Es de noche, estás parado en el campo del estadio, muy emocionado, cuando de pronto se apagan las luces y el público grita eufórico el nombre de tu banda favorita mientas que espera que aparezca en el escenario. De un momento a otro comienzan los sonidos que anuncian el inicio del show y delante tuyo empezás a ver mil celulares enfocando al frente. Unos te tapan la visión, de otros te perturba el brillo y aunque te molesta, esperás, porque con algo de paciencia entendés que hay quienes quieren filmar el inicio del show y vos mismo en alguna parte filmarás o sacarás alguna que otra foto de recuerdo.
Unos
minutos después, el primer tema termina y varios celulares se bajan…pero otros
no, y no lo hacen prácticamente en ningún momento del recital, por lo que tu
experiencia queda de alguna forma, inevitablemente arruinada. Te suena conocida
esa escena? A mi también.
Y en algún
momento, o varios, de ese mismo show, tomas tu celular y tratas de registrar un
momento, un recuerdo preciado de esa experiencia y entonces me surge
preguntarte: ¿Recordás la sensación del cuerpo cuando escuchabas esa canción? ¿Si
la cantaste eufórico o si lloraste desconsolado, o ambos? ¿Recordás algo de ese
momento que no sea lo que registró tu celular?...¿Estabas verdaderamente ahí o
sólo tu cámara pagó la entrada?
Sabemos
hace tiempo que la tecnología es parte de nuestra cotidianeidad, pero tal es
así, que quizás sea momento de cuestionarnos si sigue siendo una incorporación
o ya se parece un poco más a una invasión. En su libro “Superficiales”, el
periodista Nicholas Carr menciona que las nuevas formas de comunicación
transforman nuestros modos de existencia y particularmente en este caso la
relación con los espectáculos artísticos.
Carr recupera,
por ejemplo, dos casos publicados en 2009, que, aunque hoy parecen antiguos,
sirven para retratar el inicio de estos nuevos comportamientos. En un caso, la
periodista Stephanie Clifford relata que en un concierto de la Orquesta
Sinfónica de Indianápolis (que tocaba clásicos como la Sinfonía nº 5 de
Beethoven) el director le pidió al público que sacara sus celulares para votar cuál
sería el bis del espectáculo, con la idea de “captar a un público más joven
ofreciendo más interactividad”. En el segundo, descripto por Bonnie Rochman, un
grupo de iglesias estadounidense les pidió a sus feligreses que lleven sus dispositivos
a la misa, para interactuar antes, durante y después con lo que sucedía en el
recinto vía Twitter.
En ambos
casos encontramos una palabra clave: interactuar y en esa línea, son muchas
las “experiencias interactivas” de ese tipo que encontramos disponibles en la actualidad.
Sin siquiera salir de la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, podemos viajar
con “lentes de realidad virtual” al espacio o a las pirámides de Egipto, o podemos
recorrer instalaciones lumínicas y sonoras que ocupan los senderos del Jardín Botánico
Carlos Thays y así sentirnos en “Alicia en el país de las maravillas” o incluso
experimentar mundos digitales en espacios dedicados al metaverso.
El problema
no es la innovación en experiencias culturales, ni la posibilidad de hacerlas
más interactivas. La pregunta es otra: ¿Hasta qué punto una experiencia más
interactiva es, necesariamente, más vivencial?, ¿Hasta qué punto grabar un
concierto íntegro implica presenciarlo, vivirlo? ¿Hasta qué punto queremos ver
en pantalla cómo eran los dinosaurios o las pirámides de Guiza? Porque sí, de
seguro es interesante, pero ¿qué papel juega entonces nuestra imaginación y creatividad?
Me pregunto qué tan felices se sentirán los ecologistas con el Jadin Botánico
repleto de luces led que afectan por completo el ecosistema del lugar.
Quizás el
problema aparece cuando la herramienta que debería acompañar una experiencia
empieza a ocupar el lugar de la experiencia misma.
Si parte de
lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de experimentar, sentir y luego usar
el lenguaje para manifestar todo ese caudal de emociones que nos habitan, y de
pronto estamos empezando a perder de vista el punto de partida que es “experimentar”,
¿no somos todos los días un poco más máquinas que humanos?
Porque no se
trata finalmente sólo de recitales o misas. También por estar conectados a la
red constantemente podemos terminar perdiéndonos de mirar y escuchar a nuestros
afectos, de compartirnos, de enriquecernos con lo que aprendemos de los demás cuando
realmente les prestamos atención. Estamos acostumbrándonos cada vez más a la
idea de estar ausentes viviendo experiencias. Vivirlas sin vivirlas, sin estar
mental y emocionalmente presentes en ellas.
Y aparece
además una segunda pregunta que es: ¿Qué pasa cuando esa experiencia que
dejamos de vivir presencialmente comienza a convertirse en información para las
plataformas? Porque es bien sabido que cada vez que grabamos, comentamos, elegimos,
compartimos o interactuamos con una plataforma, dejamos un registro de nuestras
preferencias y comportamiento; Y cuantas más experiencias trasladamos a esos
espacios digitales, mayor es la cantidad de información que circula sobre
nosotros.
El debate
sobre si la tecnología es buena o mala para nosotros es simplista a estas
alturas. Tal vez el desafío no sea dejar de utilizarla, sino aprender a reconocer
cuándo estamos interactuando con el mundo y cuándo estamos dejando que una
pantalla lo haga por nosotros.
De esto y
de otras formas en la que estamos aprendiendo a estar presentes aunque ausentes,
seguimos hablando en podcast. Te dejo el primer episodio acá:
Referencias:
Tweeteando en la iglesia, con el
Pastor O.K.
Las orquestas involucran al público
mediante mensajes de texto - Sinfonía
Experiencias inmersivas en Buenos
Aires: estas son las 12 mejores




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