Internet y las empresas que corrompen lo humano



Internet no es una herramienta neutral. Detrás de cada plataforma, motor de búsqueda y red social hay modelos de negocio que se alimentan de nuestra atención, nuestros datos y, sobre todo, de nuestras vulnerabilidades cognitivas y emocionales. Lejos de ser un espacio neutral de intercambio, el ecosistema digital está diseñado para explotar sesgos humanos profundos: la necesidad de aprobación social, la curiosidad irrefrenable, la indignación fácil y la pereza cognitiva.


Este post no es una condena a la tecnología. Es un recorrido por investigaciones rigurosas que demuestran que ciertas empresas digitales no solo se benefician de estas características humanas, sino que las corrompen activamente para maximizar sus ganancias. Los autores que veremos como Nicholas Carr, Antonio Damasio, Mary Helen Immordino-Yang, Neil Postman y sus respectivos estudios nos dan las pistas.


Nicholas Carr: la corrupción de la profundidad mental



Carr, basándose en estudios de neuroplasticidad de Michael Merzenich y Eric Kandel, demuestra en su libro "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" que el cerebro adulto es moldeable y se reorganiza según las herramientas que utilizamos. Internet, con sus hipervínculos, notificaciones constantes y multimedia, entrena nuestro cerebro para escanear, saltar y fragmentar la atención.


Los usuarios leen las páginas web en un patrón en "F": escanean las primeras líneas, saltan al medio y abandonan. Menos de una de cada diez páginas permanece abierta más de dos minutos. Un estudio del University College de Londres concluyó que "parece como si se conectaran a Internet para no tener que leer".


Maryanne Wolf, neurocientífica de la lectura de la Universidad de Tufts, advierte que al leer online "sacrificamos la capacidad que permite la lectura profunda. Regresamos al estado de 'meros descodificadores de información'". Patricia Greenfield, psicóloga de la UCLA, revisó más de cincuenta estudios y concluyó que el uso de pantallas fortalece habilidades visuales-espaciales pero debilita "la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión".


Internet no nos vuelve estúpidos, pero nos entrena para ser superficiales. Y esa superficialidad es funcional al modelo de negocio: cuanto más rápido saltamos de página en página, más anuncios vemos y más datos generamos.


Antonio Damasio y Mary Helen Immordino-Yang: la corrupción de la empatía y la moral



Damasio y su equipo realizaron un experimento con voluntarios a quienes se les pidió escuchar historias sobre personas que padecían dolor físico o psicológico. Luego, mientras recordaban esas historias, sus cerebros fueron escaneados. El resultado fue revelador: mientras que el cerebro reacciona casi instantáneamente al dolor físico, la empatía por el sufrimiento psicológico requiere mucho más tiempo. El cerebro necesita "trascender más allá de la participación inmediata del cuerpo" para comprender las "dimensiones psicológicas y morales de una situación".


Immordino-Yang, miembro del equipo, advierte: "Para algunos tipos de pensamientos, especialmente la toma de decisiones morales sobre las situaciones sociales y psicológicas de otras personas, es necesario dejar pasar el tiempo y la reflexión adecuadas. Si las cosas están sucediendo demasiado rápido, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas".


Si la empatía y la moral requieren tiempo y atención sostenida, un entorno digital que premia la velocidad y la fragmentación nos vuelve menos capaces de experimentar estas emociones superiores. No es un daño colateral: es una vulneración directa a nuestra humanidad.


Neil Postman: la corrupción del juicio humano por la eficiencia


Postman destiló los principios del taylorismo (la filosofía que Frederick Taylor aplicó a las fábricas a principios del siglo XX y que hoy rige en empresas como Google) en seis supuestos: "Que el principal, si no el único, objetivo del trabajo y el pensamiento humanos es la eficiencia; que el cálculo técnico es en todos los aspectos superior al juicio humano; que en realidad el juicio humano no es digno de confianza, ya que está lastrado por la laxitud, la ambigüedad y la complejidad innecesaria; que la subjetividad es un obstáculo para el pensamiento claro; que lo que no se puede medir no existe o no tiene valor; y que los expertos son los mejores gestores de los asuntos de los ciudadanos".


Carr aplica esta crítica directamente a Google: la empresa no busca que pensemos mejor, sino que procesemos información más rápido. Su modelo de negocio se basa en la distracción y el clic, no en la reflexión. Cuando la eficiencia se convierte en el valor supremo, el juicio humano lento, ambigüo y subjetivo se vuelve un obstáculo. Esta logica vulnera el derecho a un juicio propio e informado. Al delegar nuestras decisiones en algoritmos, renunciamos a nuestra autonomía intelectual.


La corrupción no es accidental, es estructural


La conclusión común es que el problema no es la tecnología en sí, sino la estructura de incentivos económicos que la gobierna. Cuando el modelo de negocio se basa en capturar la atención, multiplicar los clics y predecir el comportamiento, las características humanas más valiosas como laprofundidad, la empatía, la reflexión, la autonomía moral, se convierten en obstáculos.


Como ciudadanos y profesionales, no podemos aceptar que el mundo digital es nuestra realidad y comprar el discurso de todo lo que trae es positivo. La consigna de Carr sigue vigente: para poner en cuestión lo que estos autores afirman, no basta con optimismo o especulación. Se necesitan estudios equivalentes que demuestren lo contrario. Hasta entonces, la evidencia apunta en una dirección incómoda: Internet y las empresas que lo dominan están corrompiendo, lenta pero sistemáticamente, algunas de nuestras características más profundamente humanas.

-Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
R. L. Paul, H. Goodman y M. Merzenich, «Alterations in Mechanoreceptor Input to Brodmann’s Areas 1 and 3 of the
-Postcentral Hand Area of Macaca mulatta after Nerve Section and Regeneration», Brain Research, 39, nº 1 (abril de 1972), pp. 1-19.
-Eric R. Kandel, In Search of Memory: The Emergence of a New Science of Mind, Nueva York, Norton, 2006, pp. 198-207
-[En busca de la memoria: una nueva ciencia de la mente, Madrid, Katz Barpal Editores, 2007]. Véase asimismo Bruce E.Wexler, Brain and Culture: Neurobiology, Ideology, and Social Change, Cambridge, MIT Press, 2006, pp. 27-29.
-Maryanne Wolf, entrevista con el autor, 28 de marzo de 2008. para Nicholas Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011).
-Patricia M. Greenfield, «Technology and Informal Education: What Is Taught, What Is Learned», Science, 323, nº 5910 (2 de enero de 2009), pp. 69-71
-Mary Helen Immordino-Yang, Andrea McColl, Hanna Damasio y Antonio Damasio, «Neural Correlates of Admiration and Compassion», Proceedings of the National Academy of Sciences, 106, nº 19 (12 de mayo de 2009), pp. 8021-8026.
-Neil Postman, Technopoly: The Surrender of Culture to Technology, Nueva York, Vintage, 1993 p. 51 [Tecnópolis: la rendición de la cultura a la tecnología, Barcelona, Círculo de Lectores, 1994].


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