Este artículo fue modificado el 14/10/2026.
Más allá del tecno-optimismo
Si vamos a hablar de los efectos de las tecnologías digitales en la vida y la mente humana, hace falta ir más allá de las impresiones que se tienen acerca de la capacidad de adaptación y superación de la humanidad.
Históricamente, en el debate sobre la incidencia de la Red, las posturas tecno-optimistas celebraron la optimización de los procesos de pensamiento, apoyadas en especulaciones sobre los beneficios que esto traería en el futuro. Pero la evidencia apunta en otra dirección: la misma lógica que nos volvió más rápidos está erosionando nuestra capacidad de atención y de pensamiento profundo.
No todos compartieron ese entusiasmo. Ya en 2008, Nicholas Carr se preguntaba en las páginas de The Atlantic si Google nos estaba volviendo estúpidos. Como argumentación, confesaba que su propia capacidad para sostener una lectura extensa se había erosionado: antes se sumergía en el texto como un buzo, ahora se deslizaba por la superficie como alguien sobre una moto de agua.
El enamoramiento con la optimización justificó el acondicionamiento de nuestras mentes. Hoy somos bastante más capaces de procesar cantidades masivas de datos en tiempo simultáneo y de alternar tareas a una velocidad nunca antes vista.
Sin embargo, esta agilidad mental tiene una contracara que no puede ignorarse: cuando una mente es entrenada para hacer malabares con la información, pierde progresivamente su capacidad para el análisis profundo.
La trampa de la saturación digital
El problema aparece cuando uno se dispone a intentar recuperar esa capacidad, pero se encuentra incapaz de escapar de la saturación digital.
Te sentás a leer un libro, pero te llegan las notificaciones por el teléfono. Lo ponés en silencio, pero la lógica de consulta permanente de la Red ya está en tu mente: te distraés, pensás en lo que te estás perdiendo, en el mensaje que te tenía que llegar.
No se trata de una simple impresión. Un estudio de Adrian Ward y su equipo en la Universidad de Texas, titulado Brain Drain, mostró que la mera presencia del propio smartphone reduce la capacidad cognitiva disponible, incluso cuando está apagado, boca abajo y fuera de uso.
El efecto fue más fuerte en quienes declaraban mayor dependencia del teléfono. Dicho de otro modo: silenciar el dispositivo no alcanza.
Una atención hecha pedazos
Esto es consecuencia de una fragmentación de nuestra capacidad de atención, causada de forma directa por las constantes interrupciones del flujo cognitivo a las que hemos acostumbrado a nuestra mente. Las alarmas ya venían sonando desde hace tiempo. Como resume Nicholas Carr en Superficiales, a partir de estudios como el de Gregory Trafton y Christopher Monk:
“las interrupciones frecuentes dispersan nuestra atención, debilitan nuestra memoria, nos provocan tensión y ansiedad; y cuanto más complejo sea el pensamiento en el que estábamos, mayor será el daño que causan las distracciones”.
La cita condensa un diagnóstico preocupante: cada interrupción tiene, al menos, cuatro efectos:
- Dispersa la atención, que deja de estar anclada en un único objeto.
- Debilita la memoria, porque lo que se estaba procesando no llega a consolidarse.
- Genera tensión y ansiedad, al dejar tareas abiertas que reclaman ser retomadas.
- Castiga con más fuerza al pensamiento complejo, justamente el que más necesitamos para comprender.
La investigadora Gloria Mark llegó a una conclusión complementaria en su artículo The cost of interrupted work: quienes son interrumpidos compensan trabajando más rápido, pero a cambio de más estrés, más frustración y una mayor sensación de presión. La interrupción no siempre se nota en el resultado inmediato; se paga en el cuerpo y en la mente.
El mito de la multitarea
Llevamos años sometidos por la multitarea y la hiperatención que, avaladas por el tecno-optimismo, se plantearon como habilidades a adquirir para poder competir en el mercado laboral. Pero, para lograrlo, la mente paga un costo muy alto: la velocidad reemplaza nuestra capacidad de entendimiento.
Esto se debe a que el salto entre tareas es sumamente desgastante para el cerebro. Como indica la periodista Maggie Jackson en su libro Distracted:
“el cerebro se toma su tiempo para cambiar de objetivo, recordar las reglas necesarias para la nueva tarea y bloquear la interferencia cognitiva de la actividad, aún vívida, que le ocupaba”.
La promesa de que la práctica nos volvería multitareas eficientes tampoco resistió la evidencia. En un estudio publicado en PNAS, Ophir, Nass y Wagner compararon a usuarios intensivos de múltiples medios con usuarios moderados. Los resultados fueron contraintuitivos: los multitareas habituales filtraban peor los estímulos irrelevantes y rendían peor al alternar entre tareas.
La economía de la atención
En el entorno digital no solo se condicionan nuestras mentes, sino que también se aprovecha y se explota este deterioro de nuestras facultades reflexivas. La captación de nuestra atención fragmentada es el objetivo central de las corporaciones de la economía de la atención.
Estas descubrieron que la vía más eficiente para retenernos frente a la pantalla no es el juicio razonado, sino la estimulación de emociones de alta intensidad.
La evidencia sobre cómo circula la información en las redes confirma esta lógica:
- Un análisis de Vosoughi, Roy y Aral publicado en Science sobre la difusión de noticias verdaderas y falsas en Twitter encontró que las falsedades llegaban más lejos y más rápido que la verdad, y que tenían alrededor de un 70 % más de probabilidades de ser compartidas. Las noticias falsas, además, despertaban más sorpresa y rechazo.
- Brady y su equipo mostraron en un estudio sobre lenguaje moral y emocional que cada palabra con carga moral y emocional en un mensaje político aumentaba su difusión en torno a un 20 %.
El patrón es claro: lo que se propaga no es lo más verdadero ni lo más útil, sino lo que más nos sacude.
Cuando la vista ya no alcanza
Es dentro de este régimen de la información donde puede existir un evento como la difusión masiva de la fotografía falsa del arresto de Donald Trump en 2023. Como se confirmó días después, las imágenes fueron generadas con Midjourney a modo de broma por el periodista Eliot Higgins.
Una imagen como esta no se viraliza por estar técnicamente bien hecha, sino porque apela a nuestros sesgos e ideas previas. Se propaga porque fue lanzada a un entorno diseñado para premiar la reacción rápida y emocional sobre la pausa reflexiva y la verificación.
Con la IA generativa, el problema cambia de escala: ya no solo cuesta sostener la atención, sino también distinguir lo verdadero de lo fabricado. Frente a una infraestructura que lucra con nuestras respuestas inmediatas, verificar requiere justamente lo que la saturación digital nos fue quitando: tiempo, pausa y concentración.
En un mundo donde la vista ya no alcanza para detectar la mentira, la frase "ver para creer" es historia antigua.
Para conocer más
Si querés profundizar en cómo la inteligencia artificial cambia el paradigma de la verdad visual en las redes, te recomiendo escuchar el primer episodio de mi podcast, Demasiado bueno para ser IA: "¿Ver para creer?".
Y si querés aprender sobre quiénes están detrás de la Red actual, te recomiendo este video:
Referencias
Carr, N. (2008). Is Google making us stupid? The Atlantic.
Carr, N. (2011). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Taurus.
Jackson, M. (2008). Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age. Prometheus Books.
Ophir, E., Nass, C. y Wagner, A. D. (2009). Cognitive control in media multitaskers. PNAS, 106(37).
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