La cárcel sin paredes

Aún recuerdo mi primera experiencia leyendo sobre vigilancia psicopolítica. Estaba en la computadora, leyendo en PDF Infocracia de Byung-Chul Han, cuando la ironía me hizo sentir escalofríos. Estaba leyendo sobre vigilancia digital mientras el objeto que más me vigila estaba adelante mío, siendo manipulado por mí, esperando que yo hiciera exactamente lo que estaba haciendo. Divagar en la red y así poder rastrear cada click, cada like, cada pausa en un video... y en este caso, qué lectura hago. Miré fijamente a la cámara y enseguida la tapé como acto de encarnación digna de un tecnófobo. No más vigilancia por hoy, o eso creía. 

La vigilancia invisible

Sentirse vigilado no es algo nuevo, ni mucho menos exclusivo de la era digital. Hay un concepto antiguo, de hace más de dos siglos que explica por qué alguien puede modificar su conducta solo con la sospecha de que lo observan, aunque nadie lo esté mirando en ese momento exacto. Esa idea tiene nombre: el panóptico. 
Ilustración de un panóptico digital futurista

El panóptico fue diseñado a fines del siglo XVIII por Jeremy Bentham como un modelo de cárcel, donde hay una torre central rodeada de celdas dispuestas en círculo, de manera que un solo guardia puede observar a todos los presos sin que estos supieran en qué momento estaban siendo observados. Años más tarde, Michel Foucault retomó esta figura no para hablar de cárceles, sino para explicar algo más amplio: qué pasa cuando el poder no necesita ejercerse todo el tiempo, sino que le alcanza con la posibilidad de estar ejerciéndose. El preso, al no saber si lo observan, empieza a comportarse como si siempre lo estuvieran mirando. De esta forma, el control deja de estar afuera en el guardián, y pasa a instalarse adentro, en la propia conducta. 

A este tipo de instituciones, la cárcel, pero también la escuela, el hospital, la fábrica, Foucault las denominó "sociedades disciplinarias": espacios cerrados que regulan el comportamiento de los individuos a través del encierro, sin necesidad de usar la fuerza. Décadas después, Gilles Deleuze notó que ese modelo, basado en el encierro, había mutado en algo menos visible: las "sociedades de control", donde la lógica de la empresa y el marketing, adoptados por la sociedad como algo natural, se vuelven el nuevo instrumento de control social.

En esta sociedad ya no se trata de imponer normas desde instituciones, sino de inducir comportamientos desde la lógica empresarial, que ahora atraviesa todos los escenarios: la educación, la salud, el trabajo, incluso la subjetividad. Cada persona se convierte en su propio producto, su propio vendedor, su propio cliente. Sin darnos cuenta, hacemos marketing con nosotros mismos: nos autoevaluamos, nos exponemos, competimos, nos vendemos. Esta lógica empresarial basada en la motivación, la flexibilidad y la autoexplotación, se presenta como libertad, pero en realidad modula nuestras acciones, deseos e identidades. 

De manera que, el control ya no necesita relojes gigantes ni vigilantes externos: se ejecuta desde adentro, desde la necesidad de rendir, de gustar y de pertenecer. Así, el capitalismo de superproducción no solo transforma los mercados, sino también los cuerpos, las mentes y los vínculos.

La vigilancia psicopolítica

Ya hablamos de las sociedades disciplinarias y de las sociedades de control. Ahora, ¿Qué más puede haber? Bueno, lejos de terminarse... es el momento de introducir a Byung-Chul Han quien actualiza las formas del control en la era digital-algorítmica. 

Según el autor, las sociedades de control hoy mutaron para transformarse en el régimen de la información, Han lo define así: "forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos." (Han, 2022, p.6)  A diferencia de lo que pasaba con Foucault y Deleuze, acá ya no se explotan cuerpos ni conductas laborales sino información y datos. 

Y quizás, aquí viene la declaración más incómoda de leer: "El factor decisivo para obtener el poder no es ahora la posesión de los medios de producción,  sino el acceso a la información que se utiliza para la vigilancia psicopolítica y el control y el pronóstico del comportamiento."  (Han, 2022, p.6)

En otras palabras, al sistema productivo de hoy, lo alimentamos nosotros. Lo que genera valor y ganancia, ya no es fabricar objetos o productos comunes como en el capitalismo industrial, sino producir, procesar y vender información."El régimen de la información funciona gracias a que existe un sistema económico que lo sostiene: el "capitalismo de la información", como diría Han. A pesar de que suene conspiranoico y casi que vivimos dentro de un capitulo de Black Mirror, es un fenómeno real: el negocio central hoy en día es vigilarnos, para poder predecir y vender nuestro comportamiento al mejor postor. (anunciantes, patrocinadores, campañas políticas, etc.)

Asumiendo que todos usamos esporádicamente redes sociales, tenemos cuenta de Google y consumimos contenido, resulta alarmante la dimensión de información que llegamos a brindar. Mientras tanto, la ciudadanía recibe un flujo caótico y fragmentado de datos sobre el mundo, generando una asimetría informativa profunda en la que las plataformas saben mucho de nosotros, pero nosotros sabemos poco o nada del mundo. 

Cómo impacta en la vida real

Esto dejó de ser una teoría abstracta en 2016, cuando se supo que Cambridge Analytica había recolectado datos de 87 millones de perfiles de Facebook (a través de una aplicación de cuestionario aparentemente inofensiva) para construir perfiles psicológicos detallados de cada usuario (Rehman, 2019). Con esta información, la consultora diseñó publicidad política altamente personalizada, los llamados "dark post": anuncios dirigidos a explotar los miedos específicos de cada perfil para influir en su voto durante la campaña de Donald Trump. 

Lo que más inquieta de este caso no es solo que haya pasado, sino que la mayoría de esos usuarios nunca se enteró de que sus datos (sus gustos, sus miedos, sus dudas) habían sido convertidos en variables de una ecuación diseñada para manipular su voto. No fueron persuadidos como ciudadanos: fueron tipificados, simplificados a un perfil y tratados como datos predecibles. 

Ahí reside el verdadero peligro, no en la propaganda en sí, que siempre existió y se aplicó en diversos medios de comunicación, sino que hoy opera de forma invisible, personalizada, a una escala y con una precisión psicológica que antes eran imposibles e inimaginables. De este modo, el celular que tenemos en la mano (o la computadora al frente que leemos) se convierten en lo que Han llama una "prisión digital" que "registra de manera minuciosa nuestra vida cotidiana" (Han, 2022, p.9)

¿Hay salida?

La pregunta obvia después de todo este despliegue de información apocalíptica es sencillamente qué hacer. Y la respuesta honesta es incómoda: no hay una salida individual satisfactoria. Usar cualquier red social o aplicación implica aceptar términos y condiciones que, en los hechos, equivalen a ceder nuestros datos (y con ellos, buena parte de nuestra libertad). Y a la vez, dejar de usarlas no es una opción real para la mayoría, significaría convertirse en un ermitaño, autoexcluyéndote de una vida social, laboral y cultural que hoy transcurre ahí. 

Un boicot individual no cambia nada, solo un rechazo colectivo y sostenido tendría algún efecto pero eso es extremadamente difícil de organizar. Quizás la primera forma de resistencia no sea dejar de usar estas herramientas, sino hacerlo con la consciencia de que cada click es un dato que alguien más esta usando. Y ¿por qué no? pedir regulaciones. 

Si este análisis te dejó pensando, en el próximo episodio de Total Interferencia lo charlo con menos formalidad académica y más bronca personal:



Bibliografía:

  • Deleuze, G. (1999). Conversaciones 1972-1990 (J. L. Pardo Torío, trad.). Valencia: Pre-Textos.
  • Rehman, I. (2019). "Facebook-Cambridge Analytica data harvesting: What you need to know". Library Philosophy and Practice. https://scholarworks.sjsu.edu/libphilprac/2497 
  • Han, B.-C. (2022). Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Buenos Aires: Taurus.
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