro, o hacemos algo al respecto para participar y adentrarnos en este mundo?

La IA no solo aprende de nosotros, también nos moldea. Y por eso, más que temerle, tenemos que entenderla, discutirla y decidir nuestro lugar frente a ella.

 ¿Qué pensás vos?

¿La IA es una herramienta de liberación o una nueva forma de esclavitud digital?

Si queres saber mas sobre estos temas escucha el podcas Charlas Online por Spotify.

Te leo en los comentarios o en redes con el hashtag #Charlasonline.




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