Es sábado, son las dos de la tarde, terminaste de almorzar, el cielo está nublado y te parece un gran momento para ver alguna película o serie en una plataforma de streaming. Empezás a buscar, leer sinopsis, pensás si algún amigo te tiró alguna sugerencia útil que aún tenés pendiente y finalmente das con algo que te gusta. Le das play y te acomodas en el sillón. Cuando te das cuentas ya son las 8 de la noche, te pasaste el día sentado frente a la pantalla y entre capítulo y capítulo leíste algún mensaje escrito de Whatsapp (que obvio no fueron audios porque estás viendo tu serie) scrolleaste un poco tus redes y llegó la noche, a comer y a dormir. Sin darte cuenta, el domingo fue exactamente igual al sábado y tu fin de semana pasó. No viste amigos o familia y entonces te preguntas…
¿qué
hice todo el fin de semana con mi tiempo?
Netflix, whatsapp y todo internet son lo que el periodista Nicholas Carr llama “Tecnologías Intelectuales”, que son todas aquellas nuevas herramientas que usamos para ampliar o apoyar nuestra capacidad mental, como lo fueron también el libro, la calculadora, el diario o la escuela misma en diferentes momentos de la historia y, como ha sido demostrado por esas mismas tecnologías, cada vez que una nueva irrumpe en nuestras vidas, promueve nuevas formas de pensar o elaborar ideas/tareas.
¿Y cuál sería el problema de estar modificando nuestra forma de crear y analizar conocimiento? Que este nuevo modo que aprendemos podría ser extremadamente limitado para nuestra enorme capacidad natural.
Pensémoslo un minuto: ¿cuántas horas por día pasamos frente al celular, la computadora o cualquier pantalla? Circulan en internet muchas investigaciones realizadas al respecto, y algunas estimaciones sitúan el consumo diario de pantallas en alrededor de 6 horas y 45 minutos. Otros estudios, realizados por organismos como el Instituto Nacional de Ciencias Médicas Generales (Nigms, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, explican los cambios que estamos teniendo en nuestros ciclos circadianos como consecuencia de la exposición a pantallas. Incluso otros estudios, realizados en niños y adolescentes, ya analizan fenómenos como la nomofobia, modificaciones en las estructuras cerebrales o un funcionamiento cognitivo desmejorado y acá aparece otra pregunta importante:
¿cómo es el contenido que
consumimos?
Scrolleamos en redes entre miles de fragmentos muy breves de información y de pronto estamos mirando una publicidad de cremas, al segundo una noticia trágica, al segundo el recorte de un programa de streaming, al segundo la publicación de un conocido y llegamos a un descubrimiento científico. De todo eso que vemos en milésimas de segundos, no nos quedamos realmente con nada: porque la información de noticias es incompleta o fake, porque cuando pensamos en abrir un enlace aparece algún otro distractor dentro de la misma red y seguimos de largo, porque entramos a leer los comentarios y nos quedamos atrapados en la indignación o enojo que nos generan los hatters, etc.
Lo cierto es que toda la información que existe es tanta y tan variada, dispuesta en un mismo canal y en el mismo momento que procesarla íntegra es imposible; ¿Y siempre fue así? No. Lo cierto es que tomar un libro por ejemplo, sentarnos y leer en silencio, pone en juego nuestra capacidad de atención, de imaginación, de abstracción, de comprensión lectora e incluso nuestra capacidad visual y entonces no, no es lo mismo que estar horas frente a una pantalla como lo hacemos habitualmente. ¿Hemos dejado de leer? No, pero ahora leemos diferente, porque justamente, las nuevas tecnologías intelectuales nos enseñan un nuevo modo de vincularnos con la información.
Terminamos consumiendo datos superfluos, limitados, de modo entrecortado por distracciones, sin posibilidad de llegar a profundizar y mucho menos poner en práctica ese conocimiento. Este tipo de consumo puede afectar determinadas formas de atención sostenida, comprensión y memoria, mientras que la exposición prolongada a pantallas ha sido estudiada en relación con problemas posturales, atencionales, de sueño y psicoemocionales entre otros.Volvamos al ejemplo inicial de Netflix: En todo ese fin de semana tu cerebro dividió su atención entre la pantalla donde ves tu serie, la pantalla del celular como recordatorio de una vida social digital, o como recordatorio de alimentación si pediste comida porque te dio fiaca cocinar, la necesidad de ir al baño cada tanto y algún quehacer de la casa. ¿Y la serie de qué se trataba? ¿Alguna historia de amor o guerras épicas? ¿Invasiones alienígenas? ¿Mundos distópicos? ¿Qué lenguaje usaba esa serie?... todo eso deja muy estimulado a tu cerebro, pero ese estímulo no necesariamente significó estar profundizando, comprendiendo o incorporando conocimiento de una manera significativa.
Y por último, estas tecnologías nuevas, a diferencia de aquellas como el libro por ejemplo, están absolutamente subsumidas en nuestra intimidad, es decir, el celular sabe con quién y cómo nos relacionamos, si tenemos o recibimos fotos íntimas, qué contenidos nos interesan o no, qué dicen nuestros mensajes personales con amigos o familia o cómo es originalmente esa foto que se sube a nuestras redes editada con alguna app, entonces, así como se transforma nuestra forma de pensar, también lo hace nuestra forma de vincularnos y he ahí otra problemática igual de profundo:
¿Qué tan conectados y bajo qué tipo de lógicas vinculares
habitamos el mundo actual? Nuestro ser social también se está modificando.
Por ende,
si pasamos todo el finde con Netflix ¿no será que nuestra nueva pareja es
Netflix?¿y qué nos dice esa pareja? ¿Qué historias nos cuenta? si estamos
desconectados de los vínculos reales y sólo consumimos lo que las pantallas nos
muestran, qué concepto nos creamos sobre los vínculos: relaciones tóxicas, el
rico con el pobre, vínculos codependientes o con patologías psíquicas, parejas
del odio al amor, hipersexualización, etc.
¿Y si en realidad no nos vinculamos por miedo a los vínculos que vemos en las pantallas, pero seguimos frente a ellas y no tratamos de salir para formar algo diferente? ¿Y si en realidad la crisis de soledad es programada y no elegida?
Esto te lo cuento en mi podcast “Ser sin Estar” ya disponible en Spotify y redes.
Referencias:





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