El cerebro que elegimos no usar

A lo largo de los años como estudiante de comunicación, fui testigo varias veces de la afirmación "el cerebro es vago". Sin entender en su totalidad, y aceptándolo como verdad sin cuestionar, inocentemente siempre me preguntaba ¿Qué quiere decir? ¿Cómo el cerebro puede ser vago? ¿Acaso también el cerebro es sujeto de burlas si no está en forma? y me puse en la búsqueda. 

Lo que encontré fue bastante menos gracioso de lo que me esperaba. Uno asume que pensar es el estado por defecto, y en realidad, es al revés. El cerebro es, por diseño evolutivo, un "avaro cognitivo". Uno que toma atajos e intenta "guardar" energía siempre que puede. Esta expresión, no es una metáfora suelta. Viene de un cuerpo de investigación concreto desarrollado sobre todo por Daniel Kahneman junto a Amos Tversky durante décadas de investigación y sintetizado en 2011 en Pensar rápido, Pensar despacio. Un libro que él mismo describe como un "psicodrama con dos personajes": el Sistema 1 y el Sistema 2. 

Ahora, ¿qué son estos dos sistemas y cómo funcionan realmente?
Básicamente, nuestro cerebro vive disputando poder entre dos procesadores de información muy complejos. El Sistema 1 es el que opera de forma automática y rápida, con poco o ningún esfuerzo y sin sensación de control voluntario. El núcleo de este sistema, es la memoria asociativa. Por lo que no procesamos la realidad de forma neutral, sino que el cerebro arma automáticamente una historia coherente con lo que ya conocemos, sin que lo notemos. 

Y aquí Kahneman marca algo que conecta directo con lo que veníamos hablando de la pereza cognitiva: pensamos asociativamente, metafóricamente y causalmente con facilidad, pero pensar estadísticamente (evaluar probabilidades reales, sopesar evidencia) nos cuesta muchísimo, porque requiere sostener varias cosas en la mente a la vez, algo para lo que el Sistema 1 simplemente no está diseñado. Mientras que el Sistema 2 es el que asigna atención a las actividades mentales que requieren razonar con más complejidad; desde evaluar probabilidades y estadísticas, a hacer cálculos matemáticos o estacionar el auto en un lugar estrecho. 

Para ver esto en carne propia, Kahneman propone un ejercicio simple: el problema de Linda. Le describen a un grupo de personas a una mujer de 31 años, soltera, franca y muy brillante, especializada en filosofía, preocupada desde estudiante por la discriminación y la justicia social, que además participó en manifestaciones antinucleares. Después le preguntan qué es más probable: que Linda sea cajera de banco, o que sea cajero de banco y militante del movimiento feminista.

La mayoría elige la segunda opción, aunque sea matemáticamente imposible que una combinación de dos características sea más probable que una sola de ellas (toda cajera feminista es también cajera, nunca al revés). Lo que sucede, es que nadie está respondiendo a la pregunta de probabilidad. El Sistema 1 la reemplaza, sin que nos demos cuenta, por una pregunta mucho más fácil y de semejanza: ¿Qué encaja mejor con la descripción? Esa sustitución, responder algo distinto a lo que en verdad se preguntó sin notar el cambio, es exactamente el tipo de atajo que toma nuestro cerebro para ahorrar energía todo el tiempo, incluso a costa de equivocarnos. 

Inteligencia artificial y desinformación política

Y este cambio de sistema no es gratis. 

Usar el Sistema 2 tiene un costo fisiológico medible: durante una tarea que exige atención sostenida se dilatan las pupilas, sube la presión y se tensan los músculos, todo vuelve a la normalidad recién cuando abandonamos la tarea. No es una sensación abstracta, es el cuerpo gastando recursos. Un estudio de Danziger, Levav y Avnaim-Pesso (2011) con jueces israelíes mostró que la proporción de libertades condicionales aprobadas caía de forma sostenida a medida que pasaban las horas sin comer, y volvía a subir después de cada descanso. Como resume el propio Kahneman, "jueces cansados y hambrientos tienden a tomar la decisión más fácil y común de denegar peticiones de libertad condicional" (Kahneman, 2011).

Esto es justo lo que describe Nicholas Carr cuando habla de los "caminos vitales": el cerebro no es una estructura fija, se reconfigura físicamente según qué circuitos usamos con más frecuencia, siguiendo la regla de Hebb de que las neuronas que se activan juntas se conectan juntas. Si entrenamos al cerebro miles de veces por día a resolver todo en modo Sistema 1, ese circuito se fortalece, y el otro, el que sostiene la atención y el pensamiento complejo, se debilita por desuso.

El propio Carr lo vivió en carne propia: "Al igual que Microsoft Word me había convertido en un procesador de textos de carne y hueso, Internet, me daba cuenta, estaba convirtiéndome en algo parecido a una máquina de procesamiento de datos de alta velocidad, un HAL humano. Echaba de menos mi viejo cerebro" (Carr, 2011).

Lo que muestran los números 

Esto ya no es solo teoría y los números lo están mostrando. Un estudio con casi 900 chicos de escuelas de Valencia mostró que, entre 4to y 6to grado, las dificultades serias de comprensión lectora pasaron de 8,5% a 17,6%. En el mismo período, la lectura diaria en papel bajó de 16,4% a 11,9%, mientras la lectura digital subió de 23% a 32%. Los resultados de PISA 2025 confirman la tendencia a escala global: una caída de 14 puntos en comprensión lectora respecto de 2022 en países de la OCDE, y de 28 puntos frente a 2015.

Según Tue Halgreen, analista senior de la OCDE, los estudiantes ya tienen dificultades con textos de más de 400 palabras. El propio secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, fue directo: cuanto más tiempo de pantalla para entretenimiento, peores los resultados en lectura.

Lo que sí podemos hacer

Ejercitar la mente es probablemente el hábito menos promocionado de esta época. No genera un clic inmediato, no vende nada, pero es justamente lo que nos devuelve la capacidad de pensar con criterio propio en lugar de reaccionar en piloto automático.

Entonces la pregunta que me queda dando vueltas es esta: teniendo toda esta evidencia sobre cómo funciona nuestra mente, ¿Por qué el diseño de la tecnología que más horas consume nuestro día parece apuntar exactamente en la dirección contraria, hacia hacernos todavía más vagos mentalmente? Ya vimos cómo nos cuesta trabajo concentrarnos y la energía que eso consume, por lo que no es de extrañar que se desarrolle un modelo de negocio que necesita justamente lo contrario a que pensemos con criterio propio.

Pero la buena noticia es la misma que explica el problema: el cerebro es plástico. Lo que se debilitó por desuso también se puede fortalecer con uso, los mismos caminos vitales que se refuerzan mirando pantallas se pueden reforzar leyendo un texto largo, sosteniendo una idea compleja, o tomándose el tiempo para dudar antes de reaccionar. Así que quizás la pregunta no es si podemos resistirnos a ese diseño, sino cómo elegimos, a propósito, qué camino entrenar.

Bibliografía: 

  • Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio (J. Chamorro Mielke, trad.). Debate. (Obra original publicada en 2011) 
  • Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.


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