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¿Con qué algoritmo construyen tu realidad digital?

Por: Luciana Capra Gatica

Un día cualquiera, en una reunión con amigos, varios deciden googlear un dato que les falta en una conversación interesante y todos encuentran información diferente, ¿te pasó alguna vez? ¿ te suena familiar la escena? Apuesto a que sí. Y aunque creas que se trata de una simple cuestión de algoritmos, ¿Quién y cómo se definen nuestros algoritmos? ¿Y cómo afecta eso nuestra cosmovisión? El trasfondo de este tema es mucho más complejo.

¿Cómo nos afecta la dieta informativa?

En el estudio "La manoinvisible: el News Feed de Facebook y nuestra dieta informativa" realizado en 2018 por la World Wide Web Foundation, los resultados sugirieron que Facebook no sólo diferenciaba la información que mostraba a perfiles disímiles, sino también a perfiles similares con intereses idénticos.

Al respecto, Ana Clara Prilutzky, gerenta de Comunicaciones de la red social en la Argentina en ese entonces, dijo: “Nuestro objetivo es entregar las historias que, según hemos aprendido, le interesan más a un individuo”; pero si ese es el caso, ¿por qué motivo a perfiles con intereses idénticos, les mostrarían entonces contenidos diferentes?

Por otra parte, en el año 2014, Facebook fue centro de polémica, gracias al estudio realizado por científicos de la Cornell University, en el cual los autores terminaron afirmando que las emociones expresadas por otros en Facebook influenciaban las propias.

Más allá de que la controversia se generó porque la última investigación se realizó sin consentimiento de los usuarios y de que hoy, años después, la conclusión de estos estudios pudiera parecernos una obviedad, es crucial reflexionar al respecto, considerando la rapidez con la que hemos incorporado la digitalidad a nuestras vidas.

La burbuja digital: Un mundo a nuestra medida

A nivel informativo entonces, si tomamos en cuenta que el algoritmo de las redes seleccionaría las noticias que nos muestra, sin un lineamiento que nos parezca claro en relación a nuestros intereses, podemos pensar que las plataformas construyen intencionalmente lo que el autor Eli Pariser define como “burbuja de filtros”. Ese “universo” personal y único de información que uno vive en la red, que depende de lo que somos y hacemos y del cual no decidimos lo que queda por fuera.

De igual manera, si fuera cierto que las emociones que otros plasman en las redes, parecieran influenciarnos emocionalmente a nosotros, la burbuja se extendería y ya no se trataría únicamente de información, sino de experiencia e interpretación de la realidad.


En su texto “El Marxismo y la filosofía del lenguaje” (1929), Valentin Voloshinov ya hacía referencia a que nuestra percepción del mundo nunca es neutral, sino que interpretamos la realidad mediante signos y significados que se construyen socialmente y por ende están cargados de ideologías en disputa. Sin embargo, existe una diferencia importante entre esa mediación cultural inevitable y la selección algorítmica de contenidos dispuesta por intereses comerciales o políticos.

Del YO digital a la identidad

Muy cierto es que existe una “presión social” por pertenecer al mundo digital, porque vemos en la vida cotidiana que quien no tiene redes sociales o aún lee diarios de papel, parece quedar excluido en conversaciones donde se traen a cuenta memes o videos virales, tanto de noticias como de entretenimiento y es esa misma presión social justamente la que nos lleva a decidir formar parte del sistema.

Justamente esa presión social, es la que hace que generalmente no leamos o no le demos mayor importancia a las políticas de privacidad que las plataformas nos imponen para pertenecer y es ahí donde terminamos entregando no sólo la información sobre muchos aspectos de nuestra vida, sino también el poder para modificar, de algún modo, nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos.

Y esto último porque, al ingresar al mundo de las plataformas, cruzamos el umbral que limita la “vida real” de la “vida digital” y, como explicara Russel Belk, en su artículo “Yo extendido en unmundo digital”, lo que publicamos y compartimos puede convertirse en una representación de nosotros mismos y en una forma de mostrar quiénes somos ante los demás, entonces, cuando esa burbuja digital nos da devoluciones sobre lo que exhibimos, podemos llevar algo de la legitimación social real a ese plano y que eso afecte la construcción de nuestra identidad.


Es necesario preguntarnos finalmente entonces, ¿cuánto peso tiene ese entorno digital en la percepción que tenemos de nosotros mismos? Sobre esto hablamos en mi podcast “SER sin ESTAR”, en el tercer episodio llamado "Validación, identidad idealizada e hipercomparación: El precio de pertenecer”

Te lo dejo debajo para que lo escuches!

Referencias:

Más estudios demuestran cómo Facebook manipula el modo de informarse, esta vez en la Argentina | TN

Nosotros, los cobayos de Facebook - Revista Anfibia

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El ágora fragmentada: cómo las plataformas aceleran la polarización

Fotograma de la película The Matrix con la píldora roja y azul

Este artículo fue modificado el 14 de octubre de 2026.


El ágora digital

La promesa utópica de la era digital nos hacía imaginar una gran plaza pública virtual donde cada ciudadano pudiera participar en un debate libre y constructivo: un ágora universal, transparente y democrática. Pero la actualidad ofrece un paisaje muy distinto, marcado por la hostilidad y la polarización.

El origen de la "grieta" no viene de las plataformas digitales. Estas disputas por el sentido tienen raíces históricas que anteceden a los algoritmos. Lo que introdujeron fueron reconfiguraciones de las formas en las que se expresa la política. Así, la argumentación extensa que antaño caracterizó el debate político hoy fue reemplazada por "micro-mensajes". En palabras de Ernesto Calvo y Paula Clerici:

"Hoy sabemos que la democracia deliberativa no incluye ciudadanas y ciudadanos filósofos, enfrascados en largos intercambios comunicacionales, sino miles de millones de micro-mensajes, descentralizados y localistas, circulando en espacios en los que gobierna una élite de influencers" [1].

Sesgos y cámaras de eco

Frente a la saturación constante de información que caracteriza al entorno digital actual, la mente humana recurre a atajos cognitivos que priorizan aquello que coincide con las creencias individuales previas. Si una noticia respalda nuestra opinión, la aceptamos de inmediato. Si la contradice, la ignoramos.

Estos atajos no operan en el vacío: las plataformas los aprovechan. Siguiendo lo expuesto por Cass Sunstein en su libro #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media [2], podemos decir que las cámaras de eco son un proceso clave en la polarización que ha sido incorporado en la infraestructura de las propias plataformas digitales.

Retrato de Cass Sunstein, jurista y autor de #Republic
Cass Sunstein, jurista y autor de #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media, en 2008. Foto: Wikimedia Commons.

Las cámaras de eco tienen lugar cuando los usuarios refuerzan sus narrativas políticas al limitar su interacción social a otros usuarios con discursos afines. En este entorno, los algoritmos generan cámaras de eco al detectar tendencias y entregar a cada individuo mensajes alineados ideológicamente con sus posturas previas. Como indican Natalia Aruguete y Ernesto Calvo en Fake news, trolls y otros encantos (2020):

"Lo novedoso del escenario mediático actual reside en la personalización y el desagrupamiento de la información mediante códigos algorítmicos" [3].

Los propios usuarios intervienen activamente en la creación de sus propias cámaras de eco mediante el fenómeno del pruning o poda digital. Aruguete y Calvo han mostrado que los sujetos con identidades políticas fuertemente consolidadas suelen bloquear, silenciar o eliminar de sus contactos a amigos, familiares o conocidos que publican posturas disonantes.

Polarización afectiva

La poda digital es muestra de que la separación entre grupos ya no se organiza solo en torno a desacuerdos políticos, sino en función de la polarización afectiva: el adversario deja de ser percibido como un rival legítimo y pasa a ser visto con una antipatía visceral. Como advierten Calvo y Aruguete, la polarización no implica únicamente un aumento en la distancia de las políticas públicas:

"Constituye, además, un cambio en las distancias simbólicas que observamos, en los encuadres que son preactivados mediante distintas estrategias comunicacionales" [4].

En ese marco, la circulación de contenidos responde menos a su precisión fáctica que a su capacidad de activar marcos identitarios y pasiones intensas. Las plataformas digitales están diseñadas para premiar los posteos que generen indignación o entusiasmo, ya que la emocionalidad es el insumo clave en la economía de la atención.

La polarización como lógica

Así, la convergencia entre el diseño algorítmico, las dinámicas de gratificación inmediata y los sesgos cognitivos consolida una transformación estructural en la manera en que se expresa la política. La polarización deja de ser un síntoma coyuntural del debate público para convertirse en la lógica organizativa del entorno digital.

En este sentido, resulta claro y deprimente saber que los incentivos del sistema continúan y continuarán premiando la radicalización del debate sobre el acuerdo.

Para conocer más

Si querés profundizar en cómo los sesgos cognitivos condicionan lo que creemos en el entorno digital, te recomiendo escuchar el episodio 2 de mi podcast, Demasiado bueno para ser IA: "¿Por qué creemos?".

Y si te interesa ver cómo se relaciona este tema con la película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, te recomiendo este análisis en video:

Referencias

[1] Ernesto Calvo y Paula Clerici (2023). Después de la #Consolidación Democrática: Redes sociales, polarización y fake news. Desarrollo Económico, 63(240), 195-202.

[2] Cass R. Sunstein (2017). #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media. Princeton University Press.

[3] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Cómo funcionan (para bien y para mal) las redes sociales. Siglo XXI.

[4] Natalia Aruguete y Ernesto Calvo (2020). op. cit.

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A la deriva de la posverdad: la atrofia cognitiva en la realidad algorítmica

Imagen del post

Este artículo fue modificado el 14 de octubre de 2026.

En febrero de este año, el New York Post publicó un artículo titulado: "Generación Z — La primera generación oficialmente calificada como más estúpida que la anterior".

El titular podría considerarse excesivo, pero no fue un capricho sensacionalista del editor: hacía referencia a las palabras de un especialista en neurociencia y educación, Jared Cooney Horvath. Un mes antes, Horvath había dicho algo muy similar, aunque con más sutileza, en una audiencia con el Congreso de los Estados Unidos.

¿El objetivo de esta audiencia? Afrontar una problemática que atraviesa las fronteras estadounidenses y preocupa a todo el mundo: el impacto de las pantallas en los niños. Pero el problema va más allá de las pantallas: los algoritmos que las gobiernan se convirtieron en la infraestructura de la posverdad.

Ética de las pantallas

Las alarmas están siendo oídas, pero llevan años sonando. En 2018, científicos noruegos revelaron que el coeficiente intelectual de los nacidos a partir de 1975 era menor al de la generación anterior, revirtiendo la tendencia de aumento sostenido que se había visto durante el siglo XX. El estudio en cuestión daba una pista fundamental: el problema no era biológico, sino ambiental.

Tan solo dos años después, la pandemia aceleró y concretó la digitalización de la sociedad. Toda actividad social, desde el trabajo hasta el entretenimiento, la información y la socialización, quedó circunscripta a las pantallas. Desde cierta perspectiva, no hay nada de malo con esto: las pantallas son una herramienta más, no son ni malas ni buenas.

Las tecnologías podrán no tener moral, pero sí tienen ética. Según Nicholas Carr, autor de Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011), las "tecnologías intelectuales" son invenciones que modificaron nuestra forma de pensar. Cada una de ellas nos inculcó una nueva ética que no fue considerada ni por sus creadores ni por sus usuarios:

"En última instancia, la ética intelectual de una invención es lo que surte el efecto más profundo sobre nosotros. La ética intelectual es el mensaje que transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus usuarios".

Obsesión por la optimización

En Superficiales, Carr caracteriza la ética intelectual de Internet haciendo una analogía con el taylorismo, el modelo de trabajo que dividía las tareas para ganar más velocidad de trabajo:

"Internet es una máquina diseñada para la recogida, transmisión y manipulación eficientes y automatizadas de información; y sus legiones de programadores pretenden encontrar «el método óptimo» —el algoritmo perfecto— para desempeñar los movimientos mentales de lo que se ha dado en describir como la tarea del conocimiento".

Para Carr, la obsesión taylorista por erradicar los tiempos muertos cambió nuestra relación con el saber. Si en la fábrica se buscó maximizar la producción de mercancías, en la red el objetivo estuvo en optimizar los datos que nuestras mentes pueden procesar.

En este contexto, la atención de los usuarios se convirtió en el recurso finito anhelado de las marcas y empresas. Hoy, el modelo de negocio del ecosistema digital es el de la "economía de la atención".

En palabras de Sean Parker, cofundador de Facebook: "Pensamos en cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo y captar tu atención en la medida de lo posible".

Fotografía del escritor Nicholas Carr
Nicholas Carr, autor de "Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?".

Realidades personalizadas

Para garantizarse la mayor porción del tiempo de navegación del usuario, las grandes empresas han reclutado a todo tipo de expertos para desarrollar mecanismos de captación de atención. Entre ellos, la pieza clave son los algoritmos. Nacidos de ese afán por optimizar las búsquedas de información, son un conjunto de reglas e instrucciones programadas que personalizan nuestras experiencias digitales en tiempo real.

El proceso de personalización de la experiencia de los algoritmos funciona identificando y categorizando estímulos (contenidos) según las respuestas que despiertan en los usuarios (interacciones). Así lo describe Nick Srnicek, autor de Capitalismo de plataformas (2018): "deberíamos considerar los datos como la materia prima que debe extraerse, y las actividades de los usuarios como la fuente natural de dicha materia prima".

Haciendo uso de nuestros datos, las plataformas pueden crear experiencias personalizadas para cada usuario. Las revelaciones del Washington Post sobre los documentos internos de Facebook (Facebook Papers) expusieron cómo opera esta "personalización": durante años, el algoritmo premió el emoji de "Me enoja" por sobre el "Me gusta", asignándole cinco veces más valor.

La investigación demostró empíricamente qué tipo de estímulos busca multiplicar la plataforma:

  • contenido que apela a emociones de alta intensidad;
  • publicaciones que generan mayor fricción (más propensas a contener desinformación, discursos tóxicos o noticias engañosas);
  • estímulos diseñados para maximizar la permanencia del usuario sin juzgar su veracidad.

Al subordinarse a las pasiones, la maquinaria algorítmica convierte a las plataformas digitales en cámaras de eco donde la realidad queda fragmentada.

Para los usuarios de la actualidad, salir del camino seguro del algoritmo está totalmente fuera de su imaginación. Resulta más sencillo y gratificante mantenerse en lo que Joan Cwaik describe como "un ecosistema que no distingue entre lo que es cierto y lo que es conveniente".

Fotografía de Nick Srnicek
Nick Srnicek, académico y autor de "Capitalismo de plataformas".

Algoritmo y posverdad

Los algoritmos se convirtieron en los nuevos practicantes de la posverdad: distribuyen contenidos sin juzgar si son verdaderos.

El término posverdad se popularizó en 2016 con la emergencia de las fake news. En ese momento, sirvió para explicar por qué los usuarios compartían noticias sin importarles que fueran falsas, siempre y cuando los hechos se ajustaran a su visión de mundo. Para Lee McIntyre, la posverdad se define por la intención de imponer una visión del mundo sin importar su veracidad.

Hoy en día, los practicantes de la posverdad ya no son los usuarios, sino los algoritmos. En la realidad fabricada de las plataformas, los algoritmos no juzgan la veracidad ni la ética de los contenidos que distribuyen. Como plantea Cwaik, la posverdad evolucionó a la par del desarrollo tecnológico: "dejó de ser solo un fenómeno discursivo para volverse un fenómeno computacional".

Los algoritmos se convirtieron en la infraestructura de la posverdad, un mecanismo invisible que moldea activamente la percepción a escala masiva. Su dominación no requiere persuasión racional, sino que se da puramente en el ámbito de la emocionalidad. Es una prisión sin barras, infinita y fluctuante; es como estar perdido en el océano.

No es exageración decir que hoy estamos a la deriva de la posverdad.

Para conocer más

Si querés profundizar sobre cómo Internet y las tecnologías digitales están transformando los criterios de verdad, la información y la credibilidad en la sociedad contemporánea, te recomiendo escuchar el debate ampliado en mi podcast, Demasiado bueno para ser IA:

Y si te interesa ver cómo se relaciona esta temática con la película Matrix (1999) y la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, te convido este análisis en video:

Referencias

Jeanne Erickson (07/02/2026) Gen Z — the first generation officially dubbed dumber than the last. New York Post.

Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg (11/07/2018). Flynn effect and its reversal are both environmentally caused. PNAS 115 (26)

Nicholas Carr (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?. Taurus.

BBC News Mundo (13/09/2018). Qué es la "economía de la atención" y por qué tu smartphone te hace parte de ella.

Nick Srnicek (2018). Capitalismo de plataformas. Caja Negra Editora.

Jeremy B. Merrill y Will Oremus (26/10/2021). Five points for anger, one for a ‘like’: How Facebook’s formula fostered rage and misinformation. The Washington Post.

Joan Cwaik (30/06/2025). La fábrica de realidades. El poder de los algoritmos.

Lee McIntyre (2018). Posverdad. Cátedra.

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La Celda de Cristal de YouTube




YouTube y la "censura algorítmica": caso realidad  y debate.

Diversos casos documentados muestran que YouTube no solo funciona como una plataforma de publicación de videos, sino también como un sistema activo de moderación que puede eliminar contenido, suspender canales o limitar su alcance. Estas decisiones se justifican como parte de sus políticas de seguridad, pero generan un debate sobre sus efectos en la circulación de la información.

Según el propio Google Transparency Report, la plataforma elimina millones de canales y videos por violaciones a sus normas. Durante el periodo de enero a marzo de 2026, la plataforma eliminó un total de 2,183,919 canales y 69,271,993 videos como consecuencia directa del cierre de esas cuentas.

Como se detalla en la imagen, el reporte oficial registra que la "Cantidad total de canales que eliminaron" alcanzó exactamente los 2,183,919.

Para visualizar la proporción de estas sanciones, el siguiente gráfico muestra la distribución exacta de los motivos de cierre:



Al desglosar los datos del gráfico, las eliminaciones se justifican bajo motivos específicos de incumplimiento. Las categorías exactas que registran el reporte son:
  • Spam, prácticas engañosas y estafas: Representan la sanción principal. Exactamente 1,651,995 canales fueron eliminados por este motivo, lo que equivale al 75.6% del total en ese trimestre.
  • Información errónea: Resultó en la eliminación de 153,808 canales. Esto representa el 7.0% del total de las sanciones.
  • Seguridad infantil: Causó la baja de 136,439 canales. Esta cifra equivale al 6.2% del volumen de eliminaciones.
  • Imágenes sexuales o de desnudos: Llevó a la supresión de 105,324 canales. Esto corresponde al 4.8% de los cierres definitivos.
Este sistema opera tanto con inteligencia artificial como una revisión humana, y la eliminación de canales completos es una medida de aplicación masiva.


Casos de alto impacto: política y desinformación

Uno de los ejemplos específicos es la restricción de canales vinculados a medios estatales rusos. La propia cadena RT ha reportado y documentado los bloqueos y las suspensiones "strikes" aplicados por YouTube contra sus trasmisiones. La plataforma justificó estas acciones como parte de sus medidas contra la desinformación en el contexto del conflicto en Ucrania, lo que genera un debate sobre el alcance de la moderación en contenidos políticos.

Otro caso documentado es el de redes de canales eliminados por campañas coordinadas de influencia política. YouTube ha informado públicamente la desarticulación de miles de canales vinculados a operaciones de desinformación en distintos países.

👉 Fuente sobre los bloqueos a RT: RT – YouTube blocks and strikes

Moderación, IA y las decisiones automáticas

YouTube sostiene que combina sistemas automáticos y equipos humanos para moderar contenido. Sin embargo, cuando se aplican  sanciones definitivas como el cierre de cuentas, el impacto en la disponibilidad de la información es masivo. Un canal se cierra de forma definitiva si acumula tres advertencias por incumplimiento de las normas comunitarias en 90 días, ante un único caso de abuso grave (como conductas predatorias) o si se determina que está dedicado exclusivamente a infringir los lineamientos (como las cuentas spam).

👉 Política oficial de moderación: YouTube Help – Content moderation systems


El debate: ¿moderación o censura?

Estos casos muestran que Youtube no actúa como una plataforma sin intervención, sino como un sistema que define qué contenidos pueden publicarse y cuáles no. Aunque la plataforma no se presenta como una entidad de censura, sus mecanismos de moderación pueden generar efectos similares a la censura tradicional en términos de reducción de visibilidad y alcance.

Lo que opera es un modelo de gestión algorítmica del contenido, donde reglas, sistemas automáticos y decisiones humanas determinan qué información llega a los usuarios y cuál queda restringida.

Conclusión

YouTube continúa siendo una de las plataformas de mayor uso en internet. Sin embargo, los casos de eliminación de canales, la moderación automatizada y la intervención  sobre contenidos políticos y de salud muestran que la disponibilidad de información no depende solo de los usuarios, sino también de decisiones técnicas y políticas internas de la plataforma.

Este escenario abre un debate en la actualidad: ¿Estamos frente a simples políticas de moderación o ante nuevas formas de control de la visibilidad informativa?

🎧  Podcast Punto Ciego El algoritmo tiene una regla clara: la facturación supera a la veracidad. En el nuevo episodio detallo cómo YouTube cobra por promocionar fraudes con la imagen de MrBeast y Elon Musk, mientras desmonetiza las investigaciones sobre fondos de inversión como BlackRock y Vanguard. Disponible en el canal.

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¿Quién decide lo que ves?

¿Quién decide lo que ves?

Cuando pensamos en YouTube, solemos imaginar una plataforma donde cada persona elige libremente qué contenido consumir, basado en sus gustos y elecciones personales. Sin embargo, detrás de cada búsqueda, recomendación o video sugerido existen sistemas automatizados que organizan y priorizan la información que llega a nuestra pantalla. Este episodio parte de una pregunta simple, pero fundamental: ¿realmente vemos lo que elegimos o vemos aquello que una plataforma decidió mostrarnos?

A lo largo de los años, YouTube dejó de ser un simple sitio para alojar videos. Hoy es uno de los principales espacios de entretenimiento, información y formación de opinión a nivel global. Millones de personas recurren a la plataforma para informarse sobre actualidad, aprender nuevas habilidades o simplemente pasar el tiempo, convirtiéndola en un actor con una enorme influencia cultural y social. 

En este contexto, analizamos el papel que desempeñan los algoritmos en la selección y distribución de contenidos. Estos sistemas determinan qué videos aparecen primero, cuáles reciben mayor alcance y cuáles quedan relegados a un segundo plano. Aunque su funcionamiento suele ser invisible para los usuarios, sus decisiones tienen un impacto directo en lo que consumimos cada día.

El episodio también aborda el fenómeno del clickbait, los títulos engañosos y las fake news que circulan dentro de la plataforma. A pesar de las constantes promesas de mejorar la calidad de la información, muchos contenidos diseñados para captar atención mediante exageraciones o desinformación continúan acumulando visualizaciones y reproducciones masivas.

Otro de los ejes centrales es el debate sobre la moderación de contenidos y la llamada "censura algorítmica". Diversos creadores, periodistas y organizaciones han denunciado restricciones de alcance, desmonetizaciones o dificultades para difundir determinados temas. Esto abre interrogantes sobre los criterios utilizados para decidir qué contenido es considerado apropiado, relevante o visible.

Además, exploramos la relación entre YouTube y su modelo de negocio: como gran parte de sus ingresos proviene de la publicidad, las decisiones de la plataforma no solo responden a cuestiones técnicas, sino también a intereses comerciales y económicos. La búsqueda constante de retención y rentabilidad influye en la forma en que se organiza el ecosistema digital.

Lejos de presentar respuestas definitivas, este episodio propone reflexionar sobre el poder que concentran las grandes plataformas tecnológicas en la actualidad. Cuando una empresa privada tiene la capacidad de recomendar, ocultar o potenciar determinados contenidos para millones de personas, sus decisiones trascienden el ámbito tecnológico y adquieren una dimensión social, cultural y política.

En definitiva, el contenido de hoy invita a cuestionar la idea de neutralidad en internet y a pensar cómo se construye nuestra experiencia digital. Porque quizás el verdadero debate no sea únicamente qué consumimos en línea, sino quién define qué merece nuestra atención y qué queda fuera de nuestro campo de visión.

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¿Quién controla lo que pensás?

Por Shaiel A. Acosta


En la era digital, nuestras ideas, emociones y hasta nuestra identidad están siendo moldeadas sin que lo notemos. ¿Realmente pensamos por nosotros mismos o somos productos de algoritmos, vigilancia y marketing emocional? En este espacio destapo las distorsiones de la autopercepción, los peligros invisibles del control social y cómo Internet está reprogramando nuestra mente. ¿Estás listo para ver lo que no quieren que veas? 

Autopercepción en la Era Digital 

En la era digital, donde todos opinan sobre todo, el efecto Dunning-Kruger es el invitado invisible en casi cada debate. Este sesgo cognitivo nos dice que, irónicamente, cuanto menos sabe alguien sobre un tema, más seguro se siente de tener razón. Mientras tanto, quienes realmente dominan un área suelen ser los más cautelosos a la hora de emitir juicios tajantes, precisamente porque comprenden su complejidad.

Esta paradoja explica por qué aumentan los "todólogos" en redes sociales, y también por qué funcionan tan bien la publicidad, el marketing y la política: cuánto mas convencido suena alguien, más confiamos. Y en un entorno donde la percepción vale más que la verdad, opinar con firmeza se vuelve más rentable que tener razón. 

El problema es que esta sobreconfianza puede ser contagiosa. Alguien ignora lo que no sabe, se siente con derecho a opinar, y esa opinión errónea o engañosa se viraliza. Así la ignorancia no solo habla, sino que hace ruido. Y en ese ruido digital, el conocimiento real muchas veces queda fuera del algoritmo.

Del derecho al riesgo: La privacidad en peligro colectivo 

En un mundo hiperconectado, nuestra privacidad ha dejado de ser un asunto individual para convertirse en un problema político y social de primer orden. Cada clic, cada búsqueda, cada "me gusta" se convierte en un dato. Y esos datos, lejos de desaparecer, se almacenan, se analizan y se utilizan para vigilarnos, manipularnos hasta controlarnos. 

Como advierte Marta Peirano, la vigilancia debe ser entendida como un problema estructural y colectivo, comparable con la crisis climática: no basta con protegerse uno mismo, sino que necesitamos de acción conjunta. Mientras más aceptamos esta vigilancia como "normal", más renunciamos a derechos que deberían ser innegociables. 


Un ejemplo claro es el caso de TikTok, acusado de recolectar masivamente datos de usuarios y compartirlos con el gobierno chino, en una estrategia que mezcla entretenimiento, vigilancia y geopolítica. 

Durante la pandemia, este problema se profundizó. Las apps de rastreo y monitoreo sanitario, justificadas por la emergencia, abrieron la puerta a prácticas de vigilancia opacas y sin suficientes controles. Como señala Carissa Véliz, en la era digital el poder está en los datos: quien tiene los datos: tiene el poder. Y eso puede costarnos caro. 

La pregunta de fondo no es solo quién nos vigila, sino para qué. Nuestros datos son el insumo principal de una nueva forma de poder invisible, persistente y, sobre todo, consentida aunque no comprendida.

Cómo Internet rediseña nuestra mente

Desde su irrupción en la vida cotidiana, Internet ha transformado la forma en que pensamos, nos relacionamos y tomamos decisiones. Lejos de ser una herramienta neutral, su diseño, especialmente el de las redes sociales, motores de búsqueda y sistemas de recomendación, está profundamente entrelazado con procesos psicológicos que pueden amplificar vulnerabilidades humanas.

Uno de los efectos más visibles es la creciente dependencia que desarrollamos hacia la red y las redes sociales, lo que afecta directamente nuestra capacidad de concentración y atención. La naturaleza fragmentada del contenido digital y la estimulación a través de notificaciones generan una interrupción continua de nuestros procesos cognitivos. 


Este entorno favorece la búsqueda de gratificación inmediata, reduciendo la capacidad para mantener la atención en actividades prolongadas o complejas, y propiciando hábitos que a largo plazo pueden perjudicar nuestro bienestar mental y emocional. 

Además, el poder de Internet actúa como un instrumento sofisticado para influir en nuestras emociones y decisiones. Las técnicas de neuromarketing, apoyadas en el análisis de masivo de datos, permiten a empresas y organizaciones diseñar estrategias personalizadas que apelan directamente a nuestras reacciones emocionales. De esta forma, orienta nuestros hábitos de consumo, opiniones y creencias. 

Por último, es fundamental reflexionar sobre la naturaleza misma de la tecnología que utilizamos. Comúnmente se considera que Internet y las plataformas digitales son herramientas neutrales al servicio del usuario, la realidad es más compleja. 

Los algoritmos y diseños de estas tecnologías tienen intenciones específicas: están hechos para captar nuestra atención. A menudo priorizan la viralidad, el tiempo de uso o el engagement por encima de otros valores como la veracidad o el bienestar del usuario. Esto muestra que no solo usamos la tecnología, sino que ella también influye en cómo pensamos y actuamos. Resulta necesario debatir sobre el diseño tecnológico y qué postura queremos asumir frente a estas fuerzas invisibles pero influyentes. 

El salto evolutivo hacia la hiperconectividad

La expansión global de Internet originó un nuevo tipo de sujeto: el Homo Interneticus, guiado por la conexión permanente, la sobreinformación y la interacción digital. Se trata de una transformación cultural que reconfigura nuestra forma de ser y relacionarnos. 

Como muestra el documental de la BBC que da nombre al concepto, esta figura no es una exageración futurista, sino una realidad observable especialmente en países como Corea del Sur, donde se han documentado casos extremos de adicción a la web. La comparación con el Homo Videns de Sartori resulta inevitable: si antes era la televisión la que condicionaba la percepción, hoy lo hacen las redes, los algoritmos y la inmediatez digital. 



Se expresa con claridad en las redes sociales. Plataformas como Facebook o Instagram no solo nos conectan: nos empujan a construir una versión pública de nosotros mismos. Vivimos una vida “editada” para ser vista, más que vivida. La exposición constante genera una ilusión de autenticidad y la necesidad de una validación externa.

Otro rasgo de esta nueva era es el cambio en nuestras relaciones. El “Número de Dunbar” sugiere que solo podemos mantener vínculos estables con unas 150 personas. Sin embargo, las redes nos muestran listas infinitas de “amigos” o “seguidores”. Muchas veces, el rol que cumplimos en redes es más cercano al del voyeur: observamos la vida de otros sin participar realmente. Lo social se vuelve espectáculo, y el vínculo, consumo.

La mente del Homo Interneticus también ha cambiado. La sobrecarga informativa nos aleja del pensamiento lineal y profundo. En lugar de “erizos”, que siguen una idea central, somos más bien “zorros”, saltando de dato en dato.

La política también fue transformada por la lógica digital. Hablamos hoy de Política 2.0: campañas, debates y militancia que ya no ocurren solo en plazas o medios tradicionales, sino en redes sociales y plataformas digitales. Las redes democratizan la palabra, pero también la simplifican. Los discursos se reducen a frases breves, los argumentos a memes, y los matices se pierden entre algoritmos que premian lo emocional antes que lo racional. 

Twitter (ahora X), TikTok o Instagram son nuevas arenas políticas. No solo comunican: crean climas de opinión, generan polarización y pueden movilizar masas en tiempo real. Un hashtag puede reemplazar un anuncio y viralizar una consigna en minutos. 

Reflexiones

Al comparar la lectura tradicional de un libro con la experiencia digital, se evidencia una transformación no solo en el formato, sino en la forma que procesamos la información. La lectura digital, con sus distracciones constantes y fragmentación del contenido, puede afectar nuestra capacidad de concentración profunda y pensamiento crítico, aspectos que la lectura tradicional fomentaba de manera más natural. Esta diferencia subraya cómo las tecnologías influyen directamente en nuestra mente y hábito. 

Cada vez hay más evidencias de que Internet no solo modifica lo que hacemos, sino cómo pensamos. Estudios neurocientíficos muestran que la navegación constante, el salto entre pestañas y la lectura superficial en pantalla afectan nuestra capacidad de concentración y memoria a largo plazo. Nos volvemos más rápidos para detectar información, pero menos hábiles para profundizar, reflexionar o mantener el foco. Pensamos en red, como navegamos: de forma fragmentada, veloz y reactiva.

Estas interrogantes nos invitan a reflexionar sobre cómo queremos que evolucione nuestra relación con la tecnología, qué límites y valores debemos proteger, y cómo podemos mantener el equilibrio para preservar la autonomía. El futuro dependerá en gran medida de nuestra capacidad para entender estas transformaciones y tomar decisiones conscientes que garanticen un desarrollo tecnológico al servicio del bienestar humano y no al revés. 
 
¿Te interesa el tema? Escuchá mi último episodio Identidades en línea: el sujeto atrapado en la era digital en mi podcast Abramos el Tema.🎧 Escúchalo ahora 





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Tu Vida en Línea: Lo que no sabías que compartías

¡Hola a todos! Soy Lucas Biondi y estoy acá para hablarles de algo que, al igual que a mí, espero que les sorprenda cuando empezamos a entenderlo, se trata de la cantidad brutal de datos que entregamos cada día en internet.

Hace poco leí un artículo que me dejó pensando, Google Maps no solo registra por dónde manejás, sino cuánto tiempo te quedás en la panadería o a qué hora llegás a tu trabajo. Y no es solo Google, es Netflix, que ya sabe qué "preferimos" para darnos una mejor experiencia de usuario a maratonear antes que nosotros, o Spotify, que conoce nuestros gustos musicales a la perfección.

Me gustaría que piensen, ¿qué tan privada es realmente nuestra vida digital? Los invito a escuchar el episodio completo de Tu vida en línea, donde desglosamos estos tres puntos clave: el costo real de las apps gratuitas, la funcion de los algoritmos en redes, y esa sensación de que nuestros dispositivos inteligentes nos escuchan hasta cuando cocinamos.

Apps "Gratuitas": El Intercambio Invisible que Hacemos

Empecemos por lo más básico, las aplicaciones que tenemos en el celular. Las descargamos porque son "gratis" ¿pero qué pasa si el verdadero precio es nuestra información? Es como el dicho, si no pagás por el producto, el producto sos vos. Incluso un simple juego, el que sea, registra cada movimiento que hacíamos, que luego se vende. Es una locura cómo esa data se mezcla con otras apps para crear un perfil de consumo hiperdetallado. Y no se trata de paranoia, más del 85% de los usuarios de smartphones usamos apps que registran y recopilan nuestra ubicación o nuestros contactos. Pensando de esta forma, ¿dónde queda la privacidad?

Redes Sociales: Cuando un "Like" Define Tu Vida

El segundo punto son las redes. Cada like, cada scroll que hacés, es como darle un ladrillo a un algoritmo para que construya una casa entera sobre tu personalidad. Y realmente son buenos constructores. Por ejemplo, estudios de The Guardian demostraron que Facebook es capaz de adivinar nuestras preferencias de compra basándose solo en nuestras interacciones. ¿A quién no le pasó que hablás de X producto y al otro día te explota el feed de anuncios de ese modelo? La profesora Carissa Véliz de Oxford afirma que estamos alimentando una "estructura perfecta" de vigilancia porque vendemos nuestros datos sin dudar un segundo, aceptando políticas y cookies sin parar.   

El Hogar Inteligente: ¿Nos Están Escuchando?

Por último, hablemos de esa sensación incómoda que nos ha pasado a todos: ¿nos escuchan? Nuestros dispositivos inteligentes (Alexa, Google Home, Smart TVs, relojes) son como pequeños espías en casa. The Verge afirma en un artículo que estos asistentes pueden registrar sonidos del ambiente incluso cuando no los estamos usando de forma directa. No es raro que después de una charla sobre viajes o recetas, los anuncios en el teléfono parezcan directamente sacados de esa conversación. Y ni hablar de los smartwatches, que tienen un mapa completo de nuestra salud, patrones de sueño y rutina diaria. Cada aparato con WiFi se convierte en un recolector constante de nuestra información. Es una cosa que asombra y preocupa a partes iguales. 

Para Cerrar y Reflexionar

Al final del día, esto no es para que apagues tu celular, sino para que navegues con los ojos bien abiertos. Nuestra vida digital es la moneda de cambio más valiosa que tenemos. Entender cómo funciona este sistema es el primer paso para proteger algo tan esencial como nuestra privacidad.

¡Gracias por acompañarme en este episodio de Tu vida en línea! Soy Lucas Biondi, y nos vemos la semana que viene para conocer más acerca del mundo digital. ¡No te lo pierdas! 

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La trampa de los servicios digitales

Por Shaiel A. Acosta


Desde que la Red se comercializó, la privacidad ha quedado cada vez más expuesta. Y si utilizás principalmente los servicios de Google, podés dar por hecho que lo saben todo. Como advirtió Eric Schmidt, ex CEO de la empresa: "Sabemos dónde estás. Sabemos dónde has estado. Podemos saber más o menos en qué estás pensando". 

¿Cuál es el precio de lo gratuito? 

Detrás de los buscadores, redes sociales, servicios de mensajería y apps gratuitas que se utilizan a diario se esconde un perverso modelo de negocio que comercializa los datos personales. En su libro Privacidad es poder, Carissa Véliz denuncia la llamada economía de datos: un sistema que prospera y se enriquece gracias a la explotación sistemática de la información personal, y que no respeta ni la privacidad ni los derechos humanos.

Muchas veces sin tu permiso y otras sin que lo notes, las empresas tecnológicas rastrean tu ubicación, recopilan tu información, tus gustos, tus hábitos y los comparten entre ellas. Intercambian esa información, la venden, y con ella venden algo más peligroso como el poder de influenciarte. Tu consentimiento no siempre importa. Lo hacen igual. 

Esos datos son utilizados para crear sistemas de publicidad cada vez más personalizados. ¿Te suena? Hablás de algo con alguien y, mágicamente, aparece en tu feed convertido en anuncio. Es un fenómeno que generó especulación y debate en los últimos años. Pero no es magia: son tus datos trabajando en tu contra. 

Cada vez que navegás dejás un rastro digital de tu actividad. Desde que revisás el teléfono por la mañana, ya estás compartiendo datos. Incluso antes de apagar la alarma, múltiples empresas ya saben a qué hora te despertaste, dónde dormiste y, posiblemente, con quién. Tal como afirma Amnistía Internacional, las personas están siendo rastreadas constantemente, en un fenómeno descrito como "vigilancia omnipresente".

Cuando el producto sos vos

Bajo el pretexto del marketing y la mejora de la experiencia, te observan y comercializan. Se adentran en tu mente para moldear tus deseos, incluso antes de que seas consciente. Detrás de esa manipulación están gigantes como Meta (Facebook, WhatsApp, Instagram) y Alphabet (Google y Android), cuyo negocio principal es la publicidad personalizada. 

Este modelo impulsado por algoritmos que, clasifican, filtran y priorizan contenidos según el perfil del usuario, ha dado lugar a una realidad desigual. Cada persona ve una realidad distinta, adaptada a su historial de navegación, emociones, ubicación, ideología o nivel socioeconómico. Ya no hay un "espacio común" de información.  

No está diseñado para informarte, sino para retenerte. En definitiva, estos sitios están diseñados para ser adictivos. Cada segundo que pasás mirando, deslizando o interactuando produce datos. Y cuanto más predecible es tu comportamiento, mayor es tu valor para el sistema. La paradoja es clara: cuanto más vulnerables, más útiles. Por si fuera poco, la economía de datos no solo explota tu privacidad, sino también tu fragilidad.

Las grandes plataformas no se limitan a mostrar anuncios. Te ofrecen una versión del mundo hecha a tu medida, moldeada por miedos, deseos e inseguridades. Construyen una esfera personalizada que reafirma tus pensamientos y bloquea puntos de vista distintos. En lugar de promover un diálogo público, te aíslan en millones de conversaciones fragmentadas, privadas y cuidadosamente diseñadas para manipular tu atención. 

Behavioral Targeting en la era de Google

Google supo capitalizar la curiosidad, transformándola en una poderosa fuente de ingresos. Aprendió a monetizar la Red como pocos, convirtiendo a los usuarios en el verdadero producto. Lo que comenzó como un simple buscador gratuito y accesible terminó convirtiéndose en una operación lucrativa. Y no se limita solo a las búsquedas: cada vídeo reproducido en YouTube forma parte de la misma modalidad. 

En lugar, de cobrar una tarifa por sus productos o servicios, esta compañía exige a los usuarios que entreguen su información personal para acceder a sus plataformas. Ganan dinero a través del Behavioral Targeting: una técnica de marketing utilizada para aumentar la efectividad de la publicidad utilizando la información del comportamiento del usuario al utilizar su navegador web. 

Tiene un poder magnífico sobre la vida digital de las personas, al dominar los principales canales que la mayoría utiliza para acceder y navegar por Internet. De hecho, recientemente se advirtió que Google planea permitir que su inteligencia artificial (Gemini) lea automáticamente los correos de Gmail, a menos que el usuario desactive esa función. ¿Hasta qué punto entregaremos nuestra privacidad sin cuestionarlo?

Es muy probable que en todos tus dispositivos inteligentes haya una o varias aplicaciones que pertenecen a Google. Solo piensa en Chrome, YouTube, Google Maps, Google Fotos, y la lista sigue; ellos forman parte de la rutina diaria. Esto evidencia cómo se ha convertido en una presencia constante y en cierto punto, inevitable en nuestra vida digital. 

Impacto político y social 

Estos sistemas, que se valen de datos masivos y algoritmos para mostrar a cada usuario información adaptada a sus intereses y creencias, pueden tener un impacto sobre la democracia. El uso de contenido personalizado por parte de los gobiernos dificulta la construcción de consensos y la formación de opiniones fundamentadas, especialmente en períodos electorales. Esto pone en riesgo los principios básicos de la democracia, al privilegiar la manipulación y control por encima de la trasparencia.

La privacidad está estrechamente relacionada con la autonomía, que es la capacidad de construir y expresar la identidad libremente, sin ser vigilados o manipulados indebidamente por terceros. No obstante, el rol preponderante de los gigantes de la vigilancia puede influir, moldear y modificar pensamientos y opiniones, afectando la capacidad de tomar decisiones autónomas. 

El ex estratega de Google, James Williams, se refiere a este fenómeno como la "industria de la persuasión". Señala como las tecnológicas están diseñadas no solo para captar la atención, sino para influir activamente en decisiones, comportamientos y creencias. En última instancia, lo que está en juego es la libertad y la capacidad de decidir por uno. 

Sin duda, esto representa un riesgo grave para derechos fundamentales como la libertad de expresión, de conciencia y de opinión. Las consecuencias de esta vigilancia masiva son imprevisibles. Una vez que los datos personales están en la Red, eliminarlos resulta casi imposible. Permanecerán disponibles en línea indefinidamente, y pueden volverse en contra de los usuarios años más tarde. 

Conclusión

En la era digital, la privacidad se ha convertido en una ilusión cuidadosamente disfrazada de conveniencia. Bajo la promesa de servicios gratuitos, las grandes corporaciones tecnológicas han construido un sistema que comercia con nuestros datos, moldea nuestras decisiones y condiciona nuestras libertades más básicas. 

Como usuarios, participamos a diario en este modelo sin plena conciencia de su alcance, entregando fragmentos de nuestra identidad a plataformas cuyo verdadero interés no es informarnos, sino predecirnos y persuadirnos. Somos como sonámbulos vigilados: entregamos datos de forma constante, sin saber con certeza qué se está recolectando, quién lo posee ni quién podría acceder a esa información en el futuro.

Lo más alarmante no es solo el nivel de vigilancia, sino la naturalización de ese control. La manipulación algorítmica no solo afecta nuestro consumo digital, sino también nuestra autonomía, nuestras creencias y hasta nuestras decisiones políticas. 

Esta realidad plantea preguntas urgentes sobre el poder que estas empresas tienen, los límites de su uso, y el costo real que pagamos en términos de autonomía y libertad por acceder a servicios "gratuitos". ¿Qué información entregamos realmente? ¿Y qué poder estamos cediendo? Si no recuperamos el control sobre nuestros datos personales, y no exigimos trasparencia y regulaciones firmes, el riesgo no es solo perder la privacidad: es comprometer nuestra libertad. 

Aprende más sobre el costo de lo gratuito en el último episodio de mi podcast Abramos el Tema.🎧 Escúchalo ahora 

Bibliografía

Amnistía Internacional. (2019, noviembre 21). Gigantes de la vigilancia: La amenaza que el modelo de negocios de Google y Facebook representa para los derechos humanos. https://www.amnesty.org/es/documents/pol30/1404/2019/es/ 

Tuta. (2025, 2 de mayo). Todo lo que Google sabe sobre ti y cómo impedirlo. https://tuta.com/es/blog/what-does-google-know-about-me 

Canal ADN Opinión. (2021, febrero 2). Privacy is power. [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=DEAaBxky2uc 

Canal Coconiloc. (2011, agosto 13). Revolución virtual 3 - El precio de lo gratuito.[Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=doKVlMysX6M 





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Concentración, Algoritmos y Vigilancia: El costo de estar siempre conectados


Por Augusto Pomponio Hotton.


El mundo de Internet, ese espacio que nos rodea cada día, se ha transformado en un terreno de control. ¿Gira todo en torno a las grandes corporaciones? ¿Nos espían? ¿Se violan nuestros derechos digitales?


Ya nos conocen. Por qué el "club de los cinco" sabe qué votamos y qué compramos.


Cuando navegamos por internet creemos estar en un espacio libre y abierto. Pero no.
Aunque cueste creerlo, el tráfico global está concentrado en un pequeño grupo de empresas: Alphabet (Google, Youtube, Gmail, Android), Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp), Amazon, Apple y Microsoft.

Este grupo, conocido como "el club de los cinco", son los que manejan la mayor parte de la información del mundo.

Los dueños de internet por Natalia Zuazo afirma: "La vida de medio planeta está en manos del club de los cinco, un manojo de corporaciones que concentra tanto poder que gran parte de la economia, la sociedad y decisiones del futuro pasan por ellas". 

Ahora, ¿Como y  dónde concentran ese poder? 
Si le preguntamos a un mayor sobre Facebook, Amazon o Google, seguro nos dice "Yo no tengo nada de eso instalado".
La realidad es que estas empresas están en todos lados, aunque no nos demos cuenta.

  • Google domina las búsquedas, pero no solo es un buscador, también maneja Youtube, Gmail y  los dispositivos que tenemos en las manos (Android).
  • Meta, tiene a Facebook e instagram, pero no solo maneja redes sociales, tienen a WhatsApp, donde pasan millones de conversaciones al día.

  • Microsoft es el que está es nuestras computadoras con windows, servicios como Office y servicios de las nubes. 
  • Apple en sus dispositivos decide que aplicaciones entran o no es su sistema operativo Ios.

En definitiva, no estamos en un espacio libre, estamos en un terreno controlado por estas empresas que determinan: qué información circula y cómo nos comunicamos.


¿Somos perseguidos? 


Cada vez que estamos en internet dejamos huellas: Búsquedas, mensajes, fotos, likes.
Estos datos son oro para las compañias. Estas empresas no solo las recolectan, sino que las utilizan sin permiso para fines comerciales o políticos. 

En el documental Nada es privado afirma:
"Nuestro rastro digital alimenta la industria, nosotros somos la mercancia".

Un ejemplo es Facebook, en un artículo de la BBC se la acusa de haber compartido de manera inapropiada los datos de 87 millones de usuarios con la firma de consultoría política de Cambridge Analytica.
Por violar la privacidad de los usuarios, se gano una multa millonaria por parte de la unión europea.

El espionaje no termina ahí. Los estados también nos observan.
En el segundo capítulo de Revolución virtual producida por la BBC, nos explica sobre  internet: "Es una herramienta muy poderosa que tiene el estado para controlarnos, saber sobre nosotros". 

Fuera de la red podemos ser la mejor persona del mundo, pero dentro de ella somos tratados como sospechosos.

El caso de Edward Snowden nos confirma hechos.
Él filtró documentos de cómo el gobierno norteamericano recopila: llamadas, correos electrónicos y datos de millones de personas.

"No puedo en buena conciencia permitir que el gobierno de Estados Unidos destruya la privacidad, la libertad de Internet y las libertades básicas de la gente alrededor del mundo con esa masiva máquina de vigilancia que secretamente construyeron".

Y si hablamos de control, China es el ejemplo más extremo.
Su estado controla todas las plataformas locales como Weibo y aplica un sistema de crédito social que premia o castiga a sus ciudadanos según el comportamiento en línea. 

Las redes nos manipulan


Facebook, Instagram, Tik tok o Youtube no son espacios neutrales.
Sus algoritmos deciden qué vemos y qué no vamos a ver, según intereses comerciales o políticos.

Ese flujo constante de contenido, "feed", es el culpable. Está diseñado para mantenernos conectados y moldear nuestra mente.
Así se forma la burbuja de filtros: Cada usuario recibe solo la información que confirma lo que ya piensa, evitando debates de ideas diferentes.

El autor  Eli Pariser, en un ensayo "El filtro burbuja explica : Como la red decide lo que leemos y lo que pensamos". 

Un claro ejemplo: Ayer me apareció una publicación de Elon Musk, que decía que había comprado la casa de la ucraniana asesinada para que su familia no pague alquiler. 
Muchos lo creyeron, pero era una fake news. Solo circulaba en redes, sin respaldo de medios. 

¿El que posteo, queria cambiar nuestra mirada de Elon?
¿Será un bot pago, así como el ejército de los cincuenta céntimos en China?.

Este tipo de manipulación no solo busca cambiar la imagen de figuras públicas, sino también influir en elecciones.
Amnistía nos habla de cómo Facebook utilizó datos de ciertas personas que dudaban a quien votar.
En el documental Nada es privado revela cómo Cambridge Analytica segmentó a los usuarios con propagamda política personalizada: millones cieron anuncios de Trump, miestras que unos pocos los de Hillary Clinton.

Conclusiones 


Todo este recorrido demuestra que la libertad en internet es una ilusión.
Hoy estamos más vigilados que nunca. Los estados nos observan y las redes nos manipulan.

Nos conocen: Saben qué buscamos, qué opinamos, qué compramos y qué votamos.
Estamos en un terrenos diseñado para controlarnos.

  • ¿Vamos a seguir entregando nuestros datos sin pensar?
  • ¿Algún día los derechos digitales serán importantes como los derechos humanos?

Para cerrar, una reflexión de la mano invisible: 
"Debemos trabajar para revertir esta tendencia y garantizar que se devuelva el control a las personas que utilizan estas plataformas, y que sus derechos en línea se protejan y respeten".

Bibliografía: 

- Fundación telefónica.  (2017, 19 de junio). Eli Pariser: Fake news, los filtros burbuja y la batalla por la verda. 
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