Hay cosas que nuestro cerebro sabe hacer, pero que hace rato decidimos no hacer.
¿Para qué memorizar un número de teléfono si lo podemos guardar en contactos? ¿Para qué recordar una dirección si Google Maps puede indicarnos cómo llegar? ¿Para qué hacer una cuenta mental complicada si tenemos una calculadora en el bolsillo?
Aunque parezcan hábitos triviales, todos tienen en común que estamos sacando una parte del trabajo de nuestra cabeza y delegándola.
En psicología cognitiva, esto se conoce como cognitive offloading, o descarga cognitiva.
Delegar trabajo mental:
La descarga cognitiva ocurre cuando usamos recursos externos para reducir la cantidad de información y procesamiento que necesitamos mantener internamente.
Anotar algo para no olvidarlo es cognitive offloading. Usar una calculadora para no hacer una cuenta mental también. Escribir una lista de compras, poner una alarma o consultar un mapa son otros ejemplos cotidianos.
En sí mismo, no es un problema.
La memoria de trabajo, la atención y nuestra capacidad para procesar información simultáneamente no son infinitas. Si podemos trasladar parte de una tarea a una herramienta externa, liberamos recursos para ocuparnos de otra cosa.
El problema aparece cuando la herramienta deja de ser un apoyo y empezamos a delegarle la tarea de pensar por nosotros.
Una cosa es usar una calculadora para comprobar una cuenta, y otra es dejar de entender cómo se llegó al resultado.
IA y Cognitive Offloading:
Hasta hace pocos años, nuestras herramientas digitales nos ayudaron principalmente a almacenar, buscar o calcular información. La IA generativa introduce algo diferente: puede producir directamente respuestas, argumentos, explicaciones, resúmenes e ideas.
Ya no solamente podemos decirle a una máquina “recordame esto”, sino que directamente podemos decirle “pensá esto por mí”.
Y ahí entra otro nivel en torno a la problematización de la descarga cognitiva, porque el fenómeno que antes consistía en delegar una tarea puntual y específica puede convertirse en la delegación de procesos mucho más complejos: interpretar un texto, elaborar un argumento, buscar contraargumentos o hasta decidir qué pensamos sobre un tema.
Una investigación publicada en 2026 en Humanities and Social Sciences Communications estudió precisamente la relación entre el uso de IA y el pensamiento crítico en 698 estudiantes universitarios chinos. Los resultados son particularmente interesantes porque no muestran una relación simple de “IA = peor pensamiento”. Por un lado, encontraron asociaciones entre el uso de la IA y focused immersion, una concentración intensa y sostenida, casi "dialógica", con la herramienta. Por otro lado, esa misma capacidad de concentración intensa puede derivar en dependencia psicológica.
La conclusión importante no está, entonces, en elegir entre “la IA nos ayuda” o “la IA nos vuelve menos inteligentes”. El punto más preocupante aparece en el medio: podemos empezar utilizando la IA para pensar mejor y terminar utilizándola para no tener que pensar tanto.
¿Y el efecto Flynn?
Para entender por qué esta discusión resulta todavía más interesante, hay que retroceder un poco...
Durante buena parte del siglo XX se observó un fenómeno conocido como efecto Flynn: las puntuaciones obtenidas en pruebas de inteligencia aumentaron entre generaciones en diferentes países.
A esto se lo relacionó con múltiples transformaciones socioambientales, como mejoras educativas, de nutrición, de salud, mayor escolarización, entre otros.
Pero hay algo llamativo: ese aumento generacional no tan solo se estancó desde hace unos años hasta la actualidad, sino que disminuyó generando lo que se conoce como "efecto Flynn inverso". Si bien no hay certeza de la causa precisa de por qué pasa esto, se ha relacionado a factores socioambientales múltiples (nutrición, educación, consumo mediático, factores demográficos), entre los que no queda por fuera la digitalización.
Investigaciones recientes discuten cómo los cambios en los usos y entornos digitales pueden formar parte del conjunto de factores ambientales relevantes para el desarrollo neurocognitivo.
Es en ese contexto que el uso de la IA toma lugar, obligándonos a preguntar:
Si ya no necesitamos pensar tanto por nosotros mismos, ¿qué pasará con nuestra capacidad de hacerlo?


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