Las mentiras ya no tienen patas cortas, tienen Wifi

Durante un tiempo pensamos a la desinformación y coerción política, como una acción reconocible y concreta. Hoy, el internet y la inteligencia artificial generativa rompieron esa lógica: ya no hace falta que impongan discursos o valores a la fuerza, alcanza con que una noticia falsa se cuele en tu scrolleo para moldear tu perspectiva. Y quizás lo más alarmante es que ni siquiera hace falta que sea creíble, alcanza con que se repita masivamente para adoptarla como verdad. 

Eso fue literalmente lo que pasó en Eslovaquia en 2023: dos días antes de las elecciones parlamentarias circuló un audio falso del candidato Michal Šimečka discutiendo cómo manipular el resultado de la votación. La ley electoral prohibía hacer campaña en las 48 horas previas, así que nadie pudo desmentirlo a tiempo. La noticia estalló y se volvió masiva en las redes sociales casi al instante, no había manera de frenar su magnitud. Por más de que no era cierta, ya a la gente no le importaba: la fake news se había compartido y repetido tantas veces que dejó de importar si era verdad, alcanzó con que así se sintiera. Su partido perdió. 

Inteligencia artificial y desinformación

No es un fenómeno nuevo, es una escala nueva
Nicholas Carr rescata en Superficiales algo particular que dijo Lee de Forest, inventor del audión, el primer amplificador electrónico de sonido y origen común de la radio y televisión. Quien lejos de ser un tecnófobo con mirada apocalíptica, era el propio creador del medio, advirtió sobre "terribles posibilidades políticas": temía que la radio y la televisión se usaran para "implantar conocimiento en los reacios cerebros" de las audiencias, como herramienta de propaganda y control ideológico al servicio de gobiernos o grupos de poder. 

Hoy quizás nos parezca una obviedad, pero la gran diferencia que nos acontece actualmente no radica en la intención, siempre existió la tentación de usar los medios masivos para moldear la opinión pública, sino en la velocidad y el acceso. Para que la radio o la televisión funcionaran como propaganda en la época de De Forest, hacía falta controlar una infraestructura: una estación, una licencia, un equipo de producción, algo institucional y en cierto punto rastreable. Hoy, generar un video o audio falso toma minutos, no requiere ninguna habilidad técnica especial y no depende de ninguna infraestructura que alguien pueda regular o auditar. Cualquiera desde cualquier lugar, puede producir el mismo efecto que antes necesitaba una emisora entera.

Los nuevos "contaminadores mentales"
Ya son múltiples los artículos, libros, papers y videos desarrollados con el fin de enseñarnos a detectar fake news en las redes sociales. Y yo me pregunto: ¿Es normal que tengamos que aprender nosotros a defendernos de estos nuevos "contaminadores mentales"? ¿Dónde están las legislaciones en contra de las granjas de bots y a favor de la verdadera democratización de la información?

La respuesta, al menos en Argentina, es que no existen. En Agosto de 2026 se conoció el caso de Fernando Cerimedo, asesor político que trabajó en las campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro y Rodrigo Paz, a quien se le secuestró una granja de bots que operaba perfiles automatizados falsos en X e Instagram para amplificar o desprestigiar figuras políticas. El especialista Juan Marenco lo resumió sin rodeos: "Argentina, por ejemplo, no tiene ningún marco regulatorio que impida el uso de granjas de bots", porque la ley de medios "no incluye a internet". No es que la legislación llegué tarde, es que directamente no existe. 

El "dividendo del mentiroso"
Hay un concepto que resumen por qué esto es más grave de lo que parece a primera vista: el "dividendo del mentiroso" (liar's dividend). No es solo que hoy se pueda mentir con más facilidad, es que la sola existencia de esta tecnología permite negar la verdad: cualquier evidencia real, un video genuino, un audio genuino, puede descartarse acusándola de estar generada por IA. El daño no depende de que la mentira se sostenga en el tiempo, depende de que la duda quede instalada.

Esto ya se documentó en distintos países, con distintos formatos. En el balotaje argentino de 2023, entre Sergio Massa y Javier Milei, circularon videos e imágenes generadas por IA con declaraciones que nunca existieron. En Brasil, durante las elecciones municipales de 2024, aparecieron audios y videos manipulados atribuidos a Lula da Silva y a Jair Bolsonaro. Y en Estados Unidos, votantes de New Hampshire recibieron llamadas automáticas con la voz clonada de Joe Biden, pidiéndoles que no fueran a votar en las primarias demócratas, algo que la Comisión Federal de Comunicaciones recién pudo declarar ilegal después de que el daño ya estaba hecho.

El optimismo que no se molesta en probar nada
Frente a todo esto circula un discurso mucho más liviano, que prefiere hablar de oportunidad antes que de riesgo. Christian Gribaudo escribió en Infobae que la inteligencia artificial "puede contribuir a una democracia más transparente, participativa y legítima", apoyado en apenas tres ejemplos sueltos y sin una sola cita académica. Marc Andreessen, inversor de Silicon Valley, publicó su "Manifiesto Tecno-Optimista", donde repite la frase "creemos que" 113 veces, un patrón que el politólogo Henry Farrell comparó con un credo religioso antes que con un argumento fundamentado. Es la misma lógica que separa a Carr de posturas como la de Belinda Parmar sobre los efectos cognitivos de la tecnología: de un lado hay estudios verificables y casos documentados, del otro hay convicción repetida con confianza.

Por qué esto importa más allá de una elección puntual
Como estudiante de comunicación, lo que más me interesa de todo esto no es la tecnología en sí, es su uso y lo que hace con la confianza pública. Un sistema democrático necesita que la ciudadanía pueda distinguir, aunque sea mínimamente, entre lo que es real y lo que no. Cuando esa distinción se vuelve imposible de sostener, no se pierde solo una elección puntual, se erosiona la base misma sobre la que se arma cualquier discusión colectiva.

Y ahí vuelvo a la pregunta que abrió este texto: para poner en duda algo, hace falta al menos un estudio equivalente que lo respalde, no una frase optimista repetida con convicción. Mientras la regulación siga llegando después del daño, o directamente no llegue, la pregunta no es si vamos a poder distinguir lo real de lo falso. Es cuánto tiempo más vamos a tener que hacerlo solos.


Bibliografía:

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