¿Por qué vemos lo que vemos? - De la agenda setting a la "juventud perdida"

                             


Pensalo un segundo. Los medios masivos de comunicación no necesitan darte una orden directa ni decirte exactamente qué opinión tenés que tener sobre cada tema. Les alcanza con algo mucho más sutil y efectivo: decidir de qué se habla, y qué se deja afuera. En eso consiste, en esencia, la Teoría del Establecimiento de la Agenda (Agenda Setting). Los medios de comunicación no logran aún dar con la tecla que les permita decirnos cómo pensar (y no porque no les interese), pero sin embargo, son ridículamente efectivos diciéndonos sobre qué pensar.

Si pegamos un salto al pasado, específicamente a la era dorada de la Mass Communication Research (MCR) —aquel momento en que la sociología norteamericana intentaba descifrar el impacto de la radio y la TV en la sociedad—, cuando autores como Melvin DeFleur empezaron a teorizar sobre la función estructural de los medios masivos de comunicación. Lo que se pensaba era que las instituciones mediáticas no eran simples transmisores de información, sino que además funcionaban como engranajes sociales que iban moldeando en mayor o menor medida las prioridades del debate público y el marco de referencia con el que las masas interpretaban la realidad. Pero… 

 ¿Qué pasa cuando el medio deja de emitir para una masa homogénea y empieza a armar una pantalla a la medida exacta de cada individuo?


Y es justo ahí es donde la Agenda Setting tradicional choca de frente con un nuevo analisis -mucho más actual- propuesto por Nicholas Carr. En donde basicamente dice que la agenda ya no es solo la tapa del diario de la mañana que todos solían leer en el colectivo o el segmento de información radial que queda de fondo sonando en la casa de tus abuelos en esa radio a baterias, sino, que la agenda del presente es el diseño mismo de todo tu entorno cognitivo. Ya que hoy en día, Las plataformas digitales no solo eligen qué temas va a entrar en tu charla de sobremesa con la familia, sino que reconfiguran la velocidad, la frecuencia y el modo en que tu cerebro procesa la realidad misma.

 Las Pruebas PISA y el drama del colapso

Un ejemplo claro y cercano de esto podría ser los titulares de las diferentes editoriales en Argentina después de haberse dado a conocer los resultados de las Pruebas PISA 2025 

(Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment)

Editoriales que encuadraron la información bajo el espectro de la catástrofe inminente: "El estrepitoso fracaso de la educación", "Los estudiantes ya no comprenden lo que leen". Pero...

¿Qué intereses mueven ese tratamiento particular?

  • -La trampa del clickbait y el pánico moral: Vender indignación rinde más que explicar la complejidad socioeconómica tras los indicadores.
  • -Agendas político-económicas: La instalación del "colapso educativo" suele preparar el terreno mediático para justificar reformas precarizadoras, recortes presupuestarios o el desembarco de soluciones tecnológicas privadas en el aula pública.

Se instala el tema, se impone el pánico y se cancela la capacidad de debate profundo desde el "vamos". Pero mientras los medios señalan con el dedo la educación de los chicos... ¿Qué le está pasando a la mente de los propios adultos?

Hagamos un viaje al cerebro hiperconectado y veamos qué dice la ciencia
Para responder esto, primero habría que preguntarse:¿es este un fenómeno exclusivamente de ahora?

En su libro Superficiales, nuestro amigo Nicholas Carr nos demuestra que no. Ya que cada vez que la humanidad trajo al mundo una nueva "tecnología intelectual" —el mapa, el reloj mecánico, la imprenta— la mente humana mutó. Carr empieza contándonos su propia experiencia en primera persona y la describe como "esa inquietante sensación de querer leer un libro largo y sentir que la mente salta, se distrae y exige el pestañeo constante que nos exige el hipertexto."

Luego, nos trae a escena la historia de Friedrich Nietzsche en el siglo XIX. Cuando abrumado por su ceguera y sus dolores de cabeza, decide comprarse una máquina de escribir —la bola de escribir de Malling-Hansen—. Al usarla, se dio cuenta de que no solo iba cambiando su velocidad de redacción: sus textos, antes extensos y reflexivos, se volvieron más cortos, sino más sintéticos e incisivos. Su amigo Heinrich Köselitz le habia dicho que su prosa había ganado una nueva solidez, a lo que Nietzsche respondió:

"Nuestros instrumentos de escritura trabajan también en nuestros pensamientos".

La ciencia actual, apoyada en la neuroplasticidad —concepto que ya se asomaba con las primeras intuiciones de Freud sobre la huella mnémica y la flexibilidad de la mente—, confirma exactamente eso: el cerebro no es de piedra, es de plastilina. Si lo entrenás en la interrupción constante, en el scroll infinito y en la gratificación dopaminérgica inmediata, el cerebro se vuelve un especialista en la superficialidad y olvida cómo sostener la memoria de trabajo y la concentración profunda y esto ya está más que demostrado.

Aunque
 Figuras como Steven Pinker o Clive Thompson (Smarter Than You Think) sostienen posturas tecno-optimistas. Su principal linea de defensa argumentativa es que la web no nos vuelve más tontos, sino que externaliza procesos cognitivos. ¿Para qué memorizar datos si podemos almacenarlos afuera y liberar espacio mental para el pensamiento analítico? Según esta línea, no estariamos perdiendo capacidad, sino desarrollando una cognición distributed. Pero...

¿Quiénes son los que defienden esta idea?  y ¿con qué intereses?

Detrás de la idea de que la tecnología "siempre nos mejora" está la multimillonaria industria de las Big Tech, cuyo modelo de negocios claramente no es la educación ni mucho menos la salud mental, sino la economía de la atención: la monetización de cada segundo de tus ojos puestos sobre la pantalla.

Los diferentes papers académicos de facultad que abordan estos aspectos de la comunicación digital muestran justamente este punto de tensión. Es decir, no es que estemos ante el "fin de la inteligencia", sino que nos están afanando nuestra atención de a pedacitos para vendérsela al mejor postor.

Países que frenaron la pelota

En algunos países esto ya dejó de ser un debate abstracto. En muchas partes del globo ya se están tomando cartas sobre el asunto, y se están empezando a implementar medidas de política pública ante la evidencia neurocientífica. 

Uno de esos países es Suecia, que decidió frenar el plan de digitalización total de las aulas y destinó presupuestos millonarios para volver a comprar libros de texto de papel, tras detectar una caída en la comprensión lectora de los alumnos.

Otros países que tampoco se quedaron de brazos cruzados son Francia y el Reino Unido que decidieron aplicar restricciones estrictas o directamente prohibiciones sobre el uso de teléfonos celulares en las escuelas primarias y secundarias para proteger el espacio de aprendizaje y sociabilización.


Algunas conclusiones al boléo.

Si volvemos a los primeros estudios de DeFleur y la MCR, la lección es clara, los medios pueden haber cambiado de soporte, pero la disputa por dominar la subjetividad está más presente y es más invasiva que nunca.

El neurocientífico Andrés Rieznik suele advertirnos que para no ser manipulados por los sesgos de nuestra propia arquitectura mental y por los sistemas de recompensas que explotan las redes, es muy importante entender cómo funciona nuestro cerebro. Y como barrera de defensa a estas embestidas digitales, nos propone "volver a domar a los algoritmos" y entender sus trampas cognitivas para poder recuperar el control de nuestras elecciones.

Sin embargo, también vale dejar en claro que no todos los cerebros parten desde el mismo lugar. Por lo que resulta vital meter también dentro de estas conclusiones el concepto de capital cultural de Bourdieu, que basicamente nos advierte de que el impacto de esta sobreestimulación digital no es democrático ni mucho menos igualitario. Ya que Aquellos sectores sociales con mayor capital educativo, económico y cultural poseen más recursos simbólicos, más contención familiar y más alternativas de consumo reflexivo para autorregularse y proteger a sus hijos. En cambio, para los sectores más vulnerables, la pantalla suele convertirse en el único entretenimiento y en el principal moldeador del tiempo libre, profundizando (aún más) la brecha social y cognitiva.




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